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Full text of "Las Antillas. Ano I"

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3La6 BntíUas" 

director: 

5EÍÍ0IO CUnVA5 ZEQUEIRA 

administrador: 

ARTURO ]vioiíALE5 


ARo I. Tomo I. Núm. L 

HabatNf, 50 de Akil 4c 1^20. 


STJli^A.I^IO 


-Cxedo; II.:— El Quijote y M Exarnea de Ingenios; 
III. — Desconcierto, (Poesía); IV. — La inaugural de la 
Asociación Puertorriqueñít; V. — La Palmada, (Poesía); 
VI.— A Cuba, (Poesía) ; ^ VII. — Palabras pronunciadas 
en la inauguración de la Sociedad Puertorriqueña; 
VIII. — ^Ausencia, (Poesía); IX. — Begreso, (Poesía); 
X.— Niebla, (Poesía); XI,— Las; Causas de la Guerra 
Europea; XII. — Ateneo Puertorriqueño; XIII. — Los 
Vendedores Ambulantess; XIV, — Enriquillo. — Leyenda 
Histórica Dominicana; XV. — Episodio de la Guerra del 
95; XVI. — Ecos Antillanos; ' XVII. — Libros, Folletos y 
Revistas. 


DIBEOOION: 
TEJADILLO NUM. 22 

HABANA, CUBA 


Acogida a la franquicia postai e inscnpciun Lumo correspondencia de segunda cla- 
se en !a oficina de Correos de la Habana. 


3Las Antillas 

Director: Sergio Cuevas Zequeirá 

AÑO i 

ToiT\o I. 30 Att-il, 1^20. Núh\. 1. 


C R El D O 


Por los mismos senderos del ideal que dio siempre a mi ac- 
tividad adecuado empleo, sigo ahora, y no por ruta nueva y desu- 
sada, la emprendida labor de otros días. 

Esta revista es un grano minúsculo de arena que voy arras- 
trando lentamente bacia la región luminosa donde el ensue- 
ño, despojado de su fantástii3o atavío, se convierte al cabo en 
fecunda realidad. 

Para contribuir al definitivo acceso de esa mirífica trans- 
formación, quiero, con mi recia y firme voluntad de creyente 
llevar de unas o otras islas en el edén antillano, el fulgor de 
las ideas que prolongan hacia lo infinito sus horizontes espi- 
rituales, y el ósculo de amor que las hermana bien persuadi- 
do de que un día con el andar del tiempo^ del rumor de ese 
beso fraternal, surgirá entre las ondas del golfo, testigo ayer 
del alborear de una civilización, el himno de bienandanm y de 
gloria que todos esperamos. 



DON MANUEL DE ZEOUEIRA Y ARANQO 


tAS ANTILLAS 


ANTILLANOS ILUSTRES 

DON MANUEL DE ZEQUEIRA Y ARANOO 

Yo te juro, lei'jtor, por la buena memoria de Plctcido el 
poeta que, no obstante haber andado punto menos que perdido en 
el laberinto de la polítiea cubana dos lusti'os muy cabales, con- 
servo incólumes ciertas aficiones literarias que demás de haber- 
las por herencia, ayudó a inculcar y robustecer en nií la influenh 
cia benéfica d? his personas que darante la int'at.cia me sirvie- 
ron de guías y mentores. 

De ahí, lector que al- comerr'io con los libros, más placen- 
tero y útil que el trato humano, dedique, por ley psíquica de 
cuyo imperio inapelable no hay quien se liberte, el tiempo que 
los deberes de mi piofesión, y las exigencias de la vida no 
me reclaman. 

En la apacible compañía de aquellos maestros aprendí to- 
do lo que sé, que, si no es mucho^ podría ser menos, sin que 
X)or supina o desapoderad^., fuera mi ignorancia óbice a que 
un día a otro me vieras hecho un archipámpano, que milagros 
harto mayores suele. hacer, cuando está de vpna, la divina mi- 
sericordia. 

Pero no sólo me proveen los libros, de unas cuantas ver- 
dades — las que bastan en la demc/2racia in'electujl en que vi- 
vimos para pasar por hombre culto — sino que también encuen- 
tro en ellos manantial perenne de espirituales deleites. 

Escudriñando amorosamente en la penuuibra del pasado. 
del cual, qiiercim/}slo o no, es continuación y consecuencia lo 
presente, me regocija la contemplación de los caracteres que 
produjo a su tiempo esta sociedad^ al paso que estudio acaecí- 


LA« ANTILLAS 

inientos pretéritos e instituciones desapaiiíecidas, y de su exa- 
men derivo fecundas y provechosas enseñanzas. 

Y ahora, permíteme discreto lector, para que a mis palabras 
acompañe, como es de rúbrica, el sacramento de la confirma- 
ción, que traiga a tu memoria aquel período de la historia de 
Cuba, ahierto en 1790 por el genera^ don Luis de las Casas, y ce- 
rrado en 1832 con la muerte del Obispo Espada, de dulcísimo 
recuerdo, porque si es cierto que en aquellos días se desarro- 
llaron acontecimientos memorables que iluminan con luz viví- 
sima la evolución de esta humana colmena, no lo es menos que 
florecieron en ella poi entonces las más melificas abejas de 
que hay noticia en los anales de la comarca. 

Don Manuel de Zequeira y Arango^ cuyo retrato a las pre- 
sentes líneas acompaña, es uno de los varones meritísimos a 
quienes en el párrafo precedente me refiero. 

Este ilustre habanero hijo de don Simón Josef de Zequeira 
y de doña Sebastiana de A rango y Meireles nació en 28 de 
Agosto de 1764, se educó en el Seminario de San Carlos, don- 
dte riecibió ieristianas enseñanzas y se adiestró en el cono- 
cimiento de los autores clásicos, ingresó más tarde en el ejér- 
cito ; peleó bravamente en Santo Domingo y en Nueva Gra- 
nada ; desempeñó cargos militares de importancia, y obtuvo al 
cabo el retiro, habiendo alcanzado en* la milicia ¡oh, edad di- 
chosa y tiempos venturosc'S ! el empleo de coronel después di' 
cuarenta y ^eis años de activo servicio, 

Pero no eran los sangrientos laureles de Marte, como (Vyejí 
los poetas, valiéndose de un tropo, no a todos los milites aí)li- 
cable, los que habían de inmortalizar a Zequeira, sino el títu- 
lo que justamente la posteridad le discierne^ de fundador del 
Parnaso cubano, y el lugar que legítimamente le' corresponde 
ocupar entre los padres y creadores del cubano periodismo. 

Su obra poética, a la que más especialmente quiero ahora 
referirme, esparcida por las columnas de las publicaciones li- 
terarias que a partir del "Papel Periódico" fueron aparecien- 
do en esta ciudad, y sólo después — icuando la naturalezía que 
prodigó sus dofies a Zequeira le privó de la luz de la razón, — 


LAS ANTILLAS 

recogida en un volumen por la mano piadosa del Padre Várela, 
certifica elocuentemente, no obstante haber salido al público 
sin recibir la última mano del autor que en definitiva la perfec- 
ciona^ que el cantor de la pina descuella majesftuosa mente por 
sobre todos los poetas cubanos de su tiempo, .si se exceptúa a 
Ruvalcaba, único que con é] pudiera aparejarse. 

Por de contado, y habida isuenta de los escasos ocios que 
en determinado período de su vida pudo disfrutar por los aza- 
res bélicos jrai que por aquellos días ♦ístuvo f'ua'ediedja Em- 
pana, la fecundidad de Zequeira es extraordiiiaiia, si se le 
compara coi¡ sus contemporáneos, y de ello pofli'á cerciorarse 
cumplidamenlo quien sé decida a espig-ar en las desmedradas 
colecciones de papfles dp la é{)oca que — g'racias a! cí'io de hi- 
bliógT2,fos meritísimos — nos quedan aún, porque de la labor 
perseverante de aquel escritor encontrará huella indeleble en 
múltiples trabajos, ora en verso, ora en prosa, autorizados las 
más de las veces con pseudónimos indubitados, tales como Ar- 
7nenan.Qií€Ízel, Ezequiel Armiina, Anselmo Erquea y Gravina, 
Raquel Yum Zenea e Izmael Raquenue. 

Entre otros firmados con el postrero de los precedentes ana- 
gramas descuella la égloga titulada Alhano y Galaica, que a la 
circunstancia de no haberse publicado íntegra nunca con el nom- 
bre de su autor, une la de ser una de las más dulces e inspira- 
das que (Te su pluma salieron, y porque no vayas a pensar que 
exagero, déjame, lector, que a coiitinuación muy puntualmen- 
te, .copie la estrofa inicial de la susodicha composición. 

No canto de los héroes los trofeos, 
Ni asuntos dignos de ocupar la fama. 
Canto sí por cumplir con mis deseos 
Que esta es la mayor gloria de quien ama. 
Canten, digo, altamente los Orfeo« 
• Y disfruten del Pindó sacra rama; 
Que mi Musa, llorandí? mis amores 
Canta humilde mire, Chozas y Pastores. 

§ 


LAS ANTILLAS 

Suscritos también por Izmael Raquenue y bajo el título de 
Retrato de Siparizo aparecieion en el Papel Periódico de 15 de 
Julio de 1792 unas quintillas más que medianamente salpimenta- 
das describiendo la ridicula indumentaria, de los petimetres con- 
temporáneos. Hízole ascos a la (Composición y reparos al poeta un 
comunicante que firmaba Luengo Gimezlas anagrama de Mi- 
guel González, y hubo entre ambos zambra periodística para 
tato, que no sin fruto podrán leer em los pmpeles de la época, 
los aficionados a estudiar las fases porque ha pasado en Cuba la 
polémica literaria. 

Pero no fué la cuerda satírica la más acomodada al genio 
de Zequeira, que tampoco en el género épico al que se dedi- 
có preferente y ahincadamente, estitmulado acaso por el glo- 
rioso 1 cuerdo de Ercilla, alicanzó a escribir obras que pasma- 
sen al mundo y lo colmaran de regocijo. 

Caso extraño y original el de este hombre, dedicado desde 
temprana edad al ejercicio de las armas, expectadcr interesa- 
do y anhelante unas veces, contendiente arriseadr> y valeroso 
otras en sangrientas guerras, y poeta al mismo tiempo más y 
mejor inspirado por los dulces afectos de la vid.a civil o la se- 
rena contemplación de la naturaleza, que p r el magnífico pa- 
norama de la conquista de México o la terríficu visión del dos 
de Mayo. 

La más feliz inspiración de Zequeira, y sábete lector, que 
no me sarresto a hablar en est« negocio por cuenta propia, si- 
no que vengo muy bien acompañado, es sa oda en sáficos a la 
pina que 

Del seno fértil de la madre Vesta 
En actitud erguida se levanta. 

Y porque veas como la imaginación de su autor se extasía 
ante las rientes perpectivas de la paz bienhechora quiero de- 
leitarte con la reproducción de las estrofas que vas a leer : 

Salve, divino fruto^ y con el óleo 
Pe tu eseacia mis labios embalsama ; ; 


LAS ANTILLAS 

Haz que mi musa, de tu elogio digna 

Publique tu fragancia. \ 

Así el demente; el poderoso Jove. 
Jamás permita que de nube parda 
Veloz centella que tronando vibre 

Sobre tu copa caiga. 
Así en tu rededor jamás Belona 
Tina los campos con la sangre humana, 
Ni algún tirano asoU-idor derribe 
Tu trono con su espada. 
Así el céfiro blando en tu contorno 
Jamás se canse de batir sus alas, 
De tí apartando el ccrruptor insecto 

Y el aquilón que brama. 
Y así la aurora con divino aliento 
Brotando perlas que en su seno cuaja 
Conserve tu esplendor para qufs seas 

La pompa de mi patria. 

Ni antes ni después de Zequeira, dicho sea sin espíritu 

de murmuración ni de contiunelia, ha producidc Cuba otra 

pina que a la de autos, pueda por su dulzura y fragancia 
compararse. 

Y ahora, lector, para despedirme de -tu benévola ateucióu 
con una nota que me atrevo a señalar como interesante, voy a 
transcribir al pié de estos renglones un breve diálogo escrito 
y publicado por' Zequeira en 4 de Noviembre de 1802, y que 
es como sigue : 

Pregmitas de mi abuela y respuestas dr su nieto 

A. ¿ Quién es el que en este mundo 

contento la vida pasa ? 
N. Aquel que jamás se duele 

de las miseri'es humanas 
A. ¿Quién es el que menos medra, ;'" 


LAS ANTILLAS 

Fortuna, en tu rueda varia? 
N. Aquel que sigue el camino 
^ que honor y virtud señalan. 

A. ¿ Quién es el que a la justicia 

se atreve con firme cara 1 
N. Es aquel... ¿lo digo? el oro 

que vence por donde maricba. 

Acaso en la honda amargura que la contemplación aira- 
da de la injusticia victoriosa, y la avillanada concupiscencia 
triunfante produjo en el ánimo del poeta inspirándole í'sta y 
otras composiciones análogas, encontraremos la clave del cruel 
infortunio que apagó) anticipándose a la muerte, la antorcha 
del pensamiento en aquel icerebro privilegiado, 

Sergio Cuevas Zequeira. 
De la Academia de Historia 


LAS A N T I L L A S 


El Quijote y el Examen de Ingenios 

Conferencia pronunciada en el Atnieo de fsi'i Ciudad, 
Por el Dr. Sergio Cuevas YjfqiK '/'•',-. 

(Versión taquigráfica de los señores Luis Garí-ía Galbraitli. J. 
Gardano y Enrique Hiraldez de Acoslci. < 

Señor Presidente del Ateneo, Señoras y Señores: 

El dominio invencible con que desde temprana edad ava- 
sallaron mi espíritu las obras inmoitales cu qiií' cristalizó el 
g-enio literario de los pueblovS neolatinos, expi' a y justifica mi 
presencia en este sitio, del cual en cierto modo parece alejarme 
la índole especial de los estadios a que vengo hac" años dedicado 
con preferente y asidua atención. 

Determinar' ion es liereditarias " "i ' ccaisciciil!' o incons- 
cientemente todos pagamos t- de él logren excep- 
tuarse siquiera aquellos que de una jk reiterada y visible 
pretenden sustraerse a la aQsión de esta ley, dieron vida y calor 
a aquel sentimiento cié admir? "n que acendraron después con 
su benéfico influjo las ma' .ú en el hogar encaazaron mi 
inteligencia por firmes de . oteros y el colegio en que vine con 
el andar del tiempo a hacer mis primeros cstii íios de huma- 
nidades. 

A la compleja virtualidad de factores tan poderosos y de- 
cisivos, a la natural y legítima inclinación que permanentemen- 
te nos asocia icon los que participan de nuestras ideas y obede- 
cen al estímulo de nuestros sentimientos se debió sin duda, se- 
ñoras y señores, que el apacible alborear de la j.uventud me 
sorprendiera entregado cc-n delicia inefable y en compañía de 
un grupo de inteligentísimos condiscípulos a la contemplación 


LAS ANTILLAS 

y al estudio de las grandes creaciones literarias aeamuladaís por 
los pueblos de cepa latina, y muy especialmente, como era natu- 
ral; de las que para asombro de extraños y gloria y regocijo 
propios produjo en felices horas de acierto la nación hispana. 
De ese grupo, disperso primero por el curso de los acon- 
tecimientos y diezmado luego por el helado soplo de la muerte 
sólo quedamos en la brecha, fieles al culto de comunes ideales 
acariciados hoy con la misma fe que ayer, en los pasados días 
cuya melancólica evocación vuestra indulgencia me haba de 
perdonar seguramente, allá en las riberas del terruño inolvida- 
ble un publicista de vigorosa mentalidad y d?' er.v'diabl- 
fama, y yo aquí, tan generosamente acompañado del públi:' > 
favor, que al conjuro de mi pálida palabra, desoyendo aca^:o 
más placenteros reclamos acude y se congrega una muchedum- 
bre tan escogida y entusiasta, como la que vosotros iliora for- 
máis en torno de esta tribuna. 

Y entre esas obras de nuestra predilección a que antes es- 
pecialmente me refería y que son maduro fruto de una civiliza- 
ción original, hay dos, que vivirán mientras no se extinga en 
el planeta el himno maravilloso de la lengua castellfsna; una de 
ellas es la que da motivo a esta fiestj, la que brotó de la pluma 
del hombre inmortal y prodigioso, paradoja viviente a quien la 
suerte para enseñarnos sin duda, que la realidad es fecunda 
en abrumadores contrastes, quiso atrofiar una mano en la na- 
val dura palestra de Lepanto para que luego, con la única 
ilesa y mil veces diestra mano, escribiera el libro capital de la 
hispana literatura, ese libro al que puede llamarse sin hipérbole 
tesoro de un pueblo y admiración. y pasmo de todos los otros 
de la tierra. (Grandes aplausos.) Y el otro, de la fama menos 
celebrado, de no tan alto valer literario como el Quijote, pero 
tal por su originalidad, por sa doctrina, por su inmensa tras- 
!?-endencia filosófica que sin él, aparecería incompleto y mutilado 
el pensamiento español en La centuria décima sexta, es el Exa^ 
men de Ingenws para las Ciencias, esciito por el. doctor Juan 
Huarte. 

Y ambos en mi espíritu dejaron huella tan imborrable, que 
aun es fá'^ü encontrar su rastro persistente en mi oscura la- 

10 


LAS ANTILLAS 

hor fio periodista y de maestro, ya que si es verdad que de mis 
escritos dijo alguien acariciando mi oído con el eco halagador 
de una valiosísima lisonja, que olían a pergamino, no es menos, 
cierto que a la obra imperecedera de Huarte he dedicado al- 
gunos de mis más meditados trabajos universitarios. Y preci- 
sa mí'iite, señor-es, en un interesante opúsculo dado a las prensas 
no hace mnchos años por el- eminente profesor Salillas, de la 
Univeisidad de Madrid, se afirma que en las páginas del Examen 
encontró Cervantes el estímulo y la inspiración generadores 
de su fábula maravillosa. 

Para llevarnos al campo de la convicción, (^scudriñ'i el doc- 
tor Salillas con suma perspicacia la historia H-m fainosf) hidalgo. 
y ya en el título del libro, cuyos elementos integrales analiza 
con raro ingenio, vemos apareioer las primeras manifestaciones 
de una indiscutible coincidencia que se hace más visible y evi- 
dente cuando penetrando en el cuerpo de la obra se detiene ante 
la noble figura de Alonso Quijano el Buerio, y nos señala su 
singular condición mental, de vosotros bien conocida, como ima- 
gen o reminiscencia de aquella otra por una tradición tan re- 
mota t3omo incierta, atribuídva a Demócrito de Abdera, en una 
anécdota a que dio Huarte hospitalidad en el primer capítulo 
de su libro, al sólo propósito de demostrar que por maravilla 
se hallará un hombre de muy sutil ingenio que no pique 
algo en manía. 

Y en efecto, según el texto de la conseja a que me he refe- 
rido, aquel pensador eminente a quien señala Lange en su His- 
toria del Materialismo como fundador del más cf)lierínte y ló- 
gico de cuantos sistemas de filosofía nos legara el pensamiento 
helénico, fué juzgado como loco hasta tal punto, que sus conciu- 
dadanos requirieron para curarlo los auxilios de Hipócrates, 
quien después de haber departido con él por largo espacio de 
tiempo, como sólo tratara, dice Huarte, de discursos del enten- 
dimiento y no de la imaginativa, donde tenía el filósofo la le- 
sión, volvióse a las abderitas. y les deijo : Deraóerito es hombre 
sapientísimo y vosotros que lo tuvisteis por desatinado y sin 
juicio sois los verdaderos locos. ¿Y quién no verá en el falso 
Demócrito de esta leyenda algo así como el anticipado modelo 

11 


LAS ANTILLAS 

de aquel hidalgo cuya diseieción y buen juicio cuando se le 
movía plática sobre temas extraños a la taaballería, encarecía 
el mismo Sancho, ponderaba el Cura hablando con Cardenio y 
admiraban todos cuantos tenían oportunidad do escucharle? 

Porque así me parece cierto^ porque no cabe creer que tan 
diligente rebuscador de impresos como lo faé Cervantes desco- 
nociera e] libro de Huarte, escrito en 1557 y editado por pri- 
mera vez segíín opinión autorizada de su entusiasta panegirista 
el doctor Guardia por lo menos en 1580, no he vajeilado en íifir- 
mar de acuerdo con Salillas que efectivamente existe una iinic- 
gable relación entre el Examen y el Quijote. Pero aparte de 
esta influencia del primero en la que me permitiréis desi'jrnar 
con el nombre de inspiración extema del segundo de los citados 
libros, aparcerán ante vosotros unidos por más estrecho vínculo, 
si ahondando en el pensamiento de ambos autores hasta dar con 
la que llamaría Rabelais sul)sta7itifica médula de sus respectivas 
creaciones, logro poner a plena luz el prpósito comútj que los 
determinó a escribirlas. Creo, señoras y señores, que en ma- 
ravilloso -acorde, son esas dos notas denominadas el Examen de 
Ingenios y el Quijote un llamamiento a la gente hispana para 
que abandonando las inaccesibles alturas del ensueño echara pie 
a tierra y recomenzara sus antiguas y acostumbradas excursio- 
nes por el campo de la realidad, y para confirmar esta opinión 
que tengo por muy cierta, dejadme que en rápida ojeada ponga 
de manifiesto los caracteres específicos de la naza que por virtud 
de múltiples ¡concausas se fué formando al paso de los siglos 
en el candente laboratorio de la península ibérica. 

Formada el alma hispano^ por un determinismo geográfio 
fácilmente comprensible, en el .aprendizaje de rudo batallar sin 
límite ni tregua ^robustecióse en ella desde bien temprano la 
voluntad con fuerza tal que en el apetito de acción -exacerbado 
hasta la hiperestesia que da tono a su psicología, encontraremos 
la clave de aquel realismo sobrio, eterno auyentador de fantas- 
mas y vestiglos que informa todas las creaciones de su pensa- 
miento y explica todas las vi^cisitudes de su historia. 

Congruente con ese espíritu, la filosofía española abando- 
na desde el alborear de su existencia los laberínticos derroteros 

18 


LAS ANTILLAS 

de la especulación metafísica y persi^iendo, desdeños'a u olvida- 
da de nebulosas abstracciones, la investigación de los métodos 
precisos y de las orientaciones necesarias para la vida real, da 
al mundo con Séneca, el más grande filósofo de la España ro- 
mana, un moralista, y más tarde, en la riente aurora del rena- 
cimiento, tcon Luis ^ives, el más vigoroso de sus pensadores, un 
educador, es decir, otro moralista. Corren las ciencias por 
el propio cauce de aplicación a la práctica ; y cuanto a la poesía, 
su más antigua cristalización, el poema épico, es en España una 
prolongación idealizada de la historia que al fejundo seno de 
la realidad y no a la fábula pide, para eantarlos, sus paladines 
legendarios y sus caballeros heroicos. 

El más grande de ellos aunque exaltado por la fantasía 
popular hasta convertirlo en altísima personificación del genio 
nacional durante los azarosos días de la reconquista, ni en el 
Cantar de Mió Cid, ni en el Romancero, se nos presenta asistido 
directamente de poderes sobrenaturales, o servido por la mano 
mirífica de sutiles enoantadores, y si el éxito corona con vict*- 
rias icasi increíbles sus más atrevidas empresas, débelo al temple 
de su espada, a la fuerza de su brazo, a la incomparable bra- 
vura de su corazón. {Aplausos). Y si, escudriñando en los 
más íntimos repliegues del pensamiento hispano, vamos a dar 
con sus místicos inmortales, los sorprenderemos, puesta la ma- 
no con ardiente celo, en el propósito de echar un puente sobre 
el abismo infranqueable que separa del hombre a Dios, más 
no para sumirse absoitos en la contemplación del Uno, y cnn él 
confundirse a la manera de los neo-platónicos alejandrinos, sino 
para atraerlo a la tierra, rendido por la fuerza de un amor, que, 
como dijera con singular .acierto Oliveira Martins, nada tiene 
de metafísiso, y fundir en una con la propia, la conquistada 
voluntad del divino esposo por quien suspiran. 

Y este carácter particular de su misticismo, no sólo apartó 
a los españoles de las aberr>aciones y delirios del panteísmo ger- 
mánico sino que pone de manifiesto una vez más las capittales 
diferencias que a uno y otro pueblo scpaiau. y de las cuales diera 
ya un testimonio el abatimiento y disolución de la efímera 

13 


LAS ANTILLAS 

monarquía visigótica "al empuje de unía sola batalla, y la inven- 
cible hostilidad que persiguió siempre en España a los apóstoles 
y corifeos de Ta refornia luterana. 

Por tan estupenda concepción, a^caso única en la historia 
religiosa de todas las gentes, el espíritu inquieto de Teresa de 
Jesús encuentra en el fondo de sus eróticos arrobos tesón y 
arrestos suficientes para reformar la orden del Carmelo, y el 
hidalgo de Loyola surge de las embriagueces del éxtasis dis- 
puesto a crear la más poderosa y resistente milicia que desde 
los días memorables del concilio de Trento hasta el presente, ha 
conocido la cristiandad. (Aplausos.) 

Pero merced al natural influjo de sus múltiples relaciones 
,2on otras comunidades civilizadas, abre España sus puertas a 
elementos extraños, que vienen a modificar en parte su genuina 
condición, y ya desde la centuria décima cuarta los discreteos 
pueriles, y la afectada galantería importados por los trovado- 
res provenzales matizan con sus exóticas tonalidades el cuadro 
de la literatura castellana, que arrastrada luego por los núme- 
nes delirantes de la sinrazón a las vacuas regiones de la qui- 
mera, en la novela caballeresca poblada de esfinges, sátiros, 
enanos hórridos, y espantables y desaforados gigantes, nos ofre- 
ce los deplorables frutos de la más frenétiica hinchazón. 

Redivivos por otra parte recuerdo y obras de traductores 
y escoliastas judíos e hispano-árabes de la filosofía griega, el 
idealismo platónico, el empirismo del Estagirita, y más tarde, 
con León Hebreo y sus incomparables Diálogos de Amor, el 
eclecticismo platonizante de los alejandrinos señalan nuevas 
orientaciones a la investigación filosófica, que cristaliza al cabo, 
allá por los primeros días de la edad moderna, en una estéril 
especulai3Íón sobre las causas finales emprendida siempre bajo 
la dictadura de Aristóteles, con el sigolismo por arma única y 
definitiva, el milagro por última ratio, y la querella acerca del 
valor de los universales como manzana de una inagotable dis- 
cordia entre metafísicos de quienes puede afirmarse, recordan- 
do una frase de Taine sobre el poeta inglés Cowley que si po- 
seían todos los medios de decir lo que fuera de su agrado, no 
tenían en cambio nada nuevo que decir a sus contemporáneos. 

14 


LAS ANTILLAS 

Así, por tan exóticas vías descarriado el intelecto hispano. 
la odisea maravillosa que calminó en el descubrimiento de Amé- 
rica, vino a borrar definitivamente de la conciencia popular los 
imprecisos límites que aun se levantaban en ella, separando 
del mundo del ensueño y de la fantasía el mundo de la realidad 
y de la experiencia. 

Porque, en efecto, señores, aquel extranjero (Te mág-ica 
elocuencia y singular prestigio, contra el cual se eni-respabaii 
en oleajes de protesta la ciencia española por el órgano de sus 
universidades, y el común sentir de las gentes par la voz de sus 
muchedumbres, al coronar con inesperado éxito su brillante y 
cuasi quimérico ensueño, tal parece que de los mares ignotos 
por él suicados con temerario arrojo, y de las regiones remo' as 
por él entregadas a la luz de la civiliza^sión llevaba a los pueblos 
que deslumhrados y absortos le salían al paso en los días del 
retorno, un mensaje de esperanza eji la posibilidad de los más 
irrealizables empeños. (Aplausos.) De los arrisca!., s aventu- 
reros que alcanzaron con la conquista, a poner rema i e a aque- 
lla empresa, acaso la más grande en que jamás haya el h mbre 
ejercitado su voluntad, ha dicho con razón el historiador lusi- 
tano a quien ha poco aludía, que sus hazañas excedieron al lí 
mite que la naturaleza impone a la temeridad human i, pero, 
a continuación, y refiriéndose a la nación que les dio vida, afii'- 
rna que al heroico esplendor de aquellos días sucedió la sorda 
acción de las reacciones de la fatalid-ad. 

Presa inconsciente de esas reacciones que a inevi able aba- 
timiento la precipitaban, segaía no ob.stante la Monarquí i, ci;- 
tellana acariciando sueños de grandeza y de gloria, miien'ras .-us 
macilentos y empobrecidos vasallos prodigaban su xang e coi 
increíble arrojo en lejanas e inútiles contiendas, o en de-con- 
certado vaivén del templo al quemadero, don tro del territorio 
patrio, mitigaban de cuando en ¡cuando sus tristezas con la no- 
ticia de alguna estéril victoria en Italia, o (,'on la llegada de 
los galeones de Indias, para ellos y para sns lacerías económicas, 
paladinamente ineficaz. 

Y, precisamente, señores, en la oportuna sazón que le brin- 
daban los días de aparente esplendor y de efectiva decadencia 

- ■ . . . > 15 


L' Á B ANTILLAS 

que siguieron a aquel agitado período de la hispana historia, 
escribió el doctor Juan Huarte su Examen de Ingenios para las 
ciencias, y lo esieribió a despecho de lo que era por entonces co- 
mún usanza entre las personas doctas, en la lengua materna, 
bien por razones de justificado patriotismo^ análogas a las que 
para redactar en el propio idiom.a la más famosa de sus obras 
adujo años adelante el agustino Malón de Chaide, bien inspirado 
en el noble propósito de hacer llegar a todos sus conciudadanos 
el conocimiento de las verdades que en el libro se proponía 
sacar a luz. 

En él, y desde sus primeras páginas, rompe gallardamente 
Huarte con las supersticiones teleológicas, en su tiempo tan 
'airaigadas, y una vez eliminadas del campo de la Filosofía natu- 
ral las causas finales .a semejanza de enclaustradas vírgenes, san- 
tas y estériles,, rechaza el milagro como sola y definitiva expli- 
cación de todos los fenómenos que a la huniana consideración 
ofrece la realidad en sus múltiples aspectos, y busca para los 
hechos naturales, causas científicas, concordantes ¡con las leyes 
qje rigen la existencia de todos los seres en el universo. 

La visión ultra espiritualista de aquellos metafísicos ex- 
traviados en el campo de la Psicología que distribuyen alterna- 
tivamente entre dos entidades disímiles, rivales las más de las 
veces, y nunca perfectamente acordes, todas las formas de la 
humana energía, se desvanece al conjuro irresistible de los ra- 
zonamientos que Huarte, lejano prei3ursor de la ciencia mo- 
derna, va presentando en su Examen con rigurosa sistematiza- 
ción, hasta mostrarnos, mediante la constante e ineludible co- 
rrespondencia de nuestras actividades psíquicas con nuestras 
actividades orgánicas, la cabal y completa unidad de ese mara- 
villoso fenó?íieno que se llama la vida humana. 

liíndese al peso de argumentos no menos sólidos evocados 
por Huarte, el poético ensueño do la reminiscencia platónica, 
con su obligadi- corolario referente a la existencia del innatis 
!mo y planteado a nueva y clarísima luz el problema del cono- 
cimiento , surge éste a nuestros ojos^ despojado de los mendaces 
velos con que pretende encubrir su origen el sonambulismo idea- 
lista, como lo que es en realidad, como el producto de la congun- 

16 


LAS ANTILLAS 

,cióu operada. Hundíante la permanente complicidad de los sen- 
tidos '^ntre el mundo externo y el espíritu hwnano, que a los 
ostímilos generadores de ese proceso de fcundación, rseponde, 
no con la pasiva plasticidad de un aparato fotográfico, sino coi' 
toda la espontaneidad de un ser activo dando vida a esas aladas 
e impalpables señoras del mundo que s»e llaman las ideas, en las 
cuales es siempre fácil descubrir el sello indeleble de la mente 
que Ihs concibió. Mas, por esa misma ineludible complicidad, 
parece decirnos Huarte anticipándose en dos siglos a William 
Hamilton, con su ejemplo de los cuatro observadores cuya vi- 
sión, alterada pqr humores distintos les hacía formar concepto 
diferente de un mismo aspecto de la realidad, nuestro conoci- 
miento de lo objetivo está condicionado por el órgano que en 
cada caso contribuye a su formación, y en último extremo viene, 
,3on sus repetidas afirmaciones a enseñarnos de una manera 
categórica, que los fenómenos, manifestaciones pasajVíras de 
una entidad permanente e incí)gnoKeible, constituyen todo el 
caudal de nuestra experiencia. 

Ahonda luego como nanea liuhieramos podido sospechar 
que en aquellos apartados tiempos habiía podido hacerse, en el 
arduo problema de la influencia dei ' físico en las activi- 

dades psíquicas del hombre, llegando por una serie de razona- 
mientos perfectamente lógicas, ¡a afirmaciones tales a ese res- 
pecto, que lo señalan a nuestra admiración como antecesor de 
aquel sociólogo inmortal que lleva el glorioso nombre de Hipó- 
lito Taine. — (Aplausos.) 

Y no sólo en este acápite atañedero a la acción conforma- 
dora del medio físico sobre el sujeto a él sometido se anticipó 
el autor del Examen al saber de su época, porque también se 
arrestó a afirmar en su libro admirable, que el ingenio, bueno 
o malo, con que venimos positivamente a la vida es una conse- 
cuencia del estado de los padres en el momento de la gestación, 
y es bien notorio que esta doctrina aceptada hoy como una hi- 
pótesis de mucho peso y de no escaso valor, se ofrece como ía 
mejor explicación de las diferescias originales de carácter y 
de inteligencia que presenta el hombr a la considra^ción de los 
psicólogos modernos. 

17 



LAS ANTILLAS 

Estudia luego, como lógica derivación de las doctrinas que 
en el Examen ha ido exponiendo, los diferentes temperamentos 
en que puede considerarse dividida la humanidad, según el pre- 
dominio en cada caso de determinados humores^ y adelantándo- 
se por maravillosa intuición, a las afirmaciones de la más avan- 
zada Psicología de nuestros tiempos, sostiene con imperturba- 
ble entereza, por aquellos días verdaderamente temeraria, que 
en definitiva, la virtud y el vicio y la mayor o menor aptitud 
para una u otra ciencia son productos de aquella diferencia de 
temperamentos por c-1 semlada, y tras encomendar al médico 
la misión de combatir el vicio y robustecer lá virtud, confía al 
legislador el cuidado de encauzar las actividades del individuo 
en la República por la vía más conforme con la capacidad de 
cada uno. 

Como habéis visto, señores, por la rápida exposii3Íón que, 
de las doctrinas de Huarte os acabo de hacer, el deseo de mejo- 
rar la condición humana en general, no fué ajeno a la redac- 
ción de su obra, pero el propósito cardinal que la inspiró fué el 
de refutar errores filosóficos incongruentes con el genio de su 
raza, para contribuir a la gloria de su patria y a la felicidad 
de sus conciudadanos, apartándolos de las extraviadas sendas 
a que podía arrastrarlos fácilmente el desiconocimiento de sus 
propias aptitudes y demostrando que la moral, la política y la 
educación de un pueblo deben descansar sobre la base de una 
acertada y previsora psicología. 

Algo parecido, aunque salvando la natural distancia qin' 
forzosamente ha de mediar por su índole diversa, entro aquel 
luminoso haz de científicas investigaciones y la más alta ficción 
que jamás conocieron los tiempos, puede decirse del Quijote. 
porque si tuvo Cervantes la suerte de sorprender, consciente 
o inconscientemente, un aspecto de la humana condición y fi- 
jarlo en sus páginas inmortales, no parece aventurado afirmar 
que en aquel caballero magro y desvaído, que, entero el ánimo, 
pero quebrantado er pulso y menguadas las fuerzas, soñaba no 
obstante con realizar hazañas descompasadas e inverosímiles 
puso, con mano amorosa, fiel trasunto de la fisonomía moral del 


LAS ANTILLAS 

pueblo híspano, tal como éste a sus ojos se ofrecía en el jjreciso 
momento de esfcribir su libro imperecedero, 

Y he dicho, señores^ que lo hizo amorosamente, porque jkj 
habiendo podido Cervantes sustraerse al influjo de aquel idea- 
lismo desapoderado y morboso que por virtud de las causas que 
-os he indiciado, se había ido posesionando del espíritu nacional, co- 
mo harto lo proclaman las vicisitudes de su atormentada exis- 
tencia, fué él mismo un sublime visionario que, émulo de su 
héroe, anduvo siempre hurtando el cueipo a La realidad. 

Hay en el inmortal recuento de las aventuras del hidalgo 
manchego, rasgos autobiográficos, páginas que parecen arran- 
cadas a las propias experien,2Ías del narrador y así como bajo 
las turbias y revueltas agaas de un río yai'e a veces rica vena 
de aurífero polvo, bajo la suave ola de risa que por todo el libro 
se espacia, se adivina el temblor de la emoíMÓu, y e! amargo fluir 
las lágrimas. {Aplausos). Lágrimas y emcoióii bien naturales 
señores, porque, como aquel Sebastián Brandt que en 1494 
publicó una satírica alegoría titulada "La Nave de los Locos", 
en la cual tuvo el feliz acierto de reservarse un niodesto lugar. 
Cervantes en la crítica que desploma sobre la sociedad de que 
fué contemporáneo, deja ver bien claro que él mismo es en cierto 
modo un caso más de las lacerias que fustiga. 

El desenfrenado hervor de una imaginación, en cuya fra- 
gua encendida se forjaron los ensueños irrealizables y los pro- 
pósitos temerarios, a Cervantes y a su pueblo igualmente fu- 
nestos, ¿ en dónde encontrarán¡ jamás advertencia y 'castigo 
comparables a las desventurtadas andanzas del amante de Dul- 
cinea, que en vez de matar endriagos, hender gigantes y des- 
cabezar serpientes^ acuchilla cueros de vino, alancea molinos de 
viento y deshace ejércitos de mansas bestezuelas; que no a do- 
lientes y encantadas princesas, sino a cínicos bandoleros alcan- 
za a libertar con el filo de su espada y en fin, señores, que, lle- 
gado el momento misterioso y dulce de la victoria más grata al 
corazón de un caballero andante, cuando cree estrechar entre 
sus brazos a una gentil infanta por sus grandes arrestos y glo- 
riosa fama subyugada, dase de bruces, y ¡vive Dios que al con- 
siderarlo se llena el pecho de indignación y de ira ! con la des- 

19 


LAS ANTILLAS 

layada y astrosa Maritornes, no al blando reislamo de su amor, 
sino a la voluntad de un arriero zafio y brutal, dispuesta a 
rendirse sin dilación y sin recato? {Grandes aplausos.) 

Y permitidme, señores, que os haga notar cómo este episo- 
dio, de igual manera que aquellos otros en que Dulcinea — cifra 
y compendio de toda perfeción y de toda hermosura, si el hi- 
perbólico razonar de Don Quijote uos atenemos— es no obstante 
motejada por Sancho, ahora con despectivas alusiones a su 
verdadera condición, ahora con mordaces invectivas, sobre ofi-e 
'CejTioi: la más acerba sálirp. que jamás se haya escrito en leni^-ia 
española contra los gárrulos declamadores cuya altisonante re- 
tahila de hueros epítettos y de símiles sutiles y alambicado., 
iba proscribiendo del campo literario los graves conceptos de 
la señorial galantería castellana, pone de manifiesto en ejercicio 
aquella portentosa virtud evocadora de lúcidos constrastes que 
poseyó Cervantes en grado eminente, y a la que se refería desde 
esta misma, tribuna, en reciente doctísima .3onferencia, un joven 
de gran talento y sólida cultura. 

Y si a otros aspectos de la hispana actividad dirigimos 
nuestra atención, ¿quién no descubrirá en las fórmulas caba- 
lísticas empleadas por Don Quijote para confeccionar el bálsamo 
de Fierabrás, y en los estupendos aforismos promulgados en la 
ínsula Barataría por el doctor Pedro Recio, el intento, altamen- 
te laudable de poner en solfa doctrinas y procedimientos, aini 
que inspirados en la superstición más que en la ciencia, muy 
en boga entre los galenos de su tiempo? 

Y no sólo sobre éstos descargó Cervantes la sal de sus 
donaires, que también la hizo caer con mano certera sobre les 
encargados de administrar justicia y sobre el tenebroso laberin- 
to de sus prácticas nefandas, que por inmerecida desdicha tuvo 
sobrada ocasión de conocer. 

Los sumarísimos fallos dictados por Sancho en el breve 
período de su efímero gobierno y el inesperado acierto que en 
todos ellos resplandece, si pregonan su buen juicio y sana con- 
dición, nos lo muestran además muy otro, de aquellos magistra- 
dos rutinarios y crueles que por los días en que se escribió el 
Quijote, solían tras el lento andar de interminables procesos, 

20 


•LAS ANTILLAS 

hacer escarnio de la humanidad y del derecho con sentencias 
irracionales. Las del ínclito escudero, por lo que hay en ellas 
de aleatorio y de equitativo a la vez, evocan el recuerdo de 
aquel Bridoye de quien refiere Rabelais — ese hermano menor 
del glorioso manco — en el libro tercero de las pantagruélicas ha- 
zañas, que habiendo sido acusado ante los jueces del Parlamento 
de Myrelingues de haber fallado injustamente en cierto nego- 
cio, se limitó por único descargo, a declarar que sin duda por 
su avanzada edad, ya no veía bien los dados, y agrega el propio 
narrador que a las interrogaciones del Presidente Trinquame- 
11 e sobre los dados a que aludía, contestó con serenidad imper- 
turbable que, como seguramente también ellos lo hacían, él. an- 
tes de juzgar echaba siempre los dados, absolviendo o conde- 
nando en /cada caso, según lo que éstos le indicaban ; no obstante 
lo cual todas vSus tentencias habían sido aprobadas dnran*^-^ 
cuarenta años por aquel sabio y venerable tribunal, (Rif^as). 

Pero las páginas donde se destaca más vigorosamente el 
propósito capital de Cervantes son aquellas en que í)r>n Dieg) 
de Miranda, luego que el famoso hidalgo le hubo contado cómo 
salió de su patria, empeñó su hacienda y dejó su regalo para 
irse por el mundo en busca de aventuras, le pone ante los ojos, 
en trazos de concisión admirable, el cuadro de su propia vida, 
demostrándole cómo bastan a hacer ejemplar y fecunda nuestra 
existencia, sin necesidad de arrojarnos por el despeñadero de 
utópicas empresas, el cuidado de los bienes, los halagos del ho- 
gar y el ejercicio de la virtud. Y tal parece, señores y señores, 
que aquel santo a la gineta, como en los transportes de su 
entusiasmo lo apellida Sancho, no al mísero caballero sin juicio, 
sino a todo el paeblo español llama y conjura para que abando- 
nando los ásperos senderos del ensueño irrealizable, sofrene sus 
anhelos de dominación y de conquista, se acoja al dulce arrimo 
del patrio saelo, y se entregue con la tenaz perseverancia pro- 
pia de su genio, a las redentoras faenas de la paz y del trabajo. 
(Aplausos). Mas, cuando así no fuera y sólo viéramos en el 
Quijote una parodia inimitable de otros libros de mero entre- 
tenimiento, los que sabemos cuan desolada y sombría sería la 
humana vida sin la blanca luz que derrama sobre ella el deliquio 

21 


LAS ANTILLAS 

inefable de la emoción estética, no vacilaríamos un sólo instan- 
te en unir la nuestra a la opinión, de los que aclaman a Cer- 
vantes príncipe de los ingenios, y señalan su obra como el más 
noble blasón de la hispana literatura. 

Y al universal concierto que ratifica ahora ese veredicto 
de los siglos, puede asociarse Cuba recordando- eon legítimo ( .- 
güilo, que fiel a los altos timbres de la raza, dio con aquella 
Cecilia Valdés que es acaso .nuestra más intensa producción 
artística, una valiosísima presea- a la diadema de sa realismo 
tradicional, y que Várela y Luz, los dos grandes filósofos que 
produjo en el pasado — yñ que sólo a los muertos he de referir- 
me — fueron, ¡como Séneca y Vives, psicólogos, educadores mo- 
ralistas apartados sistemáticamente de toda abstracción meta- 
física. (Grandes aplausos,) 

Y a esta glorificación del maestro inmortal que mutilado 
en Lepanto, cautivo en Argel, pobre y desoído en su patria aun 
tuvo alientos bastantes en el oc^so de sus días para escribir el 
libro singular con cuya lectura se deleita desde hace tres cen- 
turias, sin tregua y sin cansancio la humanidad entera, con- 
curran con nosotros los pueblos todos que desde la mo ve liza 
frontera de Río Grande en Méjico, hasta las procelos^as agua í 
del estrecho que besa los confines meridionales del mundo co- 
lombino viven sujetos a su imperio por el dulce yugo del habla 
maravillosa de nuestros padres. (Grandes y atronadoras salvas 
de aplausos saludan al orador.) 


22 


LAS ANTILLAS 

DESCONCIERTO 

Homobono era un labriego 
que, adscrito a terrón enjuto, 
cobrábale anual tributo 
al brazo hurtando sosiego. 

Tuvo el pobre escuela agraiia 
de empirismos en la herencia. 
y i es claro ! faltaba eseiui'ia 
a su labor rutinaria, 

mas, dando surco al raigambre, 
y aquí un tajo, allá un deshoje, 
si no colmaba la troje 
tampoco le hurgaba el hambre. 

Presa un día del cansancio 
oyó que su pena crónica 
achacaba voz irónica 
de tal método a lo rancio, 

y cediendo, como Eva, 
de afán curioso a la insidia, 
tedio y quimeras en lidia 
echáronle por vía nueva, 

Pero del saber las icumbres 
ninguno escaló de prisa, 
ni es mudarse de camisa 

variar añejas costumbres. 

Con lógica asaz perversa 
discurriendo el buen palurdo, 
se dijo : — ' ' ¿ Lo antiguo es burdo ? ' ' 
Pues vaya todo a la inversa". 

Y, de usos en desacato, 
caña sembró en pedregal, 
regó tabaco en poyal, 
ingerto fresa en boniato 

23 


LAS ANTILLAS 

y naranja en cocotero ; 
con intempestiva monda 
privó al cafeto de fronda, 
enturbió el abrevadero 

moviendo en la acequia el barro, 
dio mosquitero al gorrino, 
ronzal quitóle al pollino, 
unció las vacas al carro, 

y llegó en pruebas insanas 
de despilfarros teóricos, 
a cruzar pavos pictóricos 
con g-allinitas enanas. 

— ' ' i Homobono, para el juicio ! ' ' 
gritábale voz prudente: 

— "Por esa fatal pendiente 
vas derecho al precipicio". 

Mas de envidia le parece 
aquella advertencia un gaje, 
y el pueril descuaderna je 
prosigue, firme en sus trpce 

por atrofia del caudal, 
en pignorado conflicto, 
llevándose un interdicto 
la renta y el pegujal. 

De reproches luego acopio 
derrochó en estéril lucha, 
mas quien razones no escucha 
se ha de culpar a sí propio 

Saltar y correr sin tino 
no son de avance resorte. 
Se llega fijando el norte 
y escalonando el camino, 

sin negar el alboroque 
a impulsos de la creación 
que al gato no hacen ratón, 
iii a la guásima alcornoque. 


24 


LAS ANTILLAS 

En la natura dispersos 
muévense, en ritmos acordes, 
fuerzas y líneas discordes, 
lenguas e instintos diversos, 

y en la estresha afinidad 
que esa armonía previene 
de su génesis mantiene 
cada germen la unidad. 

Violentando esa mecánica 
vendrán los frutos, supongo, 
cuando haya nieve en el Congo 
e hipopótamos en Guánica, 

maSj persistiendo en su ley 
la lógica universal, 
dará rosas el rosal 
y el cupey será. . . cupey. 


Salvador Brau. 


¿5 


LAS ANTILLAS 



Dr> Salvador Satazar 

La fiesta inaugural de la Asociación Puertorri- 
queña en el Ateneo de la Habana 

(LOCAL DE LA ACADEMIA DE CIENCIAS) 

Lo ha dicho recientemente el ilustre periodista dominicano 
Tulio M. Cestero: la federación de las Antillas es una realidad 
tan próxima o, por lo menos, tan inevitable, como la reunión, 
en una sola entidad política, de los estados centro-americanos. 

En esto meditaba el pasado 23 de Marzo, cuando contem- 
plaba frente a mi la nutrida y entusiasta concurrencia de cu- 
banos, portorriqueños y dominicanos que asistieron a la velada 
inaugural del Club o Asociación que los arrestos y perseveran- 
cia del doctor Cuevas Zequeira acaban de fundar; y en esto 
pienso ahora al escribir estas íCuartilJas para una bella y valiosa 
revista, hija también dilecta de ese noble paladín de la cultura 
y de lia, libertad, y que lleva en el frontis el nombre de ese 
rosario de esmeraldas que sembró Dios en el Mar Caribe y que 


26 


LAS ANTILLAS 

dejaran un día estupefacto de admiración y de entusiasmo al 
más genial navegante que recuerda la Historia. 

Fecha lia más memorable en los fastos de la historia bo- 
rinqueña fué esa del 23 de Marzo elegida para inaugurar este 
naevo esfuerzo de acercamiento inter-antillano; y en ver- 
dad que fué feliz acierto, unir en el recuerdo de portorriqueños 
y cubanos el nacimiento de esa institución, ya vigorosa apenas 
nacida, y la abolición por una ley metropolítica, de la más ho- 
rrenda institusión que pudo inventar la maldad de los hombres. 
Una de las más hermosas notas de tan alegre fiesta, pictórica 




Srta. Angélica Busquet 


Srta. Lucila Cuevas Zequeira 


de arte, de belleza y de poesía, fué la que dieron Angélica Bus- 
quet, tan admirada y aplaudida siempre, y Lucila Cuevas Za- 
queira, que en esta ocasión recitaba por primera vez en público 
y que sostuvo valientemente, con el encanto y dulzura que supo 
imprimirle a las rimas inmortales que se desgranaban de sus 
labios, un parangón tan peligroso como el que significa recitar 
casi a la par con quien, como la señorita Busquet, ha logrado 
alcanzar en nuestra sociedad, justa y merecida fama en el arte, 
tan sugestivo icomo difícil, de la recitación. 

Pronunciando ese díptico sublime de aquel bardo genial por- 
torriqueño que se llamó Gr&utiev Benítez, ** Ausencia" y **Re. 


27 


LAS ANTILLAÍ^ 

torno", las dos señoritas mencionadas alcanzaron ruidosos 
aplausos; pero Lucila logró arrancar de los ojos de su padre, 
lágrimas de profunda ternura, al sentir en los labios de su hija 
los versos de su glorioso deudo. 

Completí) tan bella trilogía poética, la recitación, con ese fuego 
que ella sabe imprimir a sus versos, de Lola Rodríguez de Tió, 
la inspiradísima y admirable boiinqueña. Recitó Lola su x)oe- 
sía ''A Cuba" de la que tan populares se han hecho los versos; 
y ante la insistente aclamación del piiblico, nos regaló, como 
encoré delicioso, con su composición "Niebla" y sus vibrantc^s 




Dr. Alfredo Agnayo 


Sra. María M. de Quevedo 


fraseados que todavía repercuten en mi oído, con toda su alta- 
nera valentía: 

i Qué vibre mi lira, que vibre, que vibre : 
j No teme a tiranos quien sabe ser libre ! . . . 

Pero hubo, además, en la parte que pudiéramos llamar poé- 
tica, una nota de sugestivo interés. Me refiero a la declamación 
por Valdivia de "La Palmada", siempre tan gustada por el 
públic:» selecto, cuando le da todo su valor y hasta quizás la 
eleva un poco, la interpretación del' Conde Kostia. Nadie como 


28 


LAS ANTILLAS 

el ilustre Ministro de Cuba en Noruega para matizar los versos 
de Zeno Gandíaj también portorriqueño, de modo tan magistral 
que cada palabra adquiere vida y cada verso muestra un sen- 
tido recóndito que apenas sospechamos con la simple lectura. 
Pero ¿ a qué seguir ? ¿ No sería descubrir el Mediterráneo ? . . . 


De la parte artística, baste decir para hiacer el elogio de tan 
bella jornada que estuvo a cargo ds Casimiro Zertucha, nuestro 
genial violinista, y de la señora de Quevedo, admirable ejecu- 
tante al piano, que recién llegada de Madrid, donde obtuvo el 




Sra. Lola R. de Tío 


Conde Kostia 


primer premio del Conservatorio, ya ha logrado alcanzar justo 
y notable renombre. En cuanto a Zertucha, ya lo dijo al anun- 
ciar su cooperación, con frase gráfica el doctor Cuevas Zeauei- 
ra : Zertucha es . . . Zertucha. 


Y hubo tres discursos 

Fué el primero el del doctor Alfredo M. Aguayo, Catedrá- 
tico titular de la Escuela de Pedagogía. El doctor Aguayo leyó 
un conceptuoso y atinado preámbulo de tan hermoso acto. Ex- 
plicó como acogido el portorriqueño entre nosotros con la misma 
cordialidad que se trata al propio conterráneo, nunca había sen- 


29 


LAS ÁN*1LLAS 

tido la niecesidad de asociarse para formar una colonia peculiar ; 
pero que conmovido el orbe hoy por los problemas complejos e 
importantes que recuerda la Historia, surgía la necesidad de 
estrechar las filas para la realización de los ideales caracteiísti- 
cos de esta nueva edad. El doctor Aguayo, .sesudo y erudito, 
no es el orador tribunicio que arranca los aplausos estruendo- 
sos; sino el sabio investigador, de ideas profundas y pensamien- 
tos pletóricos de médula, que obtiene el asentimiento de todos los 
que le escuchan. En la doble senda que se abre al orador, con- 
ven^cer y persuadir, más bien se queda en el primer camino. Es 




Dr. Fernando S. de Fuentes Sr. Casimiro Zertucba 

el maestro que sabe abundar en la razón de sus oyentes para 
fijar allí indeleblemente la verdad que enuncia y defiende.. 

El otro orador de la noche fué el doctor Fernando Sánchez 
Fuentes. El sucesor del doctor Cueto en la cátedra universi- 
taria, tiene bien cimentados sus prestigios oratorios. La ora- 
ción del 23, fué, sin duda, una de las más bellas que han salido 
de sus labios. Sea que por calor de dulces afinidades, Puerto 
Rico es para él una segunda patria, ya que él, como dijo dono- 
samente, lleva siempre consigo ' ' la patria ' ' ; sea que el tema de 

su discurso, la abolición de la esclavitud, levanta en su alma 
liberalísima, fecundo y ardoroso entusiasmo, su verbo elocuente 


30 


LAS ANTILLAS 

y elegante, fluyó esa noche de sus labios como una fuente pró- 
vida que regala el tesoro de su linfa . . . 

Y cuando refiriéndose a los paladines de aquella tenaz 
y honrosa cruzada para fijar en la tierra el cristiano dogma de 
la igualdad humana^ evocó la figura de aquel procer de nuestra 
evolución política, de aquel titán de la tribuna parlamentaria 
qne se llamó Miguel Figueroa, nos pareció y se lo dijimos, que 
se estaba retratando el mismo, "menudo el cuerpo, la palabra 
ardorosa y vibrante, los ojos encendidos de fé", la juventud eu 
el rostro y el entusiasmo, poderoso acicate de las grandes re- 



Dr* Sergio Cuevas Zequeira 

soluciones dentro del corazón^ abierto a todas las nobles suges- 
tiones de la idealidad. 

Y cerró la fiesta, uo co)í broche de oro, como dice la vulgar 
locución, con broche de bi-i liantes palabras, de conceptos arreba- 
tados, de maravillosa elocuencia, el (dma mater de la asociación, 
el director de esta revista, el maestro admirado 3" querido por 
una verdadera legión de discípulos. . . Solo un orador de la ta- 
lla de Cuevas Zequeira hubiera podido escalar la tribuna, cerca 
de la una de la madrugada y después de haberse referido al 
mismo asunto quien como el doi^tor Sánchez de Fuentes sabe 
por lo vasto de su cultura y lo rico de su elocuencia, agotar cual- 


31 


"~ " LAS ANTILLAS 

quier tema. Pero Cuevas tiene para realizar tales prodigios ese 
don de palabra admirable que le hace vencer todas las difi- 
cultades tribunicias, con esa maniere peculiar suya que le per- 
mite reunir, en un consorcio admirable, la frase llena de gracejo, 
el cuento lleno de ameno regocijo, la vasta y profunda 'cultura, 
la lectura riquísima y la arrebatadora elocuencia que surge, 
queda y suavemente,; Icomo un arroyo de claras aguas que se 
desliza^por entre las esmeraldas de la pradera y crece y salta 
y ruge y se desborda en una catarata fragorosa de brillantes 
palabras y conceptos profundos . . . 

Hizo reir al público refiriendo la anásdota de aquel es- 
pectador que quiso que mataran al negrero de la ''Cabana del 
tío Tomás"; lo hizo llorar al pintar el jíVoilo intensísimo con 
que los negros libres de Puerto Rico hieieran una manifestación 
de gracias a la Virgen aquel 28 de Maizo iiiomorable, en vez 
de tomar sangrientas represalias ; e hizo finalmente, que al des- 
cender de la tribuna, una de las ovacione.-: a que le tiene acos- 
tumbrado la legión de sus admiradores, llevara a su. corazón 
el justo premio al esfuerzo, que el éxito coronaba ese día con 
su consagración más triunfante, para unir a Cuba y Puerto 
Rico en un abrazo tan apretado que en lo sucesivo no fueran 

de un pájaro las dos alas 

como quiere Lola Rodríguez de Tió; sino el pájaro mismo; pá- 
jaro de idealidad y de glcria, listo para surc&r con las ala> 
abiertas de la ilusión, blancas y limpias, el infinito azul del cielo 
americano . . . 

Salvador Solazar. 


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32 



Dr. Gonzalo Aróstegui, Secretario de lustrucción Pública, que presidió la fiesta inaugu. 

ral del Centro Puertorriqueño. 


Lab ANTILLAS 



Manuel Zeno Gandía. 

LA PALMADA 

(Poesía recitada por el Conde Kostia en la velada inan- 
g-ural del Centro Puertorriqueño), 

Época, no muy añeja ; 
hora, la noche mediada; 
lugar, una encrucijada 
que alumbra una candileja. 

-- ¿Sombras?... Lo circundan todo, 

'V ¿Ecos?... Silencio sombrío; 

en el aire, mucho fiío, 

en la tierra, mucho lodo. 

De arriba^, copos de nieve, 
de abajo, helado vapor; 
y apcDtas tenue fulgor 
de aquel choque irr:'dia leve. 


34 


LAS ANÍÍLLÁB 

A lo lejoá, sombra, cleriBa, 
negruras que atemorizaii^ 
fantasmas que se deslizan 
y sólo el miedo condensa. 

En lo cerca, languidez 
de luzí si alguna aparece, 
la difunde y desvanece 
insondable lobreguez. 

Allí una casa, un balcón 
que domina la calleja 
y por debajo una reja 
que guarda rudo aldabón. 

Hay grifos en el alero 
la boca abierta y con traza 
de ser constante amenaza 
del rondador callejero ; 

artistas del viejo arte 
do la escarcha se amontona 
y en conos se apelotona 
o en cenefas se reparte. 

Disimulado postigo, 
callado como lo sueña 
el que va tras una dueña 
.0 escapa de un enemigo; 

algún pórtico saliente 
que forma un ángulo entrante ; 
un peligro al caminante, 
un abrigo al delincuente. 

Y, por fin, junto a un fanal 
por el tiempo ennegrecido 


35 


LAS ANTILLAS 

hay un santo giiareeido 
por empañado cristal 

que parece que en tal punto 
del esquinazo en lo intern(j, 
está con mutismo eterno 
contemplando aquel conjunto. 

Pasos no pueden sonar, 
pues la nieve los extingue, 
pero un bulto se distingue, 
que avanza con largo andar. 

, ¿Galán? ¿Rondador villano 1 
¿Tahúr que incautos husmea? 
Feliz que va a Citerea? 
¿Presa de aguacil insaii'O? 

Ni se sabe ni se indaga, 
mas se deja comprender 
que va do alguna mujer 
enamorado a la znga. 

Llega junto al caserón, 

receloso se detiene 

í:^omo aquel a quien conviene 

disimular la intención; 

mira en torno, se cerciora 
de que todo va a su inatento 
a tiempo (pie en im conveiit') 
se escuclid lenta la hora, 

y entonces, a la fichada 
mirando ya sin rebozo, 
deja caer el embozo, 
y da una fuerte palma<la. 


36 


LAS A N T T Ti L A S 

¡ Eco que el aire confunde 
y lo remueve y lo ahonda, 
cabalgador de la onda 
que lo lleva y lo difunde ; 

rumor que brota al batir 
manos de rudo chocar, 
tan veloz en el sonar 
como presto en el morir ; 

nota súbita y medrosa 
que avisa llama o asusta, 
en la solodad aiifrusla 
de la noche silenciosa. 

Al escapar ele las manos 
para subir por el muro 
buscando asilo seguro 
que la libre de profanos, 

— ^1 quién aciedta a comprender 
que fin aspira a lograr? 
¿ a quién osa despertar? 
ja quiém quiere conmover? 

Cruje, se evade, aletea, 
sacude el confín dormido 
como una cinta de ruido 
que palpitante cimbrea ; 

se dilata, sube, flota, 
se filtra si halla por donde, 
en una grieta se esconde 
o por un hueco se agota, 

y va, por fin, diligente, 
con su lenjuage conciso 


?T 


LAS ANTILLAS 

a despertar al remiso 
o a calmar al impaciente. 

Alza la vista al balcón 
el misterioso galán., 
movido por el afán 
del que asecha la ocasión. 

Y el balcón mira . . . sombrío 
como cuadro sin figura, 
orla indecisa y obscura 
que está envolviendo el vacío. 


% 


Arriba, el arco de piedra, 
sostén de labrado escudo; 
blasón do el tiempo sañudo 
hizo germinar la hiedra. 

Debajo, férrea baranda 
que fácil curva describe, 

el mirador circunscribe '~ "%'■ 

y lo decora y lo agranda. 

En el caprichoso enrejo, 
labores donde pudiera 
tejerse urna enredadera, 
colgar su nido un vencejo; 

y dentro de aquella arcada "" 

y aquel barandal labrado, ' ' ■■* 

hueco de sombras poblado, 
fáuce en el muro fraguada. ! 

Sonó un pestillo indiscreto. . . ' 

Tal vez no quiso callar, 
que no puede el moho guardar 
ñii amores }jlj\ secreto, 

m 


LAS ANTILLAS 

Y entonces en el balcón 
apareció una figura 
como mágica escultura 
producto de una ficción. 

Femenil contorno; dama 
que^ sin verla, se presiente ; 
que acude tímidamente 
adonde el amor la llama. 

Verla el de ahajo, trepar 
por la reja con destreza, 
subirla con ligereza 
y en el balcón cabalgar, 

audacia fuf' realizada 
por el galán' con tal tino, 
que siguió el mismo camino 
por donde entró la palmada. 

Y tras la atrevida empresa, 
sin curioso que escrudiñe. 
un brazo amante que ciñe, 
un labio ardiente (jne besa; 

breve dintel que se pasa, 
puerta que alguno cerró. 
y todo inmóvil quedó 
en la calle y en la casa. 

Despué^-... soleda:''. misterio, 
mucha escarcha, mucho frío; 
se restablece sombrío 
d^ las sombras el imperio. 

Fulgores que languidecen, 
ráfagas de ísoplo helado, 


m 


LAS ANTILLAS 

rastro en la nieve gravado, 
ecos que se desvanecen . . , 

Y el escuelo señorial 

del balcón quedó en la arcada 
como careta colgada 
sobre inmundo lodazal. 

Por allí de fácil modo 
subió impaciente el amor, 
I)or allí bajó el honor 
a revolcarse en el lodo. 

En noches que ya pasaron, 
por allí, donde pudieron, 
i cuántos amores subieron ! 
i cuántas deshonras bajaron! 

Que si mo puede el azar 
honra y amores reunir, 
si el amor quiere subir 
tiene el honor que bajar. 

Y así, en la triste calleja, 
hallaron franco poi tillo 
para bajar, un pestillo ; 
para subir^ una reja... 

Mientras a la casa adjunto, 
del esquinazo en lo interno, 
está el santo sempiterno 
contemplando aquel conjunto. 


Manuel Zeno Gandía. 


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LAS ANTILLAS 


A CU BA 


(Poesía recitada por su autora en la velada inaugural del 
Centro Puertorriqueño.) 

Cuba, Cuba, a tu ribera 
Llego triste y desolada;, 
Al dejar la patria amada 
Donde vi la luz primera ! 
Sacude el ala ligera 
La radiante inspiración, 
Responde mi corazón 
En nobles afectos rico, 
La hija de Puero Rico 
Lanza al viento su canción! 

Mas las nieblas del olvido 
No han de empañar los reflejos 
Del hogar que miro lejos 
Tras de los mares perdido ! . . . 
Si ausente lloro mi nido, 
Otro aquí vengo a formar, 

Y ya no podré olvidar 

Que el alma llena de anhelo. 
Encuentra bajo este eiela 
Aire y luz para cantar; 

¿ Cómo no darme calor 
La hermosa tierra de Tula, 
Donde el horizonte azula 

Y da a los campos color! 


LAS ANTILLAS 

¿Cómo no encontrar amor, 
Para colmar el poeta 
Las ansias de su alma inquieta, 
Aquí, donde esplende el arte 

Y en abundancia reparte 
Las tintas de su paleta? 

Cuba y Puerto Rico son 
De un pájaro las dos alas, 
Reciben flores y balas 
Sobre el mismo corazón . . , 
¡ Qué mucho si en la ilusión 
Que mil tintes arrebola, 
Sueña la musa de Lola 
Con ferviente fantasía, 
De esta tierra y de la mía 
Hacer una patria sola ! 

Le basta al ave nna rama 
Para formar blando lecho ! 
Bajo su rústico techo 
Es dichosa porque ama! 
Todo el que en amor se inflama 
Calma en breve su hondo anhelo ; 

Y yo plegando mi vuelo, 
Como el ave en la enramada^ 
Canto feliz, Cuba amada, 

Tu mar, tu campo y tu cielo! 


Lola B. de Tió. 


4^ 



LAS ANTILLAS 


P A LA B R AS 

{Pronunciadas en la inauguración de la Sociedad Puertorriqueña) 

Nada tan arduo para mí como el empeño qua me ha coiiña- 
do el Presidente de la Asociación que ahora inauguramos, mi 
ilustre amig-o y paisano el doctor Cuevas Zequeira. 

Hablar como hablo yo, desmañada-mente, ante un cultísimo 
auditorio que ha venido a recrear el pensamiento y el oído con 
la doble magia de la palabra y de la musicH, empresa es qn? 
amerita el calificativo de temeraria. Si se tratara de una fiesta 
frivola y mundana, de mero esparcimiento del espíritu, no me 
prestaría a ser objeto de ,3omparaciones, harto desfavorables 
para mí. Pero aquí no se trata de frivolidades, sino de una 
obra de lamor, de patriotismo y de fraternidad. ¡ Se me pide un 
servicio, no un vano escarceo literario; y estas consideraciones, 
que pesan muchísimo en mi ánimo me han hecho subir a la tri- 
buna, no con la presunción del hombre que trae un men.saje 
importantísimo, sino con el espíritu de sacrificio de quien cree 
cumplir un deber ineludible : que sacrificio grande es para mí 
tener que alzaii' la voz donde han de ha3erlo oradores tan ins- 
pirados y elocuentes como los doctores Sánchez Fuentes y Cue- 
vas Zequeira. 

Para comprender la trascendencia del acto solemne que 
ahora celebramos, preciso es recordar la psicología del puerto- 
r] iqaeño establecido en Cuba. De todos los países que envían 
a esta noble y rica nación, su tributo de sangre, músculos e 
inteligencia. Puerto Rico es el más afin a la Antilla mayor, por 
razones de historia, de geografía y de raza. El puertorricjueño 
considera y ha considerado siempre a Cuba como una continua- 
ción y duplicado del suelo mativo. Aquí se encuentra entre 

45 


LAS ANTILLAS 

hombres y mujeres de su misma razá que tienen sus mismas 
costumbres, hablan su len^a vernácula, lo consideran como 
ami^o y persi^en aspiraciones e ideales muy semejantes a los 
suyos. Cualesquiera que sean los motivos que le impulsaron a 
emigrar, el puertorriqueño, desde que pisa esta tierra hospita- 
laria, se mezcla y confunde con el stock humano nacional, co- 
mo la gota de agua desprendida de una nube se pierde al caer 
en un depósito lacustre. Esta afinidad y mutua simpatía fa. 
vorece mucho al inmigrante borinqueño, poique le evita las an- 
gustias y dolores propios de una adaptación siempre difícil^ a un 
medio social diferente del sayo. Desde que llega a Cuba, el 
puertorriqueño se siente cubano por el corazón, por la psicolo- 
gía y por la historia. Una ilustre poetisa nuestra ha expresado 
esta observación en unos versos famosísimos: 

Cuba y Puerto Kico son 
de un pájaro las dos alas. . . 

Natural es que siendo el borinqueño un isubano en potencia o 
en acto, según resida en Puerto Rico o en Cuba, no haya sentido 
al llegar a este país la necesidad de asociarse para buscar auxi- 
lio y protección entre sus conterráneos. Viniendo como viene 
de una provincia espiritual de Cuba, baila en los cubanos y 
en los españoles residentes aquí la misma simpatía, el Tnismo 
afecto que el cubano encuentra al trasladarse de un lugar a 
otro en tierra nativa. Entre él y el cubano por nacimiento no 
existen diferencias de actitudes en lo que . al medio ambiente 
se refiere. 

Por consecuencia de esta orientación mental, muy venta- 
josa para nosotros los putríorriqueños, hemos vivido disgrega- 
dos en el territorio de Cuba, dejando siempre a la iniciativa de 
unos pocos abnegados la unión circunstancial, pasajera y pre- 
caria que a veces ha exigido un empeño común: el festejar a 
un compatriota ilustre de paso entre nosotros, el llevar a cabo 
una suscripción para una obra benéfijsa o patriótica, etc. ¿Qué 
necesidad teníau de asociarse permanentemente eji ^^ "iicha con- 

46 


LAB ANTILLAS 

tra el Medio los que no sintieron nunca las asperezas dé esa 
lucha? 

Los puertorriqueños establecidos en Cuba hemos creído que 
esa disgregación no puede continuar. Y este, por dos razones: 
por interés y utilidad común y porque la hora actual, el moratiu- 
to solemne en que vivimos nos impone como una necesidad li 
asociación, Nnnca, en niiiigún instante de la historia, la 
cordialidad, la unión y la fraternidad humana han sido tan ne- 
cesarias como ahora. Los valores ideales del hombre moieriuj 
están pasando por una mutación completa y radical. El in- 
dividualismo doctrinario de nuestros abuelos y de nricstros pa- 
dres ha cerrado los ojos, tal vez para siempre. El hom^br^^ ac.aal 
es socialista en el sentido amplio, humano y generoso de la ex- 
presión. Es socialistafi porque la experiencia tecogida en la 
historia le ha enseñado que la prosperidad, la dicha y la rique- 
za del individuo están indisolublemente nnidas al bienestar a 
la dicha y la prosperidad de sus coasotsiados. 

Preocupándonos del bien de los demás llegamos a la dicha 
personal de un modo más fácil y expedito que poniendo los 
ojos exclusivamente en el provecho egoísta e individual. Por 
otra parte, todos los pueblos del mundo se encuentran agitados 
hoy por ana conmoción suprema y dolorosa. No parece sino 
que se trata de crear un nuevo mnndo social y espiritual, una 
humanidad mejor^ más noble y pura que la humanidad de aho- 
ra. • Cuba y Puerto Rico han sentido ya las primeras sacudidas 
de esa crisis suprema. Ambas se agitan busijando ori ntai-ion 's, 
ensayando nuevas soluciones, interrogando con agustia el por- 
venir incierto. Deber de .los puertorriqueños que vivimos en 
Cuba es cooperar con toda el alma a la obra de i-!' onstiaf'ción 
que se avecina. Así lo comprendemos todos, y por ( so hemos 
formado la Asociación Puertorriqueña, no sólo para proteger- 
nos mutuamente cuando la protección sea proveadlo -a, sino para 
servir a nuestra patria ausente y para pagar a los cubanos, con 
creces, si es posible, la hospitalidad generosa que nunca nos ne- 
garon. Queremos demostrar que no venimos a Cuba solamente 
a ganarnos la vida, a hacer dinero, sino, al contrario, que es- 

47 


LAS ANfliiLÁS 

tamos ansiosos de ayudar a nuestra patria adoptiva en sus lu- 
chas por el derecho, el bienestiar y la cultura. 

Pos fuerzas, señoras y señores, mueven actualmente la 
humanidad civilizada: la cultura y la icooperación social. La 
cultura — tomando esta palabra en su acepcióón más amplia y 
liberal — ^pignifica en último término el dominio de la naturaleza 
por el hombre, y el ejercicio y desarrollo de aquellas cualidades 
y poderes exigidos por la lucha del espíritu contra la materia, 
de la inteligencia, y de la voluntad contra la fuerza bruta. Pero 
la cultura sin la cooperación social es inesunda: es como una 
barbarie del sentimiento y una atrofia del corazón. La lucha 
por la vida — y esto lo han demostrado los biólogos modernos, 
casi todos darwinistas convencidos — ^es en el hombre y en los 
animales superiores una asociación para la lucha. También se 
ha demostrado que la adaptación mejor, la más eficaz y econó- 
mica, no consiste en ajustamos pasivamente al medio .circuns- 
tante, como la cera se amolda a los relieves de un objeto, sino 
en modificar el medio físico y social para satisfacer las necesi- 
dades materiales y espirituales de la vida. Esta adaptacióu 
activa no puede realizarse sino por medio de la cooperación, La 
cual centuplica la energía humana y pone al servicio de todos 
las ventajas que de otra manera serían patrimonio de unos pocos 
privilegiados. 

La Asociación Puertorriqueña de Cuba desea perseguir 
ese doble ideal de cultura y coperación. Desde ahora en ade- 
lante podrán unirse eni una aspiración común millones* de cora^' 
zones que em Cuba sostienen dos cultos sacrosantos: el amor a 
Borinquen, k. patria natural, y el afecto y gratitud a Cuba, la 
patria adoptiva. 

Tal es a mi juicio la signifijsación que tiene el centro social 
cuya creación estamos festejando en una fecha gloriosísima para 
todos los puertorriqueños. 

Voces más elocuentes que la mía, las de los doctores Sán- 
chez Fuentes y Cuevas Zequeira, expondrán con arte exquisito 
con ideas excelsas y brillantes lo que yo no logro decir sino de 
un modo torpe y deslucido. Yo me limito la desear con todas las 

48 


LÁ^ ANTILLAS 

potencias de mi alma que pai^a bien de Cuba y honra y próvéisíio- 
de Borinquen, prospere en alto grado este Centro Social; qne 
no desmayen nunca el entusiasmo, la fé y la energía de sus 
fundadores y que la Asociación Puertorriqueña, nutrida de idea- 
lismos nobles, sea en todo tiempo una continuación de la patria 
borinqueña y un trozo espiritual de la patria cubana. 

A. M. Aguayo. 



El Director de la Banda de la Marina que coatribayó al éxito de la 
fiesta inaugural del Centro Pnertorriqueño. 


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LAS ANTILLAS 


AUSENCIA 


(Poesía recitada por la señorita Lucila Cuevas Zeqiieira, 
en la velada inau^Liial del "Centro Puertorriqueño"). 

Puerto-Rico, patria mía, 
la de blancos almenares, 
la de los verdes palmares, 
la de la extensa bahía. 

¡ Qué hermosia, estás en las brumas 
del mar que tu playa azota, 
como una blanca gaviota 
dormida entre las espumas'. 

En vano, patria, sin calma, 
muy lejos de tí suspiro^ 
yo siempre, siempre te miro 
con los ojos de mi alma; 

En vano me trajo Dios 
a un suelo extraño y distante, 
en vano está el mar de Atlante 
interpuesto entre los dos: 

En vano se alzan los moutes 
con su manto de neblinas; 
en vano pardas colinas 
I me cierran los horizontes: 


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50 


LAS ANTILLAS 

Con un cariño profundo 
en tí la mirada fijo; 
para el amor de tu hijo 
no hay distancias en el mundo; 

Y brotas a mi deseo 
como espléndido mitaje, 
ornada con el ropaje 

del amor con que te veo. 

Te miro, sí, placentera 
de la Isla separada, 
tcomo una barquilla anclada 
muy cerca de la ribera, 

Do el viento sobre las olas 
te lleva en son lastimero, 
del errante marinero 
las sentidas barcarolas; 

Y céfiros voladores 

que bajan de tus montañas 
los murmullos de tus cañas, 
los perfumes de tus flores. 

El mar te guarda^ te encierra, 
en un círculo .anchuroso, 
y es que el mar está celoso 
del cariño de la tierra; 

Y yo, patria, que te quiero, 
yo que por tu amor deliro, 
que lejos de tí suspiro, 

que lejos de tí me muero ; 

Tengo celos del que mira 
tus alboradas serenas, 


51 


hÁB ANTILLAS 

del que pisa tus arenas, 
del que tu aliento respira. 

<» 
Tú das vida a la doncella 
4ue inspira mi frenesí, 
a ella la quiero por tí, 
y a tí, te quiero por ella 

Ella^ es la perla brillante, 
én tus entrañas formada, 
tú, la concha nacarada 
que guarda la perla amante. 

Es paloma, que en la loma 
lanza su arrullo sentido, 
y tú, patria, eres el nido 
donde duerme la paloma. 

Si yo te vi indiferente, 
si mi amor no te dci^ía, 
¡ ay ! patria, yo no sabía 
lo que es el llorar ausente! 

Mas hoy que te ven mis ojos 
de tu mar entre las brumas, 
como una ciudad de espumas 
forjada por mis antojos ; 

Hoy que ya sé lo que vales, 
hija del sol y del viento, 
que helarse mi sangre siento 
con las brisas invernales; 

Hoy diera, en la tierra hispania-, 
el oro que el mundo encierra, 
por un puñado de tierra 
de mi tierra americana. 

José Gautier Benítez. 
52 


LAS ANTILLAS 


A PUERTO RICO 


(REGRESO) 

(Poesía recitada por la Srita. 
Angélica Busquet en la velada 
inaugural del Centro Puerto- 
rriqueño). 


Por fin, corazón, por fiíi; 
alienta con la esperanza, 
Cjiue entre aiiubes 'd^e caraiín, 
del horizonte al confin, 
ya la tierra a ver se alcanza. 

Luce la aurora en oriente 
rompiendo pardas neblinas, 
y 1.a luz como un torrente 
se tiende por la ancha frente 
de verdísimas colinas. 


Ya se va diafanizando 
de la mar la espesa bruma, 
el buque sigue avanzando. 
y va la tierra brotando 
como Venus de la espuma. 

Y allá sobre el fondo oscuro 
que sus montañas le dan, 
bajo un eielo hermoso 7 pura 



LAS ANTILLAS 

cerrada en su blanco liiuro 
mi bellísima San Juan. 

Y aunque esa Ciudad amada, 
mis afecciones encierra, 

con el alma entusiasmada, 
yo no me acuerdo de nada, 
sino de ver esa tierra. 

Perdonadle al desterrado 
ese dulce frenesí; 
vuelvo a mi mundo adorado, 
y yo estoy enamorado 
de la tierra en que nací. 

Para poder conocerla 
es preciso compararla, 
de lejos en sueños verla; 
y para saber quererla 
es necesario dejarla. 

¡Oh! no envidie tu belleza, 
de otra inmensa población 
el poder y la riqueza, 
que allí vive la cabeza, 
y aquí vive el corazón. 

Y si vivir es sentir, 
y si vivir es pensar, 
yo puedo, patria, decir, 
que no he sabido vivir 
al dejarte de mirar. 

Que aunque es templado y sua\ 
no vive, no, en el ambiente 
el pez de las ondas nave, 
ni entre las ondas el ave, 
ni yo de mi patria ausente. 



LAS ANTILLAS 

¡Patria! jardín ele la mar, 
la perla de las Antillas, 
¡tengo ganas de llorar! 
j tengo gamas de besar 
la arena de tus orillas! 

Si entre lágrimas te canto, 
patria mía, no te asombre 
porque es de amor ese llanto. 
y este amor es el más santo 
de los amores del hombre. 

Tuya es la vida que aliento, 
es tuya mi inspiración, 
es tuyo mi pensamiento, 
tuyo, todo sentimiento 
que brote en mi corazón. 

Que halla en ti vida primero, 
cuanto ha de fijarse en mí, 
y en todo cuanto venero, 
y en todo cuanto yo quiero 
hay algo patria de tí. 
No, nada importa la suerte, 
si tengo que abandonarte, 
que yo solo aspiro a verte, 
a la dicha de cantarte. 
y a la gloria de cantarte. 


José Gaiitier Benítez. 


55 



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LAS ANTILLAS 


NIEBLA 

{Poesía recitada por su autora 
en la velada inaugural del Gen- 
tro Fuertorriqueño.) 

Oh viejos recuerdos de días lejanos 
Que han ido a pcídrise con blando rumor 
Por prados y lomas, par montes y llanos 
Dejando en el alma t listeza y dolí)r ! 

Volved a la mente sin sombras de duelo, 
Volved silenciosos sin quejas ni afán, 
Así como cruzan las aves e! cielo 
Que nadie adivina si vienen o van. 

Volved en l/)s rayos de pálida luna 
Que riela en las ondas azules del mar 
O bien en la niebla medro-a, importuna 
Que oculta: a lo lejos el verde palmar. 

Traedmí el arrullo de aquellas palomas 
Que hicieron sus nidos tan cerca de mí 
Y al aire tan puro, tan llenio de aromas 
De aquellas montunas en donde nací! 

Cantadme al oído las dulees canciones 
Que tanto me hiciiM-cn r^^ntir y gozar 
Oh viejos recuerdos de dos corazones 
Que nunca el destino debió separar! 

Que importa si el alma soñando suspira 
Al ver los rosales marchitos en- flor, 
Si son mis recuerdos ¡lio trémula lira ! 
Que cantan contigo mi eterno dolor! 

Lola B. de Tió. 


LAS ANTILLAS 


LAS CAUSAS DE LA OÜERRA EUROPEA 

Una conflagración horrenda, cuyas funestas consecuencias 
han de pesar fatalmente sobre muchas generaciones en el por- 
venir, se ha desatado durante el espacio de varios años en los 
más florcientes y ricos territorios de Europa, y ha extendido su 
acción a los más remotos conñnes del planeta; se ha infiiltrodo 
sutilmente en el fondo de los mares, y ha fidminado sus rayos 
destructores desde las regiones hasta ayer inaccesibles del espa- 
cio aéreo. 

Está demasiado próximo a nosotros el panoramía aterrador 
de esta crudelísima guerra, para que pueda la generación pre- 
sente contemplarlo con serenidad y juzgar sin pasión las peri- 
pecias de la contienda, pero no por eso han de prohibirse los es- 
píritus reflexivos toda investigación sobre aquellos memorables 
acontecimientos. Parece, por el contrario, que a la determina- 
ción de las causas generadoras del conflicto, y al estudio del 
proceso que ha de seguir hastíi su i^abal liquidación^ debe dedi- 
carse ahincadamente la atención de historiadores y sociólogos, 
obedientes al propósito de preparar a pueblos y gobiernos para 
que aleccionados por tan ruda experiencia, traten de evitar a la 
humanidad nuevas cai^icerías, y a la civilización de que somos 
poseedores, el peligro de nuevas e irremediables catástrofes. 

Más, para arrancar a la historia su secreto, para interpre- 
tar con acierto los hei3hos y aquilatar su valor y significación, 
importa recordar ante todo, que los actos humanos, individuales 
o colectivos, están sujetos a las leyes que regulan su produc- 
ción y desarrollo, lo mismo que tidos los fenómenos que ¡a nues- 
tra consideración ofrece la naturaleza. 

No comparten esta opinión, sólidamente fundada en razo- 

58 


LAS ANTILLAS 

nes de indiscutible valor científico, los observadores miopes a 
quienes una guerra^ una irevolución, o cualquier otra aicaeci- 
miento social de í^al carácter sorprende y aterra como aterra 
y sorprende al ingenuo campesino el huracán, que sobre vergeles 
y plantíos desencadena rugiente legión de vientos asoladores, 
pero en cambio, sociólogos y metoorologistps siguen paso a paso 
la marcha respectiva de unos y otro,^, trast(^rnos, subordinados 
como cualquier otro grupo de fenómenos, al determinismo de 
leyes perdurables. 

No puede sustraerse a ella- ■'. ; :. ' :ro íiue'o empeñado 
recientemente entre las más pode osas naciones de Europa y 
por esa razón no hay que bus*3ar su origen y antecedentes en la 
resonante tragedia de Sarajevo, sino en un período de latente 
gestación que, como sucede siempre con estas grandes sacudidas 
morales, alcanza ;á tiempos muy lejan'os y abraza enorme red 
de complicadísimos sucesos. 

Ilustran esta verdad irrebatible con onorme fuerza proba- 
toria, razones innúmeras, pero prescMndiendo de ellas y de lo«i 
hechos que las acompañan, sólo quiero citar a este propósito, 
una frase luminosamente reveladora pronunciada por el histo- 
riador Ranke, en los días luctuosos de la guerra franco prusiana. 
Preguntóle Thiers, una vez ,?aído Napoleón III y suprimido el 
Imperio, contra quien continuaba el ejército teutón las hostili- 
dades, y contestóle aquél, con imperturbable serenidad: contra 
Luis XIV! 

Así en la complicada urdimbre con que se asoeian iinos a otros 
los humanos acontecimientos, surge a veces en el presente, ma- 
nifiesta y tangible, aun para los inexpertos y mal informados, 
la acción imperecedera y eficaz de un pasado, al que no hay 
medio de sustraernos, porque, ¡somo dijera con singular acierto 
Condorcet, no podiemos jamás detener nuestro pensamiento en 
la batalla de Maratón o en la de Salamina, sin asociar a este 
recuerdo la consideración de la influencia qae una y otra tu- 
vieron en el ulterior desarrollo d? la historia. 

Viene por virtud de esta ley a formar un todo orgánico la 
labor realizada en el curso de los tiempos por la humanidad, y 

59 


LAS ANTILLAS 

sentimientos desde lejana época arraigados en el corazón de las 
mnehednmbre.s, transfórmanse en ideas, cuyos elementos motc- 
res, espoleando la voluntad, llevan a los pueblos a las resolu- 
ciones heroicas o a las catástrofes ingentes, a las resplandecien- 
tes cimas de la virtud o a las os',3aras encrucijadas del crimen 
colectivo. 

Personaje real, o símbolo creado acaso por la ironía pun- 
zante de Enrique Heine para poner en solfa los desapoderados 
rencores de sus conciudadanos, es no obstante, un testigo elo- 
cuentísimo de la persistencia y virtualidad de ciertos estados 
emocionales, aquella mujercita enfurecida qué pedía en la pri- 
mera mitad de la pasada centuria, derramar a torrentes la san- 
gre francesa para vengar la muerte del príncipe Conradino de 
liohenstaufen, decapitado en 1268 por orden de Carlos de Anjou. 
Y estas cóleras invel eradas, aunque risibles a los ojos del 
autor del Intermezzo, fueron formando por estratificaciones su- 
cesivas en el espíritu del pueblo alemán, serio, tenaz y metódic(5 
todo u.n si.^tema de complejísimos sentimientos, que como vare- 
mos más adelante, dieron un día sus frutos natural(^s. 

A que así fuera, y en no escasa medida, contribuyó cierto 
libro escrito por el sociólogo francés Conde de (lobineau, con 
intenciones y propósitos muy disímiles de los que sus interesa- 
tíos admiradores de allende el Rhin han tenido a bien adjudi- 
carle, pues si bien es cierto que en la obra susodii'ha pretende 
su autor no sin grave y evidente apartamiento de la verdad, 
explicar todo el proceso social por una especie de concepción 
mística de la purezi, de las razas, a las que, desde luego señala 
un orden fatalmente jerár(|uico que la ciencia está muy lejos 
de confirmar, no justifica por eso las deducí-iojK^s (pie de í'lla 
han derivado los directores de la conciencia nacional en Alema- 
nia, declarando a su pueblo arbitro y señor de los humianos des- 
tinos y artífice único de la civilización. 

Filósofos, historiadores, estadistas, príncipes y guerreros 
encontraron en el recuerdo cien veces renovado de las viejas 
queiiellas eijcendidas desde los días de Arminio, eulre latinos y 
geriTianos y en las alucinacioiies g(nieradas [íot- los descarriado?^ 


LAS ANTILLAS 

intérpretes de Gobineau, estímuios más que suficientes para 
fundir en un extraño monoideismo el pensamiento de millones 
de hombres, que, absortos en el recuento de sus propias virtu- 
des y grandezas, diéronse con singular obstinación a acariciar 
para el futuro magnos ensueños de dominación y de gloria, 
confiando ver de nuevo, como en los remotos tiempos de Ala- 
rico, la espada de los godos cayendo fulgurante y vengadora 
sobre el patrimonio de los pueblos de estirpe romana. 

Animados así por nn fanatismo desconcertanlp. arraiga en 
el .corazón de las muchedumbres, y se trasmite por contagio de 
unas a otras clases entre las gentes teutónioas, la fe en la rea- 
lidad de una misión providencial confiada al pueblo alemán 
por poderes sobrenaturales, o por la incontrastable fuerza de po- 
derosas leyes históricas. 

Una de las modalidades sintomáticas de ese estado pasional. 
verdaderamente morboso, es el desprecio con que, aleccionados 
por historiadores como llenry Leo, para quien los celtas '^sía 
blecidos en el mediodía de Europa, y sus (híhceti dientes har- 
sido siempre un mísero rebaño movido por instintos bestiales, 
han llegado a mirar a todas las gentes de la tierra. 

Y colocados por ese eretismo espiritual en plano que ellos 
<3stiman superior, ¿quién ha de extrañai que en la conciencia 
de la comunidad germánica por lo que respecta a sus relacio- 
nes con otras comunidades, se haya ido desvaneciendo, hasta 
borrarse en lo absoluto la frontera que señala a la actuación hu- 
mana los eternos límites impuestos por la inf)ral? De ahí la 
persistente condenación de todo movimiento de piedad o de res- 
peto hacia las naciones débiles, el menosprecio de los más no- 
bles sentimientos que honran al hombre, y liacen grata su exis- 
tencia, la dignifican y la embellecen; de ahí la insolente deifi- 
cación de la fuerza, elevada por el Príncipe de Bismarck a la 
categoría de fuente única del derecho, y los airados somate- 
nos con que Treitschke co'uvosara incensantemente desde su cá- 
tedra universitaria, a la ^ran familia teutónica a una nueva y 
definitiva cruzada que habría de poner en sus manos el ce- 
tro del mundo. 


61 


LAS ANTILLAS 

Pero faltaba a estos anhelos antisociales una consagración 
suprema, y la encontraron al cabo en los apotegmas de Fe- 
derico Nietzche, el más vehemente y original de los apósto- 
les del pangermanismo, el artista maravilloso qne puso al ser- 
vicio de los ideales de su pueblo y de su raza la lardiente fra- 
gua de una imaginación exaltada hasta el delirio, y icuya in- 
fluencia fué por lo mismo tan grande en su pueblo y en su 
raza, que puede afirmarse sin vacilación alguna que la polí- 
tica exterior de Alemania en los últimos tiempos ha sido la 
cristalización efectiva de aquella doctrina nietzcheana, se- 
gún la cual el instinto fundamental de la vida en todo orga- 
nismo no es el de conservación, sino el de dominio. 

Y ' en días de los nuestros no muy apartados esa política 
tuvo ya su personificación más alta y poderosa en el prínci- 
pe de Bismarck, que una vez constituido el Imperio, puestos 
pensamiento y voluntad en el porvenir supo, con la admira- 
bre plasticidad que su genio político le imponía, ir preparan- 
do para ulteriores contiendas que él pensaba traducir necesa- 
riamente en victorias defintivas, a la nueva nacionalidad por 
él forjada en los campos de Sadowa y de Sedán. 

Quiso por el mismo icauce encaminar todas sus actividades 
el Emperador Guillermo II, pero este príncipe sediento de 
aplausos y ambicioso de gloria solicitado incesantemente por 
estímulos disímiles y contradictorios que le empujaban sin 
tregua a la acción, atenaceado quizás por influjos perturba- 
dores de que sólo la nosología podrá darnos cuenta en su opor- 
tunidad, si en ocasiones se nos ha ofrecido como un legítimo 
heredero de aquel gran Federico que fué a la vez el Richeliu y 
el Turena de la P rusia, en más de un momento de su agitada 
existencia, por la incoherencia de su versátil movilidad, y por 
la extravagancia de sus multiformes aspiraciones, mostró pa- 
ladinamente esa inferioridad como político y estadista, que los 
resultados últimos de la guerra han puesto en evidencia de 
una manera irrebatible. 

M¡as, no obstante esta circunstancia, pudo Guillermo man- 
dar a su pueblo v ser obedecido por él sin restricc^^'"^ <*(^n 

62 


LAS ANTILLAS 

sumisión acaso no inalada jamás en la historia, porque pro- 
ducto él mismo de la conformadora acción del medio que le 
dio vida, sus prorpios ensueños de dominación univetisal no 
fueron sino la expresión intensificada por las determinaciones 
hereditarias, del pensamiento común de sus vasallos. 

Y buena prueba de ello es, que llegado el .conflicto balcá- 
nico, origen indiracto de la magna conflagración europea a su 
madurez, a evitar que se resolviera al cabo en la horrible y 
desastrosa guerra que hemos presenciado con horro i, se dl^- 
pusieron todos los elementos piacifistas del viejo mundo, y 
no fueron los socialistas sordos a esta voz tan acomodada a 
lo qae hay en su credo de fundamental, pero en esta op )rtuni- 
dad, como en otras muchas análogas la voz d? los ^iclaui 
dio en tierra fácilmente con el ingrávido alcázar de las teo- 
rías, y así vemos que la la hora de votar los créditos necesa- 
rios para levantar, armar y avituallar las grandes fuerzas que 
Alemania necesitaba poner en pié, los partida; ios del socia- 
lismo, antes que a su condición de tales prestaron oído a ias 
imperiosas exigencias del Emperador, con la sola excepción 
de Liebknecht y Rosa Luxemburgo, pues el primero decla- 
ró sin atenuaciones de ningún género que la guerra que iba 
a emprender Alemania era manifiestamente imperialista y la 
segunda, en un arranque de justificada indignación dijo a sus 
correligionarios que en un apostolado de medio siglo los gran- 
des maestros de la escuela solo habían conseguido preparar- 
los para que los mandara y dirigiera Hindemburg. Contrasta 
por su Líoherencia con toda su propaganda anterior esta con- 
ducta con la de otros agitadores de la misma laya, lobos con 
piel de pacífica oveja que a las primeras insinuaciones d^ gue- 
rra se apresuraron a conceder todo cuando se les pidió, y no 
faé poco, para llevar adelante las temerarias ambiciones del 
soberano teutón. 

Y como los socialistas, los alemanes todos, a despee lio de 
viejas querellas, y de opiniones más o menos contradictor' as 
hipnotizados por la sugestión de un magno delirio colecrivo, 
presentaron ante el mundo el espectáculo digno de los tiem- 

63 


LAS ANTÍÍiíiÁS 

pos bíblicos, de una poreióii de la familia humana, movida 
por una sola voluntad y un solo pensamiento, marchando con 
pasmosa serenidad y ('(^n fé cieg-a, a la conquista de una nueva 
tierra de promisión. . 

Florescencia morbosa de los sentimientos que he venido se- 
ñalando como predominantes y casi exclusivos de toda otra, 
modalidad emocional en e! pueblo alemán, esta epidemia en 
que se abismó su espíritu, reproduce ante nosotros las formas 
atávicas de otras psicosis bien rjonocidas en la historia, sin que 
haya faltado en el cuadro sintomático de su extraña dolencia 
el eterno espejismo de los iluminados que, para aniquilar a 
sus enemigos y afianzar sus propias esperanzas de triunfo, bus- 
can en las regiones inaccesibles de li celestial mansión la alian- 
za omnipotente de algún Jehová oiás o menos auténtico. 

Y a recrudecer con el influjo de una acción decisiva dentro 
de las grandes complicasiomes de la vida moderna, la hipe- 
restesia de estas ilusiones compartidas por todo un cuerpo so- 
cial vino la rápida transfoimación del imperio en una vasta 
organización industrial, obligada a pedir a otras gentes las 
materias primas de que él carece en tcdo o en parte, de tal 
manera, según el sereno juicio de expertos maestros en la cien- 
cia económica, que para sacar de su suelo los géneros alimen- 
ticios y los productos primarios que para la intensa elabora- 
ción de su poderosa industria nei3esita, le sería preciso a Ale- 
mania poseer un territorio triple cuando menos, del que al 
principio de la guerra constituía su inmenso dominio. 

Por eso, condensando en un resonante acoi-de la nota pseudo- 
religiosa con la económica, y lanzando un reto audaz a la ra- 
zón y al derecho, dijo un día Schlippmacher en el congreso 
de Miinster, ''que Dios no habla ya a los Monarcas por la voz 
de los Profetas o por las revelaciones del ensueño, sino que 
hace patente su divina voluntad a los señores de las naciones 
siempre que se les ofrase oportunidad de atacar a un país ve- 
cino y de extender a costa de él sus propias fronteras. 

Agresiva por eso, en ocasiones, implacable a veces, y 
siempre amenazadora para la paz universal, la Oírientaieión 

64 


LAS ANTILLAS 

política del gobierno de Berlín en el breve espacio de unos 
pocos años, ora escandaliza a Europa prestando decidida pro- 
tección al Sultán Rojo, asesino brutal de indefensos armenios 
en las calles de Constantinopla, ora, por la mísera querella 
de unos cuantos soldados desertores de Casa Blanca, a pique 
está de desatar sobre la civilización el tremendo azote de la 
guerra, ora con la extraordinaria amplitud de sus armamen- 
tos siempre crecientes lleva la intranquilidad y la alarma a to- 
das las Cancillerías del viejo mundo, hasta que un día, al fin, 
dia de execración que hubiera dicho el poeta, la mano aleve 
y criminal de un lasesino, cuyos verdaderos móviles permane- 
cen envueltos en el misterio, lanza unos contra otros a millo- 
ns de hombres armados, abre a torrentes de sangre generosa 
derramada en los campos de batalla, ancha exclusa, y ofrece 
a la ambición gerrmánitca abonada y propicia oportunidad, pa- 
ra caer como un ave rapaz sobre los pueblos rivales que la ro- 
dean. 

La responsabilidad contraída por Alemania en este caso es 
evidente, y mientras no se borre de la memoria de los hom- 
bres la pavorosa visión de los dolores sin medida a que se ha 
visto condenada la generación presente, pesarán sobre ila 
graves acusaciones, y la perseguirá el clamor indignado de 
la posteridad, porque la verdadera causa inmediata de la gue- 
rra, más que en el crimen mismo perpetrado el día 28 de Ju- 
nio de 1914 en Sarajevo, la encontramos en el insidioso pro- 
ceder de Guillermo II, que asume^ con mefistcíélica malicia 
la dirección efectiva de las negociaciones emprendidas a raíz 
del asesinato, y explotando seculares rivalidades arrastra a. 
gabinete austríaco por senderos de tan desapoderada intransi- 
gencia contra Serbia, que necesariamente había de dar como 
único resultado posible las impías matanzas que han diezmado a 
la humanidad en estos últimos años. 

Con efecto, apenas «conocida la muerte del Archiduque Fran- 
cisco Fernando y de su esposa, cuando todavía era imposible 
que las investigaciones emprendidas hubieran arrojado luz su- 
ficiente para formar el más somero juicio sobre los antecederl- 
es . 


Las Antillas 

tés y tendencias del hecho, la prensa vienesa se desata con 
injustificada celeridad y manifiesta impremeditación, en las más 
atroces injurias contra el pueblo serbio y su gobierno, y no le 
van en zaga por este pernicioso derrotero los perio<Jistas ale- 
manes en su inmensa mayoría. 

Cierto que no fueron nunsa muy cordiales las relaciones < n- 
tre la monarquía dual y el pequeño reino eslavo, cierto que no 
faltaban en este último soñadores impenitentes que aspiral)an 
a levantar el tradicional estandarte serbio, lo mismo en Tries- 
te que en Ragusa, lo mismo en Zagrel) que en Sarajevo, p 'rí» 
fuera de estos fanáticos, sectarios de un noble id^al, na lie (n 
el territorio de la nación, pensaba en otra que en cicatrizar las 
dolorosas heridas de la pasada guerra, y en consol idar su inde- 
pendencia y soberanía merced a las artes salvadoras de la paz. 

A consen varia con todos, y muy especialmente con sii pi;- 
deroso vecino :el imperio Austro-jhúnn'a;".. estaba coni prome- 
tido por t'natados solemnes el gobierno de Belgrado, y pos- 
eso, en la triste oportunidad que le ofreciera la trágica rTiue!*- 
te de los anchiduques, sus esfuei«*íos para evitar uíia i'iíf)l:ir;! 
de hostilidades, fueron tales, que su moderación y toleran- 
cia ante las inauditas exigencias de Austria llega i en a ex ¡re- 
mos jamás igualados por ningún otro pueblo de la tiei-ra. en 
circunstancias análogas. 

Certifi.ean con abrumadora elocuencia la veracidad de las 
precedentes afirmaciones, los documentos diplomáticos publi- 
cados en el Libro Rojo por el gabinete de Viena, pues en e! 
y en sus primeras páginas, a guisa de consideración prelimi- 
nar, se leen párrafos tan rudamente acusadores como el que, 
traduciéndolo fielmente, copio a continuación: 

"Desde que la dinastía de los Karageorgevivth subió al trono 
ensangrentado de Serbia, y se rodeó de los conspiradores qne 
atentaron a la vida del rey Alejandro, el Reino se propuse 
constantemente por diversas vías y con variable intensidad, 
el sólo y único objeto de minar por medio de una propaganda 
hostil reforzada por intrigas revolucionarias los territorios aus- 
tro-húngaro habitados por eslavos del sud para separarlos de 

Ó6 


LAS ANTILLAS 

la Monarquía austríaca en la primera oportunidad que la mar^ 
cha política del mundo ofreciera a los proyectos panserbios'\ 

Siguen a este otros acápites no menos acres en los cuales se 
llega a afirmar que la atmósfera de hostilidad evidente crea- 
da por altos funcionarios de Belgrado, contra la dinastía 
austríaca y contra su dominación en las regiones de la Bosnia 
y la Herzegovina dio origen entre otros muc^hos, al horrendo 
crimen metódicamente preparado en Serbia contra la augus- 
ta persona del Archiduque Francisco Fernando. 

Consecuencia natural!, pjrofundiamente lógií^i de las de- 
claraciones oficiales y de los agrios comentarios de la prensa 
contra el reino eslavo, fué la altiva respuesta que como justa 
represalia dieron a las odiosas acusa,ciones con que se preten- 
día mancillar a su patria, los periodistas y escritores de orillas 
del Save, y envenenadas así las relaciones, precarias siempre 
entre los dos estados, la Cancillería vienesa creyó llegada la 
hora de remitir a Belgrado una nota, que habrá de quedar en 
la memoria de los hombres como típica e imperecedera de- 
mostración de los extremos de ciega intemperancia a que pue- 
de ser arrastrado un pueblo por la ambición y la soberbia. 

Dando al olvido en esa nota sin ejeraplo, los más elementa- 
les respetos impuestos por la cortesía internacional, el Can- 
ciller del Imperio Conde Leopoldo Berchtold dicta a Serbia 
el texto íntegro de las declaraciones que esta nación ha de ha- 
cer con motivo del crimen de Sarajevo, isometido precisamen- 
te en territorio austríaco, y exige su inserción en la primera pá- 
gina del órgano oficial y en una orden del día dirigida al ejér- 
cito por el Soberano eslavo. 

Mas, como si no fuera bastante cruel esta humillación insó- 
lita, en el propio documento se hiere fría e implacablemente los 
más nobles sentimientos del pueblo serbio, con vejamino- 
sas imposiciones, entre las cuales descuellan las marcadas tcon 
las números cinco y seis, respectivamente, pues en ellas se 
pretende que el Gobierno de Belgrado se comprometa a con- 
sentir que dentro de los límites territoriales sometidos a su so- 
beranía, los agentes del Imperio cooperen a la represión de 

67 


LAS ÁÑÍÍLÍiÁS 

todo movimiento encaminado a combatir la integridad de sus 
dominios, y a las investigacicnes que se hagan para conocer y 
castigar a los cómplices e instigadores del complot contra la vida 
de los Principes Austriacos, 

Y para aceptar estas capitulaciones incompatibles con :/á 
decoro e inconciliables con su condición de estado indepen- 
diente y soberano, sólo se concedió a Serbia el plazo de (Cua- 
renta y ocho horas, según la opinión de un periodista bien 
informado, porque así lo impuso el Kaiser, a quien se dió 
previo conocimiento del conminatorio mensaje. 

Produjo este brutal ultimátum consternación general en Eu- 
ropa, ansiosa, con excepción de los dos grandes Imperios Cen- 
tral£S, de mantener a toda costa la paz, pero pronto en 2n 
de Julio, volvió la calma a los espíritus .a,cuiiados, la sumisión 
casi absoluta de Serbia a las exigencias de la monarquía á\\\\. 
Doliéronse en París y Londres de la humillación infligida 
a aquel valeroso pueblo, pero no pudieron menos de regotsi- 
jarse viendo al propio tiempo desvanecidos los serios temores 
de una terrible conflagración internacional. 

¿Cuál no serííJ en tales circunstancias la dolor ;sa sorpresa 
de estos pueblos ai difundirse por todos los ámbitos del mun- 
do civilizado la nota de Austria, fechada a las seis de la tarde 
de aquel mismo veinticinco de Julio, rompiendo las i-elacio- 
nes diplomáticas icon la monarquía serbia ? 

Inútiles fueron desde este momento las gestiones í-ealiza- 
das para impedir que culminara al cabo aquella situación en 
una franca y expresa declaración de gue-ra, porque el propó- 
sito, por parte del gabinete de Viena, alentado y dirigido por 
el de Berlíni, de llevar el conflicto a sus más pavorosas con- 
secuencia,s, se hacía cada vez más evidente. 

Y en efecto, en 28 de Julio, se recibió en Belgrado nn tele^ 
grama del Conde Bertchold dirigido al Presidente del Consejo 
y concebido en estos términos: ''No habiendo dado el gobier- 
no serbio una respuesta favorable a la nota que el Ministro 
de Austria-Hungría le remitió en 23 de Julio de 1914 el ox)- 
bierno imperial y real se ve obligado a proveer por sí mismo 

'^ , - 68 


LAS ANTILLAS 

A la protección de sus derechos e intereses, y de recurrir, pa- 
ra este propósito a la fuerza de las armas. Austria Hungría 
se considera, pues, desde este momento, en estadí) do guerra 
con Serbia". 

La actitud de Alemania en esta hora, la más solemne aca- 
so de la historia contemporánea, fué la que era de esperarse de 
todos los antecedentes que he venido estudiando, y arioja- 
da, por eso entre los más nobles exponent 's de la cultura hu- 
mana, la horrenda tea de una discordia criminal, ríos de san- 
gre, y torrentes de lágrimas han corrido por el mundo, ba- 
rriendo a su paso gérmenes fecundos de civilización y bien- 
estar; pero en medio de sus grandes desastres y de sus tris- 
tezas irreparables, dejará en última y definitiva instaiT'ia es- 
ta guerra generadora de dolores sin cuento y >in medid-i, una 
rectificación de los valores morales, que llegai-án a ocupar de 
una vez para siempre, en el orden jerárquico (!:> las fuerzas 
impulsoras de la humanidad el lugar legítimo (|ue por de- 
recho que les asiste, les corresponde. 

Sergio Cuevas Zequeira. 


69 


LAS ANTILLAS 

ATENEO PUERTORRIQUEÑO 

Para conmemorar el 44o. Aniversario de su fundación, que 
se cumple el 29 de Junio del corriente aña, celebra el Ateneo 
un Certamen Artístico de acuerdo con las siguientes reglas 
y condiciones^ 

LITERATURA 

VERSO 

I. Premio:— Diamante enjoyado y Diploma de Honor, al 
mejor soneto. 

IT Accésit : — Diploma de Honor, al que le si<^a en mérito. • 
III. Premio :— Perla enjoyada y Diploma de Honor al mejor 
madrigal. 
IV. Accésit : — Diploma de Honor al que le siga en mérito. 

V. Premio :— Rubí enjoyado y Diploma de Honor al mejor 
epigrama. 

VI. Aceesit : — Diploma de Honor^ al que ie siga en mérito 

PROSA 

I. Premio: — Pluma de oro y Diploma de Honor, al mejor 
cuento corto. 

II. Accésit: — Diploma de Honor al que le siga en mérito. 
Las composiciones deberán ser inéditas; 7 el autor de cada 

una de ellas hará tres copias mecanografiadas, y sin acompa- 
ñarlas de seña, ni nombre^ ni indicio alguno revelador de su 
personalidad, las enviará por servicio postal al señor secre- 
tario del Ateneo antes del 11 de junio de 1920. 

Publicado en la prensa periódica el título de las obras pre- 
miadas, los respectivos autores comunicarán su nombre al Ate- 
neo y deberán concurrir a la fiesta, que se verificará el 28, lu- 
nes, del repetido mes de junio. 


LAS ANTILLAS 
MÚSICA 

I. Premio: — Objeto de arte y Diploma de Honor, al alum- 
no de 7o. año de piano que mejor ejecute la Op. 22 de Schu- 
mann. Sonaiu en Sol menor. 

II. Accésit: — Diploma de Honor, al que merezca el segundo 
puesto. 

Las pensonas aspirantes a .estos premios ideberáai haber 
inscrito sus nombres en la Secretaría del Ateneo antes del 
15 de junio próximo; deberán concurrir al local de la Aso- 
ciación el día 21 del mismo mes, a las ocho de la noehe, a eje- 
cutar, ante el Jurado Calificador^ la referida pieza fie música; 
y los dos alumnos que resulten premiados, y a los cuales el 
hecho de haberlo sido les será commiieadc el i ii mediato día 25, 
deberán asistir al Ateneo en la noche del 28 para t^ )nar parte 
en la solemnidad del Aniversario. 

PINTURA 

I. Premio: — Medalla de oro y Diploma de Honor, al m- 
jor cuadro al óleo, del natural. 

II. Accésit: — Diploma de Honor, al que le siga en mérito. 

ARTE GRÁFICO 

I. Premio: — Medalla de oro y Diploma de Honor, al me- 
jor dibujo a pluma. 

II. Accésit : — Diploma de Honor, al que le siga en mérito. 
Él plazo para la admisión de las obras pictóricas se cierra 

el 21 de junio próximo. 

El Ateneo reserva a cada uno de los varios Jurados el de- 
recho de declarar desierto total, o i)arcialmente, el respectivo con- 
curso cuando a su juicio nimguno de los trabajos presentados 
merezca galardón. 

71 


LAS ANTILLAS 

Al entrar en el año cuarenta y cinco de una vida noble y 
continua, el ATENEO PUERTORIQUBÑO se juzga con tí- 
tulos bastantes para convocar a los puertorriqueños — enten- 
diendo por tales a todas las persomas en Puerto Rico residen' 
tes y a todas las que, no importa donde residan, nacieron en 
Puerto Rico, — cultivadores de las Bellas Artes, para que apor- 
ten su concurso y su entusiasmo a la conmemoración del faus- 
to natalicio. 

No les convocamos en nombre de su amor a la gloria que es 
un amor egoísta, ni en nombre de su amor a la Patria que no 
es un amor totalmente altruista ; les convocamos en nombre 
del Arte, en nombre del puro, generoso y desinteresado amor 
al Arte. f|iie se ba'^t;; a sí mismo Y en ^-í mismo contiene su pr.)- 
pio fin. — ulrx langa, vita hrevis, dijo el clásico. ''El arte es 
inmortal, la vida es breve''. — ^Y les conjuramos a sacar de sus 
mimas interiores alguna escondida riqueza, a depurarla, a tra- 
bajarla, a limarla, y a presentarse , t,'n ella en esta liza ga- 
llarda de la Inteligencia y de la Imaginación. 

Haciendo Arte deliberadamente y )t conciencija se /hace 
lambién, incidentalmente, Patria, Moral y Progreso. 


San Juan, P. R., Marzo 12 de 1920. 


E. Fernández Ywnga, 
Presidente del Ateneo. 


M. Martínez Rogelio. 
Presidente de la Sección de Literatura. 
y Bellas Artes; 


72 


LAS ANTILLAS 

LOS JURADOS 

Los varios Tribunales de este CertaiiHn otarán formados 
})()]' los caballeros (pie se expresan a contiimaeión : 

EL DE S0XP:T0S 

Francisco L. Amadeo. 
José Pérez Losada. 
Sócrates Nolaseo. 

EL DE EPIÍÍR A:\L\S 

Mijiruel Guerra Moiidargón. 
Juan Bautista Soto. 
Ramón Gandía C'órdova. 

EL DE E-IHí^GlOX AL PIANO 

Anttonio Martínez Alvarez. 
Celestino Domínguez Rubio. 
Manuel Rodríguez Serra. 

EL DE MADRKíALES 

Eugenio Astol. 
Arturo Gómez Costa. 
Epifanio Fernández Vanga. 

EL DE (l'ENTOS 

Francisco del Valle Atiles. 
Luis Samalea Iglesias, 
^lanuel Benítez Flores. 

EL DE PINTURA Y DIBUJO 

Miguel Ferrer Otero. 
Jesús María Lago. 
José S. Alegría. 

San Juan, Abril 5 de 1920. 

i?. Rivera Zayas, 

Secret-ario del Ateneo. 
73 


LAS ANTILLAS 


LOS VENDEDORES AMBULANTES 


TIPOS ITALO-BORINQUEÑOS 

I 

EL HOJALATERO 

No me ocurre el pensamiento. 
De tenerle por borrico, 
que quien sabe hacerse rico 
Tiene sobrado talento. 

Bretón. — '^ Mi secretario y yo" 

Si la Codicia, la Economía, la Constancia y el Trabajo 
pudieran reunirse en un solo ser tangible, material y de formas 
semi-humanas, paréceme que habían de presentarse a nuestra 
vista bajo la simbólica figura de un hojalatero. En él se en- 
cuentran personificadas, por decirlo así, aquellas cualidades, a 
favor de las cuales consigue al fin hacerse rico, sin haber sido 
agente de bolsa, ni funcionario con imas, ni político girasol. 

Oh, tú, lector incrédulo, que has dado en la manía de negarle 
todo, hasta la posibilidad de hacer fortuno en estos tiempos, 
como no sea por alguno de los medios indicados, ven a estudiar 
conmigo la vida y milagros — que tales pueden llamarse del 
hojalatero, y ríndete después a la evidencia de tus propias ob- 
servaciones ! 

Yo que — en mi afán de conocer física y moralmente los 
tipos más curiosos de nuestra sociedad— he observado con aten- 
ción la desgrai^iada estampa del hojalatero en Ic-s primeros me- 
ses de ejercicio, y después le vi, 

74 


LAS ANTILLAS 
"Exteiderse, crecer, tocar las nubes" 

en muy corto espacio de tiempo, sin más apoyo ni pedestal 
qae el que pudo proporcionarse él mismo con sus peroles, pai- 
las y cacharros; te juro, que más de una vez se rae ha ocurri- 
do la idea de trocar por dichos artefactos la péñola indiscreta, 
el risueño tirso y el inficeiite y lectivo case hel. 

Pero el hojalatero, como el poeta, nace y no se hace ; y aquel 
que no haya nacido para hojalatero, en vano cargará sobre 
sus hombros todo un almacén de objetos de hojalata y se echa- 
rá por esos mundos de Dios a pregonar su mercancía : podrá 
ser vendedor de hojalata, pero hojalatero jamás. Realizará sus 
efectos, pero nunca hará fortuna como el hojalatero propiamen- 
te dicho. 

Para serlo es condición precisa, une qua non, el haber na- 
cido en Italia; que hasta en eso tiene privilegio la hermosa pa- 
tria del Dante y Virgilio. 

Nuestro héroe suele ver la primera luz en las márgenes 
del Arno, en las vertientes de Campo Bianco, en las cercanías 
de Genova, o en los arrabales de la histórica ciudad que ¿ió 
cuna al famoso Tito Livio. Llámase v. gr. Luigi Piigniserratti, 
y desciende en línea rcetn. curva o traver.'>l ora de un nobio 
Dux, ora de un desnudo lazzarone, ora, en fin. de algún famo- 
so ladre calabrés. 

Allí se desarrolla y crece en breve tiempo, merced a las 
propiedades nutritivas del casio, los macarroni, y otras sustan- 
cias sólidas, a las que son muy afición dos los hijos de aquel 
bello país. 

A los diez o doce años de edad y cuando ya nuestro hoja- 
latero en perspectiva ha llegado a ser lo que se llama un picoleto, 
se avía convenientemente con una mugrienta gorra, un panta- 
lón azul de tapadera, y un chaleco hiperbólico, inverosímil, con 
mangas, puños y alforjas en los dos costados ; aloja luego su 
medrado pie en un eterno zapatón de siete suelas, cuélgase al 
cuello un bendito escapulario della Mndonnna y después de 
abrazar a sus padres y parientes 

75 


LAS ANTILLAS 


colle lagrime alie cÁglidj 

se embarca para América estivado eiitrp losas de Carrara o 
cajones de pasta genovesa. 

ün par de meses después desembarca en San Juan (le 
Puerto Rico, sin más caudal que sus c ix-raiiza y una cata de 
recomendación, escrita en italiano y dii'i<i-ida a uno de los 
hojalateros almacenista de esta ciudad. P; cms lio: as le bastan 
al nuevo huésped para aprender los más necesarios rudimentos 
de su carrera, y no es extraño verle ya al si<r;iientp día de su 
llegada recorriendo la calle de Tetuán, con un quintal de latas 
sobre el hombro y una paila o sartén en cada mano mirau'lo 
hacia los balcones y repitiendo a cada instante con melosa y 
atiplada voz: 

— ¡II latero, signara, il latero! 

Y la signora se ríe de él y los chiquillos le gritan, y los po- 
llos le chulean, y los perros le ladran, y los caballos le pisan, 
y los coches le atropellan, todo, en fin, contribuye a la mortifi- 
cación de nuestro tipo el día de su primera salida. Es un día 
de prueba para el hojalatero neófito, capaz de acobardar a cual- 
quiera que no tenga su constancia y sa fuerza de voluntad ; 
pero él, que como ya queda dicho — posee en alto grado estas y 
otras cualidades, se anima y fortalece más y más con sus des- 
gracias presentes, y, cuanto más le hieren y maltratan, tanto 
más se obstina en anunciar su paso por las calles y en pregonar 
a gritos su mercancía. 

Afortunadamente dura muy poco el noviciado del hojala- 
tero. Astuto y precavido como él solo, en breve tiempo llega a 
conocer y evitar los principales? escollos de su industria, la cual 
va aumentado gradualmente en importancia y producción. 

Dotado nuestro tipo de una actividad siempre creciente, re- 
corre con sus latas todos los pueblos de la isla, sin dejar en el 
intermedio una hacienda, un barrio, un caserío, una sola choza 
que no visite. Concluida una expedición vuelve al instante a 
emprender otra, sin detenerse más que el tiempo necesario pa- 
ra completar su nueva carga de embudos, cafeteras y faroles. 

76 


I) i a -5 


1 '.< •> 


LAS ANTILLAS 

Cual otro Judío errante impulsado por la sc-reía V(.z de >ii 
codicia, anda... anda sin cesar, llevando <'l air<jatiuiüo 
espaldas, a guisa de caracol. 

Y ni se limitan sus funcionen, a coniprar i por .jciiiii 
una lata en cuatro reales para venderla (if'sjtii.'-> .-n ciiatn, 
ros; no ser.or ; además de esto suele dedica! >»■ a -oidaí- lo 
pegado, remendar lo roto > a endeiTxai- 'íhikt:*» y a};oüa.i;iva>. 
siempre que se le pague como corresponde. 

También suele comprar icalderas, pailas y ^ait-iirs viejas 
en una pat't>í de la isla, par^ veiidcilas \iyA- nuevas tu la mi :. 
vSi es que no logra colocarlas en k misma parte doiult' la^ adquirió. 
Aun no está bien averiguado si el hojalatero coiné, hcbc 
fuma y satisface, en fin, las demás necesidades de 'a vida; i)era 
lo cierto es que no se permite gastar dinero en c()>as tales. Xo 
quiere esto decir que las desprecie, ni que (W ella- s<- prive en 
absoluto; que no es él tan descortés y malcriado i)ara n 'pirse a 
comer con quien le invita, ni a fumar un tabaco ciuiikío se !e 
ofrece ni a tomar una copa cuMido haya a]'„Mno ((ue h' convMc 
y pague. 

Paisano, al fin, de Verdi y Donizetti. nuestro tipo tiene tam- 
bif'n sus ribetes de filarmónico, y cii:.ndo camina por d(^si)nl)la'lo 
suele tocar el acordeón cantando al mismo tiempo en alta voz el 
Inno di Garíhaldi, rl Addio ddla I'nriniza o el Alma inmwwrata. 
Su lenguaje no es italiano ni esp;iñol, aunque participa de 
ambos: es una <i'raeiosa mezcolanza de palabras españolas italia- 
nizadas y viceversa, formadas por él para su uso particular. 
Puede decirse, pues, (pie habla en hojalatero. 

Entiende, sin embargo, todo cuanto se le diga, siempre que 
sea en lengua de })lata, que^según él— es la lengua universal. 

Ama el dinero con idolati'ía, y antes se dejaría sacar un 
diente, que una moneda del bolsillo. 

En el lugar que menos se sospecha tiene una bolsa de cuero. 
destinada a guardaí' las onzas de oí o que va reuniendo, las 
cuales encuentran allí una tranipiila y perdurable se])Uitura. 
Cada vez que el hojalatero llega a cí^ger una de e<as carísimas 
monedas, se retira a un lugar oculto, donde nadie pueda verle; 


I i 


LAS ANTILLAS 

una Véz allí, toma la onza entre sus manos, la besa y la acaricia 
)Con la mayor ternura y emoción, y llevándola después a la 
puerta del sepulcro- la introduce en él cuidadosamente, murmu- 
rando tal vez aquella célebre sentencia de que nos habla el vate 
florentino : 

Lasciate ogni speranza voi ch' éntrate 

En efecto; la moneda que entra por allí bien puede renun- 
ciar por mucho tiempo a la esperanza de volver a ver la luz 
del día. 

Cuando esta bolsa, que es bien larga, llega a estar repleta de 
onzas de oro, entonces el hojalatero deja de serlo para dedicarse 
a otra profesión algo más lucrativa, de la caal hablaré en el 
artículo siguiente. 

El hojalatero no tiene hogar, ni tampoco le hajee falta: es 
un ser ambulante por necesidad, aislado por precaución y sol- 
tero por economía. 

Gústanle las mujeres hasta cierto punto ; se enamora de ellas 
con frecuencia; las dice mil ternezas y piropos; pero... *'en 
cuanto le piden se despide." 

Discípulo de Quevedo y no de Dante, es hombre que no da 
de sí ni gusta de andar en relaciones con gente buscona y pe- 
digüeña. 

''Solamente un dar le agrada 
Que es el dar en no dar nada". 

Y para que nadie sufra equivooaisiones respecto de su libe- 
ralidad, él mismo suele definirse y manifestar sin ambajes sus 
principios, aplicándose a menudo el siguiente proverbio en ita- 
liano : 

Di questa pietra non sortono seintilli 
Que es como si dijera: — De esta piedra no salen chispas. 

78 


LAS ANTILLAS 

■ ! 

j 

II 

EL VENDEDOR DE SANTOS 

Hizo un San Dimas de palo 
El escultor don Simón, 
Y en lugar de un buen ladrón 
Se salió un ladrón muy malo. 

Mesonero Romanos. 

Cuando el hojalatero llega a tener la bolsa bien repleta, de- 
ja de ejercer aquella profesión para dedicarse a otra más có- 
moda, más decente y más lucrativa. De hojalatero pa.sa a ven- 
dedor de santos. 

Esta profesión tiene además la ventaja de ser eminentemen- 
te religiosa, puesto que se funda en la devoción particular de 
los fieles, hacia una santidad determinada. De modo que nuestro 
héroe, sin dejar de ser el mismo, entra en una vita nova—aoYcio 
él dice, — ocupa un nuevo peldaño en la escala social como digo 
yo — J constituye en fin, un nuevo tipo con nuevos y variados 
caracteres. 

El vendedor de sa-ntos usa el mismo traje de hojalatero, con 
la adición de una chaqueta de pana que fué negra. 

Su método de vida y sus costumbres no sufren alteración 
alguna radical, si bien puede observarse ya un poco más de cul- 
tura en sus palabras y modales. 

El vendedor de santos es^ pues, un tipo más civilizado que 
el primero. 

Divídese en dos especies, a saber : El vendedor de estampas 
y el vendedcT de figuras de yeso, o sean santí honiti e harati. 

El primero se dedica a la venta de estampas, ^aleluyas, me- 
dallas, escapularios, naipes y oíros objetos de devoción . 

Anda solo, a pie, y constantemente cargado con su hacienda. 

Poco versado en asuntos religiosos, suele equivocar k)s 

nombres y hasta los sexos de los santos, vendiendo va una Con- 

79 - '- 


LAS ÁNÍliiLÁS 

cepcíóñ fioñ barbas, ora un San José rechoncho y barbilindo o 
un San Dimas con mitra o capuchón. 

Otras veces cuando se le pide un isordón de San Francisco, 
vende como tal un pedazo de cordel con muchos nudos o el 
cordón de sas zapatos. 

Pero estos y otros errores en que suele incurrir muy a 
menudo, sólo prueban su ignorancia o su buena voluntad de 
complacer a todo el mundo, y de que nadie se quede sin el 
santo, sant^ o reliquia que desea. 

A pesar de sus escasas luces ortodoxas, no deja do conocer 
el estampero que en 'asuntos de fe la fe es lo principal, y que 
así se puede adorar a Saní Agustín en la estampa de San Pedro, 
como a San Pedro en la estampa de San Agustín. 

Pero si al vendedor de estampas se le deben perdonar estos 
pequeños lapsus que en nada per^ ^^can al creyente, no así al 
de figuras de yeso que, más sr ' ♦^^^ado, parece 

que se complace en vender gato ^ .> después 

a costilla del candido comprador. 

Provisto siempre de un gran núm< alto, 

así santas como "non santos", e iut ent to- 

das ellas, suele a veces cambiar a Sf^i to, a lóge- 

nes por San Pablo, >a Nerón por San Be o, a Bossouet por 
el cura Santa Cruz. 

Aquí vende una Helena trigueña y narichata, allá una 
Artemisa en traje de manóla, acullá una Susana al natural; 
ya un Apolo con bragas y tirantes, ya un Cupido con hábito 
y cerquillo, ya una Minerva con moño y polisón. . . 

A causa de estas tretas y artimañas suelen suscitarse con 
frecuencia diólogos curiosos y lances divertidos y grotescos, v gr. 

— Eco il santo delta sua divozione, mió oaro amico; ques- 
te a San Rafaela Archangelo. 

Así dice nuestro héroe poniendo en manos de un candido 
comprador una graciosa figura de Mercurio. 

— Pero vea usted que este santo tiene alas en la cabeza y 
en los pies. 

— Perche é angelo, e vola. 

80 


LAS ANTILLAS 

— Y tiene muy poca ropa. 

— Perche fa calore. 

— Y le falta además el peseadito. 
^i Ah^^ignore, ora il santo non posse pescare, perche la mare 
e rivolta e non sagli peci in il amo! 

Como el comprador no entiende bien ni mal estas razones, 
suele tenerlas por buenas y quedarse con el santo ; pero si es 
algo escrupuloso y se obstina en replicar, entonces e litaliano 
le da junto con la imagen un pescado grande o chico (que de 
todos tiene) y he aquí al dios de los ladrones, con un atributo 
más, siendo objeto de la adoración de una familia cristiana. 

— ¿Lleva usted ahí algún San Antonio? 

— ¡ Oh, signore ! io tenevo il San Antonio abate, il santo 
miracoloso e benedetto che incontra lo perduto, e conserva lo 
guadagnato, e marita le donzzelli. 

Y así diciendo presenta a su interlocutor una pequeña es- 
tatua de Napoleón I. : 

— ¡Hum. . . ! lo que es éste no tiene cara de santo. 

— ¿E per che, signore? 

— Yo no sé en qué consiste, pero ese San Antonio no se 
parece en nada al que nosotros conocemos. No tiene corona 
como aquél ni sombra en la barba . . . 

— Cosí raso e migliore, ma giovane e ma bonito. 

— ^Y también le falta el cerdo. . . 
— ¡II porco! il porco. . . ¡écolo qua! — exclama nuestro tipo 
entregando al comprador un corpulento jabalí en yf'so. tres ve- 
ces más grande que el fingido San Antonio. 

Hace luego el ajuste de los dos, y el comprador — que suele 
inclinarse más al primero que al segundo — ¡quédase al ñn con 
uno y con otro— no sin hacerles poner antes dos letreros que in- 
diquen con bastante claridad cual de ellos es el cerdo y cual 
el santo. 

Como se vé, el negocio de este tipo no se limita a la venta 
de figuras humanas sino que ende también las de algunos ani- 
males célebres que han pasado a la posteridad, aunque a todos 
los bautiza con el nombre genérico de santos. 

81 


LAS ANTILLAS 

íara él, tan santos son Aquiles, Orestes y Teseo, como el 
buey ApiSj el caballo de Santiago y la barra de Balaam. 

Activo siempre y atento nada más que a su misión camina 
sin cesar de pueblo en pueblo, con su tabla o retablo en la ca- 
beza, y la vista fija en donde ha de poner los pies, no sea que 
de resultas de un mal paso ruedan las figuras por el suelo, 
quedando tan averiadas y maltrechas como la de Maese Pedro 
después de la ruidosa y descomunal batalla. 

Se dan casos en que el vendedor de figuras se las ha;;e el 
mismo... Quiero decir que fabiica las figuras para venderlas 
después; pero entonces debe considerár>ele ya como artista, y 
no como mero industrial. Esto no pasa, sin embargo, de ser 
una excepción de la regla, y yo al trazar mis bocetos busco 
siempre la generalidad, no la excepción. 

En resumen: el vendedor de santos, salvo los pecidillos ccn- 
sabidos, es un tipo . . . del tenor siguiente : 

Sus principios son religiosos; sus medios, la pi'opaga -ióii 
de los santos; su fin... llenar una segunda bolsa de onzas de 
oro lo cual no me parece que se opone a la religión ni a la moral. 

Ahí donde ustedes le ven, es más devoto y más ;f)egad{) 
a los santos que una solterona cuando llega a perder las es- 
peranzas. '■ ^ 

Para él todos los días son santos. 

Yo, que soy más pío que Eneas — aunque me esté mal el 
decirlo, — y que me tengo por hombre religioso y devoto, si los 
hay, confieso mi inferioridad en tratándose del vendedor de 
santos. Yo los visito alguna que otra vez, les rezo algún Pal;e 
Nuestro si se ofrece, me persigno, doy media vnelta, cojo agua 
bendita y . . . abur. 

El vendedor de santas, más devoto que yo, los lleva encima. 

Con ellos se acuesta, con ellos se levanta, y a ellos dedica 
todas sus atenciones y cuidados. 

''Dime con quién andas y te diré quién eres" — dice un 
antiguo y verdadero refrán. 

Por eso nuestro héroe, a fuerza de rozarse con los santos, 
ha llegado a adquirir un aspecto anticuado y semi-bíblieo, y 


LAS ÁisfTILLAS 

aun pudiera décírSé que despide un particular ólorcillo á 
santidad. 

Cual si fuera un altar locomovible, anda siempre cargado 
con santos, con los santos de su devoción. 

Y con monótono canto, 
Ya de noche, ya de día, 
Mostrando su mercancía 
Dice : i Santo ! i Santo ! ¡ Santo ! 

Manuel Fernández Juncos. 


88 


LAS ANTILLAS 


ENRIQUILLO 

LEYENDA HISTÓRICA DOMINICANA 

por Manuel de J. Galván. 

(1503-1533) 

Demos siquiera en los libros 
c^lgún lugur laJ la (justicia, ya 
c, que por desgracia suele dejár- 

sele tan poco en los negocios del 
mundo. 

QUINTANA, 
Al eminente orador y publieista 

I). Rafael María de Labra, 

Presidente de la Sociedad Abolicionista Española. 

Mi buen amigo : 

Entre los recuerdos más gratos de mi vida deseuella el 
de una memorable fecha, en que la plaza mayor de Ja capitíd 
de Puerto Rico no bastaba a contener la multitud de <i'Mite, de 
todas las clases, que además de cubrir el pavimento se apiñaba 
en los balcones y las azoteas ¡'.'ircunvecinas. 

Desde el balcón centi'.il del Palacio de la Intendencia un 
hombi-e aiengaba ccaí ademán solemne, con sonoro acentí), a que- 
11a innumerable cuanto silenciosa multitud. Aquel bondjrc es- 
taba investido de todos los atributos del poder; ejercía la auto- 
ridad absolíita en La Isla, era el gobernador capitán general 
tlon Rafael Pi-imo de Rivera, y en aquel inornento cumplía 
un bello acto de justicia proclamando en noiii})re de Ja Nación 

84 


L A 8 A N T I L L A S 

Española la abolición de la esclavitud en la hermosa Borinquen ; 
y además se mostraba prudente y experimentado hombre públi- 
co, y practicaba un lacto de cristiana cni'idad, incvdcaudo las .-;) 
ñas ideas de orden y deberes, espíntu de fraternidad, re.-^pcto 
a las leyes y amor a sus semejantes, en el ánimo de los conmo- 
vidos libertos, que escuchaban aquel inspirado len^iaje derra- 
mando lágrimas de viva gratitud. 

Kuidosos y entusiastas vivas a >"^>paña ternunaron aquella 
esi2ena sublime. 

A impulsos de la profunda impresión, fiel júbilo indecible 
que en mí causó tan espléndido triunfo df Li justicia sobre una 
iniquidad secular, recorrí con el rápido vuelo de la imagina- 
ción la historia de América, y buscando analogías morales oi 
los primeros fiías de la con([nista, mi nHMjtc se fijó complacida 
en la.s grandes figuras de un compatriota de usted, el ilustre 
filántropo fray Bartolomé de las Casas, y un compatriota m.ío, 
Enriquillo, último ícacique de la Isla de Haití o Española, hoy 
Santo Domingo. 

Desde entonces formé el atrevido propósito de escribir este 
libro, y dedicarlo a la insigne' Sociedad Abolicionista P^spañola. 

Pero después de borronear su primera parte, me convencí 
de que la obra, para responder a su objeto, exigía dotes y com- 
petencia muy superiores a las mías, y el manuscrito durmiera 
sueño de olvido, a no intervenir la eficacia de mi bondadoso 
amigo, el reverendo presbítero don P^rancisco Xavier Billini, 
que no solamente me exhortó a publicarlo, sino que tomó a su 
cargo la edii3Íón de esa primera part^ de ^'Eniiquillo. " 

Me alentó a proseguir este trabajo la benevolencia de ami- 
gos inteligentes y de reconocida ilustración que, como los dis- 
cretísimos literatos y periodistas don José Joiquín Péi^ez y 
don Manuel Fernández Juncos, y el culto escritor, hijo ilustre 
de Venezuela, general don Jacinto R. Pachano, me dirigieron 
por medio de la prensa excitaciones tan laudatorias para el 
comenzado libro, que ni me permito reproducirM.s, ni puedo 
atribuirlas sino a pura generosidad de parte de aquellos distin- 
^idos señores, o bien a la simpatía que sin duda inspira a 

85 


LAS ANTILLAS 

todo (Corazón bien templado el interesante asunto que por suerte 
escogí para ejercitar mi ociosa péñola. 

Esta última convicción está firmemente arraigada en mi 
conciencia, al dar a la luz pública el ''Eñriquillo", aparte toda 
fingida modestia : el libro, literariamente considerado, puede 
ser detestable ; su tema es bueno, su moral pura y excelente ; 
de esto respondo con seguridad absoluta. 

Por lo mismo, si no me atrevo a llevar su dedicatoria hasta 
la benemérita Sociedad que en nuestro siglo positivista ha re- 
i30gido todo el aliento y ha reflejado la ardiente caridad del 
virtuoso Las Casas, para combatir la más abyecta de las ini- 
quidades sociales hasta en sus últimos atrincheramientos, la 
amistad particular y a toda prueba con que me favorece usted, 
que hoy dignamente preside aquella filantrópica Asociación, 
es título suficiente para autorizarme a ofrecer en un solo rasgo 
la síntesis de mi humilde libro, colocándolo bajo la égida de su 
respetable nombre, emblema de todas las grandes ideas, y acree- 
dor, como pocos, a la admiración y el aplauso de los buenos. 

Acoja usted con indulgencia esta demostración de los sen- 
timientos afectuosos con que sieip-pre se complace en recordarle, 

Su adicto y leal amigo, 

Manuel de J, Galván. 
Santo Domingo. 15 de Julio de 1882. 

PROLOGO 

Audacia será, pero que el afecto y la admiración excusan, 
eso de solicitar nosotros el honor de escribir unas cuantas pala- 
bras, a guisa de prólogo, al frente de la obra de uno de nuestros 
más conocidos literatos, 

Y bueno es protestar que de ningún modo entra en nuestro 

propósito formular un juicio crítico, pues nos faltan los alciii- 

ces y la autoridad que demanda tarea tan peligrosa y delicada. 

No vamos a hacer sino tradueií' en mal hilvanado leügmaje 

66 


L A S A N T I L L A S 

las impresiones que en nuestro ánjmo ha he^ho la lectura de 
lo que modestamente ha querido llamar su autor una leyenda 
histórica, y que puede muy bien aspirar a título más alto. 

Muy dados nosotros al estudio de nuestros orígenes histó- 
ricos; encantándonos lo que de aquella época se inquiere y for- 
ma el génesis fecundo de la pobre raza indígena, admiramos y 
aplaudimos a quiénes emprenden trabajos de td naturaleza. 
por lo meritorios y encaminados a (¡ue re ;ilt ii ( n la lucha d' 
la conquista, en la lucha de la liliertü 1 cíjr^ra hi tiranía, esa 
razón suprema y esa justicia augusta ultra jada^ í n t(,dos lo^ 
siglos, a despeclio de los sentimientos de humanidul gra1)ados 
por Dios en la concienr^ia de los hombres. 

Nuestra tierra, la tierra que fué mará vi lia para los prime- 
ros ojos extraños que la contemphn'otí d ¡¡¡¡.iíia. «mi inocente 
abandono, a la espumante ribera del no sm-i.KJo mar ('aribe. 
guarda en sus montes y en sus valles, en svk ríos y en sus to- 
rrentes, en cada piedra y en cada tronco y en cada gota de 
agua, alguna historia de dolor y de triljulacione^. qo' debemos 
evoea.r para que el mundo sepa los secretos de co-^as no imaüa- 
nadas en todo el trans^eurso de las edad(>s histó-ieas. La le- 
yenda no tiene que ser exagerado parto de la fantasía cuando 
se contrae a narrar sucesos de aquella que fué cuna de tantos 
héroes y tantos mártires. Parece como que al más inesperado 
y estiipendo de los hechos, al descubrimiento de,, un mundo, a 
la obra propia sólo .de un semi-dios, debía corresponder en todo, 
en la esfera de la vida real, lo maravilloso y lo legendario. 

Nada hay que no pueda pres-ntar-se como explieación de lo 
que era el espíiitu de aquel tiempo en cuanto abar,3an las ma- 
nifestaeiones de la existencia, pero de un modo tal, que nos 
parece asistir a algo que no está en los límites de lo razonable, 
ni en lo que el mero instinto humano vC como propio de la 
naturaleza, con la cual se está en íntimo contacto. 

TiempC'S eran aquellos en que, a qui:'n se sobreponía al pre- 
dominio de las ideas reinantes se le miraba con recelo como a 
monstruo salido del fondo oseuro de los antros infernales. De 
ello darán testimonio Colón, ú ser más grande de todos los 

87 


LAS ANTILLAS 

siglos, y, Bartolomé de las Casas, el filántropo más eximio y 
que llena i3on su nombre los anales del mundo. 

En el cuadro de aquella época, ^- ^on la sombra de todos 
esos episodios inconcebibles que le daban una -fisonomía espe- 
cial, ha hecho el autor de esta obra resaltar la figura culminan- 
te de Enriquillo, del cacique de la sicira del Bahoruco, deí 
noble indio que parecía llamado a ser el civilizador de los que 
vinieron ,son la idea de infiltrar su civilización en el espíritu 
libre y generoso de una raza rústica y salvaje. 

Enriquillo es un símbolo y una enseñanza. Es el símbf)l() 
perfecto de los oprimidos, de cuantas generaciones han ven'do 
batallando tral)aj()samente contra ese inmenso océano de tcin- 
pestades que se llama la vida; es la encarnación de todo ese 
cúmulo de desgracias que pesa como una maldición dv] ¡"ielo 
sobre la fíente de los (Irslici'edados de la ti 'rra. Paciente y 
digno, devorando en silencio las horas amargas de la angustia 
más insoportable, sufriendo por él, y más que por él por los her- 
manos en quienes se cebaban la codicia, la ambición, la ruindad 
de todas las pasiones que engendra el egoísmo, es la imagen de 
la humanidad que viene derramando lágrimas y sangre, en cada 
etapa de la sucesión de los .tiempos, para levantarse un día y 
otro día a istar sus derechos, a ceñirse la corona del ideal 

ííe la r suprema. Diríjase una mirada al vastísimo 

cam iistoria, y desde Espairtaco hasta John Brown y 

Lince :ida una de esas figuras iluminadas por la luz de la 

conciencia ^e la personalidad humana, se verá reflejado el es- 
píritu que animó al infortunado último cacique de la extinta 
raza ''^ 

EnsCi. es la cpie se da probando que, 

al fin donde qu-^^v- , .. de esas explosiones de la voluntad 

aherrojada se deja ^(Mitir, tiene toda la omnipotencia que le 
presta el -cumplimiento de una ley natural, la que pioclama 
que todos los hombres en todos los tiempos han nacido para ser 
iguales como hijos de una misma fuerza creadora. 

Así, pues, este libro no eslá escrito por el único placer de 
"escribir sin objeto y sin intención. Lleva en todas sus páginas 

88 


LAS ANTILLAS 

el sello nobilísimo de la idea que ha predominado donde quiera 
que el hombre ha visto en el fondo de su miseria humana bri- 
llar esa luz intensa, destello fulgurante del inagotable foco di- 
vino. 

Rasgos hay .en Enriquillo que parecen condensar todo lo 
que el autor se propuso por medio de la bien urdida trama de 
su excelente libro. 

En cada uno de los personajes que surgen, se mira tam- 
bién cuánto inndividualmente contribuyó a prepara)' ]oi a-onte- 
cimientos finales de ese drama que tavo por esceiia la tierra 
virgen e inocente que dormía sosegada a la somljra d(^ sus palmas 
en los remotísimos confines del Atlántico. 

Y, como sucede siempre, los más pequeños e insignificantes 
hechos van dilatando su acción hasta producir graves confla- 
graciones. Una mirada furtiva de dos amantes contiene luego 
el rayo que después incendia de súbito los espacios. 

Improba tarea sería ir hojeando este libro para señalar 
las bellezas sustanciales que contiene. Abrase al acaso, léase y 
dígase si en él hay algo de más. Por el contrario, hallamos mu- 
cho de menos; pero mucho do eso ciue en otros habría llegado 
a ser necio y empalagoso. Rallamos qne la fantasía, la desor- 
denada fantasía inventiva, no se ha dejado arrastrar en los pa- 
sajes que naturalmente como que lo estaban pidiendo. Ha ha- 
bido exquisita prudencia en ello, concretándose tanto el autor a 
la verdad de los hechs, que más bien que una leyenda, parece 
su libro una narración puramnte histórica. 

Sin embargo, no deja de correr la elegante pluma de 
nuestro amigo con esa facilidad y dulzura que le son (Caracterís- 
ticas en aquellos episodios que así lo requerían. Hay eapítulos 
que valen una epopeya. 

De un simple párrafo de Herrera y de La.s Casas acerca 
de las bodas de Diego Velázquez con la noble María de Cuéllar 
ha sacado el autor materia para bellísimas y deliciosas pince- 
ladas sobre los amores de ésta con Jnan de Grijalva y la riva- 
lidad del Adelantado. 

¿Y hay nada más poético que: ^§4 adorable unión de aqae- 

89 


LAS ANTILLAS 

lias dos almas heisha la una para la otra. Enriquillo y Mencía, 
que desde los albores de la adolescencia vislumbraron el porve- 
nir de su ventura? 

¿Y puede darse escena más sigiiifieativa y de mayor realce 
que la de los neblíes cazadores, traídos í]o .Taíaivua q.ic ensaya 
el Cacique en el palacio del Almirante! 

Todos estos episodios de carácter íntimo, alternados con 
otros de púbUca influencia y de rasgos do distinta natnralcza, 
ya heroicos, ya infames, en las altas regiones del poder o en 
las luchas de los conquistadores entre sí o con los indios, dan 
a este libro un interés creciente; y se quiere devciarlo hasta 
el fin para saber como los sucesos han preparado la felicidad o 
la desgracia de los seres simpáticos o detestables qne se mue- 
ven a la voz del destino. 

El lector sufre, se indigna, se alegra, de-:ea. t^ me por (;ada uno 
o con cada uno de los personajes que ve r» -'ir Hnt^' su iüi.a'/ina- 
ción en esa serie de ajcontecimientos que forrri'in. la leyenda. 

I Quién no se siente dominado por el furoi-. fjiiién no deja 
germinar en el alm'a un involuntario sentimiento d" odio in- 
vencible hacia aquel don Pedro de Moii{;¡ id in^^-tigador incan- 
sable, la famélica hiena que donde quiera aparece para servir de 
sombra y llenar de oprobios y oponer sus planes a los inocentes 
oprimados y a sus libertadores? 

¿Quién no abomina al mozo hipócrita, libertino y perverso, 
hijo del noble anciano protector de Enriquillo, don Francisco 
de Valenzuela? 

¿Quién no admira y adora a Las Casas, a ese ángel de 
redención de la pobre raza tiranizada? ¿Ya Diego Colón, ese 
hombre que llevaba como un anatema lo que debía haber sido 
su timbre de gloria más excelso, el inmortal apellido de su padie? 
¿Quién no experimenta la más viva simpatía hacia doña 
María de Toledo la virreina que extiende su abnegación por los 
que sufren hasta el punto de cc^mprometer su nombre en los 
amores de Velázquez y María de Cuéllar? 

¿Por último, quién no se halla como queriendo salvar el 
cinculo de hierro que le oprime, al contemplar a Enriquillo, al 

90 


LAS ANTILLAS 

]ibre (rUfifociiya. al señor de sus rnonlañas y flueño de su li'-rra. 
siendo víctima de tantas atrocidades, de tantas injusticias y de 
tanto y tanlísimo ardid frajruado pf>¡ la trailla «rro-era eu-^ual. 
al)Oinina})Ie de rabiosos canes que trajo la corujui-^ta contra e^- 
tas indefensas tribus? 

¿Quién no tenu' {)()r él, quién n > desea con ('I, tener fuerzas 
de titán, aliento de fue^ío para destruir de un soj)!;) a lodo^ cm)-. 
monstruos de ambición desenfi-eiui'';; : 

¿Y quién no se icbuitifica con e-a liiija de k/- arnoi-e^ (b' fíue 
vara e Higueniota. de es i flor mride<t;i y purísima i acida al 
calor del fuego del trópico y de la iiiión de do> ra/a-> viui-íjroza.s ; 
con Mencía, la que debía represenlar la fusión de lo> elementos 
antagónicos, la paz pe;})etua entre los victimarios y 1 ¡s víctimas? 

FA señor Galván ha prestado un gran servicio a las letras 
dominicanas escribiendo y publicando su libio. Es una adqui- 
sición valiosa, pues en ella se api ende a conocer el espíritu de 
aquellos tiempos, a amar más la libei'tad por los sufrimientos 
([ue acarrea la servidmnbre, a perseverar en la obra santa de 
quitar a tantos millares de seres que gimen aun en las ergástu- 
las, la argolla vil que destroza su c rdlo. a proclamar el impe- 
rio de los defei^hos del hombre, a ver al prójimo, cual que sea 
su origen y condición de la rnanera fpie conviene para que el 
mundo vaiu'e, para que la obra de Dios llegue a su perfección. 
El señor (lalván pe: fenece a esa luminosa pléyade de hom- 
bres (pie predican cada día, a caria hora, el evangelio de la 
humanidad, en la cual Espina, la tierra de doiide salieron los 
opí'csoi'cs de aquellas calamitosos tiempos, cuenta al gran abo- 
licionista don Rafael M. de Labra. Ei'ancia a Mctor f>'haelcher, 
y América a AVendell Phillips y a Eedei'ico Douirlas. 

Halle, pues, este libro buena acogida, la acogida que m rece, 
por todos aiiuellos a cuyas manos llegue: estinliese la solución 
de un gran problema social (pie aun se mantiene de ])ié en algún 
pueblo 7*ezagado, y bendígase la hora en que la pobre América. 
la hija, de Colón la llamada a los gr ndes destino^ d.d porvenir 
alcance a ver borrado de su suelo el postrer vestigio de >us díaií 
de tribulaciones. 

91 


LAS A X T T L T. A S 

Poii«iaiiios pues, punto íiii.il a estas incaiiiplotas y desaV.- 

ñatias iínc is fs-iita^ sin el ium csnrio i-cposo y sin disponer del 
tieiíipo tjiU' t'.\i<^<' esia ciase de íraltajos^ 

liemos (•nni])lido la promesa (¡n" c^poiitáncanjenle hieimos 
al annu'o. y dfln m()> iVliritarle poi" el triunfo (¡ue va a obtener 
en (I unuiilo Id.'iaiio: trinnfo más oidtMidido (pie el aleanzado 
])()]■ nne^trns imj)lae d)l('^ conqnisladcres con la dcsirueeión de 
los Iia1)itan1(*> j)r!milivos de este mu vo y lieíaiioso paraíso, en 
(pie !)!()> coiisumó la maravilla de (pie si: viese de enna a los 
demás ])(iel)los del lieTnisfeíáo deseuhiu'i'lo por el inniorlal 
( 'olón. 


José Jo(i(¡ifí)i Pírcz. 


Sanio Oondii'í-o, dulio 2") de 18>S2. 


LAS A NT 1 L L A S 


EPISODIO DE LA GUERRA DEL 95 

l':xtin^uiiia la luz platea. la «Id ';;•'■'. i-! Alba, a! "Xtfii 
lifi-sc los ]inmi'i'<»^ ravti^ ariiiciilvN » !•■;. • 

la t'XifíisK'in f|ii(' 'M'iipa ia p-i- ■' I-- ¡i, a- . 

a < h'iciii f. la h'-i'ihiaria ¡'. • \k\'. -;íj t 

<■>! ¡•iicl ura. pl'i\il('«4'ia,ii.i pnr la prn.ji:' ■: 
t'aiiii)iria^ \c!'iir> ■le --111. -raída, --u- i'iros pi.ilai:,: ■ -. 
ciH'ol !'iM'~, 'i'ílv^ paliii<'ra> y --n ui ■ 

^'llllfpIC. ijif ■' prutt'crin.'i r«)lii!¡i a-. . ¡a- .. c-, 

J'-ólít. a las lili i a' !«> cirrwihíaii ; y t-tTca (if '•-■„• ' ._:a:. a -■■i~' 

l\il('»iiK'I ru-, ■,.•!;-.' ^i^ af't'iias iiiia-s \ a|)r(H'ia(ia> 'ifl !Í'» l>Mal*a. 

coii >u líquui' . pn-'ita polaiiiüdail. y a ¡ios ki! i 

i'auflal(>s(í y nav t*;j:ai»le Toa, poi' t-iiyos alr*''; ift'- 

ciUMitaroii Ion iun; pi-' anialiaii a líalu 

i'acitpics (pif \i\'ía.. ; :, •■- •'•■Miro da ¡o- '■*■ 

bíaii luu'id' -« \ lialu'auv rollla'lo. p- 

Usos, sus - aMi!>»'v y sus niü'av anaipo-^.i^ para la 

de Niis li, - d«' júbilo y ¡•('•jiH'iju. (•ontril»uyf¡id(! a l> - }»!■.'!•. -pTsK 

bíblicos i\r ■ '■]-V'"\<h-'-\úll. 

i'A 'l'oa ' (if auxilin al •■tílnni/adof ¡^ ' 

para cx.i'U.-^ . .. pi;-..'aí jj ,jí|,. v»- > .. .-• 
esta \'illa. -'u l.M;l. p.^ adt'laiitad-. 

do i'ou !,i .i \ .aia d<- un indio, a 
en ilondi' obl 1 

eXpi'dh'i/'H a Majíau. 

AHi tvpt'tini n.i.íí'<.. ■ - ' ' •■ 

roí rayos d*d ardi' .. - ^ 

fiibrioroü. en un fia 

humedecidos por el v<h'\(> de la a írrs . 

93 


tÁS ANTILLAS 

íilápiíttKi, éti el cielo de la regeneración de Cuba, iluminiados 
por el Dios de la pelea y cubiertos con el manto sagrado de esta 
hermosa trilogía: ¡la fe, el valor y el patriotismo; ¡Antonio 
Maceo, Flor Crombet y José Ma<ieo! 

Antonio Maceo rinde culto de adoración a Cuba idolatrada, 
y besa su suelo. 

Los demás expedicionarios hacen lo mismo. 

Pocos momentos después los expedicionarios descubrieron, 
a corta distancia, una casita de tabla y guano y se dirigieron 
allí. Se encontraron con el señor Santos Rodríguez, excélente 
ciudadano hijo del Camagüey, que se puso a disposición de 
aquellos. 

El general Antonio Maceo, inmediatamente, le dio la co- 
misión de que se dirigiera a la morada del señor Félix Ruenes, 
en la calle de la Playa, y le avisara que él lo esperaba en aquel 
lugar para darle algunas órdenes urgentes. 

Santos Rodríguez cumplió fielmente su cometido, y a los 
pocos minutos salía de su casa el ciudadano Félix Ruenes^ en 
dirQeción al río de Macaguanigua, y en el paroxismo de sa en- 
tusiasmo patriótico corría por toda la referida calle de la Playa, 
junto a españoles, cubanos y extranjeros, dando el grito de 
¡ Viva Cuba libre, que ha llegado el general Maceo . . . ! 

Los expedicionarios se dirigieron al terreno empinado don- 
de se encontraba el pobladito de Duaba, y solicitaron, con éxito, 
hospitalidad en la casa del señor Pedro Godoy, Alcalde de aquel 
barrio, natural de Santiago de Cuba, y laborioso comerciante, 
que les ofreció sus servicios. 

Allí se encontraba la señora Margarita Perigó y el señor 
Lorenzo Conde, Secretario del Juzgado Municipal de ese 
Partido. 

Salieron, por mandato del general Antonio Maceo, de ese 
lugar, para hacer un trabajo de exploración, su hermano, el 
general José Maceo y el brigadier Silverio Sánchez Figueras, 
regresando, a los pocos momentos, con la noticia de que fuerzas 
armadas se dirigían a aquel lugar. 

94 


LAS ANTILLAS 

—¿No serán las fuerzas organizadas por Félix Ruenesf — • 
preguntó el general Antonio Maceo al señor Lorenzo Conde. 
— No, general: los cubanos no tienen armamentos. 
Entonces dispuso que el ciudadano Victoriano Navarro fue- 
ra ia cerciorarse de qué clase de fuerza era la que se aproximaba 
a donde él estaba. 

Regresó, muy rápidamente, el emisario, dV.'iendo que eran 
fuerzas españolas. 

— Echaremos una "peleíta" — dijo el general Aníjiiio Maceo, 
— Y ustedes que son tan pocos, y se encuentran tan estro- 
peados por el viaje, ¿van a pelear centra tantos solílatlosf — pre- 
guntó al general Antonio M^^^^ señora Margarita Perigó. 

— Por algo somos gíM^^^Hjy Ejéicito J.iljertador — le 
contestó, con la mayor^^^^^^^^H|^iera1 Antonio Maceo. 

Y dispuso que sJ^^^^^^^^^^^^Bcioi. arios entiaran en 
el combate, y que Iv^^^^^^^^^^^^^^v u'ui 

Hecho esto, y e^^^^^^^^^^^^^^^española de 85 hom- 
bres, al mando de Í'^^W^^^^^HRÍ^^^IBIk.. de 
volver deUíu^r eii'tiue^^^Bla.ba cíRrenera): Antonio Maceo. 
sacó este,Üe un bolsillo del pantalón un pañuelo, dando Ja señal 
de hac/r fuego^ y lo hizo una, dos y tres veces," realizando los 
expedí ionarios la operación con una precisión a,.^mirable. 

- No se apuren, compañeros, qiu^ entre^^os españoles ocu- 
rre algo grave y se disponen a Retirarse — dijo Antonio Ma- 
ceo a los expedicionarios que Aacían fuego. 

Y en efecto, el gene;al Antonio Maceo, con la vista de 
águila que tenía eu .as atriciones militares, había observado el 
descalabro ocurrido a la fuerza española, 

Eota tenía un muerto y diez heridos y disponíase a retirar, 
precipitadamente, liaeia la cabecera. 

El ángel del bieu había ofrecido su protección a los expe- 
dicionarios, que repieseutaban la defensa de una causa justa; 
la independencia de Cubi, cubiertos con el manto de esta her- 
mosa trilogía : : ¡ Fé, valor y patriotismo ! . . . 

Ernesto de las Cuevas. 


95 


LAS AK ILLAS 

Eros ANTILLANOS 

La señora W "2I& ^^uss . '^Me paladín del 

periodismo antillar^, que ._ B. López, ha 

.rendido en la ciu. d de San ou iüco, la jornada 
de la vida. 

Por la dulzura de • la beiieza de su alma, fué 

esta dama muy queridr oiedad puertorriqueña, donde 

su muerte ha dejado im». huella de dolor. 


No menos sentido, y por idénticas razones, ha sido el fa- 
llecimiento de la Sra. Hortensia Aguayo de Alfonso, acaecido 
recientemente en esta ciudj 

También registramt|^^^^^^^^^^B|^relo, la eterna des- 
'aparición de Pancho J^^^^^^^^^^^^^kutil como modesto, 
que I recorrió los aspe^^^^^^^^^^^^^^^^ con la sonrisa en 

los labios, y el amo 

Tamas Carr^^n además de „.... sachador 

que deja al mc^J'^^'? ^^' los anales del periodismo borinquiñOj un 
nombre al qutí.sii"^'e de blasón, más aún que su inteligen ia su- 
perior la indomable energía de su voluntad. 



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Hacia Una Moral Sin Dogmas, por José Ingenieros. 

Los Estados Unidos y la República Dominicana, por Max 
Henríquez Ureña. 

Narraciones Históricas de Baracoa, (2 tomos) por Ernesto 
de las Cuevas. 

Tipos y Caracteres Portorriqueños de Mi Tiempo, por Ma- 
nuel Fernández Juncos. », 

Prontuario Ortográfica y Paremiología Portorriqueña, por 
Justo D. Barea. 

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SXJJ^^-ÜIO 


I.— La revolución Rusa. II.— En el Tabor. lU.— Juan Cle- 
mente Zeiiea. IV. — ^El monumento a Juan Clemente 
Zenea. V.— Inauguración del Monumento. VI.— Lápida. 
VII.— Antillanos Ilustres. VIII.— Varona juzgado por 
Ingenieros. IX. — A Justo de Lara. X. — Pléyade. XI.^ — 
La canción del pálido. XII.^ — IJn voto de Calidad. 
XIII, — El vaso roto. XIV. — ^Un olvido que va repa- 
rándose. XV.— Un soneto célebre. XVI. — La Ilusión. 
XVII.— Documentos Históricos, XVIH.- Enriquillo. 
XIX, — Los vendedores ambulantes. XX. — ^Prediccio- 
nes. XXI.— Las Antillas y Baldorioty. XXII.— Genio 
y Figura. XXIII.— El Puerto-Riqueño . XXIV.— La 
Habana de Ayer. XXV,— La Copla Criolla. XXVI, — 
Versos. XXVII,— La Cuesta del Griego. XXVIII.— 
El Poeta a su Primogénito. XXIX.— El Zaber de 
Menéndez Pelayo. XXX. — El día de San Ped|ro. 
XXXI.— Estudios del Natural. XXXII.— La Enseña 
de la Estrella Solitaria. XXXIII. — La Experiencia 
sobre Memorización. XXXIV.— Sobre el Álbum de la 
Guerra. XXXV.— Sueño de Gesta. XXXVI.— Otean- 
do el Paisaje. XXXVII. — Camino de la Prosperidad. 
XXXVllJ.—Ecos Antillanos. XXXIX.— Salve. 


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Director: Sergio Cuevas Zequeira 

AÑO I 
Mayo y Jvikío, 1C|20. Núm^. 2 y 5, 


LA REVOLUCIÓN RUSA 


sus ANTECEDENTES Y CONSECUENCIAS 



La cita ve 
y el mejor ex 
mos con toda; 
dieran d'ecirmie los Jii'V 
eisipañol en u'ni laoiiiíent 
lectiva. Irte lo d*ioe en 
lia lestu penda erreidícáón 
ma "El Aloaldfe áe Z 
cuiío 'ahmmo del alma 
dido ia oonsnltar el irtJV.^c.V.» 
poráneos. Ellos me Mv/';vi'.'''.',iV- ':!■'::■ 


Plllpietido 
d'upante vm larg-o procrí'iij'j.ji^'-í'!';:. ■ --^ WSiSfe "■''"■ ■'-'^ii-miinia 
die bruitall d'eí-iíjotiismo, 'V ■ ^ i;^-// ■■•>!'■< u .u,..oa.'^Mw3Í^?^,íu..-;u>i. inasible, 
supíerstioi'OSO, icruiel eCni los que caen bajo su nii-a/no, ehifio, dies- 
eonfiado, mendaz triste y abúlico, y sin eníbargo, digmo de com- 
paisión y de piedad, porque vson conseenfíoiGiaís njatui'ales del ré- 
gimien a que lia vivido sujeto, sus grandes errores y su inrajeoisa 
mm&rm maral. 


97 


LAS ÁÑI^ILLÁS 

Naidla diemiiestra. eooi más elocuierDeiia estáis dioiarosas, péfo 
C7Ídeiute's vartdladios, que aquielilias senciillas y oomnovedioras pá- 
ginas de Veressaiev, citiadias por Straunik, en las cuales el in- 
signe escritor nos pinta cierto médico modelo de abnegación y 
díe boíntdad, que diespués de hjaiber asistí dio con piadio.vo celo a 
los "müjikjs" die La eoanarca' ataciados de cólem morbo, es apa- 
leado brutalmente haiSitia dtejarilo moribundo por iiiia banda de 
ellos^ ebrios y exf:Usx)erados -pon ta epidemia. P-sro en esie inte- 
rtesíante relato la víctima no maldice, al morir, a sus \"erdugo.s, 
sino que los disculpa, y refiriénd'asKí a la huma'LÚtu.ria labor que 
con ellos ha ejercido, y a su biievísima duración, afirniia, .con- 
densando acaso en hiieves palabrals el más tormeiiiLí/so aspec- 
to del magno probleüufa^ ruso, que cinco Síemanas de amor y 
devoción no pueden borrar todo un pasado de tristezias y de 
injusticia. 

Yi si de la condición de asie pro'letariado cai-ii indigente, y 
en mucbas ocasiones indagente por completo, apartamos la mi- 
rada p(airia dirigir La hacia los piequeños empleadc/s de provin.cia 
y los que con ellos vieneni a. constituir en Rusia una especie de 
claisle media, encontramos por doquiiiera la misma falta dtó cuil- 
tura, y el másTno hori'or a todk acción personal que en laquellos 
heanos podido observar. A darnos cabal idea d'e la suj)ina igno- 
rancia y del apartamiento sistemático de todo esfuerzo mental 
que a estas pobres gentes caracteriza, acude Antonio Tchekliov 
con la historia, aparente-'mente cómiiica, de Mierdiev, mísero em- 
pleado a quien su jefe, con el propósito loable, pero indiscre- 
to, de civilizarlo un poco ha ordenado que se consagre du- 
rante algún tiempo a la lectuTia de obijals litera'riías. 

"El Conde de Monte Cristo" es el libro asignado por la 
suerte a este infeliz que página tras página lo devora sin 
comprender una palabra de aqu'el enredo pjajra él inaccesible, 
Inasta que entre congojas y vigilias pierde la razón provocan- 
do un verdadero motíni entre sus compañeros de ofieina y ému- 
lofs de inepciia, soinxítidos como él til torfmiento de lia leltríai de 
imp'renta. ¿ Y quién podfrá ooonpíetir en desgarradora aimiargura 
con este mismo Tchekhow, cuando para mostrarnos en toda sa 

98 


LAB ÁNTÍLLAB 

hoiniTénda diesnndez el panoinamiai de la abulia moscovita, nos po- 
ne frenóte a un médico, intieMg'ente, espectador adolorido, pero 
inactivo del desorden y de la injusticia reinantes en su pueblo, 
y que. no obispante halláis» en plena y cabaJ liicidez>, se de.ja 
neeluir por loco en el mismo li(x>pitail dOnde prestía, sus servicios, 
sin híacer resistencia, siu un g^sto siquiera de protesta, con l<a 
fría re'^ig^iación de los quí- »<.e sienten eterna e irr(nn<'diable- 
mente diesposeídos de esperanza y de fe? 

Y, si ha*sta lid corte imperial y a los altoíi funic-ionarios lle- 
vamos nue'stra. inve.stig"acii6n, ^(i-i'eínios que en aquellas r(í<,^io- 
ne^, ,eora!0 en ios piantanos la floración nialNana, g-eneradora de 
fiebres mo»it.íferas, prospemliun ciertos tipos incompatibles con 
el bienfesitaa." y el ordien eolectivots, tídes como los eodiaiH'^ii dores, 
los pix)xenet¡a.S; los degenierado's nefando^, que en el árnnio de tru- 
chos personajeis de aíltísima coníiición iban (t!'sia,rrolhin(l(> tx^n- 
denoias morboisa.s 'ím tósia mezcla harto co-mún de reíinaniiieiiftos de 
pecaminosa voluptiíasidad, con prácticas de un misticismo 
pseudo -reKgioso . 

Y sobre éstas \' otras no menos horrendas lacerias caía el 
manto encubridor del íÁlencio, porque en la gran nacióui csiwa. 
la prensa no tuvo j aínas la libertad necesaria para señalar los 
nmles públicos y proponer su reniedio. Entre otros datos que 
jusitifieiatti esta afíirtmíaeión, limitóme a recordar por vsu enorme 
iiuerzía probatoria que en sieis de abril de 1865 se publicó, en 
San Petersburgo, y se piuso en vigencia para todo el imperio 
la fey de imprenta que Napoleón III había promulg'ado en 1852, 
a miz dtel funesto atentlaldo con que dio fin al régimen rei)ul)li- 
cam.o que por su propio honor, májs' que por las imposií-io'ur'S 
eajtegóricais die la ley, estaba obligado a defcnitder. Los proce- 
dimientos sumarísimos dle unía represión cruel e irracional usua- 
les hjajsta (mton^e's para sofrenar el 'inás ligenj asemo dle inde- 
pendencia en periodistas y literatos, incieron quíe el nuevo có- 
digo fueira acog'ido con bienevoleneia por la opinión, porque 
Cercando eil tutelaje de la previa cícn.sura pensaron todlos que po- 
nía al escritor a cubierto dte persiei; aciones y castigos. Pea-o 
esta halagiadora iltoión ííe disipó en breve, porque muchos es- 

99 


LAS ANTILLAS 

Gritos püblicad'ois con autor fización diel ie«^TiiS!or, ocasioinaTon lá 
*Ñí)licac'ióiii de seve-ras pien-as a sus autores. El criterio que tales 
desafueíos inspiraba era tan absurdo e inicuo, que la revista titu- 
lada ''Archivos de la IVfedEeina Legal", por haber publicado 
un artículo estudiando la situación de Las clases obrerías áe Oc- 
cidente desde el punto de vista de la hig'iene, fué esatigada, y 
aanonestado seveífanDente el funcionario que autorizó la publi- 
cla/ción de aquel trabajo. 

Enj tales condiciones la acción de los elemientoís llamiados 
por su inteldgencia, eultura y amor patrio a influir dlecisiva- 
rnente en la marcha die los negocios públcos, tenía que líjer nu- 
la por lo msono que a otros fiaictores muy disíimles estaban re- 
siervadk>s el favor oficial, y la proteccáón de la aristootiaeia. Y 
cuentan por eso das crónií^iafe' de la corte (jue un día subió a 
ocupar ]\a sñlia die miinistro en) dos consejos del soberano de to- 
das las R/u'sdas, cierto p¡ersonaje ^ quien abrieron los eaiminos 
diel éxito, no sus conoeimientos políticos, uio con,d4ciones excep- 
cionales de carácter, o maestr'ía sumía en negocios adralinistra- 
tivos, sinio cierta habilidl^Jd que poseía sin co'mpeten,.''ia para pre- 
parar de incomp'arable ¡m'anera el afrodíisíaco pez llamíado sollo, 
y en verdtad, que puesto en tal privanza, el peur.a'iiviento, vie- 
nen 1:1 'lia meímorda aquellos tercetos en que la musa regocijada 
de Bretón de lOs íleiii'eros, motejando de fáciles mucho'j en- 
ciunbramijentos de su época, afirma que 

Hasta un piniche que en dceta pepitoria 
Perdices o besugos condümenta. 

De sal)io alcanza ya la ejecutoria, 

Que si ;; !a Parca, víctimas aumenta 

La ciencia ciilinar, siabrosia muerte 
Es morir con su sal y su pimienta 

Gozaron, ademán-, di" la envidiable condición dIe favopit/ís 
del sobei'ano en oca'^iones diversas, ciertos extrauos peií^onajes 
de unja origiualidlriifl sé>lo (-oiupreusible en el medio que los pro- 
dtijo y les dio alientos para imponer-^se y vencer. 

De uno de ellos, cínieo impostor o tontiloco alucinado víc- 

100 


LAS ANTILLAS 

tima die risible autosuge.stión. se cueni-d que solía eseapír en el 
rostro a las infelifes nnijeres q'oe teniaii la (lesf?r.ae,^.a de sühr- 
le al paso, y con ente, eondaiejta llegó a eor.kse^air lo mismo en- 
tre ilos Gorrinchos die «comadres que 'cn las altats esferas, inapí'- 
ble reputación de acrisolada virtud . 

Mny otros qne los dis este aniso^rino intratable y soez fue- 
ron los proce;dimJ,entos empleador por el eélebrí' Greg-ono Ras- 
putín. 

"El más t^rande santo de la Rusia contemporánea", eomo 
en cierta ocasión llamó el monje Hel'iodoro a Greg-orio Effimo- 
vitch Rasputin, es un tipo orignual. un caso patológico digno 
dle estudio, y un elociiientímmo expon ente d^-l estiado mental 
de una buena paute del pueblo mo-eovita. 

Hdjo de urna flamilia de vag-abundos, vafjralmndo él mismo. 
cuatrero y libertino, de?-de sns mocediades tuvo, sin eml^iríro, 
cierta magia fascinadora que le permitió salir a veces con des- 
embarazo -dle las garras de Ijai justieia. no ob-tante la gravedad 
die sus habituales fechorías. 

La clase y condición de ésta's, eran en Rusia tan univer- 
Hialmente conocidas y ccmientadíais, cjvie coit i- a en prueba de 
ello, por el testimonio nada recusable de la princesa Murat. 
que a juicio de gentc^' murmuradoras e hiperbólicas, [¡ero se- 
g'umente no del todo míal enteradas, en la >:ú(l"-d siberiímia don- 
(h nació aquel diesenfrenado personaje, y aun en veinte' l"gua.s 
a la redonda, no había que^áado al tiempo de su siulida para la 
capital del imperio, una sola donce^l'la. 

Y a despecho de tan continuados (b'safueros .v de la fama 
nada envidiable que le conquistaron, acertó Rasputin ponien^ 
do en juego, con retinada aísrtucáa las aiites reprobables de la 
superchería y del engaño, a transformar en fanáticos proséli- 
tos y admiradores decididos, a snis más encarnfizados adversa- 
rios, y a sns más tenaces acueadores. 

Determinaron esta radical rectificiación las amonestaciones 
y oon'sejos d!e un sacierdiote a quien sirvió de postillóni en bre- 
ve viaje por la Siberia, pues diesde la hora y punto en ciue lo 
hubo escuchado, cambiandjo, no de conducta pero sí de proce- 

101 


LAS ANTILLAS 

dibMÍ'e]iít.os. adioptó utj\ cíontanente 's;ieveo:"o, vistió un traje semi- 
talai' y (lió len liainzaa- áe emamlo en eiiaoQicllo ante sus atóimto^ 
oyentes, sentencias de maircacie <\iboT apocalíptico, qne mncbos 
tomaír'on poT verdadienas profecíias, y echó por fin k rúbrica 
a todo este remedo de cjonversión, empretofdiendo nna peregri- 
ñaioión a Jeru'salén, (lue acabó d'o ceñir a su frente líai düademia 
de la santidad. 

No sería justo atribuir únicamiente a lois solapados mtaine- 
jos de Easputín estlíj inju-tificiadia dieifieacácm, porque en el 
eurioso proeeso que ella nos ofrece, comio eni todo!s los fenó- 
menos psíquicos, seian ellos individuaiHets o colectiivos, hemos die 
tener en cuenta la acción del medio social (pie es decisiva y eficaz. 

Eiste sacrllefiTO falsario es é\ mismo, con toda su míailioia era- 
bauclíidora, la flor venencBía d^e una vegetación mialsana, por- 
que el grupo social que lo rodea, el campesino ruso, es, ade- 
más de un triste ejemplo de miseria moral, como ya h;} 
didho antes, y seguramente por eso mismo, un caso de morboso 
y perturbador misticismio, asediado por Ta necesidad de ciertas 
creencaLs, y tniturado por el ansila dte ciertas prácticas, y de 
ahí que, mauiatado por su incultura, y aguijomsado por la in- 
digencia, caiga con suma facilidad en brlüzcs de cualquier alu- 
cinado, delirante, o de cualquier mendia/ seductor que lo quie- 
ra atraer a su campo, y por eso pululan por aldeas y caseríos 
monchos falsos ap(>stoles que, como dice uu ei^critor. empozoñan 
la campiña, Siiempre pcsieídla de la sed de lo divino, i Cuántos 
at(,M'radores fl:itntai-'raas creados por su pro]>la ignoraucia, en com- 
plici rilad incon-ciente con una imaginacnón febril, han abni- 
miado y abrumanl aún el espíritu del "'niujik" perdido en las 
soLedlades de la estepa! 

Pero como sucede siempre en casos análogos, la incuria y 
la ignorancia que dejaron indefensa a merced de tales lacerias, 
a una bue.na parte d!e lia comunidad rusia,, produjeron «s'us nía- 
tiurales efectos, y precedido por los clarines die la leyenda, lle- 
gó Rasputin a Petrogrado, donde fué recibido por muchas mu- 
jeres devotas como un santo, y por otras impudentes o histé- 
ricas, como un ''isuperhombre", según expresión felicísima de 
lia ya citada princesa Murat, 

102 


LAS ANTILLAS 

Abriéronsede presto, meroed a eí^as mistmaJ^ femeniles in- 
fluencias, las pn«rtos d-el piailiacio impei'ial. y no itardíV Tina 
vez resiMclio por el Monarca y su cortC; en adueñarsip de la vo- 
lunitad de aquél y d-e im famfilia con dominiio tan dec^isiví). que 
parecería »en neailidiad obra die sug?estión hipnótica, cuando no 
de 'siobrenaturales poderes, si no eonociéraino's la vigorosa fuer- , 
z!a dte difusión con que se tiasmi.ten en las comunidades Imfnia- 
nas predfepuestas al contagio, lo misimo que lUis líiíeccicnes fí- 
sicas, las psicosis generadoras de grandes trastornos morales. 

Sirvieron de sólido fundamento al irracional imperio de 
aquel impostor, la más d'esvergoibi'.día superchería y el máís 
irreverente rcinismo, y merced a ellos y a las mendaces prác- 
ticas d!e una taumaturgia risib-le. no ^:'ólo cni las privadas in- 
trigas dte la r^egia ralninsión. sino en los públicos negocios del 
imperio, no hubo durante muclio tiempo, influencia qne a la 
de Rasputín pudiera compararse. 

Bajo la acción inconsulta de éste y otros amalogos agen- 
tes de disolución, estl^illó en el año do 1904, la desastrosa gue- 
rra con el imperio japonés, en la ::;ual, la resistencia heroica 
diel ejército moscovita se estrelló ante la in-^^omp arable orga- 
nización del ejército enemigo, y ante la soberacni previsión d'C 
suis jefes que, con inespleradas victorias sorprendieron al mun- 
do, pe,ro sería injussto desconocer que a ellas cont^ribuyerou en 
no esicaf-;a medida, las i'nltrigas dfe la ei:iir«iarilla ^^iempre podero- 
sa en San Petesburgo ; y la rivalidad del inepto virrey Ale- 
xieff, representante diel nepoitisnio ruso, con el valeroso gene- 
ral Kuropatkin, víctiima de los errores d!e un régimeu qu(^ mar- 
chj3iba rápidamente hacia un ocaso sangriei:tto. 

La paz impuesta por una serie ininterrumpida de derro- 
tas, despierto intensa indignación en el pueblo ruso, convencido 
al cabo de la irremiediable y vergonzosa aíPiiula'ción a que lo 
a,r>r!a!straban los irresponjsablies ccnsejercs del soberano ; y re- 
stuelto al fin a rocliamjar tfenazni'ente un cambio radicial en la 
marcha de los públicos n^egocios. 

A sus reiteradas insítan ciáis en este sentido respondióse por 
el gobernador general de San Petesburgo, el ferocísimo Tre^ 


loa 


LAS ANTILLAS 

pov con atropellos bnitales que, exarcebando ks pasiones y 
rebasando el límite del sufrám^ento popular, llevaron la situa- 
ción a tan críticos lextrenio's, que d Emperador, estuvo a puiir 
to de abandonar e! territionio naciomal con mi íamilia y (Mjii 
su séquito en unía escuadra alemaaia, esitacionadia al efecto, en, 
el golfo de Finíliandia ; pero en aquellas difícileis cÍTOun'sitan- 
cias pudo imponerse el Conde de Witte, al impenitente ce- 
náculo de los reaccionarios, y larrancó a la vacilante voluntad 
die Nicolás Romanjoff, la promesa dte una constitución, y ia 
convocatorila para crear, en el clásico país de Ja autocinaaia 
¡por fin! el primer cuerpo electivo con lapariencias piardamien- 
tarias. 

Incompleta, reeortadaí, miníiscuia, testa \4ctioiia de las 
ideaos modernas, marca, sin címbargo, una etapa nueva en la 
vida de la c^ran comunlidad eslava, pero sin d':\sconoeer la rea- 
lidad de este hecho, no me páire:'e fuera die canüiw) recordar 
que no se muda la condición de un hombre en una hona, ni 
se transforman con unas cuantas experierJcias, la raientalidad 
de nn pueblo, para llegar *a concluir, fundado en estas afirma- 
ciones irrebatibles, que era de esperarse la evidente hostili- 
dad con que. desde la implantación del rég'imen se miraron', 
el autócnatia y sus concejeros die una parte, y de oti*ai, los in- 
cipientes e inexperíos caudillos de la Duma. Mal inevitable 
fué éste cuyo ori«"en arranca de muy remotos días, ya qute la 
orgTaniz'aición soeial y ecoítióimica de Rusia, aún en los perío- 
dos más interesianteis y progresivos die su histoiia, como lo 
fueron, por ejemplo, los reinad oís de Pedro el Grande y de 
Catalina II, adoleció de nn error qapital, sefialado en; intere- 
.•^aiite monografía por Gregorio Alexinsky, all estudiar las ten- 
dencias civilizad'oras de aquéllois, con esita frase adimirable- 
mente feliz: ''La traéis forimi^eión que aimbos monlarcas busca- 
})an no se consigue creandb, en medio de una ignorancia y de 
una niisieria generales, unios ,cu&ntos oasis dte cultura europea". 

Fué preci'samJente merced a ellos, y a djespecho diel cfarác- 
ter seand-iasi ático de las instituciones polítactas de Ruísia, que 
prendió tamben en ella el anhielo de libertad, y ya bajo el rei- 
DiadiO de Ale j andido I, la conspiración de los lllataiados decem- 

104 


LAS ANTILLAS ' "^ 

bristas quiso llevar al iímpeirio uri códif^o eonstitucioinal, cal- 
cado en el que promulgaron en 1812 las Cortes de Cádiz; 
p&m esfta constótución estaba muy lejos de satisfacer la los ra- 
dicales porque, vsegiin dijera en aquella oportunidad el Conde 
Dimitriev Mamonov, sólo había servddo para que los legislado- 
res españoles fueran' deportadas, torturados y condenados 
a muerte ^'por un animial a quien ellos habían conservado la 
eonoma". Como entonces, ahonda, en el reinjado de Nicolás II. 
al misoneísmo imprevisor de la corte, rasípondieron los radi- 
cales, n\o ¡menos desprovistoí? del sentido de la realidad, oon 
progTamas utópieos que a los ^mantenedores de la autocracia 
proveyeron de armas piaría combatir todí) intenta) de libertad, 
todo asomo de refirma verdaderamente fecunda. Por eso, 
mientras la buroaraeia fanática y rutinaria estorbaba, con cie- 
go entcono, la implantación de una política expajnsáva y dis- 
cretamiente liberal, el partido ultrarrevolucáonario, influido 
por las ideas de Blanquí, y amiargado por el pesimismo y la 
impaciencia, no se resignaba a esperar transfoirmando Ijai men- 
talidad del pueblo una nueva organización social, sino que creía 
posible la victo rilas de sus idteales, con; la imposición de su doc- 
trina a las grandes masas inconscientes y analfabetas por una 
minoría ilasitrada y eficiente. De ac^uí, de esita caipital equi- 
vocación, surge el terrcrisimo binital que en unas cuantas ho- 
ras de conspiración, o coní unos cuantos gramos die dinaímita 
pretende establecer en el imperio de los Zajres, el triunfo de 
la justicia y del derecho. Y^ en verdad, que como suceíle siem- 
pre con los intransigentes cite la deinecha o de la izquierda, sion 
maravillosiamente ilógicos estos socialistas que Sfiiprimiendo a 
un individuo, creen cambiar riaidicalrayente la ¡marcha dje la so- 
ciedad y el orden de los heichos en la, hisftoria ! 

Pero no lo fueron menos, y son acaso más responsables an- 
te la humanidad, de las catástrofes por ellos provocadas, los 
conspiriadores cuyla abominablief' ceguera armaba en sombríos 
. coneiliábulos el brazo de los asesinlos diel pueblo, mientras po- 
nía a sueldo la venalidad de fingidos revolucionarios, como 
aqulel Malianovski, orador destemplado y procaz destinado n- 
despertar en el Parlamento la indignación y el dcteord^en con 

105 


LAS ANTILLAS 

mis docrt-rdiHas anításíociialeís, o el 'esbirpo Azief. miembro durante 
n!o pooos añoé, dte h< junitia cientiTial diel p'artfidto so^mlista, par 
GTiya decdisión y miandiato se píerpert^raron mucbos aisiesmaitos po- 
líticos, aciaiso por él mi«mo sugeridos pf^.ira jul-táficar atroces jar- 
nadlas de represiólii y de vienigtanza. 

¡ Cóm|o contra,^a con tan indignas iniquidades el nobl>e 8en- 
tioniento qne palpita en este mienta je dirigido poír unos con- 
denados a muerte, a Gregorio Alexinsky, elegido miembro de 
Ijai primera D.uma! 

''Os salndamois, señor, como miembro del ParkíirDento, y 
aunque miañana snbiremios al cadalso^ ilnminado^ por la anro- 
ra de nn nnevo día, m:orireanos íseitena/míente. " 

El espíritn inmortiail die los grandes ictonyendoiiiales fran- 
ceteies parece revdidr eit ma doliente siailutación, cuyo subMmte 
desiniterés en s-ociedlad más coherente, o en hora menos infini- 
da por la acción de la discordia, hnbiera desperítiado hondísi- 
ma emoción en todos los grupos políticos, provocando al pro- 
pio tiempo^ nn propásüto firmie, c^e dcfruscílidlalr, miediante el 
ctimplimiento de patriáticds dleberes, la siitaiación! recitenteimen- 
te icreada. Pero no fué así. diesgraciadamiente, y entre intrigas 
palaciegas y reliampagneos anárquicos de pcpul'aír indignación, 
se sn cedieron nnias a otras, las convooatoiriais al enerpo eDec- 
torall, sin que de ellas fs urgiera en niTiígumla' opoi-tiinidiad el re- 
miedio a los males públicos. 

Ni siquiena la anexión de la Bosnia y la Herzegovina al 
Ansitria en 1909, y lals exigencias p'Ostieráores die Aleímíaoiia pa- 
ra qne el gabinete ruso se abstuviera de intervenir en los asun- 
tos de Serbia, fueron suficientes a establecer nna corriente de 
cordlial inteligencia entre el pneblo y el gobierno, quíe sorfpren- 
didos en jnjlio de 1914, pior el misterioso crimen de Saiiaijevo, 
sie vieron arra'sít.rados a unia guerra para l'g, cual no estaban pre- 
parados. 

Injusto serála' negar qne la cancilliería moscovita pniso todo 
emipeño en e\4tiarlia y qne el mismto Nicolás II, aterrado acaso 
por las ooínteecnencias posábles diel conflicto, e inflnído, ade- 
mm, por las dáscretais advertencias que le llegaban die Ba<rís y 

100 


LAS ANTILLAS 

dift Ix^ndiTiÑ (lirig-ió una y ot.ra vez siipíliciíint-ps nijen^sajes a su 
primo el Kmjx'rador (liiillienm), para <|U'' actn,^ ¿i ('(.juc írmi^tn 
s<) Taediaidor ante el g!abin'Olt' aiistimco, <'UAa.s cxitrfncia.-- al <-''<i- 
bienio d'e l:ielg'radio oran cadíai vez má.s insolienl/'s y (k'^^apoflf- 

M'iral>a la opinión eiv el imperio d-c los Zares rmut a,sun- 
to de vital interés, el mantenimiento de la independencia y sobera- 
nía) del iiteino síerbio, y por eso, la intemperante eondíneta de los 
d!iploinHtiie<^x> vien»esiee, y IJOK tenebrosos rajanlejos de la corte do. 
Berlín, hicieron inevitable niia rnptnra. qne piifmaba abier- 
t;amente con las .sentimienitos d^e la f.aniil.ia. imperante en San 
Peíters])ur<»x>; porque paila madíe es uní seci-eto que en Tsarscoie- 
Selo. a despíH'lio die la d'eeantada alianm franeo-rum. íneinaban 
a la hoil.i' dte ¡ti i ciarse el g^T:i d'uelo entn(^ ^einnnos y e.slavos, 
vio;oroiíi.s corrienites de franea .simpatía haeia la easa de Hohen- 
zoll'ern, y ({ue sin llofíar a los extrerruos de insólita c-i^dmiraeión 
a Fed;erii:'o 11 de Prius'ia. qute m-ancillaron él efímero reiuaxlo 
del imbécil Ped!ro III, es lo cierto que el último Rom/anoff, 
rendía culto a las que él estimaba condiciones excepcionales de 
su dieudb el emperador GnailOieríno. 

Y en tomo al .soberano, alientadas por el somambulismo ítil 
consciente de su esposa, e inspirados por el «-enio maléfico de 
Greo'orio Ra«putín. cOmo junto m tod'ois los monarejas destin^ados 
al tráo'ico epílog"o de la diestii^onacsión o del daidíalso formaron re- 
cio va Un dar infranqnjeable la la opinión que en vano una y 
otra vez. quisx) hacetr •^^'^ ila voz del p» iftañott,i«mo y díe la •cor- 
dura, í>or complacen eiía ^íenil, unos, pofr pueril ignorancia otros, 
y mnehoft, atoa^so los más. por el efspíritu dIe dieíS'llealtad que se 
tiabía ido infiltina'nklk) en todos los cuerpos del Estírdo. 

Así. a. la acoión djeeisiva, y evaisaOladon-a die la rutina, mjal 
inveteiilaido eji Riisiia, y por sí salo ba.stanlv a malogra.r los más 
nobles esñierzos y las más g"enero«a,s iniciartivas, se asoci('> con 
iBano virtiera lia traición, quíe dtesdk^ el palacio imperiaJ. hasta 
^1 último confín de los campamentos, extendió la red de nn suti- 
lí^iimio espionaje, y alcanzó a inutilizar o <Mitorpecer Ir^ salu- 
diabdies efbctas de la victor*iia, ciuajwlr) no le fué dado estobarla 
(?ín ab«>ltit(>. 


107 


LAS ANTILLAS 

,Vano fué el indignado nimor de protesta, que ante la mag- 
niftíud dle tiainftos yerros aicuímuladias, sie levantó pofr todo el país, 
inútiles 1«^ reiteradas indiioaoiones dle peírs-oaDajes nacidos jun- 
to a l'as mismas gnaki'as del trono, para que confiado eíl gobier- 
no a gentes expertas y die reconocida pTobidtad, se oríiientara 
por nuevafe rutas que vendríanl a «eo- leoí dieñnativa rrutas de sja/l- 
vación pafra el decoro nadiioaiial ; ¡estériles neeulítaron laá elo- 
ouenít-es le;?!CÍones que l¡a experiienoia con h', voz abruínmdora de 
los hechos iba desarrollando ante la imperturbable serenidad del 
señor de todas las Rusias, porque, como en los días de Carlos 
I de IngtlaterrtaJ, y die Luis XVI de Francia, el dtestink) pare- 
cía haber putesto una vendía sobre los ojos de aqudlos a quie- 
nes el imfortunáo había elegido ckdciuo altisTana pretm. 

Sometida la nación a la. supremacía eeoniómica de Alema- 
nia, que por mtedio de las primjas die exportación había ido dies- 
plazando del mercado ruso a todos los pueblos rivales; estre- 
chaímíente subordin«diaj la burocracia a la imlfluiencáa política de 
Berlín, y entregado el ejército a la dirección de generales, en 
su inmensa mayoría^ originarios de cepa teutónica, es evidente 
qu!e, indefensío y .mianiaftjado corría el pueblo ruso a unj desas- 
tre tan inminente comió irlremed'iable. 

Ante la mjagnitud de^ffliedidia de malas ten aaearbos, dié- 
ronse a busoartlcs remedio adeouad'o gemjtes muy interefeia'dlals por 
síu eiminentístima jerarciuíia social, enJ ma/nteailer el régimen m^o- 
uárquico y salvar a la dánaistíai reinante, y siin comprendter que 
la sociedad es algo más que un tedmíple agregado de indávidujos, 
pretendieron, suprimiendo a un hombre, ponier téoTmnaiio a las 
públicas lacerias, y cambiar los tristes destinos de su patria. 

Fué Grregorito Ralspaitín, el omnipotente favorito de los so- 
beranos, la víctim'a elegiidia por los conjurtadios, y en la noche 
del 30 de Dieieímbre d!e 1916, en la aristociráitica mansión) del 
Príncipe Youssoupov, recibió muerte aquel funesto embauca- 
d^or y sn cadáver fué arrojado al N«irá.. 

Los acentecimientos posteriiotras a tía eliminaeión diel m'en- 
daz tanmaturgo no cofrrefspond'ierotti a las espcrtatnzjas que en ella 
había*i]| puesto suis autores, y ama vez más, la ietiema infecun- 

108 


LAS ANTILLAS 

• 
didiacl del crimen quedó demostrada en Jn historia por el irríi- 
baitible testimonio de los hechos, pues a la vci ^onzosa privan- 
za de Ra^putín sucedió el ^xecrablfí imperio dv mi eónLplicr y 
paniaguado, Alejandro Protopopov. 

Servil insítmimenitio de la corte y del panudo ^-crniaiióñlo. 
propofníase este maquiavélico personaje provo-Hv por medio de 
síuis agentos un movimientto .psieudo-revoMoiorii;^..rio (iuc, i\^t una 
p'ásrte impu^siera el apliazamionto de las sesiones de la Diiiiia ecn- 
vooada pQjra eil 27 de Febrero de 1917, y dier^a pot otra a lo-. 
quie deseaban concertar la paz aisladamente con los poderes ceii- 
trailes, um motivo juistifiado; pero nadie se dejó pronxler en las 
burdas redíels díe estie complot, y en la fecha ii.i;ii('a<la. en medio 
de 'lia má.s serena calma, inaugniró sius síesicne.s aquel cuerpo de- 
libediaintie, ') ■ | . |,|' 

Bita no obsitante, aquella calma aparente la que anuncia 
siempre lias gandes teanpesitadeís, porque algunos días después, 
el siete de Marzo, pi-eciedjidio por una huelga en todas las fá- 
bricas y empresias de la capital, se iniciaba el gi-ijar movimiien- 
to revolucionario (pie había die caanbiar radicalnwínte las ins- 
tituciones políticas de Rusia. 

Muchedumbres famélicas, hartas de explotación y de vejáme- 
nes, lanzáronse airadas a la calle exigiendo con resolución ina- 
peable, la cesación inmediata del odioso régimen imperante, y 
no retrociediteron ni ante las acnietiliilladoras de la policía que 
dft^d'e los tte<íh(te de doB edifisaios públicos y desde las torras de 
las iglesdías, barríají con fuego mortífero a ios sublevados, ca- 
da vez más d'eoididos y vaferoisos. 

Inepto y desleal, soñaba todavía el gabinete con feroces re- 
pmsaliais, y diesprovií^to en absobito del sentido de la realidad, 
no veía quie le faltaba, para levar /aideknte sus ihlsanos propó- 
sitos, el apoyo dtel ejércilto que no era ya como lo había sido 
antes el más sólido sostén de ia autocracia ; lUaünadas, en efec- 
to, las tropas ptatia resitablecer el orden en la ciudiad. negáronle 
a eargar eooitra el pueblo, sin que bast.^uran a disuadirles de es- 
ta resolución las latmeaiazas de jefes y oficiales, no todos dispues- 
tos a secundar Iob planes del gobierno, pues se dio el easo de 

t 109 


LAS ANTILLAS 

que ialgoimoj i(ientifi<iado coai l'a popular rebeldía, se suicidará 
autie la muc'heduiubne atónita y couimovida, por no faltar al ju- 
ramenlto dte fidelidad patentado all Euiperador. A la residencia 
de éste a la sazón en Moihilef, llegan apremiantes telegramas de 
Bodzianko, Pnesidente de la DUmia, revielando el grave atsipee- 
to que revis-ten ya los isueesios en la capital del imperio, pero 
a estfa voz langustioisa que reclaimaba en bien diel pjaiís, y para 
salvación de la dinastía, satóisfaccioaies inímediatas a lia opinión, 
respondió la camarilla con el úkase de 11 de Marzo, disolviendo 
aquella aisamibleía; y entiriegaudoj por cousiguíeinte, al pueblo hu- 
so a los desímjaues' de la reíaioeión. 

Pero aquel reto ¡audaz, límite último de Una tem)eridad sin 
ejemplo, isi desconcertó en un principio a los 'miembros de la 
Dumia, dlspuejsrtos a obed|ecier, vino on realidad a señailjatt" la 
aurora de un nuevo día, porque desitacáudbse valerosa de la 
míucbedumbrte anóninua y surgiendo en medio del tumjuito co- 
mo bermasa personificación dlel lailma nacional, unía mujer, So- 
iiia Morozova, se presiento de súbito en el pialaeio de Táuride y 
"os traigo conmigo al ejército", exclamó entusiasmada, dirigiét]- 
tüosve a loiS representantes dlel pueblo, y mositrándoles el regi- 
miento de ''Volhynifeki". que presentaba las armas ante la na- 
ciente soberauía dte aquella auguista asamblea. 

La mieimoiable jornada del junamiento en el juego de Pelo- 
i)^ tuvo (Otra vez en nluestros días lescen atrio ia,p(ropiado a la su- 
blimje msagnitud de su limportianeia y ísiignifi^ciación, y^ émulos 
do los próeieres de la revolución fríanoesa, los hombres dte la 
Dumia desoyeron al déspota, diesacataron su miaudato, y oon- 
vencidios ya de su pf^opijai autoridad imoral, asuimieron todas 
las responsabilidades consiguientes al ejercicio del poder, y .cons- 
tituyeron un gobierno provisional bajo la Presidencia del Prín- 
cipe Lvov. 

C'on'siecuencia natural de estos acontecimiemtos fué la tar- 
día abdiqafaión que en la noche del día 15 de Ma/rzo, firmó el 
Em,perador Nicolás II, en favor del Gran Duque Miguel, y la 
renuncia quiC hizo éste al siguiente día, apenas conocidla aque- 
lla resolución, de la pesada (^arga que sobrie sus hombros eeha- 

110 


LAS ANTILLAS 

í>an los errores funestoS; y las debilidades inexpiables de su 
infortunado hermlanio. 

Así, caída sin gloria y para sicimpr'e la j)od]erosa c^asa á'a 
Boonanoff que desde el a^dVeniraiiento al trono d'e Aligiie-l Feo- 
dbrovitch en 1613, había regido los destinos de liu'sia, qaedó 
comjo única laiutoridad legítinüa en todo el Imperio el gobieiTio 
provisionjail nacido de la Da.ma, de aquella Duima unas veces 
anuemiazada, y otras düsueltia, y siempre de«(úda por el Aiitó- 
CTtata y ¡su^s Egerias, durante doce año's de insin-jero remiedo de 
sist ema par lamen tari o . 

A ella en esie ila^rgo período^ llegaron mil veces los dolien- 
tes claimones del pueblo abrumado por la ''arbitrariedad salva- 
je de la administracióni" ; pero los -propósitos justicieros que 
esas voces dSe ^angustia inspiraron ■ íai ejsipíritus generosos y pre- 
visores, se estrellaroin stiempre aii< te el obstáculo insuperable 
del" misoneÍ!s3mo gubemamiental, y l>is crueles ini^eitias del "mu- 
jik" continuaron sin remedio y sin consuelo, a despecho del 
aparente 'iambio de régim|en. 

Sergio Cuevas Zequeira. 


111 



Monumento levantado a U memoria inmortal de 
Juan Clemente Zenea.- 


LAS ANTILLAS 


EN EL TABOR 


Por fin lector, fuente a la sombría fortaleza donde pagó con su 
vida la heroica arrogancia de sns versos inmortales, se levanta 
como artística visión arrancada a la tradición helénica, la efi- 
gie del poeta que supo en días de esclavitud, guiar a los sú- 
banos con el somatén de sus vibrantes rimas, hacia los ásperos 
senderos del deber y del sacrificio. Esta glorificación impues- 
ta por la conciencia nacional, porque a ella contribuyeron des- 
de el ilustre libertador que rige los destinos de la República 
hasta los iiiños de las escudas y los obreros de las fábricas, 
es, más que la apoteosis de un hombre, la olemne consagra- 
ción de un ideal que tuvo en Zenea un auxiliar poderosísimo 
ya que no hubo realmente entre sus contemporáneos quien como 
él, en versos de tan honda poesía, llorase los dolores de Cuba, y 
espolease la voluntad de sus. hijos. 

evrsos de tan honda piesía, llorase los dolores de Cuba, y espo- 
lease la voluntad de sus hijos. 

Testimonio perenne de la admiraaciórb de un pueblo, orna- 
to y orgullo legítimo de la ciudad de la Habana, el monumen- 
to que nos muestra ahora redivivo en bronce por la mano 
de un inspirado artista español, al mismo que otro día en las 
hoirias trágicas de nuestra historia, cayó al impulso del plomo 
hispano, es prenda cierta de peconciliació(n| Jy de ccucordia 
entre los viejos contendientes, y por eso ante la ionagen del no- 
ble aeda sacrificado, podemos repetir sin insano rencor ni avie- 
so odio esta ¡rotunda estrofa dedicada por alguien a Rizal: 

No- llores de la trniiba en el misterio 
de tu verdugo el triunfo momentáneo, 
que si una bala destrozó tu cráneo 
también tu idea derribó un imperio. 

SERGIO CUEVAS ZEQÜEIRA 
Presidente del Comité Zenea, 

113 


LAS ANTILLAS 


JUAN CLEMENTE ZENEA 


(POR AURELIO MITJANS) 

Otro poeta del tercer período que remie eoino pocos gran iiis- 
pirasión en el fondo y sostenida elegancia en la/ forma es 
Juan Gl emente Zeneai. Alma sensible y exaltada, se agita fuer- 
temente lo mismo cuando la solicita eil júbilo que cuando la 
abruma el infortunio, y traduciendo en vibrantes y armonio- 
sas rimas mis íntimos regocijos o doliores, nlos impresiona y con- 
mueve poderosamente, y embarigiai y retiene nuestra atención y 
nuestra simpatía con un lu^?hizo de que pocos artistas dispo- 
nen. Sus frases tienen para la expresión de los afe/jtos huma- 
nos relieve y colorido tales, que aún avenltajíai a Luaces y a Men- 
dive tratandio ciertos temas que el uno^ m-as grandioso que tier- 
no y el otro, más pintoresco y armonioso que profundamente 
subjetivo, no dominan con iguad maestría. ¿Qnién en efecto, so- 
l)repuja a Zenea en> la sinceridad, exactitud y vehemencia con 
que manifiesta sus pasiones ya en un gemido que le arranca un 
recuerdo doloroso, ya en un grito desesperado que vierte por una 
esperanza defraudada, ya en -un relámpago de alegría que en- 
ciende un moanentanco placer? 

En 1860 publica los dantos de la Tarde, divididos en dos 
partes: Elegías y Poesías Varias, una y otra, enriquecidas con 
algunbs versos inéditos o posteriores, fonman la secciones deno- 
minadas Cantos de la Tarde y Poesías Varias" ern la colección 
<4»mpleta publicada en New York en 1874, que cofmprende ade- 
más las partes tituladas Traducciones, Esclavitud y Diario de 
un Mártir. 

En todos estos diferentes grupos de trabaijos poéticos pre- 
domina la tristeza. 


114 


LAS ANTILLAS 

Sin emjbarg'o, ¿qué privilegio tiene la musa melancólica de Ze- 
nea^ para no levantar esas protestas con que la crítica responde 
severamente a los bnrdos quejumbrosos que sólo saben (jucuilr y la- 
mentarse? Pls que Juan Clemente /^enea no pertenece a la cía- 
se de bohemios aburridos y desocupados, mas llenos de mal hu- 
mor que (le pehtis, a quienes causa hastío el cielo siempre azid, 
mas dados, en rig'or a bostezar que a gemir atormentados por 
vei'dadera angustia. Zenea no tiene costumbre de hacer las ge- 
neializaciones vagas en que los desesperados, real o ficticiairien- 
te, suelen cahimniar al prójimo y pintar la vida human i con 
negros colores ; en vez de referirse como los otros a scci-eto-s 



María Laim Mas de Zenea. 

males, a indefinibles sufrimientos que por su .nisma vaguedad 
no interesan, tienen una causa conoíeta que comunica al lector 
sin demora: aquí es el recuerdo de Fidelia, su difunta amada. 
que trae a su memoria venturas que pasaron para no volver: allí 
la raueite de Isabel amiga a quien dedica un suspiro; ahora 
los celos de la nueva novia, que estima por rival la sombra de la 
fallecida ; luego el adiós a otra a quien pide perdón por un amor 
efímero desvanecido; más larde, la nostalgia (lue le asalta en 
suelo extranjero; después la ausencia d? su mujer y de su 


115 


Las ani^illás 

hijia, el pesar de no abraisarlas an-tes de m.(<irir y la emoción qae 
ie proporciona saber que las >damas que admii-au sus versOsS 
lloran por él prisionero próximo a la tumba. De este modo sin 
rebuscar falsos motivos para inisipina-r compasión, Zenea llega 
a ser el primero de nuestros poetas elegiacos, el más sini^ero, apa- 
sionado y elocuente a la vez que el mas comedido, atildado y ele- 
gante . 

Como poeta polítii-o lo mismo que como peta erótico, se 
distingue por su entonacióní edegiíatca. Las circunstauKíias de su 
vida determinan lóuiea mente ese carácter de los desahogos de su 
contrariado espíritu, pues ya el fracaso de das emipi-esas a que 
<e a.>ociaba, ya la qiiielnd de sus compatri^las que veía con 
impaciencia en - u> ü^taLdoiiies de emij:í:rai:''. '''-v-.-n a su áni- 
mo la postracciónl, en que no alcanza seg-ún su aímargiai queja, 

jugar con la ilusión y la esperanza 
en esta triste noche de la vidia. 

Literariamente la titulada En Días de Esclavitud, es una 
de sus mejores composiciones políticas: brillante en sus for- 
mas, punzador en sus dudas, plañidera en sus dolores, viril en 
sus protestas contra el servlismo, que despie'rta, en su alma in- 
dignación mayor que la tiranía misma. Los cincelados endecasí- 
labos en que d poeta bayamés envidia la libertad del pájiaro 
perdido en los bosques, y pide a Dios otra patria,, otro siglo 
y otros hombres, una tierra de promisión que no halla desde 
que pasaron los tiemjpos de Roma, y ^murieron los héroes de 
Grecia, serán inolvidables por el sentimiento y la belleza que 
enicierian. También la silva Diez y Seisi de Agosto de 1851, es- 
crita con palabras de fuego y lUena en todas partes de insipira- 
ción, valentía y nobles sentimientos, es una notable obra litera- 
ria. 

Sus composiciones codor de rosa, que son las menos figuran 
taonbién ^allardaimente en el breve tomo de ciento veintidós pá- 
ginas que Zenea nos hfai legado. Ya Üa intensiidad del sentimien- 
to y el vigor de la frase que a sus otras poesías es peculiar, ya 
la delicadeza, gracia y donosura qud jfcn sus hoías [alegres 
derrama su pluma, hacen de Amor Predestinado, Nuevo Amor, 

116 


LAS ANTILLAS 

El Lunaír, la Violeta, Retomo y Su Boca, deliciosos modelos de 
su género. Estas contadas gotas die miel esparcidas en su libro. 
lo completan, enriquecen y realzan. 

Se ha comparado a Zenea con Alfredo de Musset. En las 
poesías amatorias tiene realmiente alguna semejanza con él 
por lo soñador vehemente y melaneólico ; pero es menos escóp- 
tico y epicúreo, y ha pronunciado hermosas palabras arranca- 
das por los dulces goces del hogar que no peitenecen al modelo 



Jucm Clemente Zenea 

que se le atribuye. Por sus acentos patrióticos, por la constan- 
cia (\on que sustenta un ideail cuyas vi'cisitudes motivan sus eXial- 
taciones y desfallecimientos, es algo verdaderamente distinto 
del cantoT de Rolla. 

En lovs primeros versos que publicó Zenea, en los periódicos. 
aparecílafiQ oon friecuencia incorrecciones que fueron justamente 
denunciadas. Por fortuna, el poeta se mOvStró después celoso en 
corregir las failtas cometidas y en aprender a pulir y redonüeai' 
sus nuevas obras con un esmero que rivaliza con el de los mas atil- 
dados escritores. Fácil era la tarea, perteneciendo sus leves de- 
fectos a 1*08 detalles más externos y aisilad<x; de la versifíca*eión, 


117 


LAS ANTILLAS 

pues en propiedad de imágenes^ belleza de edición, concierto de 
las partes y discreción de pensamientos siempre fué feliz y 
primoroso artista. Así puede ser lícito, sin escrúpulo de que este 
elogio tse parezca a tantos que han recibido rimiad^ores calificados 
de correctos solo por que han medido bien las sílabas ; puede ser 
lícito debimos, recomendar como dechado de elocución y frase 
poéticia su selecto ramillete de íloreS;, cuyo aroona no percibi- 
rá sin emoción ningún cubano; sus frescas senisitivas, que los 
lojos femeninos regarán siempre con sus lágrimas. 


118 


LAS ANTILLAS 


El Monumento a luán Clemente Zenea 


"L'art est Vimmortalüé cVune patrie. Toitt pourrit 
et finit sans lui; c'eH Vemh(^umeior de la vie morte 
et rien ne survit que ce qu'il a touché, déorit peint oh 
sculpté'\ 

EDMOND DE GONCOÜRT, 

El día 20 de Mayo, feoha gloriosa para Cuba, se uvdugMVÓ 
uno de los más beüos y originiades monumentos con que cuenta 
la Habana. 

Un Comité, presidido por el doctor Sergio Cuevas Zequeira — 
cuyo nombre es honor de las letras cubanías — e integrado por 
los más altos representantes de la política del arte y de Ifa, 
intelectualidad, fia llevado a cabo después de una perseverante 
labor de patriotismo y de oultura, Isa^ definitiva consagración de 
un excelso poeta a quien, no bastando para inTO.ortalizar su 
nom'bre los frescos laureles de la gloria , (piiso la suerte ador- 
na¡rle también con los de-l martirio. A Ija iniciativa die éste comité, 
y a la generosa eontribución de t^do el pueMo, se debe la esta- 
tua de Juan Clemente Zenjea que hoy íaidmiramos enfrentada al 
mar, por el qUie tanto suspiró el poeta en su destierno. 

En público concurso fué adjuidicada la ejecución de la obra 
a un joven escultor valenciano : Raimón Mateu Montesinos. Aun- 
que no es njecesíairio presentar nuevamente al artista, pues ya la 
prensa se ha encangado de hacerlo, y el día de la inauguración 
lo elevó a la tribuna el Dr. Zayas, en donde recibió el homena- 
je de todjos los presentes, nosotros quisiéramos aún decir una 
palabra de él. 

Mateu es un joven de 28 años, alegre^ e impetuoso. Toda su 

119 


LAS ANTILLAS 

persona respira ese sano optitmisano de quien tiene confianza en 
sí mismo y en el porvenir. No hay en Maten ni la pose romáoi- 
tida; del artista que cree con ella añadir mas valor a su a;rte, ni 
ta.mpoco ese gesto desdeñoso de los que precozmente triunfan.; 
ante el contrario, Mateu es cotuo 'S.u obra, ing'enuo y sincero. 

No temía 15 años y ya había ingresado en la Beal Acade- 
mia Sn . Carlos de Valencia, cuna de tantois artistas q ue c o- 
mo él. continúan la tradición gloriasa de las artes plásticas es- 
pañolas. Allí en 'S<u ciudad natafl obtuvo Mateu las mas laHas 
y meieeidas recompensas. 

Pero su aspiración era llegar a la Academirri de Sn. Fernando 
de Madrid, recibir las enseñanzais de los consagrados, ver de 
cerca de los Museos las obras imperecedoras de la escultura, y 
en efecto, el año 1913, a los 22 años^ ingresa po^r rigurosa opo- 
sición en la Academia y obtiene al terminar el ciclo ríe sus 
estudios tres diplomas de la. clase y el premio extrlrordinario 
en metálico. Ese misimo año concurre a la Exposición Nacional 
de Bellas Artes, presentando una obra bellísima '^'Brindis de 
Baco'' que le valió una Mención Honorífica y elreconocimien- 
\o por x^í'^Tte del público de que Mateu no era lo que hemno^ con- 
v^enido en llamar una esperanza del arte, sino unía plena, ^'iva 
y personalísima realidad. 

Más tarde, en la Exiposición Nacional de 19 L"!. obtiene un rui- 
cioso y definitivo triunfo. El Rey de España se detiene en su 
visitat ante la obra de Mateu, pareciéndole, con ese instinto crí- 
tico de quien se ha educadio en [medio de un ambiente satura- 
do de arte, no la obra de un miuchacho de 23 años, sino la lía- 
bor larga, paciente .y depurada de uní escultor que ha llegado 
a los últimos refinamientos. Como el Eey mostrase deseos de 
conocer personalmente al Bíutor de aquella obra, uno de los ar- 
tistas que acompañaban! al Monarca presentó a Mateu ante S. M,, 
quien tuvo para con el joven escu*ltor las mas ^ailiagadoras frases, 
y la más emocionada felicitación. Con este tmotivo, los periódicos 
.y las revistas de arte publiearon fotografías de este singular en- 
cuentro entre el Rey y un escultor de raro talento. El nombre 
de Mjateu se popularizó amiebó en Ma^drid, y desde entonices, 

120 


LAS ANTILLAS 

se habló de él en los círculos artísticos, con ese cálido entusias- 
mo que suele reservarse para las grandes figuras de la nueva 

generación : Clará^ Inurria, Julio Antonio 

Maten obtuvo en otra ocasión uno de esC'S éxitos que aunque 
menjos ruidosos que el anterior, son tal vez más significativos. 
Se verificaba un concurso de esculturas infantiles eni el Salón 
del Círculo de Bellas Artes de Madrid, instalado con un ex- 
quisito gusto en el Palace Hotd, y por triatarse de un con- 
curso original, para ©1 que no todos los artistas tienen disíposi- 



Antonio Quevedo 

cionies naturales, acudieron^ a él un grupo de escultores, si 
bien poco numeroso selecto y refinado. Maten llevó a'l concurso 
ana estatuita de unja técnica tan maravillosa, que revelaba el 
conocianiento perfecto del cuerpo infantil ; pero no sólo había 
allí técnica, sino vida; la gracia ingeniua y tierna de la infan- 
cia animaba el mármol, como en aquella famosa cantona de 
Lucca della Robbia, que es la gloria de un-o de los museos de 
Florencia. 

En este concurso ocurrió un suceso de extraordinaria impor- 
tacia para Mateu. Y fué^ que el escultor español Inurria. cono- 
cido hoy de todo el rmundc, —del mundo que conoce algo de es- 
cultur*ü! moderna, naturalmente— al ver la #bra de Mateu con 
ojos de verdadero artista^ sintiéndose atraído, enamorado de 

1^ 


LAS ANTILLAS 

ella, la adquiere sin discusión para su estudio. Esto represen- 
taba para Mateu unía consagración fuera del campo oficial, era co- 
mo el espaldarazo en los viejos libros de caballerías. Inurria lo ha- 
bía alomado cabidlero. Peno faltaba un blasón en su escudo sin 
anmas, y ese, ha venido a conquistarlo a Cuba, obteniendo en pú- 
blico concurso y por unanimidad de votóos, la ejecución del mo- 
numento a Zeniea. 

Mateu hlii trabajado en él, a la manera libre, des.embaraza- 
da y personal de los imagineros góticos; lo mismo que aquellos 
amiónimos artífices llevaron sus fantasías sin trabas ni cánones a 
los pórticos de las antiguas catedrales, él ha podido también por 
esta vez^ — merced a las acertadas bases del concurso, — ^liberarse 
de las imposiciones y de los naturales a priori, que la buena fé 
del patriotismo o los prejuicios decorativos de cada pueblo, pesan 
sobre la inspiración de los a-itistas. Ni el modo de ej,ecutar la 
obra, ni la materia con que había de plasraiarse esta, le ha sido, 
no solamente impuesto, pero ni siquierja sugerido. 

Todo se debe a iniciativat e inspiración de Mateu, que con una 
personalidad vigorosa, con una independencia casi salvaje, ha 
querido apartarse de las tradiciones que, por la ley natural, son 
inherente a la obra de arte de los que empiezan, lo mismo en 
escultura que en las demás bellas artes. 

Matea ha colmp rendid o que cada siglo tiene sus idaades y su 
ambiente propio; y que el arte mas puro, el más noble y el más 
sincero, es el que nos une a la vida actual por sensacionles pro- 
pias y no por recuerdos ; él ha querido huir en toda su obra de los 
helenismos fríos e insinceros de un Thorvieldsen — !¡un danés del 
siglo XIX queriendo sentir como un Fidias o como un Práxiteles 
del tiempo de Peri-cles, a través de 25 siglos ! — como asimismo del 
afeminamiento laxo y dulzón de Canova, escultor de salones, ca- 
ya fama durante un tiempo en que el buen gusto llegó a los ma- 
yores refiniamientos, tanto nos desconl^ierta hoy. 

La pléyade de escultores, que ha seguido la manetra mas 
literaria que plástica de Augustte Rodin, no ha hecho sino caer en 
sus extravagancias, en su exaltación de lo monstruoso y lo defor- 
me, sin poder llegar hasta aquellas cumbres que solo tocó su genio, 

122 


LAS ANTILLAS '^' " " 

como en el )^an Juan B^^idiüa, dig^no Donatello. o en el portento- 
so grupo Les Bourgeois de Calais- 

Se puede admirar mucho la obra de un artista, y no abdicar 



Ramón Mateu^ autor del monimi'ento a Vjenea 

por eso la propia personajlidad ; antes el contrario el joven que 
empieza su vida artística, debe huir todos las influencias y guiar- 
se solamente de sus gustos, para que no haya que aplicarle aquella 


123 


LAS ANTILLAS 

aguda frase de Benavente: " Bienhaventurados nuestros imitado- 
res, porque de ellos serán nuestros defectos". 

Así, g'uiado por su credo de sinceridad y de verismo, sintién^ 
dolo como lo ha realizado, Mateu ha hecho un monumento sen- 
cillo, como cuadraba a un poeta senicillo también. Hubiese podi- 
do obtener el máxime aplauso de todos los profanos en el arte 
de la escultura, que por ley natural son la m^ayoría apelando a 
esos diseños monumentales que nos recuerdan vagamente el final 
de los ramilletes de dulcería, a los que cuadra bien la palabra 
confeccionados, monumentos planeados con un criterio geométrico 
o cartesiano, en los que una sección longitudinal, y otra trans- 
transversal en ángulo recto, dividen la obra en cuatro partes 
perfectlaanente simétricas. No parece que el sentido estético mo- 
derno, guste mucho en los momentos, de las escalinatas^ las gra- 
derías, los jaspes pálidos, los hachones flamígeros, las columna- 
tas de variados órdenes y todos esos tópicos escultóricos con que 
se pretende disimular la falta de personalidad y de inspi- 
•1 ación. 

Por el eontrario, lo que se nota -a prmera vista en el monu- 
mento a Zenea. es una tendencia que podría llamarse glohaly un 
modo de fundir en bloque compacto la figura principal y sus ac- 
cesorias, tendencia que Mateu ha acentado uniendo, acoplando 
mejor dicho, la figura del poeta a la base sobre que descansa. 
Actualmente solo conocemos dos escultores, el newyorkino Saint- 
Gaudens, y el vienes Tilgner, que realicen esta tendencia de 
un modo natural, sinl escorzos violentos del modelo, ni deformida- 
des en las masas de sustentación. Hay que hacerle notar al pú- 
blico, que este nuevo modo que en la apariencia pafrece tan sen- 
cillo, es muy difícil de llevar a la práctica con esbeltez, pues esta 
técnica tiene forzosamente que conlciliar, la sensación de fuerza 
equilibrada y de gravitación única, con la inherente a todo monu- 
mento bello, es decir la ligereza. 

En cuanto a la escultura propiam^ente dicha, es de obser- 
var que el artista ha hecho un esfuerzo para poner en esta figu- 
r-aí, y sobre todo enjla cabeza un eierto carácter, y coano una par- 
ticular psicología. Es una cabeza expresiva coni aire un poco 

124 


LAS ANTILLAS 

inquieto y ansioso, con las cejas fruncidas y los ojos penetrantes 
y duros, en donde el escultor ha trata 'c de traducir fon geniui 
intuición y tal como él lo concebía el c-aracter de Juan Cle- 
mente Zenea. Las manos, tairibiéii tienen un modeiaílo irrepnjcha- 
ble, particularmente la deredha, que aprehende la pluma con 
una naturalidad pasmosa y descansa blandameiüe sobre la piedra. 

No lia querido fig'urar Maten 'al poeta-márti-i en una actitud 
teatral, por el contraric, lo ha representado de la manera mas 
natural y humana que cabe en un hombie meditativo: í^entado 
descuidadamente en una rosa infonxie, con su libro favorito so- 
bre las irodillas, abstraído del medio que le rodea. (Un parénte- 
sis, lector. ¿Cuál o cuales serían los libros favoritos de Zenea? 
Nosotros no concebimos a un poeta tan delicado, tan espiritual 
como JuaD Clemente Zenea, leyendo en horas solitarias poem-as 
épicos, o versos patrióticos del momento. Nos phice imaginar a 
este bardo inquieto y sentitivo^ con un libro lírico entre las ma- 
nos, por ejemplo, leyendo las Baladas de Francois Villon, tal 
vez aquella dirigida a las damas de antaño. ¿Mais oü sont les mei- 
ges d'antafif Zenea hubiese respondido a esta pregunta del in- 
mortal poeta francés con un alado verso suyo : 

*'.... Que aquella edad con que soñé no asoma; 
Con mi país de promisión no acierto ; 
Mis tiempos son los de la antigua Roma 
Y mis hermanos son la Grecia han muerto". 

Pero. . . . ¿donde están las nieves de antaño?) 
Tal vez abusando de la benevolencia del lector quisiéramos 
decir algo de la bellísima, admirable escultura de mujer que de- 
cora a manera de musa el monumento de Zenea . 

No parece que sea norma frecuente, conceder a las figiiras ac- 
cesorias de un monumento escultórico la misma importancia que a 
la figura principal, sin caer en rebajamiento de esta. Aquí, el 
artista, ba; sido un poeo traicionado por su mismo arte, creando 
un desnudo, cuya belleza 'reclama eni primer término, de manera 
imperiosa y exclusiva, la admiración del espectador. Esta escultu- 

125 




Un detalle del monumento a Zenea. 


LAS ANTILLAS 

l*a digna de una primera medalla, merecía por sí sola el pedestal 
de un monumento, pues es un verdadero alarde de natural is^no^ 
dentro del marco peétieo de toda la obra. Al decir que esta 
figura ha traicionado un tanto al artista, queriaimc'S dar a enten- 
der, que existe un desequilibrio entre su factura, y el carác- 
ter de decoración accesoria que el monumento requeiía. E.-^ta 
ex'plendorosa mujer, de líneas moduladas, viva y como ilumi- 
nada por un ideal, que quiere redimirse del marmol para ha- 
cerse pensamiento fugitivo, parece indicarnos como el poeta de 
mirar angustiado^ cuya gloria sustenta, que son sus tiempos tam- 
bién los de la antigua Roma. No sienta bien a estos contoí nos blan- 
dos y exquisitos, la luz cruda y excesiva del sol antillano; antes 
bien, está pidiendo la penumbra suave de los pórticos antiguos 
o la media luz de las Loggias florentinas. 

En cierta ocasión, decía Rodin al crítico de arte francés 
Paul Gssell, que todos los originales de eseultuias maestras tenían 
la línea viva, y que pasando la mano por su contorno, se experi- 
mentaba esa sensación temblorosa que nos produce La forma 
morbiclja; viviente. Según este critorio táctil, Rodin concluía 
que toda estatua que al tacto no nos dé esta sensación, no la 
dará tampoco a simple vista y por consiguiente, no siendo -real 
710 podrá ser bella. El genial escultor invitó al crítico a una se- 
sión de esta nueva y pintoresca estétici esperimental, llevándole 
a uno de sus estudios de París para que con los ojos vendados, 
pasase la mano sobre algunos busto, torsos y brazos de 
esculturas elegidas por Rodin entre las cuales unas eran suyas, 
o antiguas copias romanas de originales griegos adquiridos pcT 
él, y otras, moulages liabilmente hechos, o copias mediocres 
sobre mármol. Paul Gssell cuenta emocionado esta extraordina- 
ria sesión, soiprendiéndose de que ha pes'ar de no haber vis^o 
lo que tocaba, y solo guiado por la sensación de tacto, habíase 
podido reconocer cuales eran las copias y cuales los originales 

Nosotros hemos podido también, con esta figura del monu- 
mento a Zenea^ acariciar la línea vi\%, la línea expresiva, esa 
línea vibrante y a veces fugitiva que pone en los mármoles 
geniales un soplo de vida espiritual. 

127 


LAS ANTILLAS 

Legítimo orgullo puede sentir el escultor Ramón Maten, por 
haiber contribuido con su arte a la gloria áe este otro artista 
de la palabra, que no volvió a su patria para morir, como 
dicen algunos, sino para ser inmortal. 

Ya, por siempre^ será feliz el alma del poeta, viendo con los 
ojos de bromee que le presta el arte, que aunque en su tamba 
no hay^ como tal vez hubiese deseado, ni un sauce, ni un ciprés^ 
en cambio todas las mañanas, cuando el mar se viste de plata, 
y pasan sobre él los blancos navios como gigantescas gaviotas, 
dando la vela al viento, se levanta sobre el centenario 
castillo que atalaya el mar, la bandera azul y roja de la estre- 
lla solitaria, 'recortándose en este cielo expléndido de lai dulce 
Cuba. 

ANTONIO QÜEVEDO 
Habana, Junio 1920. 


128 


LAS ANTILLAS 


Inauguración del Monumento a Zenea 


"Todo lo que se hace con amor, llega a término feliz" di- 
jo la Seráfica Doctora Teresa de Avila, y lo corrobora, por 
modo indiscutible el desenvolvimiento que la idea altruista 
de un joven periodista lia tenido hasta culminar, por el amor 
de todos, a la patria y a uno de sus mártires, en el Monumen»- 
to a Zenea, inaugurado en la tarde del 20 de Mayo último, en 



Dr. Andrés Segura Cabrera. 

el Paseo del Prado, llamado por lo que se vé, a ser el estatuario, 
digámoslo así, de poetas y escritores porque en su principio. 
en la esquina de Zenea, antes Neptuno, está el busto de Carlos 
Manuel de la Cruz, y en el otro extreano. en la esquina de 
la Avenida de la República, antes San Lázaro, está la es- 
tatua del poeta mártir, cantor inmortal de la Golondrina, Juan 


129 


LAS ANTILLAS 

Clemente Zeiiea, de que me he de ocupar en esta líneas, desti- 
nadas, más que nada, a explicar los grabados que la acompañan' 
eij las páginas de esta magnífica Revista ''LAS ANTILLAS", que 
no dejará pasar nunca k ocasión de recoger, como ahora lo 
liace, datos tan presiosos y de tanto interés histórico. 

Una tarde.— la del 25 de Agosto de 1918,— en la peregri- 
nación a la Cabana, que, por centenares hacen cada año, a los 
fo,os de los Laureles de esa Fortaleza, los admiradores del poe- 
ta-mártir, desde que a su regreso a Cuba promovió tan piado'Sa 



Jh\ M'^anuel Varona Suárez. 

tnanifc-stación del sentimiento patrio U hija del bardo inmola- 
(1;) S]a. Piedad Zenpi de Bobadilla, en ocasión de pronunciar el 
,li-ciiis) de que lo había encargado la representación de las 
l.ogij-, Masónicas de Cal)a, el Sr. Antonio Iraizoz, meritísimo 
Di edor de "Li Noche", expuso la mas hermosa idea de re- 
verencia para el cantor de Fidelia^ un monumento; y, 'eomo 
ya dije en el discurso que pronuncié en la última de esas pe- 
legrinaciones, el año próximo pasado, fueron tan sentidos sus 
conceptos, fué tan directamente al .corazón cubano su decir le- 
vantado, generoso, elocuente y magnífico, que la idea ensegui- 
da se hizo una realidad, y la Sección de Ciencias Históricas 


130 


LAS ANTILLAS 

del Ateneo de la Habana,— que desde entonces «mp«zó a hacer 
po íiiS'U gestión directa esas peregrinaciones iniciadas, como ya 
he escrito, por la piedad filial, — recogiéndola constituyó un Co- 
mité bajo la presidencia del sapiente Profesor de nuestra Uni- 
versidad l)r. Sergio Cuevas Zequeira y como su Secretario el 
que lo eia de la Sección Sr. Raoul Alpizar. a quien sustituí al 
ser destinado en la carrera consular, fuera de Cuba; cuyo Co- 
mité, formado por hombres de buena voluntad y el mas gran- 
de patriotismo, gestionó, con éxito nunca visto, lo conducen- 
te para la realización del ideal que le había sido encomenda- 



Niño Arturo Morales que ofrendó flores a Zenea en nomhre 

del Centro Puertorriqueño. 
do, alcanzándolo todo y aún más de lo propuesto, cottno ha 
sido el cambio de nombre a la calle de Neptuno por el de Juan 
Clemente Zenea. que' desde eldía 25 de Agosto del año pasado en 
que se descubrió por el Alcalde de la Habana Dr. Manuel Va- 
rona Suárez la lápida que se lo da. le quedó consagrado e im- 
puesto oficialmente. 

Ese mismo día, — un monüento antes que este aet-o a que 
acabo de contiaeirme, — quedó puesta la primera piedra del mo- 
numento, (preciosa pieza de granito natural regalo de los maso- 
nes de Oriente)- con una fiesta hermosísima a la que 


131 


MoxryfEyro a zenea 



J'j I /' fi siili II 1 1 1/ il >i I ri f ii !'/(/ iltl i'iiiiiiti III i(ttii ixi ñ'ui <h I 

( SI iiltt/r M iif) II 


LAS ANTILLAS 

concurrió todo lo que más brilla en nuestra sociedad, con) la?« 
autoridades nacionales, provinciales y municipales, .represen- 
tación del Ayuntamiento de Bayamo, la ciudad del po-Ma már- 
tir, y su hija bien amada, un símbolo allí, de amor filial y de 
eterna piedad, — que parece que nombrarla así en su bautismo 
fué un) presentimiento, — a la memoria veneranda de su padre 
inmortal . 

Antes del año de esa fíesta el mí)numento se yergue allí des- 
de donde contémplise el Castillo de la inmolación horrenda. 
Monumento sobrio, artístico cual no hay otro en la Habana, 
salido del cincel impecable de un joven escultor español, (d' 
V'alencia, la tiei'ra de mis antepasados) Sr. Ramón Mat;'u 
recio y fornido eJi su complexión física, como espiritual y deli- 
cadísimo en sus sentimientos artísticos y morales. 

La crítica toda, a una, se ha resuelto por la celebración 
mas justa y razonada. Todos han visto en la obra de Mat<Mi 
la esquisitez incomparable : Zenea, en la estatua de Ramón Ma- 
ten habla, dice su infortunio, expresa cuanto cabe dar en 
bronce la expresión; y la piedra de la base, qne modela la poe- 
sía brindando inspiración al mártir, su hijo, la piedra, nos dá. 
como dijo el articulista que de este monumento se ocupó eii el 
"Diario de la Marina", días pasados, la piedra nos dá ''una 
mujer divinamente humíina. humana<mente cincelada, con san- 
g-re y cntrañns que hacen carne virgen, inspiración y canto". 

Pocas veces podrá en casos semejantes cantarse la victoria 
qne de todo corazón! canta y repite eu todas circunstancia.- el 
^Coniité Monumento a Zenea. Pocas veces encuentra idea alguna, 
mas apcyo. mas calor. n-,as colaboradores. Las Sras. del Club Fe- 
menino de Cuba, representadas' por la distinguida comisión 
que envic O'n y se ve en el grabado adjunto; el Municipio lia- 
baricro. contribuyendo con sumía respetable, de acuerdo con la 
moción presentada por el Concejal Sr. Martínez Peñalver : las 
autoridades, dando, todas, las facilidades mayores al desarrollo 
de nuestros planes, principalmente el Alcalde Dr. Va^rona Suá- 
i'ez y el Arquitecto ^lunicipal Sr. Walfrido de Ponentes en quien 
encontré como siempre al funcionario culto y bien dispuesto y 
al amigo cariñoso; la importante casa editora de Rambla, Bouza 

133 


LASAN TILLAS 

y Compañía, editando la novela ** Lejos de la Patria. Memx)rias 
de nn Joven poeta ' ' y algunas poesías en un tomo cuya publica- 
ción propuse desde el Consultorio de ^'La Discusión' \ y el 
Comité acordó en consecuencia, hacer, y el cual tomo se ven- 
dió primero para aumentar los fondos de la suscripción na-cional 
abierta por el Comité y cuando aquellos pasaron de la canti- 
dad necesaria al fin propuesto, se obsequió son él a los admira- 



Dr. Alfredo Zay(is 

dores del bardo inmortal. La Asociación Nacionial de Pinto- 
res y Escultores, cediendo su casa del Malecón para las Jun- 
tas del Jurado y la Exposición de maquetas y nombrando, co- 
mo la Academia Nacional de Artes y Let'ras^ un miembro de 
su seno para integrar aquel, los oradores, poetas artistas, prensa, 
a. todos, a una, ayudándonos y cooperando al éxito alcanzado. 

Y, eso porque? Ah !, pues porque la obra muestra no era 
solo de perpetuiación del notmbre de Zenea, .sino muy princi- 
palmente de su reivindicación . Y esa se obtuvo y con análisis pro- 
lijo de su obra patriótica y de las miles de circunstancias que 
para ello son de apreoiarse, la p'roelamó con la grandilocuen- 
cia de su castizo decir el Dr. Alfredo Zayas, en el brillantí- 
simo discurso con que cerró la fiesta que dejaba el Monumento a 


134 


LAS ANTILLAS 

la pública contednplación y nuestra obria tertniíi'ada . Fiesta 
grandiosa, que parece hasta di.sj)uesta poi* la Divina Providen- 
cia, conijo dijo el Sr. J . M . Planas, para aprovecharla pidiendo, 
— comio él pidió y el Comité y las grandes figuras de la inte- 
lectualidad la política, allí presenite, lo acordaron. — que se pa- 



C once jal *Sr. Martínez Peñalver. 

sara un cablegrama a Venezuela impetrando clemencia para 
el poeta. Sr. Santos CMiocano, tan amigo de Cuba y que se temía 
que fuese fusilado. 

Tarde inmensamente hermosa, de Gloria plena para el pue- 
blo cubano que daba tal exponente de amor patrio, para las 
letras y la poesía, para el Comité y para la Justicia a la que se le 


135 


LASANT ILLAS 

pedía clemencia en sus fallos, en nombre de la Hnmanádad, y 
de la grandeza de la Poesía, madre fecunda del pensamiento 
de un hombre a quien solo el enror pudiera extraviar en la rec- 
titud de sus sentimientos, siempre elevad ísimoís. 

Ahí está el Moiiuniento a Zeiiea. Ahí está ía obra de un 



Dr. Antonio Iraizós 

pu'ddo libre y gcjieroso, debida principalmente, como en otra 
ocasión ya expuse íaimbién, a los estudi'anties, por el Dr. Cue- 
vas Zequeira ; a los masones por los Sres. Iraizoz y Muñoz Sa- 
ñudo ; a los obreros por el Sr . Antonio Fernández Grau, rico in- 
dustrial en tabai'o y miembro del Comité; y al Ayunítiaoniento 


136 





6 


LAS AN TILICAS 

por las generosas iniciativaís del concejal Sr. Martínez Peñal- 
ver y el apoyo prestado a ellas por el Alcddc Dr. Manuel 
Varona Suárez . 

Y no quiero terminar sin ampliar un concepto del princi- 
pio de este escrito; el relativo a que el Prado parece como 
destinado a recojer kis estatuas y bustos de nuestros grandes 
de las letras, de rjuestros más inspirados y patriotas poetas. 
Sí, ello parece así y así puede, en efecto, suceder si esta ini- 
ciativa mía encuent:!:?, en alguien calor y se propone robuste- 
cerla con la acción. Tlágaln así en cuanto a PLACIDO, el 
gr-an mulato iluminado por un estro magnífico, Gabriel de la 
Concepcióü Y:! des, cuyos versos como los de Zenea ocupan la 
mente dis todo cubano, llágalo así la culta, rica v floreciente 
sociedad "Club At?]ias". integrada por hoímbres de gran va- 
ler de la raza, que siben honrar lo que honírarse merece; inicie 
una suscripción nacional como lo fue- la de Zenea, proimueva. 
gestión? y cuente, en todo y para todo, con mi humildísima 
cooperación. 

Tras Plácido vendrán otros y ese Paseo del Prado será Cá- 
tedra, muda de Humanidades, y hará vivo y patente el recuerdo de 
tanto como vale y CiS ignorado entre nosotros que, estamos en el 
deb(er de no perder la noción del pasado, porque en él, en sus 
hombres de entonces, descansan nuestro presente y se ha afianzado 
el porvenir . . 

BR. ANDRÉS SEGURA Y CABRERA 


138 


LAS ANTILLAS 


LAPIDA 


JUAN CLEMENTE ZENEA 

Con el hierro opresor de sus cadenas 
tejió coronas y labró joyeles, 
y como un héroe de la antigua Atenas, 
cayó (h cara al sol. y entre laureles. 

Tranformando la sangre de sus venias 
en líricos mil agros de claveles ! . . . . 

¡ Sobré su tumba floreced verbenas !...... 

¡ Sobre su mái-mi)l sollozad, cinceles ! . . . . 

Pero no lia muerto ¡no! La golondrina 
aun la dulzura de sus cantos trina, 
y aun el mar sus nostalgias interpreta. . . . 

¡ Y siempre eni todo espíritu cubano, 
vivirá, como un símbolo, el poeta 
de alma de griego y corazón romano. 


FRANCISCO VILLAESPESA, 


139 


ANTILLANOS ILUSTRES 



Enrique José V^^rona, 


LAS ANTILLAS 


DISCURSO PRONUNCIADO POR EL DR. SERGIO 
CUEVAS ZEaUEIRA 


Profesor de la Escuela de Letras y Filo^ofm^ en la sesión solem- 
ne de la Universidad de la Hahami, confiriendo al Dr, En- 
rique José Varona el titulo de Catedrcitico honorario. 

(Versión tequigráfica de los señores Saúl Saenz de Calahorra y 
Salvador Oastroverde) . 

S. Eectoir, 
Sres. Catedráticos; 
Mis, queridos alumnos, 
Señoras y señores : 

#uando hace apenas algunos lustros puse por primera vez 
la .plantdi en esta tierra de mis abuelos^ movido por el legítimio 
propósito de ensanchar el campo de mis actividades intelec- 
tij,íl.->, jamás piid.j i'<,síir que, prúil!<i'o !■! de -.tino m*e rj:;er- 
xfiba, como hono- ei n ás grande de mi vic^a. el de sustituir 
en la Cátedra que iluminó con los resplandores de su ciencia y 
enalteció con el prestigio de su nombre esjlarecido, al cubano 
ilustre a quien en esta hora rendimos merecido homenaje de res- 
peto y de admiración, y menos aún me era lí-cito sospechar 
qi «. serían mi pobre inc>;enio y mi pálida palabra los instrumen- 
tos que con un>a generosidad incomprensible habría de elegir 
^a Facultad de Letras y Ciencias de esta Universidad para ha- 
cer efectivo ese homenaje. 

Por eso, señores^ laf em.oción que m-e embarga es tan pode- 

141 , 


LAS ANTILLAS 

rosa, que surgen a mi mente como única expresión adecuada de ese 
sentimiento aquellas palabras que puestos en el cielo el pensa- 
miento y la mirada repetí muchas veces en los dlais ya lejanos de 
mi niñez, al conjuro de mis maestros, y en oportunidad para mí 
y para los que conmigo las pronunciaban extraordinariamente 
solemne: domine non sum dignus. 

Y, sin embargo, necesito serlo, debo .sustraerme en absoluto 
a la consideración de mi humildad y pequenez, pera corresponder 
a la confianza que en mí ha depositado, no sólo la Facultad de 
Letras y Ciencias sino todo el Claustro universitario, y sobrepo- 
nerme a la actual turbación de mi ánimo para evocar, siquiera sea 
con verbo vasilante y acongojado, la figura del Dr. Enrique José 
Varona, desde el momento en que^ adolescente aún, abandonó 
aquel mido de águilas caudales que se llama la región cam-ai- 
giieyana, y que ha tenido la gloria de ilustrar la historia de 
Cuba con la inmortalidad de estos tres nomlbres" incomparables : 
Agi amonte, el heroico y valeroso caudillo; Tula Avellane- 
da, la inspirada poetisa; Varona, el pensador sereno, el auste- 
ro filósofo. . . . (Atronadores aplausos internimpen al orlador) . . . 
y seguirlo hasta esta ciudad de la Habana, a la que níutrido 
por las enseñanzas que recibiera en el hogar nativo, merced al 
celo diligente de su propio padre, llegó en sazón oportuna para 
ser iniciado en los secretos de la maravillosa lengua del Lacio 
por el doctor Juan Bautistai Hernández Barreiro, aquel pro- 
fesor ilustre de la escuela de Derecho a quien todos vosotros co- 
nocisteis, y recordáis, seguramente, con veneración y cíiyriño 
{Aplatisos) . 

Y después no encuentro otros maestros para él porque, pen- 
sador autodidacto, el Dr. Varona creó por partenogéniesis su 
vigorosa, mentalidad sin voz que lo doctriniara y sin mentores 
universitarios que lo dirigieran, y permitid, señores, que sin men- 
gua del hondo amor que siento por esta casa, llame vuestra aten- 
ción hacia esta venturosa circunstancia que escudando al fu- 
turo reformador de nuestra enseñanza de todo yugo ac^adémico, 
lo sustrajo al influjo de la ciencia oficial cuyo deleznable fun- 
daonento y torcido rumbo señaló en más de unia ocasión, duran- 

142 


LAS ANTILLAS 

te aquel periodo de su historia en que vivió consagrado con 
tenaz empeño al estudio y a la meditación. 

Sorprendiólo un día, cayendo en sus manos por felicísimo 
azar, cierto libro en que su autor expone con precisión y clari- 
dad admirables los prinicipios del positiv.smc-. y fué esa obra 
para Varona una verdadera revelación, que iluminando su es- 
píritu lo transportó con invencible arrastre desde los brazos de 
Balmes al regazo de Augusto Comte, el fundador inmortal de la 
Filosofía Positiva y de la Ciencia Sociológica. (Aplausos) . 

No fué tan rápida transfo'imación obra exclusiva de la mente 
de nuestro filósofo o del libro revelador, sino producto de la 
conjunción del libro y del hombre. Dejad caer en el surco 
abierto en árida playa : riiiciuts a:- la-, más hermosas plantas y 
éstas no germinarán ; abandonad, en cambio, a la incuria^ huér- 
fano de simientes, el más fértil de los terrenos y per- 
mianecerá triste y yermo; pei\> ar.ojad en el fecundo seno de 
fértiles tierras simientes adecuadas y las veréis '^lubrirse pron- 
tamente de piláintas y flores. Y eso fué lo que sucedió, señores, 
en esta ocasión a que me refiero, porque el pensau^iento de Au- 
gusto Comte era dignio de fecundar la mente de Varona y la 
■mente de Varona era digna de compenetrarse con el pensaotnien- 
to de Augusto Coante. (Aplauso^) . 

Y precisamente por eso, se ofrece ahora a nuestra considera- 
ción el curioso espectáculo de un espíritu preparado por una dircc 
ción casi exclusivamente literaria, para vivir en comunión inefa- 
ble con las Piérides al dulce arrimo de los laureles que sombrearon 
un día las márgenes del Cefiso, consagrándose por súbita intui- 
ción de sus deberes patrios a orientar el pensiimiento de sus 
contemporáneos, no por las vías fáciles de la pasiva contempla- 
ción de la verdad y de la belleza, sino por los ásperos derrote- 
ros que llevan a las comunidades humanas a las resoluciones heroi- 
cas y a los sacrificios ingentes. [Aplausos] . 

Porque el Dr. Varona, sin dejar de ser poeta y lite- 
rato, fué desde aquel día memorable un filósofo cubano, es de- 
cir, un filósofo que obediente a las fundamentales imposiciones 
de su raza y de su pueblo emprendió en esta nueva dirección de 
su mente el camino que ambos señalaban . Los que ignoran cuan 

,--mm 143 


LAS ANTILLAS 

ÍQtianainiente unidos están el penslaimlento y la acción, los 
que no aciertan a comprenider que son aquél y ésta momentos 
distintos ,pero consecutivos de un solo fenómeno psíquico, lo 
mismo en la vida del individuo que en la vida social, no pueden 
aquilatar el valor extraordinario que para los ulteriores destinos 
de Cuba tuvo el apostolado fílosófico de Varona ; mas para los que 
sabemos que una revolucióiii en el orden de los heclios y de las 
Instituciones es siempre el resultado último de otra revolu- 
ción operada en el orden de las ideas y de los sentimientos co- 
lectivos^ está bien clara y manifiesta su benéfica influencia. 

En el período colonial de América, sólo de Cuba puede afir- 
marse con certeza! que poseyó verdadera filosofía, y de ello dan 
cumplido testimonio los tres nombres que con legítimo orgullo he- 
mos aportado a la historia del pensamiento filosófico en el mundo 
colombino : el Padre Várela, Luz Caballero y Varona. Separa- 
dos por la época de su respectivo nacimiento, y^ como es na- 
tural, por la amplitud ascendente de sus respectivas doctrinas, 
los caracteriza im obstante, unificándolos con permanente víncu- 
lo espiritual, de una parte, el alejamiento sistemático de toda 
especulación abstracta y de toda invesig-asión ¡metafísica, y de 
otra la tendencia psicológica y educadora de toda su labor, ilumi- 
nada siempre por el propósito cardinal de crear en su patria 
una colectividad de hombres conscientes preparados para que- 
brantar, juntamente con el yugo de la ignorancia ,el de todo 
otro injusto vasallaje. 

Fueron estos tres apacibles pensadores artífices óptimos de 
nuestra conciencia naeional, pastores de pueblos, reclutadores de 
ejércitos y agitadores de muchedumbres, en forma tal, qiie sin 
exageración y sin hipérbole puede afirmarse que la redención 
del cubano palpita ya en el pensamiento de Várela, relampa- 
guea en la doctrina de Luz Caballero, y surge toníante, tíc- 
toriosa y sublime de las enseñanzas filosóficas de Varona. (Atro- 
nadora ovación) . 

Obscurecida durante el espacio de largos años de decadencia 
la tradición de los dos primeros, y de sus discípulas más inme- 
diatos, la reanuda. Varona en 1880 con el famoso opúsculo en 
que desploma sobre la Metafísica undversitaria, a la sazón en bo- 

144 


LAS ANTILLAS 

ga, el peso formidable de una -crítica, disección serena de doctri- 
nas incongruentes con la verdad científica, hecha sin encono y sin 
13iedad, eon el solo propósito de encauzar a la juventud por ei 
campo de la observación y de la experiencia apartándola de los 
senderos de la Ontología. 

Ese folleto que, joven aún, tuve oportunidad de conocer, 
dejó en mi ánimo honda y duradera huella, y debo acaso a su 
influjo el asentimiento que presté a veces al sutilísimo Chamfort, 
cuando con más ingenio que justicia llegó a decir que pensaba de 
los metafísicos, como Escalígero de los vascos, que aunque ellos 
afirmasen que se entendían unos a otros, él no lo creía. (Risa-^) . 

Y abarcando más am-plios horizontes inició en aquel año, 
que marca precisamente por eso un momento culminante en la 
historia de nuestra cultura, una serie de conferencias en que 
reveló a los cubanos, con la coherencia y rigor lógico en él ha- 
bituales, las orientaciones últimas del pensamiento filosófico y eon 
mano vigorosa señaló a la juventud los nuevos derroteros que 
debía seguir, si no quería quedarse triste y estérilmente rezaga- 
da en el movimiento general de ideas que por entonces agitaba al 
mundo. 

En esas conferencias, sin perjuicio de su filiación dentro de 
la escuela asoaiacionista, se nos revela Varona como un escruta- 
\dor original para quien la vida psíquica es la resultante de un 
complicado mecanismo que el análisis de un experto observador 
puede ir estudiando pieza por pieza y como ud innovador bas- 
tante audaz para conducir a sus oyentes cubanos por las inex- 
ploradas rutas de la moral científica ; pero hablándoos como 
maestro, si es lícito que así me llame en presencia de los eminen- 
tes maestros que aquí me escuchan, quiero .confesaros que me 
parecen superiores a todas, aquellas lecciones en que plantea 
eon insuperable acierto y analiza con tal claridad que al pro- 
pio Condillac podría servir de modelo, los arduos problemas 
de la Lógicía. 

De ellas dijo un insigne eseritor, que traducidas a la len- 
gua francesa, podrían servir de excelentes textos en los liceos 
de aquella nación, y todos cuantos las conocen afirman sin vaci- 
lación que por su sobria y austera elegancia, por la diáfana y se- 

145 


LAS -ANTILLAS 

vera precisión de su lenguaje, constituyen un aeabado modelo 
de lo que debe ser la literatura didáctica. Y no sólo éstas, sino 
todas sus obras parece que nos llaman para que le ofrezcamos el 
tributo de nuestra ¿udmira'^ión : con el encanto de su melodía y 
el noble resplandoi de sus ideas, sus versos suavemente mati- 
zados por lielénicos influjos, con la alta entonación de su pala- 
l)ra y la rotunda majestad de sus períodos, sus oraciones acadé- 
(uicas; i'oiii la ejemplar previsión con que mira por la prospe- 
ridad y por la gloria de su patria, sus trabajos políticO'S. 

Alas, si me preguntáis cuál entre ellas es el más alto pe- 
cK'síal de su fama^ os señalaré en primer término aquella inag'- 
ijítica arenga que lanzaia un día desde la tribuna de la Caridad 
dí'l Cci'ro^ con el pi'opósito aparente de i-eferir las vicisitudes y 
desventuras de un infelicísimo poeta polaco. Al escucharlo la mu- 
('heduüd)re en aquel inolvidable recinto congregada, debió sentirse 
agitada por un homio sacudimiento moial, porque era aquella 
la doliente historia de sus comunes tristezas y de sus propios 
desengaños, y cuando en el curso de su oi'ación hace aparecer 
a los estudiante> de Samogieia, que rapada la cabeza y el grille- 
te ,.'1 pie. van a purgar en los presidios de la Siberia el delito 
de ser polacos, ante el concurso electi izado por la emoción, de- 
bió surgir como en magna evocación de justiciera venganza, el 
sangriento espectro de los estudiantes fusiladc-s en 1871 por una 
uiilieia iinliseiplin ¡da y brulal, (Grandes aplausos). 

y os tlii'é en seguida que el otro es aquel folleto eni que la 
protesta aiinada del pueblo cubano tuvo su mejor exponente y 
su mayor justifieaeión^ po:que en sus páginas vibrantes y so- 
bi'ias. per-o iniplac :;l)les. eondensó la pluma de Varona todas las 
cóleras de sus hermanos y señaló uno a uno^ todos los lamen- 
tables errores de un adminástración y de un sistema que cami- 
iud)an rápidamente hacia su ocaso. 

Y vii'toriosa la revolución que esos errores habían hecho 
inevitable, sería injusto olvidar que, merecedores de respeto y 
gratitud, viven entre nosotros aquellos patricios que, si buscaron 
por otras vías soluciórr a los arduos problemas de nuestro des- 
tino con su palabra fulgurante y avasalladora contribuyeron a 

146 . . 


LAS ANTILLAS 

la formación de aquel sólido espíritu nacional, que dio al cabo a 
los cubanos el triunfo definitivo. 

Cúpole entonces al Dr. Varona la gloria de llevar a la prácti- 
ca desde alta magústratura oficial la transformación de los es- 
tudios universitarios, y fiel a sus ideas y a su historia, renovó en lo 
posible los métodos de enseñanza, adoptando un <?riteiio de pru- 
dente eclecticismo, taní distante de los que quieren ¡hacer del 
alumno un manual viviente, un archivo de datos, un registro ani- 
mado de porcentajes y estadísticas, como de aquellos otros soña- 
dores enamorados de un ideal muerto, vestales de un fuego 
que se apagó hace siglos, y cuyos destellos no volverán jamás a 
iluminar a la humana conciencia de su dolorosa peregrinación 
hacia la verdad. 

Sabemos, señores, que Descartes, el fundador de la filosofía 
moderna, fué educado por escolásticos ; que convivió durante va- 
rios años con los raibinos en la Sinagoga, Espinosa, el que aplicó 
métodos científicos a la exégesis bíblica, y que el genio podero- 
so de Kant surgió de las aulas pietistas de Koennisberg para plan 
tear a una luz nueva el problema del conocimiento, pero entre nos- 
otros se dio el ea«o original de que no saliera precisamente de 
nuestras escuelas el que había de reformarlas imprimiéndoles 
una nueva dirección. Y la imjportancia y efectividad de esa re- 
forma, podréis medirla recordando que ya no es nuestra Uni- 
versidad aquella silente y sombría casa de la calle de O'Reilly, 
que todos liemos conocido, sino este cálido hogar de la juventud 
¡eubana por el pensamiento y por el corazón abierto a todas las 
palpitaciones del espíritu nacional, y capacitado por la amplia 
cultura que difunde, para dotar a la República de hombres dig- 
uOvS de regir en cualquier circunstancia los públicos destinos. 
{Atronadores aplausos) . 

Y un día, como consagración de estas verdades, el cuerpo 
electoral sacó triunfante de las urnas la candidatura vicepresiden- 
cial del Dr. Varona, y yo no vacilo en señalar como fecha me- 
morable en los fastos de nuestra vida la de este feliz acuerdo^ por 
que gracias a él podemos rechazar victoriosamente el anatema 
que desde hace sigilos pesa sobre las comunidades democráticas 
por el recuerdo inexpiable de la condenación de Sócrates, afir- 

147 


LAS ANTILLAS 

laando con justificado regocijo que esta vacilante e inexperta de- 
moerai'ia de que formafluos parte supo detenerse en un moanento 
de su historia ante la J^ilosofía, no para obligarla, como los ate- 
nienses, a apurar la cicuta, siriio para llevarla como las roma- 
nos de los tiempos de Marco Aurelio, a las más altas cimas del 
poder .{Grandes aplsiusos) . 

Y ahora, si permitís, señores^ que antes de abandonar esta 
tribun.4 siquiera >ea sofrenando los impulsos de mi entusiasmo pa- 
ra dai lugar a que otra palabra soberanamente elocuente se ha- 
ga oir en esta solemnidad, señale ante vosotros las condieiones 
(]iie hacerr del Dr. Varona un grande e insigne maestro, os diré, 
desde luego, que no es precisamente porque en el aula universi- 
taria haya ejercido la enseñanza durante varios años, porque 
liHv merrtalidades tan vigorosas que hacen maestro al que las 
posee^ sirr necesidad de ocupar cátedra, y esta es la especial condi- 
ción de los dos cubanos en cuyo honor estamos aquí congregados. 

El l)r. VáTcma es para mí el maestro ideal; no, señores, en 
verdad, porque posee enorme caudal científico, no porque es un 
profundo filósofo, no porque sabe diafandzar con sorprendente lu- 
cidez )os problemas que plantea a sus oyentes, por arduos y difí- 
ciles que a éstos parezcan, sino porque además de todo eso, 
como el viento del desierto que de unas palmeras a otras trans- 
porta el polen vivificadc-r que las haije fructificar, en el curso de 
su laboriosa existencia ha ido llevando a todas partes géríme- 
nes de cultura, gérmenes que fecundando en épocas de ruda y 
Jaboi'iosa gestación intelectual la mente de sus conciudadanos, 
les han abierto nuevos horizontes y han ensanchado el campo 
de sus experiencias. {Aplausos) . 

Y maestro, además, por la ejemplar tenacidad con que man^- 
^avo au^te.a e irreductiblemente sus opiniones filosóficas ante el 
pí-ofe-oí'ado oficial, a cuya obra no contribuyó jamás durante el 
período de la colonia, y si es cierto que su estoica abstinencia 
nos recuerda la entereza moral de Augusto Comte, no lo es me- 
nos que su acerada' crítica de la Metafísica tradicional^ nos 
trae a la memoria la enérgica actitud de Schopenhauer frente a 
los delirantes discípulos de Hegel. 

148 


LAS ANTILLAS 

Tal es, señores la obra de este esclarecido pensador, que aco- 
gido ahora al dulce retiro del hogar, conteioipla sin eimbargo, 
con ánimo acuitado el curso de las ideas y el desarrollo de 
los sucesos en el patiio suelo, y en el mundo todo. 

A veces leyendo las páginas últimas eni que derrama el haz 
sombrío de sus pensamientOiS actuales, paréceme oir algo así como 
el eco angustioso de la voz de Leopardi, repitiendo, una vez más^ 
que un día reinarán en el espacio inmenso un silencio absoluto 
y una calma suprema, y que eni ellos se dis.olverá al cabo el 
misterio de la existencia universal, antes que nadie haya podido 
eslcareceilo ni comprenderlo. 

Y en verdad, señores, que ante la mucheduanbre de interro- 
gaciones sin repuesta posible que nos persigue en ineesante rise- 
dio. si CTO queremos doslizai-ncs por los fáciles senderos de un te- 
tnerario dogmatismo, tal parece que sólo en las desoladas regio- 
nes del escepticismo hemos de llegar a encontrar seguro albe: gue; 
pero ¿quién osará negar que sin aspiración alguna a resolver el 
enigma del universo, pero también sini necesidad de acogerse a 
aquel refugio, el pensamiento humano, ave misteriosa que anhela 
cruzar los espacios infinitos, ha podido entonar a veces dulces con- 
soladoras melodíaí>?. ... ¿Y quién ignorará que nadie entre los 
hijos (le su patria igualó al Di^. Vjarona ^en ila íníeimiá'ad 
y el alto vuelo de sus investigaciomes filosóficas, y que pocos, 
entre las gentes de su raza pueden ponerse en línea con él a 
ese respeeto? 

Y apartándonos de la serena contemplación de las ideas pa- 
ra dirigir la mirada ha'cia el tormentoso vaivén de los aconte- 
ffinienifo'S, ¿ cómo no abrir el pecho a la alentadora voz del opti- 
mismo cuando vemos desgajadas y abatidas a tierra por la ma- 
no de un profesor ilustre las más robustas ramas del árbol del 
privilegio y de la autocracia en el viejo solar europeo? 

Y si a nuestro propio suelo y a su destino incierto volve- 
mos los ojos, ¿cómo olvidar puesto en el porvenir el pensamien- 
to que constreñida un día por imperioso llamamiento del deber 
envuelta en sangrienta veste, ennegrecida por la pólvira, exte- 

149 


LAS ANTILLAS 

miada por le fiebre la generación actual de los cubanos hizo surgir 
entre humeantes escombros la patria redimida, la aspiración tenaz 
de una excelsa porción de nuestra estirpe que en los dolores de 
la servidumbre, en» las tristezas del destierro, en las heroicas 
hecatombes de la civil contienda levantó con obstinación inven- 
cible los brazos para aclaínar y bendecir la bandera que si 
lleva, es verdad, en su trián^lo rojo el efmblema del dolor 
y del martirio, ostenta en su blanca estrella el símholo de la 
esperanza y de la victoria? {G'r<^ndes aplausos) . 

Ahuyente ante esas consideraciones el Dr. Varona, filósofo 
y patriota, la espesa nube de sus dudas y de sus pesares 
conforten su ánimo entristecido los recuerdos de un 
pasado glorioso, la dulce realidad del momento presenfte y la 
certidumbre de que esa juventud que ahora con entusiasmo de- 
lirante lo ensalza y aplaude, mañana cuando él haya rendido la 
noble y fecunda jornada de su vida sabtá hacer perdurable su me- 
moria repitiendo a las gentes venideras que fué él para 
nosotros el más alto símbolo de la mentalidad cubana 
contemporánea .que se nos piesentó a veces como un guía de la 
conciencia nacional y que siempre y en definitiva lo tuvimos por 
el primero y el más grande de nuestros maestros. {Atronadoras 
salvas de aplausos saluda/n al orador) . * 


15Q 


LAS ANTILLAS 


Enrique José Varona juzgado por José Ingenieros 


AL Dli, SERGIO CUEVAS ZEQUEIRA 

Muy estimado colega: 

A las Tiiuah'as razones de simpatía que irie inspiraban sus 
escritos, se ha agregado ahoia el hemnoso discurso de l'd. ei;' 
la recepción al Dr. Varona; en la Universidad. Conozco IíxIh la 
obra cientíñca y moral del ilustre pensador cubano; soy uno de 
sus más a i-d lentes a-dmiradores, y le tengo por una de las tres o 
cuati o grandes cumbres intelectuales de nuesti'a América. 

Con verdadero placer traniscribiré en la "Revista de Filo- 
sofía*" su discui'so, conjuntamente con el de Varona, asocián- 
dome así al justo homenaje de la Universidad que se ha hon- 
í-ado a sí misma al honra: con el título de profesor honorario 
al mas esclarecido de sais maestros. 

Aprovecho esta oportunidad para poner a su disposición 
las páginas de mi Revista, sabiendo que con ello haré un favor a 
todos sus lectores. 

Con la mayor estimación, le saluda muy cordialmente, 

JOSÉ INGENIEROS, 


161 


LAS ANTILLAS 



Gustavo Sánchez Galarraga. 


A JUSTO DE LARA 


Sobre la blanca fo.sa donde yaioes dormido, 
piadosamente dejo mi corazón dolido, 

como una ardiente lámpara 

Después, huyo, y míe pierdo, 
para llorar a solas, pensando en tu recuerdo. 
En esas tristes horas, la evosiación abarca, 
tus ojos de vidente; tus barbas de patriarca; 
tu frente donde siempre se anidó el pensamiento 
como un ágnila enorme ebria de sol y viento ; 
tu gesto reposado; tu continente noble, 
en el que palpitaba la mía j estad del roble, 
y tus augustos hombros, firmes bajo el Dolor, 
que reclamaban un manto de emperador ! 

¿En donde estás, maestro? ¡Que solos nos dejaste 
El sitial soberano que de gloria llenaste, 
¿Quién osairá ocuparlo, en la soñada Tule, 
Sócrates majeetuoso, sin Platón q^u^e lo emule ? 


152 


LAS ANTILLAS 

Tu gloria sobrecoge por su tamaño; es tanta, 
que, ante ella, tetmerosa, se detiene la planta; 
como un inmenso rio, sus márgenes expande, 

ceñida por las flores que brota el pensamiento 

i Yo, que soy tan pequeño, al cantarte, me siento 
cotaLí) un ave muy débil, en un ramo muy grande ! 
En torno a tus despojos, a la Patria se enlaza 
la varona invencible e intmortal de la Raza. 
— Hécuba junto a Antígona — ,y las dos, pensativas, 
deshojan amorosas y tiernas siesmprevivas, 
invocándote, \ oh, dulce seguidor de Quijano 
¡ que amaste las hazañas del héroe castellano ! 
¡ De aquel que, tantas veces, tu espíritu profundo 
contempló desasirse de la torpe cordura 
y preferir la roja visión) de la locuTa 
antes que la ignominia dolorosa del mundo ! 

Señor ! nunca los ojos apartes de nosotros 

¡Mira que aquella fuga de americanos potros 

y el estertor postrero del caduco león, 

que escuchaba D:airío, me hiela el corazón ! 

Pues sin patria ni raza, ¿Donde iremos, errantes?... 

¡ Pero miro tus ojo« irradiar centellantes 
,y la Esperanza siento que de nuevo me baña, 
porque ante todo déspota serán eterno azote 
la espada de Bolívar y el yelmo de Quijote, . 
en los hijos de América y en los nietos de España! 

G. S. GALARRAGA, 


153 


LAS ANTILLAS 


PLÉYADE 


Los escritores franceses mas eminentes prestan una atención 
especial al lenguaje. 

Son tan escrupulosos a este respecto, como Puigblandh. Her- 
mosilla. y Baralt. 

La nota 'íigniente de Sainte Be uve, puesta al pié de un ar- 
ticulo titulado Joaquín) du Bellay inserto en Los Nuevos Lunes, 
es una prueba irrecusable de mi aseveración : 

' * i Lo que es oarecer de literatura, aun cuando se posea un 
gran talento! En un discurso pronunciado el 15 de Septiem- 
bre de 1867 en Nántes, Routher. elojiando a Billault, termina di- 
ciendo que la historia colocará a éste en el primer lugar de 
fa pléyade de grandes hombres que desde 1789 han ilustrado 
nuestras asambleas parlalmentarias". Ahona bien, la pléyade 
no se compone sinio de siete estrellas, de si-ete! nombréis; i des- 
de 1789 si escojemos siete grandes oradores, Billault no será el 
primero, ni siquiera el últimjo de esos siete, Pero Rouher, n'o 
ha sabido ni literaria, ni astronómicamente lo que es una plé- 
yade. De aquí proviene su falta, mas risible todavía en la 
parte culminante de una peroración. Sin duda, él ha creído 
que pléyade significa simplemente una gran cantidad, manifes- 
tando así la falta de literatura finía, i primera. ¡Oh Cicerón, 
cuánta razón has tenido para exijir tanto a tu oradoír!" 


* * 


El Diccionario de la Academia Española no ha concedido 
carta de ciudadanía al vocablo pléyade, que acabamos de ver 
usado en francés por Sainte Beuve en el trozo copiado. 


154 


LAS ANTILLAS 

Solo acepta los sustantivos plurales pUyadas o pléyades para 
designar las estrellas tan nombradas por los navegantes i poetas 
de la antigüedad. 

Al proceder en esta forma, la docta corporación no ha hecho 
nvm que refrendar el uso de excelentes hablistas. 

Don José Gómez Hermosilla traduce como sigue la descrip- 
ción del escudo de Aquiles trabajado por Vulcano^ de que se 
trata en el libro XVIII de la Iliada. 

Allí grabó la tierra, el mar, el cielo, 

el incansable vsol, la luna lleuja ; 

i allí entalló tambif'^ "^ ^^.^o.. torios. 
que coronan al cielo ; las pleyadas, 

las híadas, el fuarte y aguerido, 
mientras vivió. Orion ; la Osa o el Carro 


Según críticos mui 'reputados, Anacreoiite aludió en la oda 
17 al pasaje que arjabo de transcribir. 

Voi a copiar íntegi-a c^a oda traducid i por don José del Cas- 
tillo i Ayensa. porque el cantor del vino i del amoi" es mui poco 
conocido entre nosotro». 

La composición cuenta siglos de existencia; pero será una 
novedad para muchos 

EL VASO 

Tú que labras la plata, 
fabrícam/e, Vulcano, 
no am-eses, que nio pienso 
mover batalla armado; 

Pero de bella forma 
harás un hcwido vaso, 
procuirando que sea 
lo mas que puedas ancho. 


LAS ANTILLAS 7; 

No grabes en su adorno, 
no gríibes ningún astro; 
ni el Orion maligno, 
ni el esplendente Carro. 

I Qué a mí con las pleyadas, 
ni menos con el tardo 
Bootes? Pon racimos 
de las vides colgados. 

Los Ménades me graba 
con afán vendimiando; 
i para el duleie moeto 
lagar proporcionado. 

I en oro a mi Bátalo^ 
i a Amor, i al lindo Baco 
me grabajrás, las uvas 
en el lagar pisando. 

Don Javier de Burgos trae la estrofa siguiente en su traduc- 
ción de la oda 14, libro VIII, de Horacio : 

* 
• • 

Cual al romper el seno 
de las nubes las pléyades, hostiga 
el golfo antes sereno 
el austro silbador; la la eniemiga 
caterva el héroe espanta, 
que el brindon a sus reales adelanta. 

El sustantivo plural pleyadas o pléyades tiene, como acaba 
de verse, poderosos valedores i «e l|!ailla lautorüzado ''por da 
Academia. 

i Querrá decir esto que no puede usarse en singlar 1 

156 


LAS ANTILLAS 

Escritores mui distin^idos le han dado e5?te númeiro, apli- 
cándolo a denotar colectivamente un grupo de estrellas, i, por 
lo tanto, figuradamente una reunión de grandes hombres que 
brillan) en la soaáedad por su lit-eratura, su ciencia, su valor, 
su virtud. 

Don Vicente Barrantes, en el prólogo de sus Narraciones Es- 
tremeñas, habla de la obra emiprendida para afianzatr el cato- 
licismo "por la insigne pléyade de varones españoles desde el 
cardenail Cilsnéros hasta Santa Teresa de J-esus i San Ignacio 
de Loyola". 

Eni los Principias jenerales de literatura e historia de la 
literatura espf^ñüla, obi«a escrita en colaboración por don Ma- 
nuel de La Revilla i don Pedro de Alcántara García, leo esta 
frase : 

' ' Ya hemos dicho lo que era la corte de don Juan ; verda- 
dera pléyade de hombres ilustres por su cuna i saber", (tomo 
II, lección XX, páj. 229). 

I)(m Ventura d-e la Vega, en la epístola A don Mariamo Roca 
de Togore^, Marques de Molins, en la muerte d-e su esposa^ se 
espresa de este modo: 

Allí en verso trotón, i a voz en grito 
lloraba su vejez anticipada 
un melenudo imberbe mancebito. 

Otro de la romántica pleyada 
que tres lustros de edad mostraba apenan 
al blando arrullo de niñez mimada. 

Lloraba desengaños a docenas 
de esta imperfecta socied^id que al hombre 
ata al nace-r con grillos i cadenas . 

Don) Benito Pérez Galdos, en el capítulo XI de su célebre 
novela Do-ña Perfecta, ae espresa así : 

''Si el tiem^Do era bueno, aquellas eminentes lumbreras de 

157 


LAS ANTILLAS 

la cultura wrbsaugustina se dirijían, siempre con la indispea- 
sable capita, al titulado paseo, de los Descalzos, el cual se com- 
ponía de dos hileras de tísicos olmos i algunas retamas descolo- 
ridas. Allí la brillante plíi]' de atisbaba a las niñas de don 
Fulano o don Perehieejo. que también babian irlo a paseo i la 
tarde se pasaba regularmente". 

En el volumen titulado Cuarenta dias en la\ Esposioión, 
doña Emilia Pardo Bazan trae esta frase: 

"Con tener tan nuttnerosa i brillante representación Franu 
cia en el gran Rail, todavía se oye decir que faltan^ o poco 
menos, bastantes artistas, una pléyade nueva y de tendencias re- 
volucioniarials". 

Don Manuel Cañete escribe a la pajina 55 de »u obra ro- 
tulada Teatro Español del siglo XVI: 

"¿1 si a esta pléijada de injeniosos cultivadores de la mu- 
sa escénica alguno de los cuales alcanzó lauros de Marte mili- 
tando en la guerra de Granada) se unen un Francisco Fleire 
i un Cristóbal Jil . . . . | cómo no sorprenderse i admirarse de 
esos aventurados juicios?" 

Don G-aspar Núñez de Arce dice en su elejía A la^ muerte 
de don Antonio Bios Rosas. 

¡ Qué espontáneo i feliz renacimiento ! 
i Qué pléyada de artistas i escritores ! 
En la luz, en las ondas, en el viento, 
hallaba inspiración el pensiamiento, 
gloria el soldado i el pintor colores. 

I en su Discurso sohre la poesía, Núñez de Arce usa mas de 
una vez este vocablo, eomo aparece del ejemplo siguiente: 

"Cuantos empezaimos a doblar el cabo de la vejez, tene- 
mos aun presente la fiebre con que en niuestnai juventud se eiso- 
licitaban las novelas de la inspirada e incansable pléyade de es- 
critores que dio a luz la revolución rotaiántica de 1830". 

Don Andrés Bello usa el sustantivo mencionado ya en) plu- 
ral, ya en singular. 

Leo en la Cosmografía : ' 

158 


LAS ANTILLAS 

"Eckando una mirada a ios cielos en una nociie serena, 
observaremos ae treclio en treclio eiertüs grupos en que ias 
üstrelias esian como mas condensadas, que las de ias r ejiones 
vecmas. lun ias pLeyudes o cabriüas, se notan seis o siete, si 
stí ias mira de irenDe, i muciías mas si se vuelve ia cajia a otro 
lado, manteniend(j ia atención tija en eiias. Con el telescopio, se 
ven liasta cincuenta o seí^enta . 

J^n un articuio titulado Víctor Hugo i su escuela, traducido 
por i5eiio, este se espresa como sigue: 

••liO diré traneamente, auu a nesgo de ofender a la pléyade 
de poetas que gravitan ai rededor de Víctor Hugo". 

Don Cristino >.!:' ;- n •■ ü ■ 1í*>'íJ uiuiado La revolución 
de Julio en 1845, capítulo 1, párrafo '¿, pájma 28: 

••Allí e.^taba ei grví;!! poeta Quintana, el inspirado cantoi 
de ios albores de nuestra libertad, ei patriarca de las letras es- 
pañolas, últimia reliquia de una pléyada de nombres, gloriosos 
ya en las pajinas de ia historia. 

Don Mariano liüca de Togóres escribe en su biografía de 
Bretón de los Herreros, capítulo VI, pajina 43: 

''Tiempos felices de lirismo, de paz i amor eran aquellos, 
no para Bretón solo, sino para toda la pléyade de poetáis". 

Don Juan de la Pezuela. traductor de la Jermalen libertada 
i de la Divina Comedía, dice en un Elojio fúnebre de don Ven- 
tura de la Vega, leído en la Academia el 23 de Febrero de 
1866: 

"Estos (varios literatos, entre los cuales estaban Segovia, Es- 
cosura, Bretón, Lan-a, Mesonero, etc) eompusieron aquella 
pléyade luciente, que en los años que tianscurrieron desde el 24 
en adelante, empezó a brillar en el cielo que, como dice uno de 
.los mas grandes injenios de España i del ininido. ]>. r hallarse 
bajo el ceniit de la Lira, goza el privilejio de tener por hijos a 
tantos i tan famosísimois poetas". 

Don Fermín de la Puente i Apeceehea se espresa como sigue 
en la contestaeión dada al discurso pronunciado por don Anto- 
nio de los Ríos i Roisas al íncorpora^rse éste como individuo de 
nomjero en la Acadiemia Española el 12 de Febrero de 1871 : 

159 


LAS ANTILLAS 

"En el claustro uaiiversitario, como em el foro i lá miajistra- 
tura, hijos de aquella escuela, fundada por don Alfonso el Sa- 
bio, o de la. escuelai de Salamianca, importada allí por don Toribio 
MuAoz, i de la cual era ¡representante don Diego Suárez forma- 
ban la pléyade mas numerosa de todas" . 

Don Tomás Rodríguez Rubí dice en su contestación al dis- 
curso pronunciado por don Toimás del Corral i Oña el 8 de 
Julio de 1879 al tomar éste posesión de su asiento en la Acá- 
deimia Española: 

''Abstracción hecha de tan ilustre pléyade, es harto notorio, 
por desgracia, que, entre los don Eleuterios i don Hermójenes 
del día, existe uní inmoderado afán, una insaciable sed de exhi- 
bición, de celebridaid, de aplauso". 

En el Manual de Mitolojía publicado por don Patricio de 
la Escosura, impreso en Madrid en 1845, se encuentran las voces 
pleyadas, pleyada i pléyade, según se ve por los ejemplos que 
copio a continuación : 

"Atlas, enlazándose con una de las Occeánidas llamada Pleio- 
3ie, hubo en ella a las siente pleyadas cuyos nombres son". . . . 
(Páj. 23). ^ ^ I - ^:|^ 

"Padre de Ixion fué Flegias, hijo del dios Marte i de Crisa, 
hija de Almo ; éste nació de iVLérope, la Pleyada invisible, i de 
Sisifo, hijo de Eolo i fundador de Corinto" (páj. 118) . 

"De Sisifo el hijo de Eolo, i Mérode la Pléyade, nacieron 
varios hijos, entre los cuales el argonauta Glauco" (páj. 268). 

Don Leopoldo Augusto de Cueto dice, en el -ca^pítulo priane- 
ro, tomo I, de su Bosquejo Msiórioo- crítico de la poesía casteUama 
en el siglo XVIII: 

"La afectación de la pléyade francesa del tiempo de Luis 
XIII, etc., etc." 

En este último ejemplo, pléyade está tomando en el mentido 
que le daba Sainte Beave: se trata de una sociedad de siete 
poetas fundada en el siglo XVI, a saber Ronsard, Joaquin du 
Bellay, Baif, Dorat, Remijio Belleau, Jodelle i Penthus de 
Thiard. 


160 


LAS ANTILLAS 

¿Es tan exacto, sin embargo, que los antiguos toreyeron to- 
dos que las pléyades eran solo siete? 

No me parece. 

üon Roque Barcia, en su Diccionario etimológico de la lengua 
castellana, dice entre otras cosas, ai tratar del vocablo pléyadus 
o pléyades^ lo que reproduzco en seguida: 

PLÉYADE POÉTICA. Conjunto de siete poetas. Nombre 
dado por elojio a la reunión) de siete afamados poetas griegos 
de tiempos de Ptolomeo Filadelfo: Licofiron, Teócrito, Arattis, 
Nicandro, Homero el joven, Apolonio de Rodas i Calimaco. 

Algunos antiguos contaron trece poetas en esta PLÉYADE". 

Véase lo que enseña con respecto a la constelación de las 
Pléyades el abate don Lorenzo Hervás eni su Viaje estático al 
mundo pUhietario (tomo lY,, 9., páj. 210) . 

''8e conjetura prudentemente que una de las siete estrellas 
de las Pléy'^des se ha visto i ocultado en diversos tiempos 
Hornero, Átalo i Jémini cuentan solatmente seis estrelláis en las 
Fléyadas; i Simónides, Hiparco, Clareo, V^airon, Plinio i Tolo- 
meo cuentan siete estrellas ; por lo que Ovidio, en el libro lY 
de sus Fastos, dijo: 

Quae- septum dixi^ sex tamen esse solent, 

Galileo, en la observación que hizo i publicó de las Pléyadee, 
dice : — ^He delineado las seis estrellas de Tauro, llamadas Pié- 
yadas; digo seis, porque la séptima casi nunca se vé ; enitfie 
ellas, hay mas de cuarenta estrellas invisibles de las que he no- 
tado solamenfte treinta i seis. Hire, en una memoria suya, de- 
lineó sesenta i cuatro estrellas en las Pléyadas; i sospechaba 
(dice Cassini) que su situación es diferente de la que les da 
Riecioli " . 

Don Andrés Bello asienta que con el telescopio se alcanzan 
a contar hasta cincuenta o sesenta. 

¡ Quién! sabe cuántas mas habrá, escudriñando el cielo con 
un instrumento mas poderoso! 

i Quién sabe ! 

161 


LAS ANTILLAS 

lili libro azul i el libro verde, como Calderón llaoiua ai cielo i 
a la tierra, conitii<^iien miuchísimas págioas dlesconocidas que 
poco a poco s€ van defletreando. 

Sea lo que fuere, el hecho es que el estado actual de la cien- 
cia astionómieai lejitima la mayor compresión que en el dia se 
atribuye al vocablo sobre que he discurrido. 


* * 


En ^jonclusión opino que la Academia debería aceptar el 
singular pléyada o pléyade, ya que el uso de eminentes escrito- 
les se lia pronunciado a este respecto. 

Se argüirá tal vez que este vocablo vendría a tener en singu- 
lar una sig-niíicación diversa de la que se le atribuye en plural; 
pei'o esto mismo sucede con muchas otras palabras castellanas, 
tales como bienes (hacienda o patrimonio) esposas, (prisiones), 
grillos, (id), tenaza^, tijeras, cabrillas (grupo de estrellas), etc. 
Por lo tanto, aun este escrúpulo debe desecharse. 

Miguel L. Amunátegui Reyes, 


162 


LAS ANTILLAS 


LA CANCIÓN DEL PÁLIDO 


Hace ya cinco lustros que a esta montaña 
dentro de una cajita vine de España, 
y cuando estuve fuera de la cajita, 

amparóme en sus brazos mi madrecita, 
una moza discreta, de veinte abriles, 
mas fragante que el lirio de los pensiles, 
mas airosa que el junco de la sabana, 
mas pura que el rocío de la mañarna, 
mas santa que los santos, linda y morena, 

y alegre como noi^he de Noche Buena 

¡ Una criolla 
digna del prodigioso pincel de Goya! 

Desde que el sol su cauda de luz extiende 
hasta que, en mil pedazos rG4;a, la prende, 
cual brillantes tachones, del alto cielo, 
el sudor de su frente brindaba al suelo 
a^quel por quien mi madre fué tan querida 
que al darle el prim.er beso, me dio la vida ; 
el que acopiaba el fruto de los iraizales 
y en oro convertía los cafetales, 
paia dar como prueba de su cariño 
bienestar a la madre, goces al niño, 
y la esperanza 
de un porvenir repleto de bienandanza. 

i Ya murieron mis padres ! Ya no los veo 
sino al través del lente de mi deseo ! 
Ma s cuando con el alma triste y llorosa 


163 


LAS ANTILLAS 

voy a decir mis penas junto a su fosa, 
donde sus galas luctn flores tan bellas 
que parecen hermanas de las estrellas 
recibo tu el perfume de aquellas flores 
lili mensaje de"; alm'a de mis mayores. 
¿Como no idolatrarte, lieiruca mía, 
si guardas un tesoro de tad valía? 

i Yo te prefiero 
a todas las regiones del mundo entero! 

Me deleité de náño por tu llanura.; 
gocé de tus riachuelos k linfa pura; 
tu sol esplendoroso vi frente a frente/ 
e hizo brincar mi sangre su beso ardiente. 
Sorprendí los misterios de tus boscajes, 
y audaz como ninguno, de los ramajes 
hice caer tus frutos apetecidos, 
y de los zumbadores cogí los nidos; 
y iil .'olver, orgulloso de mis campañas, 
llevé a mi testa, en premio de mis hazañas 

como laureles, 
tus lirios, y tus rosas y tus claveles. 

^'o conozco a una niña de tu .campiña, 
y me muero de amores por esa ndña ; 
y trepo a los arbustos y salvo peñas 
(letras de pomarrosas y calambreñas, 
que de placer desmayan cuando las toca 
del ángel de mis sueños la dulce boca. 
Yo diademo de rosas su frente pura; 
llevo un haz de claveles a su cintura ; 
le brindo encúbanos para el cabello ; 
hago un collar hermoso para su cuello 

con peronías^ 
y así i'anibio sus duelos en alegrías. 


164 


LAS ANTILLAS 

En premio a mis fatigas, me echa los brazos 
y cnanclo yñ me tienen tan duJces lazos, 
pon ién lose mas bella con sus sonrojos, 
a])]asta con Jos mios sus labios rojos, 
y es como si mi boca saboreara 
del p>anal m^as sabroso la miel mas cara ; 
y de a^qnellos ojazos negros y ardientes 
rae inundan las miradas resplandecientes, 
y es como si rompiendo sus ligaduras. 
a millones bajasen de las alturas 

estrellas bellas, 
y entraran en mi pecho tantas estrellas. 

No hay coloj' mas hermoso que el de tn cielo 
ni flores que aventajen las de tu suclo. 
ni campiña mas fértil que tu campiña, 
ni fruta tan sabrosa como tu pina, 
y no tienen las selvas otros cantores 
que canten como cantan tus rui'í?eñores. 
No hay mujeres que quieran cual tus mujeres^ 
y es el más refinado de los placeres 
apurar en la hamaca, poquito a poco. 
•al ra-iior dídeitable de manso no, 
('] café, q.n tus glorias canta en el coco, 
y mi purf) d*:* las vegos de Comerío. 

Porque fnisle la cuna de mis mayores, 
y en ti nació la virgen de mi>, amores. 
y halagas mis sentidos con la belleza 
que en tu suelo ;1ei'rama Naturaleza, 
y son tuyos el aire que yo respiro 
y el cristal do la fuente donde me miro, 
perla del Lniverso yo te proclamo, 
y sintiendo que es tuya mi vida, exclamo : 
"¡ Mal haya el miserable que en ti nacido, 
lo mucho que te debe ponga en olvido. 
y que por redimirte, morir no quiera 
arropado en el lienzo de tu bandera ! " 

VmaiLIO DAVILÁ 

165 


LAS ANTILIjAS 


UN VOTO DE CALIDAD 


SB. BE. SERGIO CUEVAS ZEQUEIBA 

Mi distinguido amigo y admirado comípatriota : 

He leído con placer y eon ternura a la vez, el tiitere 
san te periódico ''Las Antillas", que con tanto acierto dirige 
TJd. y en cuyas páginas pone de relieve sus oonoeimientos lite- 
rarios y sn exquisito araor a esa islita azul que fué nuestra 
adorable cuna en la que yo tengo siem^pre fijos, el pensamien- 
to y el corazón, para que el espíritu se regocije mirándola, a 
la distancia a través de las nieblas del mar y del cielo ! Ud. 
ha recogido en esas brillantes páginas nombres de puertori- 
queños amados, para con ellos, honrar y enaltecer a la patria, 
que lo vio niaser y a la que Ud. mismo ha sabido honrar con 
■^siis nobilísimos esfuerzos, desde edad temiprana. con propios 
merecimientos. Déjeme felicitarlo a Ud. y a los que con Ud, 
laboran para llevar a cabo tan generoso propósito: la unión 
espiritual, intelectual, y moral de ''Las Antillas" hermana- 
das por las azules ondas del mar Caribe^ bajo la diáfana techum- 
bre de un mismo cielo. 

¡ Tan cerca están; de nuestro corazón, unidas por el amor 
de uns sueño, y por la esperanza de un mismo ideal! 

Amémonos /en la esperanza, como nos amamos ante el 
dolor! Tengamos fe en el hermoso porvenir de ''Las Antillas". 

Estudi^emos^ sin prejuicios nuestra historia y (aproveche- 
mos las enseñanzas de nuestro presente ! Adelante, pero aiman^- 
do siem^pre! 

De Ud. cariñosamente amiga y entusiasta admiradora, 

LOLA Tío. 
166' » * *. —** 


LAS ANTILLAS 


EL VASO ROTO 


( Traducción de Stilly-Prudhome . ) 

El vaso donde muere ena verbena 
de un golpe de abanico fué rajado : 
más golpe que por blando no resuena, 
el vaso deja apenas lastimado. 

Un día y otro día la hendidura 
clava constante en el cristal su diente 
y con marcha invisible aunque segura 
al vaso da la vuelta lentaimente. 

Filtrando el agua pura gota a gota 
el jugo de las flores se ha perdido: 
nadie en el vaso la hendidura nota. .... 
pero no lo toquéis . . . . ¡ está partido ! 

Así a veces la mano más queiida 
solo al tocar el corazón lo hiere, 
ensancha luego el corazón su herida. 
y al fin la flor de nuestro amor se muere. 

A los ojos del mundo intacto queda 
mientras honda, en su seno adolorido, 

crece la herida y llora con voz leda 

pero no lo toquéis ; está partido ! 

J08E ANTONIO CORTINA 

167 


LAS ANTILLAS 


UN OLVIDO QUE VA REPARÁNDOSE 


(ARTICULO ESCRITO PARA EL ÁLBUM DE LA GUERRA) 

La eausa del Derecho, de la Demooiacia y la Justicia ha 
unido en estos momentos escepeionales de la huímanidad a dos 
graiüdes repúblicas: Francia y Estados Unidos. Soldados de 
Pershing y soldados de Foch, aca(ban de pelear, codo con codo, en 
las orillas de] Marne como juntos pelearon hace mes de un 
siglo soldados de Washington y .soldados de Lafayette en las in- 
mediaciones (le York Town. La más grande república de Euro- 
pa. Francia; la más grande república de América con la viril 
decisión que unidas empújalas al combate reafirman con nuevos 
hechos portentosC'S un nexo espiritual y patriótico que a tra- 
vés de los tiempos se ha mantenido eomo gallardo exponente 
de la devnción de esos dos pueblos a los impulsos de la li- 
bertad. Al pisar las tropas expedicionarias la gloTiosa tierra 
de Francia experimentaron la enorme satisfacción de ver cum- 
plida 'una inmensa deuda de gratitud; toda la inmensa deuda 
de gratitud de un pueblo poderoso que se resume en estas 
breves y emocionantes palabras de Pershing ante la tumba de 
Lafayette: " General: aquí estamos los norteamericanos, para 
hacer por Francia, lo que hiciste por nosotros". 

Debidamente se ha glorificado el nombre de Lafa- 
yette, de aquel gallardo paladín de la Libertad como un sím- 
bolo de la contribución francesa el grandioso empeño de la in- 
dependencia morteamericana . Los Estados Unidos lo han recono- 
cido así desde hace ya mucho tiempo, y son innumerables las 
ocasiones en que han honrado su memoria". 

Centenares de pueblos llevan su atrayente nombre y centena- 
les 


LAS ANTILLAS 

res de estatuas se elevan en los parques públicos para recordar la 
virtud de los fuertes y de los sabios. Bien han estado esos tri- 
butos de cariño y de admiración a Lafasyette, aunque su 
contribución material no sobrepujó al efecto moral qiue su viaje 
produjo en el pueblo americano en los momentos de la lucha 
despiadada co Ira la Me ópoli y en que las vicmi.is de Lexiiiff- 
ton, Biuilicr Ilill. T -fioü y Sarato^^a se alt-":i<i'"'.. n i-otí i .> i* 
trotas de Long Island AN^xite Plains y FiladeUia, .Justificadísi- 
mos están cuantos loores en estos últimos tiempos se han ento- 
nado a Lafayette, precisamente por la contribución de los Es- 
tados Unidos al conflicto universal jonto a los países de la en- 
tente. Pero creemos también que la ocasión es muy propicia pa- 
)-a sacar del olvido inexplicable y de la relegación injustificada 
a otro francés muy ilustre, que también peleó bravamente 
por la independencia americana: que surcó el océano con mil 
comipatriotas por sei-vir la eausa de la Libertad y propender a 
que apareciera una libi'e nación mais en el mundo. Nos referi- 
mos a aquel viejo mariscal que se llamó el conde de Ro^ham- 
beau . 

Don Juan Bautista Don aciano de Vimeu, conde de Rocham- 
beau nació en Vendóme en 1725, ingresó en el ejército de su patria 
en 1742 y cuatro año« después fué ayudante de campo de Luis 
Felipe de Orleans. Coronel en 1747- se distinguió en los sitios 
de Maestrich y Mahon y en la batalla de Closter Camp en 1760 
en donde fué herido y promovido a Mariscal de Campo. En 1780 
víeío con una expedición de seis mil franceses a los Estados Uni- 
dos. Fué allí un buen consejero de Washington en cuyos planos 
bélicos trabajó material e intelectualmente. A su regreso a Fran- 
cia el Rey le concedió el coi don azul y el gobierno de Picardía. 
Aceptó los principios proclamados por la revolución francesa 
y tuvo a su mando uno de los ejércitos del norte contra la 
coaligados antirepublioanos. Disgustado con el Ministro de la 
guerra Dumouriez dimitió el cargo y se retiró a su ciudad na- 
tal. Detenido y conducido a la Conserjería en 1793 cuéntase que 
iba a subir, después de Malesherbes en la fatal carreta, para 
ser guillotinado, cuando el verdugo, notando que ya estaba lle- 
na, lo rediazó l>i uscamente^ y le dijo; ''Retírate^ viejo Mariscal; 

169 


L A S A N T I L L A S 

ya te llegará el turno". A esa feliz coincidencifa debió la vida. 
Po3o después fué puesto en libertad. En 1803 Napoleón Bona- 
parte le presentó varios generales que habían servido a sus 
órdenes, diciéndoles : 'Mariscal, aquí tienes tus discípulos". A 
lo que éste contestó: ''Los discípulos han aventajado al maes- 
tro". Rochambeau escribió un libro sobre su accidentada vida 
titulado "Memoíia" y murió en 1807. 

El viejo Mariscal no ha tenido aun la consagración que se 
merece y la aureola que circunda a Lafayette obscurece y rele- 
ga a segundo plano, a quien la Justicia y la Historia debe po- 
nerle a su lado, en primera línea . 

Así lo ha eiiftendido el Presidente Poincaré y en su brillan- 
te discurso de salutación al Presidente Wilson^ cuando el arri- 
bo de este a París, así lo expuso: 

"Pieles a la memoria de Lafayette y Rochambeau habéis 
venido". 

Unamos en todos los momentos hermanados perfectamente los 
recuerdos a Lafayette y Roehamheau y así una pretenrición in- 
justa no nublará la gratitud de um pueblo". 

ANTONIO IRAIZ08 


170 


LAS ANTILLAS 


UN SONETO CELEBRE 


Sé, lector, por una arraigada tradición que arranca de los 
días mismos en que el poeta lo improvisó en el palacio episco- 
pal de esta: ciudad, que el soneto ''La Ilusión", célebre en la 
historia de nuestra literatura, es obra debida a la genial inspira- 
ción de Manuel de Zequeiía y Arango, y que, al conjuro de cier- 
to texto latino — sic transit gloria liujus mundi — ofrecido por un 
prelado al cantor de Zaragoza, fluyó expontáneo de los labios de 
éste, tal comf) abora lo conocemos y celebramos. 

Manos, no menos diligentes que entusiastas, trasladaron' los 
versos al papel, y difundida la composición, primero por la ciu- 
dad, mas tarde poi la isla, contribuyó a acendrar la admiración 
que su autor había ya empezado a conquistar entre sus contem- 
poráneos. 

Esto mismo en lo esencial, y sobre poco mas o menos, afir- 
mi o\ benemérito Padre Várela al editar, en 1829 las poesías de 
Ze(|ueira. y lo propio, aunque designando precisamente al obispo 
Espada como inspirador del soneto, atestigua en 2 de Mayo de 
1846, a 'laiz de la muerte del poeta, su bijo Manuel en la bio- 
gi-afía publicada sin firma de autor en el Faro Industrial de la 
Tlahana, y puesta después al frente de la segunda edición de las 
susodiehes poesías, fechada en el año de 1852. 

De todos los testimonios precedentes brota unánime la convic- 
ción de que fué Zequeira autor del soneto ; pero ni la tradición 
que religiosamente guardo en la memoria, ni el autorizado voto 
de Vaiela que publicó los versos de aquel, cuando aún vivía y 
gobernaba la diócesis habanera el señor Espada, atribuyen a este 
ilustre mitrado tan caro al corazón de los cubanos, la gloria de 
haber inspirado aquella oomposición. 

171 


L A S A N T I L L A S 

Más bé aquí lector, que no obstante el universal asentimiento 
con que en la Haban, y por lo memas desde 1829 se venía recono- 
ciendo a Zeqiieira. con no discutido imperio como autor del so- 
neto famoso, los pj opios catorce versos que lo forman, surgen ino- 
pinadamente bajo el novísimo ttíulo de "Si(f'ño'\ en la colec- 
ción de })()o>ías df Mai'iiel -lasto Hnbalcaba. (lUc. con laudable 
celo por la i)atri.i literatura publicó el señor Luis A. Baralt 
en el año de 1848. 

El yerro, porque lo hubo leainiente en at}iibuir al raerití- 
simo poeta oriental la obra de Zequeira, es de los que encuen- 
tran fácil y cabal explicación, y a proveernos de ella, acude con 
inusitada preslez! y noble sincci-idad. el mismo Baralt. como 
podrá ver el lector pe/, las razones ípic adelantando^ a toda 
objeción y a toda polómi,'a, aduce en las primeras página-s del 
libro a fiue me refiero, y que yo a continuación, puntualmente 
paso a transcribir. 

"Por lo demás, cúmplenos advertir (jue babiendo tomado 
estas piezas líricas de donde lia habido lugar no podemos garan- 
tizar ([ue todas, todas pertenezcan al autor a quien el vulgo las 
atribuye, pues si bien no hemos compaginado ninguna sino des- 
pués de un escrnpuloso y detenido examen, cotejando el fondo el 
estilo, la elocución y los giros de cada una, con los de que 
acostumbraba valerse Rubalcava conforme los habíamos estu- 
diado ou otras inr-ontestablemente escritas por su pluma, como 
sin embirj^'o^ esto no bíiiida autenticidad, y que si una sola 
por desgracia se hu-biera deslizado sin e-^ta advertencia todas 
se harían sospechosas, ¡lu^nms creido prudente establecer salve- 
dad, asegurando a la vez que no puede por n-uestra intención 
dársele mas latitud que la de referrila a una o dos comlposicio- 
ns de las que encienrra la presente obra. Tal es el magnífico 
profundo y popular soneto del Sueño que concluye con este 
pensamiento moral: Así pchmv Uis glorias de este mundo y que 
hemos insertado no porque ignorásemos que lo ha sido entre 
las poesías del célebre y malogrado don Ma.nuel Zequeira (solo 
según se asegura por haberlo encontrado entre sus papeles) 
sino porque contra este he^ího y la validez de sus consecuencias 
obran varias razones ..." 


172 


LAS ANTILLAS 

Pero estas razones, aigrega ing-enuarnente el editor de Rii- 
baicava, no constituyen autenticídAid, y por eso sin dnda Cuha 
Poética y el F<^rnaso Cubano, los dos grandes florilegios de 
nuestra poesía-, puestos a elegir entre la serena convicción de 
Va>rela en 1829, y las justificadas vacilaciones de Baralt en 1848^ 
adjiídicaron, sin titubear al bardo habanero la posesión del dis- 
cutido soneto. 

Corren por el mismo cauce los juicios de Luáces, Zambra- 
na, Piñeyro y Guit^xas en e:Ste interesantísimo debate, y a .2on- 
firmar su fallo parece erguirse entre otras composiciones de me- 
nos cuenta, aquel gemelo de La Ilusión, titulado El Valor, 
que por su forma y por su fondo^ por el ritmo de sus estro- 
fas, y por la austera majestad de sus pensamientos proclama 
con abrumadora eviden'cia el origen comúu de ambas poe-sías. 

Pero mas alto que x>ii<liera hacerlo cualquier otro testimo- 
nio, habla con la fuerza de una inapelable demostración en pro 
de Zequeira, el Papel Periódico de 30 de Diciembre de 1798, 
supuesto que, en la edición de ese día aparetse, llevando al pié 
la firma de Ezequiel Armuna — ^transparente y bien conocido 
anog/ama del nombre de aquel ilustre autor — el mismo soneto 
que había de ser, andando el tiempo, objeto de tan apasionada 
controversia. 

Inútiles han sido hasta el presente mis esfuerzos para dar 
en archivos o bibiliotecas, con el número de aquella memjorable 
publicación, correspondiente a la fecha alndida; pero, a falta 
del documento fehaciente y vivo con toda su virtud probatoria, 
válgame, por lo que tiene de insupera*ble en estas materias, la 
autoridad de Don Marcelino Menéndez y Pelayo que en la pá- 
gina 226 del primer tomo de su Historia de la Poesía Hispano- 
Americana, dice! textualmente refiriéndose al asunto: "Para 
mí la .cuestión está resuelta, puesto que en el Papel Periódico 
de la Habana, número de 30 de Diciembre de 1798 he encon- 
trado este soneto firmado Ezequiel Armuna, anagrama de Ma- 
nuel Zequeira". 

Resuelto en última instancia y sin ulterior apelación posible 

173 


LÁSAÑTILLAB 

el histórico litigio, no queda menos comprobado, de acuerdo 
también con la tradición de que antes hice mérito, que habien- 
do llegado a esta isla el señar Espada a principios de la pa- 
sada centuria, es un anacronismo bien patente atribuirle la ini- 
ciativa e inspiración de los versos cuya paternidad se ha venido 
debatiendo hasta el presente. 

A este respecto, y por de -contado, dejando vagar el pen- 
samiento, rio abajo por la peligrosa corriente de la hipótesis, 
doime a veces a saponer que, si el soneto, como otros muchos 
del mismo autor, no se publicó en los papelee hasta años des- 
pués de comcebido, pudiera muy bien haberlo inspirado el Itmo. 
Señor Don Luis Peñalver y Cárdenas, bien así como, con oca- 
sión de la fiesta que para consagrarle obispo de la Luisiana se 
eelebiara en esta ciudad, dio a otro ilustre hijo de Cuba, el 
Padre José Agustín Caballero, motivo para escribir, traducién- 
dolo libremente de los fastos de Ovidio Nasón un canto de re- 
gocijo. Y ahora, lector, porque no quede cabo sin atar en lo 
que atafie a las peripecias del asendereado soneto, sábete que 
no paran aquí sus aventuras, sino que, también rebautizado con 
el título de Sueño y con ligeras variantes en dos de sus versos 
sale de nuevo a la palestra en las Ohras Poéticas Escogidas de 
Claudio Momerto Cuenca, publicadas eii' París por la casa de 
Garnier, con una biografía debida a la pluma de Don Teodoro 
Alvarez, y un prólogo de Don Miguel de Toro y Gómez, y 
porque mas al universo asombre el destino de esta singular 
composición, en la América Poética de José Domingo Cortés 
aparece en la página 311 con su legítimo nombre de La Ilusión 
como obra de Don Daniel (sic) de Zequeira y Arango, y en la 
página 605, disfrazada .con el pseudónimo de Sueño y con las 
dos variantes de marras, en el acápite dedicado a Cuenca. 

De este escritor argentino, nacido en 1812 y mTierto en ae- 
eión de guerra en' 1852, afiírma su biógrafo que nada pu- 
/blicó en vida y que merced a la solicitud de un amigo se die- 
ron a luz en 1867 sus composiciones poéticas, y en verdad 
lector, que estas oportunas salvedades, no solo recuerdan las 
de Baralt, sino que vienen a robustecer la opinión ya hoy irre- 

174 


LÁSANTlLLÁá 

batible de que fué Zequeira indiscutible autor de aquel soneto. 
que si nació de repente en unía hora de feliz improvisión, pare- 
ce destinado po rsu mérito real, y por los accidentados vaivenes 
de su Jiistoria a vivir eternamente en la memoria de los cubanos . 

SERGIO CUEVAS ZEQUEIRA 


175 


LAS ANTILLAS 


LA ILUSIÓN 

ñh'.^ transit gloria mundi. 

Soñé que la fortuna en lo eminente 
Del mas brillante trono, me ofrecía 
El imperio del orbe, y que ceñía 
Con diadema inmortal mi augusta frente: 

Soñé que hasta el ocaso desde oriente, 
Mi formidable nombre discurría ; 
Y que del septentrión al mediodía, 
Mi poder se adoraba humildemente. 

De' triuD'f antes despojos revestido. 
Soñé que de mi carro rubicundo, 
Tiii aba César con Pompeyo uncido : 

Despertóme el estruendo furibundo, 
Solté la risa y dije en mi sentido: 
Así pasan las glorias de este mundo. 

MANUEL DE ZEQUEIRA Y ABANGO 


m 


LAS ANTILLAS 


DOCUMENTOS HISTÓRICOS 


Dor. 1). Diego Josef Rodrígz. Tnte. C. Bdo. 
(le esta Parroql. del Esptu. Sto. de esta Ciud. de la 
Hava. Gertifíeo. donde convenga que en el Libo. 3 
de Bauts. de Españoles a f. 188 Bta. pa. 4a. N. 
1133 está ana del Tenor sigte. 

Jueves trece de 8pbre. de mil sietecs sesenta y 
Quatro As. Yo I). Dn . Puanco. Gonzs. del Álamo 
Tente, de Ca. Bdo. de esta Parroql. del Espu. Sto. 
de esta ciud. de la Hava. puse los Stos. Olios a un 
Niíío que naci(5 a veinte y ocho de Agosto proxmo. 
passado, hijo lexmo. de 1). Simón Jossef de Zequei- 
ra y de Da. Sebastiana de Arango, nats. de esta ciud, 
alq] . Niño avia yo Bautdo. antes privadamente pr. 
necesidad y en el dho. Niño excercí las Sacras. Se- 
rems. y preces y le puse pr. nombe. Maní. Augu. 
de Esquipula lo tuvo en las Santas Cerems. Da. An- 
ta. Ma. de Arango y lo fiarme, — Dor. Franco. Gonzs. 
de Alarmo . 

Concuerda con su origl. qe. queda en Archo. de 
mi cargo. Hava. y Diere. 17 de 1773. as. 

DOR. DIEGO JOSSEF PEBEZ RODRIGZ. 

Copia de la fe de bautismo de D, Manuel de Ze- 
queira y Arango. 


177 


LAS ANTILLAS 


DOCUMENTOS HISTÓRICOS 


II 


Monseñor Doctor Manuel García y Bemal Pbro. 
Camajrero de S. S. Benedicto XV, Misionero Apostó- 
lico Canónigo Doctoral de esta Basílica Metropolita- 
na, Cura del Sagrario de la Misma etc. . . 

Certifico: Que en el Libro 7o. de Entierros de 
Blancos folio 54 número 97 se encuenttra la siguiente 
Partida : 

Año del Señor de mil ochocientos cin.3o : en cin- 
co de Noviembre : Dn. Manuel Justo Rubalcaba, sol- 
tero, hijo legítimo de Dn. Nicolás y de Da. Mariana 
Sánchez : 

En Comon. de N. S. M. Yga. murió: cuyo cuen- 
po en la dicha Metropolitana Yga. Cat. (fué) de di- 
cha ciudad de Santiago de Cuba fué sepultado con 
cruz alta, y cuatro acompañados, por el Cura Por. 
por S. M. de su Sagrio. que lo firma para que cons- 
ten. Dr. Juan Frauíso. Sánchez y Díaz. Rubricado. 
Es copia del origin.al — Entre paréntesis — fué — 
no vale. Santia>go de Cuba treinta de Mayo de mil 
novecierutos veinte. 

Dr. Manuel García y Bernfíl. 

^ Copia de la partida de defunción de D. Manuel 
Justo Rubalcaba) . 


176 


LAS ANTILLAS 


ENRIQUILLO 

LEYENDA HISTÓRICA DOMINICANA 

(por Manuel de J, Galvcín) . 

CAPITULO I 
INCERTWÜMBRE 


El nombre ck Jaragiia brilla en las primeras páginas de 
la historia de América con el mismo prestigio que en las edades 
antigTias y en las narraciones mitológicas tuvieron la inocente 
Ai'cadia, la dorada Hesperia, el bellísimo valle de Tempe, y al- 
gunas otras comarcas privilegiadas del globo^ dotadas por la 
Naturaleza con todos los encantos que pueden seducir la ima- 
ginación y poblarla de quimeras deslumbradoras. Como ellas 
el reino indio de Jaragua aparece ante los modernos argonauta» 
que iban a conquistarlo, bajo el aspecto de una región maravi- 
llosa, riea y feliz. Regido por una soberana hermosa y amable ; 
(1) habitado por una raza benigna de entendimiento despe- 
jado, de gentiles formas físicas; su civilización rudimentaria, 
por la inocensia de las costumbres, por el buen gusto de sus 
sencillos atavíos, por la graciosa disposición de sus fiestas y cere- 


(1) Anacaona, viuda del valeroso Caonabó cacique de Maguana, 
era la hermana de Bohechio, cacique de Jaragua; pero por su talento su- 
perior era la que verdaderamente reinaba, hallándose todo sometido a 
su amable influencia ^incluso el cacique soberaiio. 


179 


LAS ANTILLAS 

nionias y más que todo, por k expansión ^enerc^a de sn hospi- 
talidad, bien podría compararse ventajosamente con esa otra ci- 
vilización que los conquistadores, cubiertos de hierro, llevaban en 
las puntas de sus lanzas, en los cascos de sus eaballos, y en los 
colmillos de sus perros de presa. 

Y en efecto, la conquista, poniendo un horrible borrón 
por punto final a la poética exi> tencia del reino de Jaragua, ha 
rodeado este nombre de otra especie de aureola siniestra color 
de sangre y fuego — elgo parecido a los reflejos del carbunclo. 
Cuando se pregunta como concluyeron aquella dicha, aquella 
paz. aquel paraíso de mansedumbre y de candor; qué fué de 
aquel régimen patria; cal, de aquella reina adorada de sus sub- 
ditas de aquella mujer extraordinaria, tesoro de hermosura y 
de gracias; la historia responde con un eco lúgubre, eon una 
relación espantosa a todas esas preguntas. Perecieron en acia- 
go día, miserablemente abrasados entre las llamas, o al filo de 
implacable-s aceros, más de ochenta caciques, los nobles jefes 
(¡ae en las gi-audcs solemnidades asistían al pié del rústico 
sóüo (le Anacaona; y más tarde ella misma, la encantadora y 
benéfica reina después de un proceso inverosímil, absurdo, mue- 
re trágicamente en honca infame; a tales extremos puede con- 
ducir el fanatismo servido por eso que impropiamente se llama 
razón de estado. 

Los sucfsos eiiy.d narración va a llenar las fojas de este 
p;jl)](' libro tienen su origen y raíz en la espantosa tragedia de 
Jaragua. Fuerza nos es fijar la consideración en la poco sim- 
pa! ií-a (iguiH del a(lii>to Comendador Frey Nicolás de Ovando, 
aiit .r (le la referida catástrofe. En su calidad de gobernador 
de la Isla Es])año]a, investido con la absoluta confianza de 
los R:\^^'s Católicos, y depositario de extensísimas fa.;!ultades so- 
l)i-e los p iíse^ que acababa tle descubrir el genio fecundo de Colón, 
los actos de su iniciativa, si bien atemperados siemphe a la despia- 
dada rigidez de sus principios de gobieroio, están íntimamente 
enlazados con el génesis de la civilización del Nuevo Mundo, en 
la que entró por mucho el punto de partida trazado por Ovan- 

180 


L A S A N T I L I. A S 

do como administrador del primer establecimiento colonial eu- 
ropeo en Améric», y bajo cuyo dilatado gobierno adquirió San- 
to Doming-o, aunque transitoriamente, el rango de metrópoli 

de las ulteriores fandaeiom^.s y conqui-t.as de los españoles. (1). 

Contemplemos a este hombre de hierro después de su feroz 
bazaña. perx)etrada en los indefensos y descuidados caciques 
de Jaragua, (Veintí^ díhus han transcurrido desde aquella ho- 
rrible ejecución). El saugiiinario Comondadoj-. cí^mo si la enor- 
midad del crimen hubiera fatigado su energía y necesitara lepo- 
nerse en la inercia, permanecía entre«:ado a una aparente 
irresolución, impropia de su carácter a.-tivo. Tal vez los rcraor- 
dimientos punzaban sordamente su conciencia; pero él explicaba 
de muy distinta manera su extraña inacción a los familiares de 
su séquito. Decía que el sombrío silencio en que se encerraba 
durante largos intervalos, y los insomnios que le hacían aban- 
donar el lecho en las altas horas de la noche, conduciendo su 
planta febril a la veciuM ribera del mar^ no ciají sint) el efec- 
to de la perplejidad en que estabrí su ánimo, al elegir en aque- 
lla costa, por todas partes bella y peregrina, sitio a propósito 
para fundar una ciudad, en cuyas x)iedras rpiedara recomenda- 
ño a la posteridad su propio nombre, y el recuerdo de sus gran- 
les servicios en la naciente colonia. (2). Además se manifes- 
taba, muy pieociupado con el destino que definitiamente debie- 
ra darse a la joven y hechicera hija de Anacaona, la célebre 
TTig'ue'mota, va entonces conoicida con el nombre cristiano de 


(1) La ciudad de Saiito Domingo, originariamente fundadas por 
los Colonos en la margí^r oriental reí río Ozama, fué trasladada por 
Ovando al «itio que hoy ocupa, despuéí? del ruinoso huracán de 1502. 

(2) Que el peni/amiento de vincular su propia memoria en el 
nombre de alguna población no era ajeno del Comendador de Lares, 
lo prueba el hecho de haber fundado poco después un pueblo que llamó 
Lares de Guahava (Hinocha) . Recuérdase que ya Colón había domina- 
do San Nicolás, a uno de los principalef?? cabos o promontorios de la 
Isla en honor del santo del día en que lo reconoció. Por eso sin dud^ 
fio se impuso a otro lugar el ¡nombre de pila del comedor. 


im. 


L A S ANT IL L A S 

Doña Ana, y viuda can una hija de tierna edad, del apuesto 
y desgraciado Hernando de Guevara. (1). El comendadoír que 
desde su llegada a Jaragua, trató con grandes miramientos a 
la interesante india,, redobló sus atenciones hacia ella después 
que hubo despachado por la ciudad de Santo Domingo a la in- 
íortunada reinta, su madre, con los breves capítulos de acusa- 
ción que debían irremisiblemente llevarla a un atroz patíbulo. 
Fuera por compasión efectiva que le inspiraran las tempranas 
desdichas de Higuemota ; fuera por respeto a la presencia de 
algunos parientes de Guevara que la acampanaban, y los caa- 
Is hacían a^larde de gran íomsideración hacia la joven viuda y 
de su consanguinidad con la niña Mencía, que así era el nombre 
de la linda criatura ; cifrando en este parentesco aspiraciones 
anibiciosas autorizadas en cierto modo por algunias soberanas 
disposiciones; lo cierto es que Ovando, al estremar su injus- 
to rigor contra Anacaona, rodeaba a su hija de las más deli- 
ciosas atenciones. De otro cualquier se habría podido sos- 
pechar que el amor entrara por muoho en ese contraste; pero 
el coimerYdador de Lares jamás desmintió, con el más anlnimo 
desliz, la austeridad de sus costumbres, y la pureza con que 
observaba sus votos ; y acaso no serla infundado atribuir la 
aridez de su carácter y la extremada crueldad de algunas de 
sus acciones a cierta defcTinidad moral que la naturaleza tiene 
en reserva para vengarse cuando siente violentados y comprimi- 
dos, por ideas convencionales, los efectos mas generosos y expon- 
táneos del alma. 

Higuemota, o sea Doña Ana de Guevara, como la llama- 
remos indistintamente en lo sucesivo, disfrutaba no sola- 
mente de libertad en medio de los conquistadores, sino de uni 
respeto y una deferencia a su rango de princesa india y de 
seiiora cristiana que rayaba en el énfasis. Su morada estaba 
a corta distancia del lugar que había sido corte de. sus mayores 
—4— 

(1) Todos los autores antiguos y modernos que han escrito sobre 
la conquista hacen mención de los roriiánticos amores de Guevara con 
la hija de Anacaona, y los' graves disgustos a que dieron lugar en la 
colonia. V. a Irvving. Vida y viajes de Cristóbal Colón. 


182 


L A S A N T I L L A S 

y era a la razón campamento de los españoles, mientras Ovan'- 
do se resolviera a señalar sitio para la nueva población. Te- 
nía la joven dama en su compañía o a sn servicio los indios 
de amibos sexos que bifen le parecía; ejerciendo sobre ellos 
una especie de señorío exclusivo : ,jierto es que su inexperiencia, 
lejos de sacar partido dfe esta prerrogativa, solo se inclinaba a 
servir de amparo a los infelices quienes veíi más añijidos y 
necesitados; Ihasta que -uno de los parientes de su hija s!e cons- 
tituyó en mayordomo y adrainisti ador de su patrimonio, con 
el beneplácito del Gobernador; y gracias a esta intervención 
eficaz y activa., desde entonces hubo terrenos acotados y cidtiva- 
dos eni nombre d- Doña Ana de Gu!>va]-a, y efectivamente expío- 
jtados como sus indios, por los parientes de su difundo marido: 
ejemplo no muy raro en el mundo, y en todos los^ tiempo-s. 

La pobre criatuía. abrumada por intensísimos pesares. lia- 
Haba muy escaso consuelo en los respetuosos* homenajes de la 
cortesía española. Los admitía de buen grado, si, porque la 
voz secreta del deber materno 'le decía que estaba obligada 
a vivir, y a consagrarse al bienestar de su Mencía, el fruto 
querido y el recuerdo vivo de su contrariado amor. Mencía, de 
tres años de edad, era un fiel reflejo de las bellas facciones de 
^u padre, aquel gallardo mancebo esp-niol, muerto en la flor 
de sus años a consecuencia de las pérfidas intrigas de Rcldán. 
su envidioso y ?jborrecible ri^^al.. Tu.s tristes m>enorias se 
recargaban de un modo sombrío con las angustias y recien- 
tes imipresiones trágicas que atormentaban a la tímida Higue- 
mota, habiendo visto inmolar a casi todos sus parientes por 
los guerreros castellanos, y separar violentamente de su lado 
R su aderada madre, al ser que daba calor y abrigo a -su en- 
fenio corazón La incertidumbre de la suerte que aguardara 
a la noble cautiva en Santo Domingo, aunque no sosipechando 
nunca que atentaran a sus días era el mas agudo tormento que 
martirizaba a la joven viuda que sobre este particular sólo obte- 
nía repuestas evasivas a sus multiplicadas preguntas. 

El pariente mas cercano que tenía consigo Doña Ana, era 
'.un ntiño de siete años, que aun respondía al nom^bre indio df 

183 


LASANTILLAS 

Guarocuya. No estaba todavía bautizado, por que su padre, 
el esquivo Mágicatex, cacique o señor del Bahoruco y sobri- 
no de Anacaona, evitaba cuanto podía el bajar de sus mon- 
' tañas desde que ]os iextrang)eros se habían íenis^eñoreado de 
la isla ; y solamente las reiteradas instancias de su tia, deseo- 
sa de que todos sus deudos hicieran acto solemne de sumisión a 
Ovando lo habían determinado a concurrir con su tierno hijo 
a Jarag'ua donde halló la muerte como los demás infelices mag- 
nates dóciles a la voluntad de Anacaona. El niño Guarocuya 
fué retirado por unta mano protectora, la mano de an joven 
castellano, junto con su aterrada pariente Higuemota, de aquel 
teatro de sangriento horrm ; y después quedó al abrigo de la jo- 
ven india, participando de las atenciones de que ella era ob- 
jeto. La acompañabe de continuo y con especialidad al caer 
la tarde, cuando los últimos rayos de luz crepuscular todo lo im- 
pregnan de vaga nielancolía. Doña Ara, guiando los pasos de su 
pequeñuela. y seguida de Cluarocuya, solía ir a esa hora al 
bosque vecino, en cuyo lindero, como a trescientos pasos do su 
liabitación, sentada al pie de un cahobo de alto y tupido folla- 
je, se distraía de sus penas mirando juguetear sobre la ailfombra 
(le la inenudrí gi ama a los dos niños. Aquel recinto estaba 
vedado a toda planta estraña, de español o de indio por las 
ordenes de severo gobernador. 

Este había hecho solamente dos visitas a la joven; la primera 
el día siguiente al de la matanza, cc-n el fin de consolarla en su aflie 
i'ió]). ofreciéndole amparo y proveyendo a lo necesario para que 
estuviera bien instalada y asistida; la segunda y última, cuan- 
do de-pachó a la reim de Jar agua prisionera para Santo Do- 
mingo. Doña Ana le estrechó tanto em esa entrevista, con sus 
lágrimas y anhelosas preguntas sobre la suerte reservada a su 
querida madre, que el Comendador se sintió comiiovido, no supo 
al fin que responder y avergonzado de tener que mentir para 
acallar los lúgubres presentimientos de aquella hija infeliz, se 
1(^1 i ró definitivamente de su presencia, encomendando a sus ser- 
viílf>res de mayor confianza el velar sobre la joven india y col- 
ma i-la (le los mas asiduo^s y obsequiosos cuidados. 

T'iariseurrieroTí algorjos días más sin alterfición sensible m 


LAS ANTILLAS 

el estaclc' de las cosas, ni para Ovando, qne eontinuaha "n sn 
perp'lejJdad aparente, ni para Doña Ana y los dos pequeños 
seres que hai-ían llevadera su existencia. L^iia tarde, sin em- 
bargo,— coano un mes después de la cruel trajedia de -larfiírua^- — 
a tieftnpo que los niños, segiín su costumbre, triscaban en e¡ pra- 
do, a la entrada del consabido bosque, y la triste joven., con 
los ojos arrasados en lág'rimas, contemplaba los caprichosos gi- 
ros de sus juegos infantiles ; — ^cuadro de candor e inocencia que 
contrastaba con el angustioso abatimiento de aquella hiedra 
sin arrimo; — oyó cerca ele si con viva sorpresa, a tres o cua- 
tro pasos dientro de la espesura del bosque, una voz grave y 
apacible, que la llamó, diciéndole : 

— Higuemo'ta. óyeme ; no temas . 

La interpelada poniéndose instantáneamente en pié dirigió 
la vista asombrada al punto de donde partía la voz; y dijo 
con entereza : 

— ¿Quien me habla? ¿Que quiere? ¿Donde está? 

— Soy yo.— repuso la voz. — tu primo Guaroa; y vengo a 
salivarte. 

Al mismo tiempo, abandonando el rugC'So tronco de una cei- 
ba que lo ocultaba se presiento a la vista de Doña Ama, aunque 
permaneciendo cautelosamente al abrigo de los árboles, un jo- 
ven indio como de veinticinco años de edad. Era alto, fornido. 
de aspecto manso y mirada expresiva, con la frente marcada 
de una cicatriz de herida reciente; v su traje f'onsistía en 
una manta de algodón burdo de colores vivos, qiif le llegaba 
sasta la rodilla, ceñida a la cintura con una faja de piel : y otra 
manta de color obscuro con una abertura al medio para pasar 
la cabeza, y que cubría perfectamente toda la parte superior 
d'el cuerpo: sus brazos como las piernas, iban completamente 
desnudos, calzaban sus pies, hasta an-iba del tobillo, unas abar- 
cas de piel de iguana; y sus armas eran un cuchillo de monte 
que mal encubierto y en vaina de cuero pendía de su cintu- 
rón, y un recio y nudoso bastón de madera de aeano tan dura 
como el hierro. En el momento de hablar a Doña Ana, se quitó 
de m cabeza su tíX|UÍlla o casquetr de espartillo pardo, dejando 

%m 


L A S A N T I L L A S 

en libertad el cabello, que abundante, negro y lacio le caía 
sobre los hombros. 

CAPITULO II 

SEPARACIÓN 

Higueniota lanzó nna exclanüaeión de espanto al presen- 
társele el Indio. 

No estaba exenta de esa supeítición^ tan universal como el 
sentimieníto religioso, que atribuye a las almas que ya no per- 
tenecen a este mundo la f 3 cuitad de tomar las formas eoi*poreas 
con que en él existieron, para visitar a los vivos. Creyó, pues¡ 
que su primo (Tuaroa a quien suponía muerto con los demás ca- 
ciques el día de la prisión de Anacaona, venía de la Mansión 
de los Espíritus, y su p'iimer impulso fué huir. 

Dio algunos pa^sos trémula de pavor en dirección de su ca- 
sa ; pero el instinto maternal se sobrepuso a su miedo, y volvie» 
do el i'ostro eu dem-anda de su hija, la vio absorta en los bri- 
llantes colores de una mariposa, que para ella había cazado 
el niño Guarocuya ; mientras que éste, en actitud de toediosa 
curiosid.^.d^ se acercaba al aparecido, que se había adelanta- 
do hasta la salida del bo-que,. y dirigía al niño la palabra con 
'benévola sonrisa. Este espectáculo tranquilizó a la tímida jo- 
ven ; observó atentamente^ al indio, y después de breves instan- 
tes, vencido enteramente ;-u terro', prevaleció el antiguo afecto 
que profesaba a Gu3''oa; y admitiendo la posibilidad de que 
estuviera vivo, se acercó a él sin recelo, le tendió la mano con 
afable adomanl. y le dijo: 

— ^^Guaroa. yo te creía muerto y había llorado por tí. 

— ^No, Higuemota ; — repuso el indio, — rae hirieron aquí en 
la f;ente; caí sin saber de mi al principiar la pelea y cuando 
recobré el sentido me hallé rodeado de muertos; entre ellos re- 
conocí a mi padre, a pocos pasos de distancia, y a mi herma- 
no Magicatex, que descansaba su cabeza en mis rodillas. 

'■Era ya de noohe; niadie vigilaba, y salí de allí arrastrán- 

186 


LAS A N T 1 L L A S 

(lome (;amo una culebra. Me fui a la moutnñó, y ocuho en *'a-,a 
de un pariente, curé mi heiida. l)es¡)u<''s mi primer «■iii'J;i'l<> 
fué m.anclar gente de mi confianza a snlx-r «ie tí. d»- nii fía 
Anacaona; de todo8 los míos. Tamayo se huyó poco-, «iía- 
después, me encontró y me dio razón de toílo'>. H»' v^miÍ']'. jxir 
(pie si tu sufres, ai te maltratan»^ si temes aluo, (piiero iievart'- 
conmigo a la montaña, a un lugar seguro, (pie tengo ya es- 
cogido como refugio contra la crueldad df' los blancos, paia 
todos los de mi raza". 

'^Espero, pues, tu determ.inación. Dos compañeros me 
aguardan cerca de aquí". 

— ^Buen primo Giiaroa,- — dijo Higuemota,- yo t*; agradezco 
mucho tu cariñoso cuidado, y doy gracias al "ielo d>" vcrU' --ari" 
y salvo. Es un conisuelo para mis pesadumb)es; estas son 
grandes, inmeiitsas^ pi'imo 'mío; pero no se x>"eclen remediar 
SO'U mi fuga a los m,ontes. Yo solo padezco males del corazón. 
en todo lo demá.s estoy bien tratada y me respetan ccjrao la viu- 
da de Guevara, título que me impone el deber de resignarme a 
vivir, por el bien de mi hija Memcía. (jne llevará el apellido de 
su padre, y que tiene parienites españoles ({ue la quieren 
mucho. 

'''Yo creo que no te perseguirán pero debes ocidtarte siem- 
pre hasta que yo te avise que lia pasado todo peligro para tí". 

Guaroa frunció el entrecejo al escuchar las últimas pala- 
bres de su prima. 

— ¿Piensas. — le dijo, — que yo he venido a buscar la piedad o 
el pei'dón de esos malvados? No. ni ahora ni nunca ! Tu podrás vi- 
vir con ellc's; dejaste de ser india desde que te bautizaste y te 
diste a Don Hernankio, que era tan bueno como solo he cono- 
cido a otros dos blancos^ Don Diego y Don Bartolomé. (1) que 
siempre tratabau bien al pobre indio. Los demás son malos, 
malos! Querían que nos bautizáramos por fuerza y solo estos di- 


(1) Los (ios hermanos de Colón. 

187 


L A S A N T I L L A S 

jeron que no debía ser así; y quisieron que nos enseñaran! le- 
tras y doctrina cristiana. Y ahora que todos estábamos dispues- 
tos a ser cristianos, y creiamos que las fiestas se iban a ter- 
minar con esa ceremonia, nos asesinan como a hutías, nos matan 
con sus lanzas y sus espadas a los unos, mien tiras que a los 
demás los asan vivos.... No creo en nuestros CEMIES (1) 
que no han teijido poder para defenderse; pero tampoco pue- 
do creer 

— iNo hablemos más de eso, (luaroa — interrumpió la joven, 
— ^me hace mucho daño. Tienes razón ; huye a los montes ; pero 
déjame a mi cum].lir mi deber y mi detino. Así me lo ha di- 
cho otro español muy bueno, que también se llama D. Barto- 
Icnié. (2). Soy cristiana y se que no debo aborrecer ni aun a 
los que mais mal nos hacen. 

— Yo Dio lo soy, Hig^uemota, — dijo con pesar Guaroa ; — y 
no por culpa mía pero tampoco sé aborrecer a nadie ; ni com- 
prendo como los que se llaman cristianos son tan malos con los 
de mi raza, cuando su Dios es tan manso y tan bueno. Huyo 
de la mnertc, y huyo de la esclavitud, peor que la muerte. (3). 
Quédate aquí en paz, pero dame a mi schrimo G-uarocuya, para 
f|ue se crie libre y feliz en las montañas. Para él no hay ex- 
cusa- posible no es todavía cristiano; es un pobre niño sin pa- 
rientes ni protectores blancos. ,v mañana su suerte podrá ser 
tan desgraciada entre esta oferte, que más le valiera morir des- 
de ahora. (-Que respondes? 

Fliguemota qae había bajado la cabeza al oir la última pro- 
posición fie Guaroa, mi'- ó a este fij'^meTit'^. Su rostro estaba inun- 
'dado en llanto, y con acento angustiado y vehemente le dijo: 


(1). Dioses indios. 

(2). Las Casas, a quien mas adelante verá el lector figurar en esta 
narración. 

(3). Se puede notar de estos disí¿ursos de Guaroa cierta inconexión, 
y hasta ciertas contradicciones que denotan la nebulosidad de ideas, y 
la lucha de afectos indefinidos, propios de un hojnbre de buen jijicio 
a rpedio civilizar, 


im 


L A S A K T 1 L L A S 

— Llevarte a Guarocuya, ¡ imposible ! Es el eompañero de jue- 
gos de mi Mencía, y el ser que mas amo después de mi madre y 
la hija de mis entrañas. ¡Que sería de esta y de mí si él no 
estuviera con nosotras? 

— Sea él quien decida su suerte; — dijo (iuaroa con solemne 
entonación.— Ni tú hi yo debemos resolver este punto. El Gran 
Padre de allá arriba hablará por boca de este niño. 

Y tomando a (iuorocuya por la mano, lo colocó entre sí y la 
llorosa Doña Aija y le iuter.ogó en los términos siguientes: 

Dinos Guai-o(Miya. /, te quieres quedar aquí o irte conmigo a 
las montañas? 

El niño mii'ó a GuarO'a y a Doña Ana alternativamente; 
de.s|Miés dirigió la vista a Mf'ucía, que continuaba entretenida 
■•on las- floi-es silvestres a corta dista)icia del grupo, y dijo con 
decisión : 

— No me quiero ir de aquí! 

Guai'oa liizo ¡u. movimiento de despecho, mientras que su 
prima se sonreía al travos de sus lágrinidiS. cf¡mo suele brillar 
el iris en medio de la lluvia. Reinó el silencio durante un 
breve espacio, y el contri riado indio, que a falta de argumen- 
tos volvía la vista a lodas partes como buscando una idea en au- 
xilio de su mal [)arad • causa, se volvió bruscamente al niño, y se- 
ñalan'do con la diestra extendida a an hombre andrajoso, casi des- 
nudo. (|üe cruzaba la pradera contigua con un enorme haz de 
leña en los hí)mbros, y encorvado bajo su peso — dijo con ím- 
petu, casi eon rabia: 

— -Dirne Guaiocu.va. ; ({uieres ser libre y señor en la monta- 
ña, tener vasallos que te obedezcan y te si: van>; o quieres cuan- 
do seas hombre cargar leña y agua en las espaldas como aquel 
vil naboría (1) que vá aillí? 

Pasó como una nube lívida por la faz del niño ; volvió a mi- 
rar profundamente a Mencía y a Higuemota, y dirigiéndose con 
entereza a Guaroa: 

— ¡Quiero ser libre!, exclamó. 


(1) . Así sp dominaba a los indios destinados a la servidumbre 
doméstica. 


189 


LASANTILLAS 

— ^Eires mi sangre, dijo el jefe indio con orgrdlo. ¿Tie- 
mes algo que decir, Higueroiota? 

Esta no contestó. Parecía sumida en una reflexión inteni- 
sa, y sus miradas seguían tenazmente al pobre indio de la leña, 
que tan a punto vino a servir de airguinento victorioso a Guaroa . 
Luego, como quien despierta de un' sueño, puso vivamente am- 
bas manos en la cabeza de Guaroi-uya, imprimió en su frente 
un prolongado y ternísimo beso, y con rostro sereno y convulsivo 
ademán lo entregó a Guaroa, diciéndole estas palabras : 

Llévatelo : más vale así . 

El niño se escapó como una flecha de manos de Guaroa, y co- 
rriendo hacia Mencía la estreclió entre sus bracitos y cubrió 
su rostro de besos. Después, enjugando sus ojos llorosos, -volvió 
con .paso firme adonde su tio, y dijo como Higuemeta. 

— ^Más vale así, 

Guaroa se despidió tomando la nmno de su prima y lleván- 
dosela al pecho con respetuoso acatamiento. No sabemos si por 
distracción o por otra causa, ninguna demostración cariñosa le 
ocurrió dirijir a la niña Mencía; y guiando de la diestra a su 
sobrino, se internó en h intrincada selva. A pocos pasos 
se perdió de vista entre los añosos y corpulentos árboles, en cu- 
ya espesura le aguardaban sus dos compañeros, indios, como él 
jóvenes y robustos. 


190 


LAS ANTILLAS 


LOS VENDEDORES AMBULANTES 


TIPOS ítalo-borinqueños 


III 


EL MERCACHIFLE 

Peí o he aquí que lleg.a. un día en que el vendedor de san- 
tos se levanta más alegre que de costumbre, y después de for- 
mar algunos cálculos y hacer un corte y tanteo en la bolsa con- 
sabida, exclama con resolución : 

— Per Dio henedetto che non voglio venderé piu questi 
santa 

Y aquel cariñoso apeg-o que hasta entonces había manifes- 
tado hacia los santos, tórnase luego al punto en el más absoluto 
desdén. ¡ Profano ! 

¡ Quién había de creer que Luíggi Pugniserrati, aquél que 
parecía un santo varón cargado de reliquias y de estampas, 
cometería al fin semejante impiedad y apostasía ! 

Ahara vendría muy bien una larga digresión filosófica so- 
bre lo vario y mudable de nuestras inclinaciones, o sobre la 
facilidad con que alg-unos cambian de parecer en los asuntos 
más graves y complejos, de igual modo que si fum^aran un ci- 
garro, y después otro, y otro. . . cuidando siempre de encender 
el último que temían en Ja colilla del anterior. Mas como yo no 
^sto de meterme en tales dibujos al trazar mis sencillos cua- 
dros de costumbres^ dejo al discreto lector que aplique sus teo- 
rías etico-metafisicas allí donde las creyere más conveniente. 

-' — - 191 


LAB ANTILLAS 

Continuando, pues, mi discurso, diré que el vendedor de 
santos concluye por venderlos todos en' el más breve término 
posible. Hecho lo cual arregla como puede su traje mugriento 
y descosido, córtase el pelo, lávase el rostro, compra una albarda, 
busca un rocín y se mete a -mercachifle. 

Esta variación de nuestro tipo se verifica en muy corto 
espacio de tiempo, y así suele suceder que el mismo que la 
semana anterior nos quería meter los santos por los ojos, se 
nos entra hoy de rondón hasta el medio de la sala, cargado de 
pañuelos, servilletas, encajes, cinturones, moños, perendengues, 
abalorios, gargantillas, agujas, dedales, peines y otra infinidad 
de baratijas difíciles de enumerar. 

Como son tantos y tan variados los objetos que el merca- 
chifle tiene para vender, suele sufrir el pobrecito algunas equi- 
vocaciones lamentables en cuanto al valor respectivo de ©ada 
LUio de ellos, y no se debe extrañar, por lo tanto, qae pida medio 
duro por lo que vale un real en buena venta, pues en cambio 
dará otras veces en un duro lo que vale medio real, y .así que- 
dará todo compensado. 

El ynercachifle posee íntegras todas las cualidades morales 
y físicas ya mencionadas al tratar del hojalatero y del vendedor 
de santos, y además cierta gracia y desenvolvimiento muy a 
propósito para el ejercicio de su nueva profesión. 

También recorre sin cesar todos los pueblos de la isla, pro- 
curando siempre hacer su agosto en las diversas épocas del año; 
pero esta vez ya no anda solo y cargado como las anteriores, 
sino acompañado de su inseparable rocín, su alter ego, su ad- 
junto, "il .suo caro fratello" como él suele llamarle en sus 
arrebatos de cariño. 

Difícilmente se encontrarán dos individuos de distinto gé- 
nero que se identifiquen tanto como nuestro tipo y su rocín; 
juntos comen, juntos beben, juntos andan y juntos llevan con 
ig-ual paciencia las penalidades de la vida. 

¡De ellos si que pudiera decirse que han nacido el uno 
para el otro ! 

En el orden del viaje suelen alternar convenientemente, se- 

192 


LAS aM^ÍLLáB 

gún lo exijan las circunstancias : unas veces caminan a la par 
otras va la bestia delante del hombre o viceversa, y se dan casos 
en que el mercachifle, va encima; no es fácil, pues^ determinar 
cual de los dos lleva a su compañero. Usando la expresión fa- 
vorita de un escritor amigo mío, pudiera decirse que el rocín 
€S una parte integrante del mercachifle. Sobre todo en los ca- 
minos fuera de poblado no se comprende la existencia de éste 
sin aquél. 

Sólo en el interior de las poblaciones suele interrumpirse 
el du;alismo de nuestro tipo, saliendo la parte menos %nimal o 
sea el mercachifle mondo y lirondo a ofrecer de casa en casa 
los efectos de su comercio, en tanto que el rocín almuerza tran- 
quilamente en la posada, o tal vez piensa que piensa, como 
algunos filósofos de nuevo cuño. 

Dejémosle ahora que descanse y recupere sus fuerzas, que 
buena falta le hacen para emprender nueva jornada, y obser- 
vemos, — si el lector no lo há por enojo — las operaciones del 
mercachifle. 

Cargado éste desde los pies a la cabeza con un gran nú- 
mero de bultos de tamaños y formas diferentes, sale a recorrer 
las ealles de los pueblos mostrando aquí y allí sus zarandajas y 
alabando con charla sempiterna aquellos objetos que más empe- 
ño tiene en realizar. 

Rara vez se anuncia desde la puerta de las casas^ por temor 
de ser despedido; así es que pone todo su empeño en colarse 
como pueda hasta las habitaciones interiores. Una vez allí 
desata todos sus fardos y extiende sus mercancías encima de 
los muebles de modo que todos los objetos queden a la vista. 
Hace al instante una especie de llamada general, y es coea 
de ver cómo ocuden corriendo los chiquillos y empiezan a 
trastearlo todo y Honarse los bolsiLo- de fútiles garap:^bai- 
nas; quién escoge un muñeco de escayola, quién una caja de 
soldados de plomo, quién un reloj ficticio de esos que apuntan 
y no andan etc. Después le toca su tumo a las personas ma- 
yores y la señorita se enamora de un pericón, de un mrachante 
de un sígueme-pollo, de un postizo o de una peineta que parece 

193 


de pura coiiicha y no es sillo de piiro cuerno ; la tía compra un 
rosario un específico para teñir el pelo y una novema de San- 
ta Rita, y la mamá hace un regular acopio de treucíillas, cordo- 
nes, flecos, avalorios y otra, porción de chismes y colgajos que ella 
tiene por ai-tículos de primera necesidad. 

Concluida la operación y hecho el ajuste correspondiente, 
preséntase en escena la grave y -icircunspecta figiir! del duen.) 
de la casa, jefe pagano de aquella creyente tribu... Empieza 
el papá por entelarse de la calidad y precio de los objeios cotu- 
prados. y a hacer admiraciones y a lamentarse de que le ha- 
gan gastar tanto dinero en cosas tan ruines y supéfílii.ís ; li- 
guen después los apostrofes dirigidos al italiano intruso, y 
,concluye al fin por pagar a éste la cantidad que h" rce' i,!;i. eo.i 
la precisa condición de que no ha de volver a p'reseníarse jamás 
por aquellos alrededores. 

El mercachifle recibe alegremente el dinero, sin cuidarse 
gran cosa de la advertencia, y después de empaquetar sus ba a- 
lijas se despide hasta más «ver y sale cantando sotto voce los 
siguientes vei'sos de La Gracia de Dios: 

Ewiva ! Ewiva ! Depo le pene 
• Talvolta il bene leito compar, etc. 

Hay ocasiones en que el mercachifle vende al ti ido. y has 
ta suele suceder que no le paguen. 

Entonces se convierte en ingléu. . . ¡pero qué inglés, carí- 
simo lector ! 

Xo hay nada más fastidioso, más pertinaz y más pesado 
que un mercachifle cuando se presenta en calidad de inglés a 
reclamar el importe de alguna cuenta vencida. 

Aquella afabilidad, aquella gracia, aquella dulzura, aquella 
eterna sonrisa estereotipada — por decirlo así — en los labios de 
nuestro tipo, todo desaparei;?e tornándose en frialdad, despecho 
y mal humor. 

Sus modales son entonces bruscos y groseros, y sus palabras 
insultantes y provocativas. Dice que él pide lo suyo ; que 

194 


LAB ÁN1:^1LLAB 

trabaja para sí y no para ningún tramposo y botarate ; que 
quién quiera tener, que trabaje o se hag-a obispo, y otra por- 
ción de necedades e inconveniencias coiK.'luyendo siempre con 
unas interjecciones y otras palabrita.^ en italiano que... ¡va- 
ya usted a saber lo que significan! 

Con su instinto de perro perdiguero, parece como que hus- 
mea o huele a su deudor, y donde quiera que lo encuentra, auu 
cuando sea en el lugar más público y sagrado, allí le acosa y le 
hostiga sin respeto ni consideración. Si está en la calle le co- 
bra a gritos; si está en la iglesia le tira de los faldones de la 
levita y le hace una seña con los dedos harto clara y significati- 
va j si está en su casa entra por ella con la mayor franqueza y 
desparpajo; se sienta en el estrado sin que a ello se le invite. 
estrega contra la alfombra sus herrados zapatones, fuma delante 
de la señora; escupe en el pavimento y hace, en fin, cuanto se le 
ocurre con o"bjeto de exasperar a su cliente y conseguir de este 
modo que le pague^ siquiera le aplique luego media docena de 
puntapiés, a guisa de agio, o lo tire por la ventana. 

Juzgúese por lo dicho cuan difícil será el deberle y no 
pagarle al mercachifle. 

El que esto consiga bien merece que se le dé el grado de 
bachiller en trampas o cualesquiera otro título que acredite su 
habilidad y talento. 

De todos modos, aquél que ame el orden y la tranquilidad 
de su casa y que estime en algo su independencia y su sosiego. 
créame; no le tome jamás fiado al mercachifle. 

Para con este inglés no le vale al deudor ni siquiera hacer.se 
el sueco. 

IV 

EL JOYERO 

Ecco i giolliere, amigo lector : ahí le tiene usted iieeho ya 
una persona decente. 

Sombrero de castor, gabán, de paño con asomo de camisa 
por el cuello, pantalón de casimir oscuro, zapatos de becerrillo 

195 


LAS AN'TILLÁS 

charolado, reloj, cadena^ "Sortijas, muchas sortijas, en fin..í 
una persona decente. 

¿ Qué fué de la ropa vieja 
Y' los férreos zapatones, 
¿ Que se hicieron ? 

No lo sé aunque bien se pudiera asegurar que éstas y las 
demás prendas de su antigua vestidura, las lií^tie el joyero u 
buen recaudo, si es que no- ha podido venderlas ; que él no es 
tan despilfarrador y manirroto para tirar a la cail;' uní), obje 
tos que aún pueden utilizarse. 

No sería nada extraño que volvieran a apa- >'e.M" en l^uei- 
to Kieo sirviendo de envoltura a otro nuevo pichón de íiojalatero. 

l^ei'o volvamos a lo docente de nuestro tipo. 

¡Qué diferencia entre éste y aquel humilde piccioletto ({ue 
ñgura en el primer cuadro de esta sección! 

Poco más de dos lustros han transcurrido desde que .-^e re- 
cibió de hojalatero, y ya no le queda de tal, más que la codicia, 
las costumbres y ciertas reminiscencias de icolor oscuro en la 
punta de las uñas. 

líasele olvidado algún tanto el armonioso idioma (K- su 
país, pero en su lugar maltrata regularmente el castellano. 

Conserva el mismo rocín que adquirió al hacerse mercachi- 
fle aunque notablemente corregido y aumentado. (;i)nio dicen 
los editores. Tiene ya trazas de caballo, desde que su sen.u' y 
amigo las tiene de caballero. 

Esto es lógico y natural tratándose de dos seres idéntVios 
hasta cierto punto. 

Aun caminan uri'o y otro en fraternal conipañíri, si biejí el 
joyero va por lo regular atravesado entre dos b.-iúles. sr)bre el 
lomo del rocín. 

En c.ada pueblo de la isla tiene un ventorillo o bodegón 
conocido, en el que ambos comen y descansan de las fatigas del 
viaje (por que ya es cosa averiguada que el joyero come y 
duerme como su rocín) en todo lo cual invierten hasta una 
peseta diaria, 

' 196 i 


LAS ANTILLAS 

Además de éstos que pudieran llamarse gastos comunes o 
diarios, tiene el joyero algunos otros puramente personale- : 
bien que él se busca la manera de reducirlos todo lo posible. Usa 
ropa de lana para no gastar en lavandera ; pisa despacio y cou 
tiento para no romper los botines; fuma en pipa y se traga el 
humo para que no haya desperdicio. 

Respecto del amor, conserva las mismas ideas que ya en 
otro lugar tengo indicado. 

— ^Quiero que me amen de balde — dice con frecuencia, ha- 
blando a solas con su rocín. 

Este nada le responde; pero sigue su camino moviendo a 
uno y otro lado la icabezaj como para dar a entender a su jinete 
que lo que pretende es casi un imposible, y que tunto valdría 
pedir paz en la tierra o cotufas en el golfo. 

Firme el joyero en sus antiguos planes económicos, conti- 
núa andando siempre aislado y ambulante, sin más afecciones 
que su bolsa y su rocín. 

Dedicado a la venta de objetos de puro lujo y de alto 
precio, ya no suele visitar las casas de los pobres que fueron sus 
más antiguos y constantes parroquianos. 

La Vanidad y el Lujo son ahora los dioses tutelares rl^ 
su comercio, y aquéllos tiene por sus mayores enemigos, (pif 
más se obstinan en predicar la modestia y la virtud. 

— Vamos a ver si se conibra algo de prendas. 

Así dice siempre el joyero, al llegar a las casas en donr]<> 
-acostumbra hacer con frecuencia sus negocios. 

Y sin aguardar contestación, coloca sobre una silla el saco 
de noche que lleva pendiente en la siniestra mano, y abriendo 
luego por diez o doce partes diferentes una ingeniosa caja o 
maletilla, con forro de piel negra, y guarniciones de azófar o 
latón, va mostrando sus variadas y hermosas colecciones de sor- 
tijas, pendientes, cadenas, prendedores, medallas, brazaletes, di- 
jes y otra diversidad de joyas de oro, plata o cosa parecida. 

La vista de tantas preciosidades suele engendrar el deseo 
de poseerlas, particularmente en las mujers voluntariosas, y de 


LAS ANTILLAS 

aquí las miradas tiernias y significativas de la esposa, dirigidas 
alternativamente a las alhajas y al marido; de aquí el suspirar 
de las niñas, y el poner los ojos en blanco y aquello de — "¡Ay 
quién tuviera dinero!" diclio en voz baja, aunque no tanto que 
deje de oírlo su papá. Y de aquí que éste suspire a su vez y eche 
mano al bolsillo, para dejar acaso en la del joyero el último gi- 
rón de su fortuna y de su honra . . . 

Otias veces, cuando el esposo no accede con facilidad a lai 
exigencias de su mujer, nuestro tipo le obliga a ello con saga- 
cidad, ya ponderando el mérito de la joya o joyas que aquélla 
desea y lo bien que harían resaltar sus naturales encantos, ya 
encareciendo la liberalidad de otro marido que — hallándose en 
el mismo caso — le compr(5 a su esposa cuantos objetos deseaba, 
sin reparar siquiera en el precio y con sólo haberle hecho ella 
una pequeña insinuación. 

Con estos y otros ardides ingeniosos, que nuestro tipo acos- 
humbr'i poner en práctica, consigue al fin que suelte la mosca 
el padre o el marido más agarrado. Después continúa el joye- 
ro en pos de nuevas negociaciones, y aquél suele quedarse triste 
y abatido pensando tal vez que hay abusos, trapacerías, engaños 
y otros excesos que no están previstos en el código penal. 

Así el mercader ambulante en esta isla logra reunir en 
poffi tiempo una considerable fortuna. 

Mas, (Cuando todos esperan verle fundar una heredad^ una 
casa, una familia, o dar, en fin, un nuevo giro a sus especula- 
ciones, se adviene que ha desaparecido sin que nadie vuelva a 
teñen- noticias de él. 

¿Dónde está? 
¿Qué se ha hecho? 
Nadie lo sabe. 

Tal vez embarcó para Italia, llevándose todo el dinero aquí 
adquirido. 

Tal vez, eneouírando yu estrecho este país, se fué en bu«5ca 
de otro más rico y más capoí para emprender en él futuras 
negociaciones. 

I'Pp - ■ 


LAS ANTILLAS 

Tai vez se ahogó -'on ^a oro vaiear.dr' en mala hora el 
río de la Plata, por ahorrar ios cinco centa\'os del pasaje.. . 

De todos modos, no le queda en el país un amigo, un pa- 
riente, un ser querido que le llore y le consagre un recuerdo 
de gratitud. 

Sólo queda el vacío de un hombre, que pronto se llena, y el 
de algunos miles de duros, que no se llenará tan fácilmente. 

Eíi un pájaro extraño que no anida: una planta exótica 
que se nutre y no da fruto- inia sanguijuela que llega, .hupa. 
muere o torna otra vez a la redoma o frasco que la contenía. 

La ambición, la gloria, la amistad y los placeres, todo se 
encierra para él en el estrecho recinto de su bolsa. 

Aparte del dinero, que es su dios, no hay debajo del nudo 
cosa fiel alguna a la que él rinda parias ni tributo. 

Ni siquiera paga el tributo nai3Íonal que se le cobra a todo 
fiel cristiano. 

Solamente el amor, con sus insignes travesuras, puede ha- 
cerle pasar algunos malos ratos. Porque, eso sí, le gustan las 
mujeres bonita-s casi tanto como las monedas de dos reales. 

¡ Picaruelo ! 

Y hasta suceden casos en que se enamora de x^eras. 

Entonces, si llega a ser correspondido (que no es probable) . 
ya puede la mujer que le cautivó pedirle todo ao ir ello que se le 
antoje, siempre que no sea dinero o cosa que lo valga. 

Si con su dorado arpón. 
El travieso Cupidillo 
Le hiere sin compasión. 
Podrá abrirle el corazón. . . 
Mas no le abrirá el bolsillo. 

MANUEL FERNANVm JUNCOS 


LAS ANTILLAS 


PREDICCIONES 


Encanto y prez de Sevilla, 
hermosísima criatura 
que suspende y maravilla; 
gitanilla, gitanilla, 
díme la buenaventura, 

¿Por qué con semblante esquivo 
y con aire pensativo 
mueves, triste^ la cabeza? 
Respóndeme ¿que motivo 
ocasiona esa tristeza 1 

¿Por qué dejas entrever 
en tu mirada sombría 
tan intenso padecer, 
si eres la propia alegría 
en figura de mujer 1 

¡Mal presagio y mal indicio! 
¿Nada me quieres decir? 
¿ Acaso lo porvenir 
nunca me será propicio, 
y he de penar y sufrir? 

Sin reparo ni temor, 
explícate . . . . ¡ Haz el favor ! 
¿ A qué mostrarte rehacía 1 . . . . 

200 


LAS ANTILLAS. 

No me asusta la desgracia 
ni me conmueve el dolor. 

Rasga las sombras obscuras 
de mi suerte . . . . ¿ Qué me auguras 
• en el correr de los años? 
¿ Infinitas amarguras 
e infinitos desengaños? 

Lo presiento. . . y lo deploro. 
Oigo voces interiores 
que lo repiten a coro; 
mas no me aflijo ni lloro. . . . 
i Vamos ! . . . . ly en cuestión de amores ' 

¿Que amaré sin ser amado? 
¡Triste de mí! ¡Desdichado! 
¿ Que me deparan los cielos 
el tormento de los celos ? 
¡Pues, hija, estoy aviado! 

¿ Que más ? ¿ Que en mi juventud, 
presa de amarga inquietud, 
habré de llorar perdida 
para siempre la salud, 
que es la mitad de la vida 1 

¿ Que aun cuando luche con fe 
por la gloria, a mi despecho, 
pese a mi afán, no podré 
adquirir honra y provecho? 
No es que lo tema: lo sé. 

¿Que, vuelto al nativo lar, 
tras profundas conmociones 
al cabo me han de faltar 

2(ML 


LAS ANTILLAS 

patria, bandera y hogar? 
Malas son tus predicciones! 

# # 

Encanto y prez de Sevilla, 
que suspende y maravilla, 
hoy, apesarado y triste, 
te recuerdo ¡ oh gitanilla !..... 
¡Qué mucha razón tuviste! 


Lvis rodríguez cabrero. 


m - 


LAS ANTILLAS 


Las Antillas y Baldorioty Castro 


Precede a las grandes épocas de ejecución, como la sazón a 
la madurez, un movimiento espontáneo de almas por donde co- 
noce el observador La realidad oculta a los que sólo la quisieran 
ver coronada de flores, y en cuanto ven espina, ya niegan que sea 
realidad. De un lado decrecen, sin más fuerzas que las necesa- 
rias para sostener el catecismo importado, las criaturas oscilan- 
tes y apagadizas de la colonia, que no aciertan a mantener defi- 
nitivamente con el brazo las libertades a que aspiran con la 
razón; y de otro lado crecen, con el orden intuitivo y oportu- 
no de la naturaleza, las fuerzas creadoras que de los elementos 
coloniales deshechos compondrán, bajo la guarda del mar y la 
Historia, la nación futura. No parece que la seguridad 
de las Antillas, ojeadas de cerca por la codicia pujante, 
dependa tanto de la alianza ostentosa y, en lo material, insuficien- 
te, que provocase reparos y justificara la agresión, como de la 
unión sutil y manifiesta en todo, sin el asidero de la pro- 
vocación confesa, de las islas que han de sostenerse -juntas, 
o juntas han de desaparecer, en el recuento de los pueblos 
libres. Por la rivalidad de los productos agrícolas, o por diver- 
sidad de hábitos y antecedentes, o por el temor de acarrearse la 
enemiga del vecino hostil, pudieran venir a apartarse, en cuanto 
cayese en forma cerrada su unión natural, las tres islas que. 
en lo esencial de su independencia y en la aspiración del por- 
venir, se tienden los brazos por sobre los mares y se estrechan an- 
te el mundo, como tres tajos de un mismo corazón sangriento, 
como tres guardianes de la América cordial y verdadera, que so- 
brepujará al fin a la América ^mbiciosaj como tres liermanas,— 


LASANTILLAS 

El lacayo muda de amo y se alquila al señor de más lujo y 
poder. El hombre de pecho libre niega su corazón a la libertad 
egoísta y conquistadora y adivina que el triunfo del mundo, más 
que en los edificios babilónicos caedizos, reside en la abundancia 
de la generosidad, en aquella pasión plena del derecho que lleva 
a respetar el ajeno tanto como el propio. Ni un átomo de laca- 
yo tuvo en vida el previsor puertorriqueño, el invencible Bal- 
dorioty Castro, á quien, en símbolo sagaz, tributaron homenaje 
ayer, en las fiestas de la heroica ciudad dominicana de Azua, 
las tres antillas que han de salvarse juntas, o juntas han de pe- 
recer, las tres vigías de la América hospitalaria y durable, las 
tres hermanas que de siglos atrás se vienen cambiando los hijos 
y enviándc-se los libertadores, las tres islas abrazadas de Cuba, 
Puerto Rico y Santo Domingo. 

# # # 

Los compromisos de los gobiernos, ligados a veces por la pru- 
dencia con respetos que lastiman su corazón, son acaso menos efi- 
caces que la simpatía irresponsable y ambiente del pueblo deci- 
dido a favorecer en sus alrededores el triunfo de la libertad. Lo 
que la cancillería, ahita de tratados de paz y respeto, no puede 
a veces intentar, lógralo sin que se le pueda poner la mano en- 
cima, la ayuda secreta del alma del país, que alienta el brazo al- 
zado contra los tiranos. Las alianzas que contraen de sí propias 
las almas de los pueblos y se firman por los más puros de sus hi- 
jo ante el altar en que las mujeres y las niñas ofrendan flores 
a un hombre que sólo fué poderoso por el entendimiento y la bon- 
dad, son más duraderas y apetecibles que los contratos que sue- 
len ajustar las necesidades políticas y los intereses. Los hom- 
bres que en el aniversario de la Puerta del Conde recuerdan cari- 
ñosos a "los pueblos de América que aún lloran y suspiran por 
su libertad", no dejarán mañana caer el arma que mantenga 
en Cuba y Puerto Rico la independencia que, sin más amigos 
confesos que los veintinueve de la Filantrópica y la Trinitaria, 
nació en la Puerta eon la bandera de la cruz, al pensamiento 


LAS ANTILLAS 

de Duárte, al consejo de Sánchez y al ímpetu de Mella, y escri- 
bió entre los días decorosos del mundo el vemtisiete de Fe- 
brero. 

Y sin arte de mensajeros, ui previos con vites, ni ajustes de 
secretarías euando' los puertorriqueños de Xew Vork acuerdan 
perpetuar en un monumento la memoria del criollo iireductible 
que propagó a la vez el culto del trabajo y el cuito del dere- 
cho; que arrancó al amo el esclavo lecién nacido y lo puso, jjor 
la enmienda a la ley Moret., en los brazos de la madre; que 
rompió el látigo en las manos dí'l amo azotador, seguro de que 
'das instituciones que se fundan en la injusticia, si no se sos- 
tienen por la violencia, perecen inevitablemente ", que redimió 
las fórmulas mínimas de su acatamiento a la metrópoli con el 
espíritu fundador y definitivo 3on que las minaba ; que de sus 
destierros frecuentes, ocupados en la -iem])ra de almas libres, 
volvía, como el padre a la defensa de la hija, a flagelar y mer- 
mar la opresión de su isla, que sangraba ; que cayó en la tum- 
ba pobre, con las manos flacas sobre el pecho y en la frente la 
luz inmortal; — cuando los puertorriqueños, y los cubanos con 
ellos, quieren poner en el bronce duiable aquella cabeza temi- 
da de los malos y amada de los buenos; aquel rostro desolado, 
como de quien carga el duelo público que en las esperanzas 
fugaces de redenrjión centelleaba y resplandecía, como el rayo 
en la tormenta ; aquellos ojos mansos y seguros, que no resba- 
laban traidoies como otros ojos, sino que envolvían en la mirada 
dulce, como en un maulo amigo; aquella nariz vigilante y afi- 
lada, propia de quien ponía el pecho de cota de la libertad, 
como se pone el águila de amparo de su nido; aquellos labios 
finos y dolorosos, guardados por el bigote marcial y pruden- 
te; aquella barba pequeña y femenil, como la de los hombres 
en quienes la bravura está templada pot la bondad; — cuando 
puertorriqueños y cubanos, convencidos de que el agradeci- 
miento a los patricios virtuosos es la semilla más fecunda de 
la Repúbliea, anunciaron su empeño de con agrar. donde la 
América lo vea, al bo-rincano que la estudió, y amó, y sirvió 
con fé de hijo, — los antillanos de Santo Domingo levantaron el 

205 


La^antillas 

"Altar de la patria", de la patria única y común en su Azna 
brava y noble; lo mejor de la ciudad del diecinueve de Marzo, 
con aplauso de Quisqueya entera, se con^egó en torno del 
altar, y tres niñas reclinaron en él sus coronas de flor^ en nom- 
bre de las tres Antillas hermanas, que han de salvarse juntas, o 
juntas han de perecer, en nombre de las tres islas abrazadas de 
Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo. 

• • • 

¿Era al contemporarizador forzado, al nacionalista flojo, al 
político de compromiso, al mero liberal reformista, al autonomis- 
ta puertorriqueño, a quien, con alma y palabras libres, ofrenda- 
ron flores Cubanacán y Borinquen y Quisqueya? ¿Era al comi- 
sionado del gobierno de España a la Exposición Universal de mil 
ochocientos sesenta y siete, al que en la misma carta magnífica 
de libertad que se llama en la Historia el "Plan de Ponce", y 
vivirá sobre el que logró sustituirlo, encajaba, como un puñal 
en un recién nacido, la cláusula de fidelidad a la nación españo- 
la? ¡No era al autor de la cláusula, necesaria, en época en que 
no había otra expresión o tendencia superior y manifiesta de 
la voluntad pública, para conquistar con ella los derechos esen- 
ciales negados en su patria al hombre, sino al autor del códi- 
go de derechos que abre el plan, y podrá mañana trasportarse 
íntegro a la constitución de la república puertorriqueña! No 
era al político acomodaticio, del mero brío verbal, que, a modo 
del capeador aficionado, le enseña al toro de lejos la capa co- 
lorada, y luego, sumiso y complaciente, le da la mano al toro 
sino al que reconociendo, con sacrificio costoso de su altiva per- 
sona, la realidad inevitable, en vez de bregar con las armas de 
ella para perpetuarla, sólo usaba de sus armas para mudarla 
y mejorarla sin cesar, y prepararla a la conversión final é his" 
tórica de la realidad en las colonias españolas de América, ¡a 
su independencia! ¡No era el indio mañoso que fingía a la me- 
trópoli una lealtad falsa para obtener de la metrópoli misma el 
modo de vencerla; sino el sublime preso que^ olvidándose de su 

206 


LAB ÁÑÍÍLLÁS 

peligró y de lo que pueda decir de él la fama injusta, pide cle- 
mencia el alcaide aborrecible para sus compañeros de prisión, y, 
acaso, en el sacrificio de su gratitud hubiera ido hasta tenerle en 
cuenta su clemencia al alcaide: ¡y nada más! No eia a la Carre- 
ra de San Gerónimo, la de las capas terciadas y espadas políticos 
de coleta; no era al Rastro, que es el otro nombre que le dan 
en Madrid a la plaza de desperdicios qae llaman "Las Amé- 
ricas"; no era al chocolate del Suizo, ni a la sopa de almendras 
de Foinos, ni a los azucarillos de la plazuela de Cervantes, sino 
al que, un día de invierno, cuando su patria lo mandó, por sobre 
las cabezas de los metropolitanos, a recabar de España, sin 
ninguna habilidad que comprometiese el honor ni el 
porvenir de la isla, el reintegro de la mayor suma posible de las 
libertades que España le detentaba, iba solo, por la plazuela de 
Cervantes, firme el paso apretado el bastón^ abierto el pecho 
al frío y la cara resuelta y dolorosa, i a la vez que otros diputa- 
dos, todos piel y pomada , bajaban de su lindo carruaje, repar- 
tiendo saludos ! Bastón en mano, Baldorioty cruzaba la plazue- 
la de Cervantes^ solo. 

Era al discípulo del maestro Rafael del negro Rafael Cor- 
dero a quien saludaban, del negro "que tumbaba el árbol para 
que otros fabricasen luego con la madera", era al colegial favo- 
rito de aquel padre Rufo que quería que sus discípulos '*se mu- 
rieran de hambre antes de cometer una mala acción, y que 
aprendiesen la verdad de la Física y de la Química"; era al 
(¿ue desde la juventud convidó a sus paisanos a ir allegando 
el alma descuidada del país en la ''Sociedad Recolectora de Do- 
cumentos Históricos de la Isla de San Juan Bautista de Puerto 
Rico" ; era al educador radical y amable, más pagado de la sustan- 
cia del conocimiento que de sus formas, que en el Seminario mis- 
mo enseñó la Física nueva ; que en Santo Domingo, país de costas, 
dirigió la Escuela Náutica y fundó después, con nombre profé- 
tico, el "Colegio Antillano"; que defendió cuanto pudo de los 
jesuítas y del mastín de la prensa puertorriqueña el proyecto 
de la Escuela Pilotécnica; que ya llegó sin fuerzas a Las tareas, 
en sueños siempre acariciadas^ del * ' Colegio Central Ponceño ' ' ; 

207 


íiÁS ANTILLAS 

que en la enseñanza, como en la política, qaería hombres ente- 
ros, directos y reales, hechos al trato ,común de lo natural y ap- 
tos para poner a las propias enfermedades remedios propios. 
Era al hombre íntegro a quien saludaban; al que en su carne 
misma se sentía mermado y como si le bebieran la sangre de su 
corazón, cuando se burlaba un derecho, o se lastimaba la hom- 
bría, o se humillaba en alma o cuerpo, o en algún modo 
se acortaba y empequeñecía la naturaleza libre de cualquier 
otro hombre. Era al que vio el látigo alzado sobre el esclavo 
indefenso, sobre el esclavo del color mismo de su santo maestro 
Rafael, y con sus manos flacas peleó hasta que le quitó al amo 
el azote y sentó al esclavo al lado de su amo. Era al que, con 
la mirada continental, cuando lo mandó la colonia, por cum- 
plimiento manso al país, a estudiar la exposición francesa, vol- 
vió los ojos al mundo de su esperanza y su cariño, al mundo 
cordial y grandioso de nuestras repúblicas unidas, y levantó en 
el corazón encendido de Europa, el canto americano. Era al 
que^ con el porvenir de guía invisible, fué hablando por las is- 
las que juntas se han de salvar, o han de perecer juntas, la 
palabra futura que en su día, cuando el viento se lleve le po- 
dredumbre colonial que no deja ver aún el oro del país, congre- 
gará a las islas hermanas, como ya las congrega ante el '* altar 
de la patria"; era al defensor pobre de su patria vejada, de su 
patria enmudecida, de su patria azotada, de su patria torturada, 
de su patria ensangrentada, que sólo reconocía el tribunal ini- 
cuo para poder defender ante él la patria. Era al criollo leal 
que conoció, con su sabiduría verdadera, la composición ame- 
ricana y peculiar del país en que vivía, y el fin moral y nece- 
sario a que la habían de llevar sus elementos; y no se puso so- 
bre ellos de obstáculo, ni se empeñó en uncirlos a una metrópo- 
li fatalmente retrógrada, ni a un vecino esencialmente hostil y 
diverso, sino que, en vez de valerse del país para desnaturali- 
z'ci'o Y Iraicionar'o, en vez de uulizar la,:; condiciones existen- 
tes para impedir su desarrollo natural y sus fines históricos, aca- 
tó las condiciones existentes y se valió de ellas para 
conformar el país a sus elementos, para acomodar la 

208 


LAB ANTILLAS 

política a la verdad, para fundar el porvenir en el tra- 
bajo directo y en el cariño de los hombres, para pieparar el 
país a sus fines naturales. La autonomía no fué para él un cam- 
bio de vinos con los generales amenos, que mandan ahorcar- 
mañana á aquel con quien jugaban al ajedrez ayer, sino la de- 
fensa real, en la cárcel y en la miseria y en el destierro, de las 
libertades, que lo encontraron siempre a su cabeza, porque nun- 
ca fué tan lejos en Puerto Rico la libertad que Baldorioty no 
fuese más lejos que ella. La autonomía fué para Baldorioty, 
criollo directo y útil ,el modo de congregar, en acuerdo con 
su geografía e historia, las fuerzas irreductibles del país, que en 
todo sistema de gobierno han de estar congregadas, a fin de 
que pudiesen buscar, sin peligro ni desorden, una forma más 
feliz el día en que se comprobara la insuficiencia y falsedad 
de la autonomía, como se hubiese comprobado a poco de su es- 
tablecimiento, o la imposibilidad de conseguirla. De hombres 
reales y originales necesita la América, envenenada ya con tanto 
ingerto; de hombres puros y cordiales necesitan las colonias 
españolas de América, para purgarlas en la independencia de 
la soberbia y los vicios burocráticos de la colonia ; de hombres 
tiernos y creadores necesita el mundo, que con las mieles de su 
corazón vayan cerrando las heridas que tiene que abrir en el 
bosque nuevo el hacha. Los tres pueblos hermanos, las tres 
islas que se han de salvar juntas, o juntas han de perecer, han 
hecho bien en coronar de flores^ en la fiesta de Azua, al bueno. 
al puro, al sagaz, al rebelde, al fundador, al americano Román 
Baldorioty Castro. 

JOSÉ MABTI 


209 


tAS ANtíLtAS 


GENIO Y FIGURA 


No sospechaba seguramente el señor don Juan Manuel de 
Cajigal, Gobernador y Capitán General de la isla de Cuba por 
S . M . el rey don Fernando VII, que en amor y compañía del 
cargamento de frutos que consignado a la casa de Rocbc traía 
a su bordo el bergantín Monserrat, fondeado en el puerto 
de esta ciudad al atardecer del día 15 de Abril de 1820, llegaba 
con destino a su excelentísima persona una remesa más que 
mediana de ásperos sinsabores. 

Y todo ello, porque al señor don Pablo Espríu, capitán de 
aquella nave, le inspiraron genios maléficos la ocuri encía pe- 
regrina de obsequiar a los pacíficos habitantes de la Habana 
con un ejemplar de cierto diario coruñés^ en cuyas columnas 
venía muy pulcramente impreso el real decreto de 7 de Marzo 
declarando rediviva y vigente para in aeteamum, la célebre 
constitución de 1812. 

Apeóse al saberlo el bueno de don Juan Manuel con la mon- 
serga de que a él no le hacían mella las indirect(ís, y que a don 
Fernando puro y neto y a sus órdenes se atenía, sin que liubie- 
ra quien le sacara de sus casillas, aunque en ello se empeñaran 
los mismísimC'S frailes de la Merced, que dicho sea entre pa- 
réntesis, y por lo que a sus hermanos de hogaño pueda valerles, 
fueron los primeros en jurar el sagrado código. 

Alborotóse a la nueva de aquellas declaraciones el cotarro, 
y hubo toros y cañas en las inmediaciones de palacio, durante 
toda la mañana del día 16, hasta que los oficiales Valls y Eli- 
zaeín, después de haber jurado la consabida ley fundamental, 

210 


LAS ANTILLAS 

de su propia autoridad y manu müitari, invitaron a las tropas 
de la guarnición a pronunciarse en el mismo sentido, y a pique 
estuvo el señor Gobernador de que le hicieran emprender via- 
j«e de regreso a la madre patria, empleando para ello los mis- 
mos razonamientos que más tarde, aunque por muy diferentes 
motivos, se emplearon con el general Dulce, noble caudillo dig- 
no de más respeto y mejor suerte. 

Mas como quiera que, según de autos aparece, no era por 
ahí don Juan Manuel ningún poste de granito, ni por tozudo 
se había propuesto entrar en público certamen con los tenaces 
hijos de Aragón, ateniéndose a lo que reza aquella discretísima 
sentencia según la cual es de sabios mudar de opinión y de con 
sejo, cantó de plano la palinodia, asegurando que de lo dicho 
no había ni pizca, que a él también lo de la constitución le pa- 
recía de perlas, y que, con la propia buena voluntad que en ello 
había puesto el señor rey constitucional don Femando, estaba 
él dispuesto a jurar el código inmortal y tres más, si acaso 
otros tantos, por lamentable negligencia, se le hubieran queda- 
do olvidados en algún rincón del camarote al capitán del Mon- 
serrat. 

Desvanecióse el alboroto como por ensalmo ante las pruden- 
tes razones del Gobernador, y fundidos en uno todos los senti- 
mientos, vitoreados a pulmón pleno por los ámbitos de la ciudad 
la constitución y sus arriscados valedores, sólo se pensó en in- 
troducir en el régimen imperante las modificaciones que con 
más apremio exigía el espíritu público. 

Por de contado, el periódico oficial se convirtió en Diario 
Constitucional del Gobierno de la Habana, título que a pocos 
días — en 21 de Abrí — trocóse en el de Diario del Gobierno Cons- 
titucional de la Habana, y la imprenta en que se editaba dejó 
de ser la Oficina de Arazosa y Soler, impresores de Cámara de 
S, M. d& gobierno y R. S. P-, para llamarse escuetamente Ofi- 
cina del Gobierno Constitucional. 

Restablecióse, como era de rúbrica, la auspiciosa lápida con- 
memorativa, erigida en 181i2 y eliminada por la reacción de 
1814, y en la noche de 19 de Abril, fecha memorable de aque- 

211 


LAS ANTILLAS 

lia restauración, ilumináronse suntuosamente todas las calles ; 
distinguiéndose de modo extraordinario la de Riela, acaso por el 
fervoroso entusiasmo de sus moradores, rebautizada cntoTices 
con el nombre de calle de la Constitución; y pora que nada 
f^iltarc^ a completar e*l jíihilo que aquel gran sucsso hubo de 
inspirar a los habaneros, en el teatro principal se cantó por la 
compañía de Opera que en él actuaba a la sazón, un armonio- 
so himno alusivo a tan glorios<^s circunstancias. 

Más no sólo con el viático de esta apoteosis coriti-iljiíyó e! su- 
sodicho teatro al sólido afianzamiento del sistema, porque no 
mucho después, en 15 de Mayo, publicaba en el piíriódico ofi- 
cial el señor Manuel Aíriaza el siguiente aviso • 

"TEATRO PRINCIPAL" 

''Lunes 15, habiendo suplicado un considerable número de 
los señores abonados y otros varios que se repitiese a la mayor 
brevedad la comedia constitucional en dos actos ¡Lo que puede 
un e^mpleo!^ que tan bien recibida ha sido de este públi:^o, la 
dirección ha dispuesto para este día su ejecución". 

Y porque no vaya, mal informado, algún lector a dar po)' 
visto y probado que fué por entonces el de la constitucionali- 
düd, privilegio exclusivo de las comedias, entre las produccio- 
nes literarias, quiero hacer constar que este beneficio había 
sido otorgado con anterioridad a las poesías líricas, puesto 
que en 19 de Abril publicó el señor Ignacio Va Idos un Brindis 
Constitucional dividido en tres; amén de que, a partir del día 
venturoso en que fué promulgado el código, depusieron las 
Piérides sus atributos en el arca santa que lo guardaba, y na- 
die fué osado a rimar penas con cadenas o precioso con glorio- 
so con otro propósito que el de execrar la tiranía, o celebrar 
las excelencias de la libertad. 

No fueron, con toda certeza, de índole distinta los lauda- 
bles fines que a cierto industrial establecido en la calle de Cuba 
número 16, sugirieron la idea de fabricar y poner a la venta 
vestidos y pañuelos constitucionales de olán, bordado^', de los 

212 


LAS ANTILLAS 

cuales aseara en el anuncio correspondiente, y a fe que eon 
todo mi ase^^timiento, aunque no me haya sido dado el contera 
piarlos, que eran lo más particular que ^e ha vi^io. 

En cambio, nada tiene de extraño, si bien es dijrio de todo 
encomio, el celo discretísimo del señor Director de Lotería, que 
en 17 de Abril dispuso lo que verá el lector a continuación: 

''LOTEEJÁ CONSTITUCIONAL'' 

"Con motivo de hallarse hecha la impresión de los billetes 
de los sorteos que se han de celebrar en el presente año. y 
una g.ran parte dirigidos a las Colecturías de I,;- interior de Ir 
isla, cuya anticipación de trabajo y demás requisitos es de al) 
soluta necesidad, siendo por lo tanto imposib^e variar ol or 
den que tienen sin riesgro de atraso y con en')rmos costos d<'! 
ramo; el Sr. Juez Conservador y Directo.r general ha dispue- 
lo, convencido de estos justos inconvenientes, que no se hafr» 
novedad en los billetes ya distribuidos: que en \os del Sorteo nú 
mero 67, que no lo están se ponera la exprcnón de Consfifv- 
ción donde dice Real; y que en los quf^ se 'mprirann para e^ 
año próximo 1821, se fije Lotería Constitucknal. -:iendo éste e' 
modo de salvar el deseo y o^den nni-Formpm m^f-e íim-teeido pen- 
todos los amantes a él: y de la de dicho Juez Conservador y Di 
rector g-eneral se anuncia al público para su noticia, e^pergnrlo 
de su conocida ilustración le parezca bien esta medida tornad?^ 
en deseo del acierto. 

Habana, 17 de Abril de 1820. 

FRANCISCO DE SALES MARTÍNEZ' \ 


No me ha sido posible averig'uar, a pesar de las múltiplas 
in^^estio-aciones oue al efecto he practicado, si el premio mayor 
de la Lotería ConHitudonal tuvo la humorada de favorecer, 
fiujique sólo» fuera por muerte de \m obispo y entrada de uti 


LAS ANTILLAS 

general, a alg-ún impenitente absolutista, pero mucho m^ temo 
que así sucediera, porque en el misterioso vaivén de los hu- 
manos eventos parece a veces descubrirse la intervención de una 
sutil ironía. Ello, en todo caso, no amenguaría en un ápice 
la gloria del señor Director de aquella patriótica institución, 
porque todo en la vida, incluso el deseo de acierto de los fun- 
cionarios públicos^ tiene un límite. ... 

Y aquí, lector, hago punto final por ahora, y echo la rúbri- 
ca a las presentes disquisiciones; mas no será ello sin afiirmar, 
eomo mejor parezca en derecho, que de todo cuanto dejo apun- 
tado y de algo más que para mejor proveer, si fuere necesa- 
rio, se consignará en autos, he llegado a deducir atando cabos, 
que no fué ningím mequeirefe, sii]o un grandísimo zahori el lu- 
sitano a quien se le ocunió decir que el genio de una raza, como 
la raíz de la grama, reverdece y crece en todos los terrenos a 
pesar del arado. 

SERGIO CUEVAS ZEQÜEIRA 


214 


LAS ANTILLAS 


EL PUERTO-RIQUENO 


Dedicado a mi apreciable amigo Don Pablo Saez. 

Color moreno, frente despejada, 
Mirar lánguido, altivo y penetrante. 
La barba negra, pálido el semblante. 
Rostro enjuto, nariz proporcionada. 

Mediana talla, marcha acompa^sada ; 
El alma de ilusiones anhelante, 
Agudo ingenio, libre y arrogante, 
Pensar inquieto, mente acalorada, 

ííuraano, afable, justo, dadivoso, 
En empresas de amor siempre variable, 
Tras la gloria y placer siempre afanoso. 

Y en amor a su patria insuperable : 
Este, es, a no dudarlo, fiel diseño 
Para copiar un buen Puerto-Riqueño . 

MANUEL A. ALOXSO 


215 


LAS ANTILLAS 


LA HABANA DE AYER 


OJEADA RETROSPECTIVA 

En El Regañón de la Havana correspondiente al día 6 de Enero 

de 1801, eneoiitranios la siguiente pintura retrospectiva de esta ciudad. 

Empiezan los siglos y se acaban y apenas 
aprenden los hombres algnnia parte de lo 
mucho que pudieran saber. 

Historia de la Lit. Ant. 

Señor Público : 

Año nuevo, siglo nuevo, tres papeles periódicos cada sema' 
na la mayor parte de los Escritores ramplones ya destruidos, 
y los que han quedado ^e hallan en las Ansias de la muerte, 
los delitos poéticos mandados desterrar, los estudios mejorados, 
en parte, la crítica en las Ciencias y Artes en última moda 
las imprentas en auge, y trabajando sus prensas continuamen- 
te, las luces y el buen gusto en las letras haciendo progresos, 
y la instrucción extendiéndose hasta en lo mas ínfimos indivi- 
duos. Tal es el Quadro literario que presenta la Ciudad de la 
Havana en ;,i conclusión del siglo diez y ocho y tales son los ci' 
üiieiiííjs sobre que va a edificar su verdadera grandeza y sus 
adelantamientos en el diez y nueve que principia. Ni la separa- 
ción "de cerca 4e dus mi] lenguas eii qvie está d© la parte del 


LAS ANTILLAS 

mundo mas culta, ni las preocupaciones antiguas de 
algunos Pseudosabics que por desgracia no faltan en las vacie- 
dades de muchos escritores que no conocen la buena crítica, y 
que guiados por su amor propio tienen por un delito el que se 
les descubran sus faltas literarias, últimamente, en todas las 
quexas que den aquellos corrompedores del buen gusto, de la 
razón y de la verdad, podrán impedir el feliz trastorno de 
ideas en la literatura que ^'p cundiéndose generalmente hasta en 
los individuos que menos gustan de ella. No dexo de confe- 
sar que en trescientos años que son los que cuenta esta Ysla 
de existencia social ha llegado a un estado de grandeza que 
comparada con otras muchas poblaciones le lleva una excesiva 
Ventaja, pero tampoco ^e me oculta que esta misma grandeza 
tan notable casi se ha formado toda en menos de cincuenta 
años. *^ 

Hagamos, pues, una ligera y desapasionada pintura de lo 
que era esta Colonia medio Siglo hace. 

Considérese una isla ca^i desierta, la mayor parte de los 
campos realengos y sin cultivo, los caminos intransitables, las 
poblaciones sin orden, la Ciudad donde residía el primer Ma- 
gistrado, aunque un poco fortificada sin la mayor defensa, sus 
casas eran casi todas de guano, su comunicación con la Capi- 
ta del Reino eran tan tardía que cuando llegaba el Correo de 
España se tocaban las campanas y se hacían regocijos públi- 
cos : su industria y su comercio tan limitado y débil que los 
que lo exercían estaban envilecidos; sobre literatura no se ha- 
ble, porque estaba reducida a un cortísimo número de indivi- 
duos que a fuerza de no haber otros los llamaban sabios y 
hombres grandes : los pocos libros que venían de Europa a pesar 
de la libertad de derechos eran tan caros que su precio impe- 
día la venta. No había más que una Imprenta, y esta defectuo- 
sa que se ocupaba quando mas en hacer alguna papeleta de com- 
bite, tirar alguna estampa, reimprimir los almanaques de Mé- 
xico, o copiar alguna cartilla de primeras letras. Algunas co- 
plas insulsas y majaderas con nombre de décimas quartetas o 
posa semejante que corrían manuseritas era todo lo que se lia. 


LAS ANTILLAS 

maba poesía y la admiración de casi todos los habitantes que 
se quedaban lelos cuando las oían y llenaban de bendiciones no 
sólo a los autores, sino también a las Madres que parían unos 
pozos tan grandes de ciencia. En punto a las Artes no se cono- 
cía una obra siquiera que fuese hija suya legítima: edificios 
sin más mérito que ser unas masas enormes sin orden ni pro- 
porción : obras de escultura ridiculisimamente copiadas y esta- 
tuas que solo se sabía que eran de seres racionales por tener 
algún letrero que lo expresase: en la pintura no se veían más 
que mamarrachos indecentes y desconcertados y que causaban 
la mayor irrisión : teatro, drama, unidades y expectáculos eran 
voces enteramente desconocidas y solo por noticias sabían algu- 
nos los nombres de comedias y entremeses. Últimamente, ya- 
cía esta Colonia en la inacción y debilidad y casi no era cono- 
cida en Europa mas que por su excelente tabaco. 

Tal fué la existencia de la Isla de Cuba y la de esta Ciudad 
hasta mucho después del año 1750. Pero desde entonces acá 
¿que conjunto de cosas nuevas e inmortales no se presentan a 
mi vista y que parece imposible que se hayan podido efectuar 
en menos de cinquenta años? 

Ya veo una Isla .regularmente poblada, la mayor parte de 
tOK campos produciendo sus riquezas inagotables: unos caminos, 
aunque no buenos, por no ser esta obra de tan poco tiempo, a 
lo menos casi todos transitables: las poblaciones del interior 
de la Isla regularmente ordenadas: la Havana en el mayor es- 
tado de defensa tanto en sus fortificaciones como en tropa arre- 
glada: muchos años hace que se prohibieron enteramente den- 
tro de la ciudad las casas de guano, siendo todas las que hay de 
cal y canto, aseadas y de regular proporción : la correspondencia 
de Europa, aunque detenida en el día por los males inevitables de 
la guerra tiene su establecimiento mensual : la industria ha ido tan 
to en aumento y el comercio le ha proporcionado tantos adelantos 
que no es maravilla ver los muchos caudales que hay y que se van 
levantando cada día: la literatura ha tomado un vuelo que ya 
desprecia las abstracciones problemáticas áof los antiguos y 
ocupada ^n el verdadero saber mira como puerilidades las qües- 

218 


LASAN TILLAS 

tiones de voces vagas, las sofismas embaucadores y los argumen- 
tos estrafalarios inventados más bien para ostentar una erudi- 
ción ridicula y saciar el amc-r p^ropio con aplausos estériles que 
para descubrir la verdad de que tanto se jactan. 

Ya tenemos muchos hombres que regularmente instruidos en 
las verdaderas ciencias y manejando la pluma con algún acierto 
y muy buena crítica, apenas pueden lograr el nombre de sabios 
porque ese dictado no se da con tanta facilidad como antes : los 
buenos libros no son raros para aquellos que los saben buscar 
y quieren aprovecharse pues tenemos una Biblioteca pública 
de la Sociedad con escogido aunque no copioso número de 

libros. ' "^-- 

Nos hallamos con quatro Imprentas de las cuales dos son 
buenas, la tercera no es completa y la quarta está jubilada. En 
las dos primeras no falta trabajo y á pe^^ar de no haber sobra de 
operarios, por causas que ignoro, están sus prensas continua- 
mente ocupadas en dar a luz maiehas producciones que aun cuan- 
do no sean escelentes servirán de fundamento para que se em- 
prendan cosas de más mérito. Tres papeles periódicos de a 
pliego cada uno en la semana se reparten al público. El que se 
llama así que se reparte por medios pliegos los Domingos y 
los Jueves: y el presente que se da á la luz los Martes tratan 
de asuntos polémicos y el que se reparte los Miércoles titulado 
''La Aurora" es puramente político y económico. Otro ha 
habido también titulado ''La Lonja Mercantil" que pudiera 
susbsistir al presente si la mala elección y el peor desempeño 
de las materias que ha escogido su Editor no hubiera forzado 
á sus subscriptores á abandonarlo por no sostener con su aten- 
ción la existencia de semejante papel. 

No podemos menos de decir que por desgracia tenemos to- 
davía una cáfila de copleros que á pesar.de la obscuridad y 
anonadamiento literario en que yacen, pretenden sacar la cabe- 
za de quando en quando para echar un erupto poético; pero 
como hay tanta diferencia del presente año al de 1750, estos 
ya casi no exercitan su vena mas que en hacer trobos,.y en al- 
gunos delirios sueltos con nombre de redondillas, sonetos etc. 

219 .. 


LASANTILLAS 

todos los hombres de juicio le dan el aprecio que se merecen unos 
sngetos tan mezquinos. 

Las artes ya se van estimando y no faltan edificios de me- 
diana arquitectura, estatuas regularmente hechas ,como las de 
las fuentes en el paseo de la Alameda, pinturas baistante bue- 
nas y bien expresadas, y maestros inteligentes en estos ramos. 

Hay una Sociedad Patriótica y un Real Tribunal del Consu- 
lado que ocupados incesantemente en fomentar la agricultura, 
el Comercio, las Ciencias y las Artes han dedicado y dedican 
quantiosos premios para su adelanto. Ambos cuerpos a más de 
liS gastos ordinarios y extraordinarios que hacen para la públi- 
ca felicidad, pagan de sus fondos dos jóvenes que han pues- 
.to a aprender el arte de imprimir en las dos principales impren- 
tas de esta Ciudad, y otro bien dotado para el estudio de la 
Botánica, ciencia desconocida en ella poco tiempo hace. Hay 
una casa de Beneficencia, obra suntuosa donde están recogidas 
sesenta y seis educandas y casi igual número de indigentes. 
Hay finalmente muchas casas de piedad modernamente aumen- 
tadas : y establecimientos útilísimos destinados al iramo más in- 
teresante que es la educación pública de los individuos que al- 
gún día han de llegar a ser padres de la Patria. Hemos teni- 
do también un teatro muy regular y bien servido y el que hay 
en el día puede adquirir dentro de poco tiempo una gran me- 
jora. Muchas de estas cosas que en el día existen en esta Ciu- 
dad no eran conocidas en ella, miedio siglo hace, y las demás es- 
taban muy imperfectas. 

Al fin el aparato con que se presenta la Habana en el prin- 
cipio del siglo XIX, la grandeza a que ha llegado en menos de 
50 años como hemos visto, y los espíritus generosos que la ha- 
bitan me hacen pronosticar con mucho fundamento que en el 
discurso de este siglo llegará esta ciudad a causar emulación 
a las más cultas de Europa, logrando la mayor parte de sus in- 
dividuos, cuando no saber todo lo que pudieran, a lo menos 
competir con los literatos de las demás naciones. 

i O si lograra yo antes de acabar mis días, ver verificado 
f^q 9» pi pitpit! Me p^í^e^e que nin^n h(^n\(Vü 


de buen sentido puede dudar que no suceda; pero aun quando 
no llegare a efectuarse por uno de aquellos acasos rarísimos 
que trastornan el orden natural de los sucesos, quiero tener la 
dulce ilusión de considerar que llegará a verificarse ! quiero 
rg'üci jarme de antemano con su futura prosperidad y grande- 
za: y quiero, fírjalmento mostrar a todos este júbilo que se ha 
apoderado de mí, desde que llegué a tocar el suelo que me ha 
visto nace,' el qual DJen podrá ser indiscreto si se quiere^ pero 
nunca infundado lú estéril. 


221 


t A á Á N í ILLA 


LA COPLA CRIOLLA 


Nemesio Canales coincide conmigo en el elogio de la fies- 
ta criolla celebrada en el Ateneo. En lo que no estoy de 
acuerdo con el ingenioso escritor es en su afirmación de que 
las coplas jíbaras ''como combinación musical, como labor ar- 
tística, no representan ni valen nada". Y es que Canales no 
ha estudiado el valor de la copla criolla desde el punto de vis- 
ta de la psicología de nuestro pueblo ni aún de la literatura. 

Es ese un género literal io que se cultiva en todos los paí- 
ses de América latina y constituye lo que se llama el Folk-lore. 
Nosotros le hemos dado tan poca importancia,, que no tenemos 
siquiera una pequeña Antología de ese género como la tiene 
Cuba, Venezuela, Argentina, Chile y otros países de América. 
Hemos tenido en tan poca estima al jibaro^ como tipo repre- 
sentativo, que no existe un libro en el que se estudie su vida, 
su costumbres, sus carácter y su poesía. 

Esa música, algo monótona es cierto, pero sencilla, melan- 
cólica, tristona, es un quejido del alma del jibaro; cuya vida 
es también triste, monótona, rutinaria. Responde, pues al es- 
tado psicológico del habitante de nuestros campos en cuya fiso- 
nomía especialmente en sus ojos, hay una expresión de dulzu- 
ra y a veces de altivez, propias de su carácter indolente como 
el indio y fuerte como el español, pues de la mezcla de ambas 
razas surgió ese tipo. Sus pómulos salientes y sus ojos tris- 
tones son signos característicos del indio como su pelo lacio y 
su color blanco pálido lo son del español . 

Y la copla criolla refleja también esos caracteres. Casi 

222 . 


Las ANTILLAS 

todas tienen por tema el amor a la hembra y el amor al terru- 
ño pues el jíbaro ama su campo y rara vez lo abandona por 
la existencia de las ciudades. Prefiere su vida de campo, su 
boliío,, Í5U hamaca, su tiple y su gallo a todos los placeres de 
la ciudad Cuando el jíbaro conduce el ganado o va de noche 
por los caminos, canta siempre, y esas coplas, oida:^ en la so- 
ledad de la noche^ tienen una melancolía tan especial, que re- 
suenan como quejidos que lanza la montaña. 

Yo no sé si la copla criolla es autóctona o importada, aun- 
que me inclino a creer que la trajeron a América los andalu- 
ces, pues el lenguaje jibaro tiene muc;ho del andaluz popular 
y como éste es pintoresco. Palabras que nosotros llamamos 
jibaras, como haigas truje naide, vlde, cogía, juyiste, aflegia,- 
rompió etc., forman parte del caló andaluz y gitano. Ese 
cantar se enriqueció al trasplantarse a América ante el espec- 
táculo de la naturaleza tropical, y si en Andalucía es quejum- 
broso y trágico, jactancioso y fanfarrón, como lo es el alma gi- 
tana ,acá en los trópicos, se volvió apacible y suave, burlón e 
irónico . 

Así la copla criolla, unas veces canta a la hembra, otras 
al caballo, al gallo, a la vaca y a los productos de la naturale- 
za, í);' aquí qv c perdiendo su sabor andaluz haya adquirido 
el Criollo. El jibaro canta lo que compone o lo que otros más 
culKs quo él han compuesto pero no acepta coplas de otras 
tierras ni que tengan nombres extraños. A veces canta en cuar- 
tetas o en rotnances ; aunque su copla predilecta es la décima 
con la que celebran torneos los llamados trovadores que a ve- 
ces improvisan con ingenio. 

En cuanto ai valor literario de esas coplas, hechas, muchas 
de ellas por verdadeaos poetas, es innegable, como lo es en la 
poesía popular de todos los países. Las hay de tendencias filo- 
sóficaSj morales, amorosas, patrióticas, excépticas y burlonas. 
Hace tiempo me propuse coleccionar el mayor número posible 
de coplas criollas para hacer un estudio de ese género litera- 
rio. Pero tropecé con el obstáculo con que aquí .se tropieza pa- 
ra todo, la apatía, y muy pocas pude conseguir. De las que 

223 


Lab ANTILLAS 

ííonservo voy a copiar alonas pafa demostrar que no carecen 
de huínorisnio y de mérito literario. 

Cantar bien o cantar mal : 

puede ser indiferente, 
pero estando entre la gente 
cantar bien o no cantar . 

Te llaman galio de espuela, 
más tu pluma no respeto, 
que yo he mandao a la escuela 
a gallos de más talento. 

Ninguno cante victoria, 
aunque en el estribo esté; 
que muchos desde el estribo 
se suelen quedar a pié. 

Si yo fuera gato negro 
por tu ventana me entrara, 
a tí te haría ñau, ñau, 
y a tu madre la arañara. 

Hombre pobre enamorao 
es gallo tuerto sin cola, 
que le dan un aletazo 
y queda ciego de bola. 

Estas muchachas de ahora 
yo te diré como son, 
alegres para el fandango 
y tristes para el fogón. 

Cuando un blanco está comiendo 

con un negro en compañía, 

» •■■•■'--' 

224 i 


LÁSÁNÍILLAÜ 

o el blanco le debe al riegrd, 
o es del negro la comía. 

Las mujeres son el diablo 
parientes de Lucifer, 
se visten por la cabeza, 
se desnudan por los pies. 

Si por pobre me desprecias 
digo que tienes razón, 
que hombre pobre y leña verde 
no calientan el fogón. 

El hombre que se casare 
con una mujer bonita, 
hasta que no llega a vieja 
el miedo no se le quita. 

Ayer pasé por tu casa 
me tirastes un limón, 
el sumo me dio en los ojos, 
el golpe en el corazón. 

Cuando las mujeres quieren 
naide las puede atajar, 
porque esas no son ;Caballos 
I que resisten el bozal. 

Diga ahora el amigo Canales si en esas '' coplas jíbaras" no 
hay literatura, ironía y punzante humorismo. En otras que 
conservo se nota cierta tendencia a satirizar a la mujer, pero no 
debe tomarse por desafección, pues la jibara es apa -iouada y 
leal y se rinde más al amor que al dinero. Muchas de esas coplas 
las he visto en el Folk-lore venezolano como propias del llanero, 
lo cual indica que las familias venezolanas que emigraron a este 

225 


LAS ANTILLAS 

país a principios del siglo pasado, las trajeron y se generali- 
zaron en nuestros campos. 

Es de lamentar que nuestros literatos^ por la manía tonta de 
admirar lo exótico y despreciar lo propio no se hayan dedicado a 
formar el Folk-lore portorriqueño. 

MARIANO ABRIL 


226 


LAS ANTILLAS 


VERSOS (1) 


leídos en la reunión literaria de la celebre 
poetisa doíía alejandrina benitez de gautier 


Dejad, dejad que entre mundano ruido 
La necia multitud, en su locura, 
Al corazón y a Dios ponga en olvido 
Por vanos sueños de falaz ventura. 

Dejad que, renegando del tesoro 
Del pensamiento que en la sien golpea, 
Eleve altares al placer y al oro 

Y sólo en ellos deslumbrada crea! 

No importa que en su necia idolatría 
Burle la fe que en nuestros pechos arde ; 
De nuestros gustos y placeres ría, 

Y de un desdén estúpido haga alarde; 

Pues no para ella Dios prestóle al alma 
La sed de fama, el don del sentimiento; 


(1) Juntamente con el álbum de Alejandrina Benítez, y con 
otros papeles de familia que religiosamente conservo, he encontrado 
esta bella poesía escrita por Heraclio de la Guardia en días de pros- 
cripción y de dolor. 

s. c. z. 

227 


LAS ÁMÍ ILLÁ^ 

Le dio la voz qUe los peSafes calma 

Y la dulce embriaguez del pensamiento. 

No para ella concedió a las flores 
Delicados secretos de ternura; 
Alas dio a la esperanza y los amores, 
Dulces misterios a la noche oscura ! 

No para ella coronó el espacio 
Con esas luces de fulgente llama; 
A la tarde esmaltó de oíoy topacio 

Y creó ese sol que el universo inflama I 

No es para ella^ no, que brilla ai-dicnte 
La casta fe que el entusiasmo inspira ; 
Que laurel ciñe la inspirada frente 

Y su -5 acordes trovas da la lira. 

Atrás! atrás! espíiitus vulgares 
Que arrastra el mundo en su revuelta orgía, 
Que dais a la materia culto^ altares, 

Y desdeñáis sin fe la poesía! 

Lejos de aquí, do vive el sentimiento ; 
í)o la amistad, la gracia y la hermosura 
Al corazón unidas y al talento, 
(ruardan la luz del entusiasmo pura! 

Lejos de este recinto, en que se anida, 
Cual en bosque de rosas tropicales, 
Un ave de los cielos descendida 
De dulce voz y cantos inmortales! 

Do huyendo de profanos el insulto 
Tjas fugitivas musas se guarecen ; 

Y restaurado el olvidado culto. 

De nuevo, puro, al corazón lo ofrecen. 


228 


LAS ANTILLAS 

i Atrás! de este santuario, el vil cinismo, 
La envidia torpe, la avaricia odiosa, 
El inculto y salvaje escepticismo, 
El verso indigno y la menguada prosa ! 

Pero el alma sensible, que á la vida 
Presta sus alas y la eleva al cielo ; 
La mirada que á lo alto dirigida 
Busca en la llama de la fe cbnsuel» : 

El pecho hidalgo que al dolor herido 
El brillo de una lágrima conmueva; 
Que presta apoyo al débil y al caído 

Y á baja adulación nunca se atreve. 

El pensamiento audaz, que en el lenguaje 
Del cielo y del amor sus penas cuenta, 
Que no hizo nunca al corazón ultraje 

Y con goces del alma se contenta : 

Esos aquí hallarán senos amigos 
Que el arte unió con fraternal cadena. 
Los que a pesar de genios enemigos 
Com^parten sus placeres o su pena! 

Esos aquí hallarán reposo y calma 
Bajo una sombra de verdor eterno: 
El alma herida encontrará otra alma. 
El corazón sensible un pecho tierno! 

Yo, que al través del mar voy a la suerte, 
Cual hoja por el viento desprendida, 
Sin que el futuro a descubrir acierte. 
Lejos de todo cuanto amé en la vida I 


229 


LAS ANTILLAS 

Yo, que doy a mis íntimos pesares 

Y al patrio duelo funeral tributo^ 

Que miro sangre en mis paternos lares, 

Y lágrimas no más, tristeza y luto; 

La esperanza encontré bajo sus alas 
Que al alma entristecida dio consuelo; 
Volvió a mi mente sus perdidas galas 

Y al triste corazón su fe en el cielo ! 

HERACLIO M. DE LA GUARDIA 

Puerto Rico: 1862. 


^30 


LAS ANTILLAS 


LA CUESTA DEL GRIEGO 


(LEYENDA PUERTORRIQUEÑA 


Todavía, bien entrado el primer tercio del siglo XIX, época del 
gobernador D. Miguel de la Torre, era peligroso viajar por los ca- 
minos del interior de la Isla, especialmente de noche, porque to- 
das las vías eran de herradura, muy eer,rado el boscaje de uno 
y otro lado del camino y el piso desigual ,enchar<íado y pedre- 
goso. El caballo tenía que ser vigoroso y resistente para em- 
prender con él cualquier viaje de pueblo a pueblo. 

Con todos esos inconvenientes los buhoneras italianos se in- 
ternaban por la Isla a surtir a los ricos estancieros de una prcir 
dería no siempre de buen gusto, en relojes, sortijas, brazaletes y 
cadenas de oro ; y hacían pingües ganancias. 

A la caída de una tarde del mes de Septiembre de 1833 el 
prendero Ramini se dirigía de Manatí a Arecibo, y el mal tiempo 
le sorprendió en uno de los puertos del camino del barrio de 8a 
baña Hoyos. Faltábale aún descender dos grandes cuestas antes 
de caer en el camino llano del barrio del Factor y ganar el 
pueblo por los tortuosos callejones de los trapiches de cañas; con 
el aditamento del peligroso pasaje de un ancón en la desemboca- 
dura del río Ahacoa. 

La noche se venía encima a más andar y Ramini no podía 
avanzar mucho por lo resbaladizo del barro cipey, teniendo que 
llevar sii cabalgadura n paso lento para evitar vma caída. I^ntra- 

281 


L AS ANTILLAS 

da la noche, se le dificultó más la marcha : y habiendo divisado 
Lina luz que salía de un claro del monte, resolvió detenerse allí 
para descansar. Llegado al bohío, preguntó a un hombre que es- 
taba sentado en la escalerilla: 

— ¿Quiere V-, paisano, servirme de guía hasta el pueblo? 

— ^No puedo. No tengo caballo para acompañar a Vd. A pié 
es imposible, poique con lo que ha llovido las cuestas deben estar 
intransitables . Hay muchas gradillas y no quiero romperme una 
pierna . 

— ¿Podría pasar aquí la noche? 

—Si se conforma V. con dormir en esa hamaca, sí. Y para 
cenar no hay más que cafe prieto y plátano asado. 

- — Bien, me quedo, dijo el buhonero apeándose de su caba- 
llo. E] campesino se le acercó y le ayudó a descargar la cabal- 
gadura de dos grandes baúles de madera, fabri,cados expresamen- 
te para hacer bien el contrapeso y servir como de banastillas. 
Después le puso una soga al caballo y lo llevó a comer grama de- 
trás del bohío. El buhonero, entretanto, se acomodó en la hama- 
ca de majagua y entabló diálogo con la mujer del labriego. 

II 

— Va le dije a Vd. que no había más cena que ésta, excla- 
mó el hombre del bohío, presentando al buhonero una jicara lle- 
na de café prieto. Está sazonado con melao porque no tengo azú- 
car. Y aquí tiene usted dos plátanos, muy bien asados por mi 
mujer. 

— Gracias. Me gusta mucho el café prieto, aunque sea endul- 
zado con melaza. Lo^ plátanos no he podido aún acostumbrarme 
a ellos. Solamente maduros puedo pasarlos. Afortunadamente 
yo traigo pan de Manatí y además queso fresco, que puedo com- 
partir con ustedes. También traigo tabacos. 

"Después de cenar se soltó la lengua. El buhonero contó su 
historia. Corta. Hacía cinco años que se había dedicado a aquel 
negocio y se acercaba la hora de retirarse a Heggio. No eía am- 

232 


L A S ANTILLAS 

bicioso. Tenía una novia y quería casarse pronto para formar 
su modesto hogar. 

El campesino no era del país. Era griego. Marinero de un 
barco de travesía que hacía el comercio entre Barcelona y las An- 
tillas. Un día desembarcó con parte de la tripulación en la Ca- 
pital ; y en una tienducha de la Marina tomó ron de caña y se le 
fué a la cabeza 

Hubo riña y él mató a uno. A él lo hirieron. El barco se hi- 
zo a la vela y el grigo quedó en tierra detenido. Fué condenado 
a presidio por algunos años. 

Cumplió: y se echó al campo a ganarse la vida. Por fin, 
fijó su residencia en aquel sitio, alejado de la sociedad, con una 
compañera, eon quien compartía su triste existencia : y no había 
podido hacer fortuna. 

La conversación se enfrió; el buhonero guardó silencio; y 
el griego dijo, apesarado y mordido de envidia por el relato de 
su interlocutor : 

— Tengo que madrugar. Tantos recuerdos me lian entriste- 
cido y lo mejor es dormir para disipar las penas!. ... Si algo 
necesita usted llame a esta puerta. 

in 

La excitación del viaje, la mala cama y el café no dejaron 
dormir al buhonero. En vano pretendió conciliar el sueño. Vien- 
do que le era imposible dormir acordóse que él llevaba siempre en 
el bolsillo una velilla de cera retorcida. Hizo luz. Se dirigió a 
uno de si'S baúles, lo abrió y empezó a entretenerse limpiando 
suavemente con gamuza las prendas, reconociendo si cada una 
estaba en sn estuche y otras minucias por el estilo, para pasar 
la re che. 

Prr una de las rendijas del aposentucho lo atistaban el grie- 
go y su mujer, que tampoco podían conciliar el sueño. Cada 
vez que veían un terno, el brillo de las piedras preciosas les des- 
lumhraba; pero no decían una palabra por no asustar al buho- 
nerOí 

^33 ■ ' ' 


L A S A N T I ij L A S 

De pronto empezó a llover y a tronar fuertemente. La ca- 
bana se sacudía al rodar sobre ella uno de esos truenos que con- 
mueven la atmósfera. Los relámpagos azulosos se metían por las 
rendijas del rancho. El caballo relinchó. El buhonero cerró el 
baúl y llamó a la puerta del cuarto del campesino . 

Voy ; contestó el griego con voz fuerte . 

Y apareció en la sala, después de pasado un rato, dando lu- 
gar al huésped a que creyera que se había detenido en levantaTse 

y vestirse . 

—He oido relinchar mi caballo y quiero ver si se ha enreda- 
do o le ocurre algo. 

—Yo iré a verlo ; dijo el griego. Al resplandor de la velilla 
se veía su faz contraida y de color profundamente pálido. Fué 
a abrir la puerta, y de pronto una ráfaga de viento apagó la ce- 
rilla, que tenía en la diestra el buhonero. Al mismo tiempo se 
oyó un grito agudo. Un relámpago alumbró a dos hombres que 
luchaban en la oscuridad cueipo a cuerpo. Al cabrilleo de la 
chispa eléctrica y al estampido del trueno el icaballo relinchaba 
con insistencia. 


IV 

Cuatro años después de este suceso D. Jacinto Dávila, te- 
niente a Guerra del pueblo del Naranjal. (Vega Baja) marcha- 
ba hacia Arecibo, en compañía de D. Miguel Rodríguez de Ma- 
thos, teniente a Guerra de Manatí. Iban a un gran desafío de 
gallos que había en la Villa del Capitán Correa ; y a gozar de 
las fiestas religiosas que se celebraban con motivo de Nuestra 
Señora de Monserrate, la patrona de la Villa. 

La noche les cogió en el camino y a fin de evitar un aguacero 
que les caía de soslayo, se replegaron junto a una casa, antes de 
emprender la penosa bajada de la Cuesta del Griego. Con el 
cobertizo sobresaliente de la casucha evitaron mojarse, situándo- 
se al lado opuesto de la lluvia. Esta, en lugar de disminuir, arre- 
ció por momentos y empezó a relampaguear y a tronar arecio. 

Dori J^ciíjto Jiabía reeostado la cabeza contra el seto de la c^- 


: LAS ANTILLAS 

sa y después de una descarg-a eléstrica, que iluminó el espacio, 
oyó distintamente estas palabras, pronunciadas dentro del ven- 
torro: * «_ ' ^- 

— Una noche como esta mataste al prendero. 

— 'Calla mujer! Eso no se dic€ ni a las tinieblas. . . . 

— Es que recuerdo que rodaste por tierra, a pesar de la pu- 
ñalada que le diste primero. El te agarró por el cuello y si 
yo no te lo quito de encima acaba contigo . 

— Tenía unas fuerzas hercúleas. Le atravesé el pecho con el 
cuchillo dos veces, sentí su sangre caliente mojarme la mano y 
sius dedos de hierro me constreñían la garganta horriblemente. 
En fin, está enterrado junto al palo de aguacate con su caba- 
llo y sus baúles vacíos. Siempre tengo miedo de pasar por allí . 

- — Recuerdo. . . . 

-—Calla, mujer, calla! No hables más de eso!. . . . 

Cesó de. llover y tronar. Y don Miguel dijo a don Jacinto : 

— Vamos, amigo que tenemos mucho terreno delante que re- 
correr. 

— Antes necesito, señor oficial, en nombre de S. M. que me 
prestéis auxilio. 

Y al mismo tiempo dio Don Jacinto con el puño de su espada 
en 1 . puerta de la casa. 

/, Quien va? Replicó una voz áspera . 

— Abrid pronto y alumbrad. Necesitamos hospitalidad en 
esta venta. 

La puerta se abrió y apareció el griego con un farol en la 
mane Y detrás su mujer. 

— Daos -preio en nombre del Rey, porque una noche como esta 
asesiriástois a iin prendero. Si os movéis para huir os abraso el 
cráneo de un pistoletazo, 


La casucha quedó abandonada. 

Tia inclemencia ^el vecindario la hizo desaparecer 


m 


LAS ANTILLAS 

Y, apesar del tiempo tran!S<;iirrido, se llama aún la pendien- 
te tortuosa y mala de aquel eaminOj ''La Cuesta del Griego' \ 

CAYETANO COLL Y T08TE 

Villa Los Pinos — Santurce — Puerto Rico. 




LÁg ÁÑÍÍLLÁS 


EL POETA A SU PRIMOGÉNITO 


{IMITACIÓN DE TOMAS HOOD) 

\ Venturosa criatura ! 
(Deja enjugarte el llanto con un beso) 
¡ De mi mismo graciosa miniatura ! 
j Del santo hogar dulcísimo embeleso ! 
(Pero señor, ¡qué afán tan decidido 
De meterse un fiijol en el oido!) 
Tú, ,euya ingenua risa. 
Ligera y retozona cual la brisa. 
Repercute del alma en lo profundo! 
Inocente querub, de cuyas alas 
Las refulgentes galas 
Mancillar no ha logrado el torpe mundo 
(¡Ten cuidado, mujer, 
No se vaya a tragar ese alfiler.") 
Diablillo revoltoso, 

Que corre y salta y juega sin reposo, 
Cual trisca el cabritillo en la pradera ! 
(¡Míralo haciendo rumbo a la escalera!) 
¡Bulbul que, desde el nido 
Ricas primicias lanza 
De su melifluo canto no aprendido ; 

237 


LAS ANT II/LÁtí 

Orgullo de tus padres y esperanza ; 

Eslabón lisonjero 

De amor en la cadena ! (i ''Adiós tintero"!) 

Rayo de gloria que el Señor envía 
Para ser de la casa la alegría! 
(Ese gatito, al cabo, 
Le ha de arañar si no le suelta el rabo!) 

Abeja que zumbando en los verjeles 
De la vida, versátil y feliz, 
Libas tan solo néctares y mieles ! 
(Otro golpe ¡Esta vez fué en la nariz!) 

j Bella ilusión que mi existencia arroba ! 
(¡Va a romper el espejo con la escoba!) 
¡ Síntesis fiel de connubial cariño ! 
(¿Donde aprendió ese guiño?) 

¡ Oh ! ¡ Como hasta el empíreo noe eleva 
De tu angélico rostro la sonrisa ! 
(Esos sucios girones de camisa, 
¿No es la .ropita nueva?) 

Emulo de errabundo pensamiento, 
Nunca a tus piececillos un momento 
Das tregua, ¡ oh niveo y puro 
Del hogar lepidóptero! (Su intento 
Es treparse a la mesa, de seguro!) 

¡ Ángel de luz ! ¡ Tu sonrosada frente 
En nimbo- celestial ostenta el brillo 

De tu patria esplendente ! 

(j Gran Dios, tiene en las manos un cuchillo !) 


238 


Las á ñ t í l l a S 

¡Oh fugitiva edad de la inocencia! 

Cual gárrulo arroyuelo entre las flores 

Deslizase envidiable tu existencia 

En medio de perfumes y colores, 

i Juega^ juega, bien mío! 

¡ Corre, salta, retoza a tu albedrío ! 

¡ Haz de mis pergaminos y papeles 

Tricornios y chiringas y bajeles! 

¡Mi bombo de etiqueta, 

Transformado en alígera corbeta, 

Surque el inmenso piélego del baño! 

¡ Piafe, soberbio potro, mi bastón ! 

i La vida al fin no es más que un breve engaño 
(¡Bien sospechaba yo que el atracón 
De dulces le haría daño!) 

JLiliputiense soberano imperas 
En un mundo fingido, 
Sobre un tropel de gnomos y quimeraas, 
A tu mágico cetro sometido, 
(¡Ya atrapó las tijeras 
Y ensayarlas pretende en tu vestido!) 

¡Botón fresco, oloroso, 
De téni:es y purísimos matices ! 
(Ve a tu madre, moKíoso, 
Que te limpie, por Dios, esas narices) . 

De Helicona extraviado cupidillo 
Que en remoto boscaje inquieto gira. . . . 
(¡Imposible es seguir ! . . . . ¡ Suelto la lira. 
Mujer, si no te llevas el chiquillo!) 

FRANCISCO J. AMY 


239 


ÍAS ANTILLAS 


El ''ZABER" de MENENDE2 PELAVO 


♦ Al mediar el último decenio del siglo 19, mi maestro y maes- 
tro universal D. Mareelino Menéndez y Pelayo, solía pasar en 
Sevilla una o dos semanas del mes de Abril. No iba a divertir- 
se en aquella renombrada feria, ni a gozar de aquella luz y de 
aquellos aromas de un paraíso que dejaría tamañito al de ma- 
rras, iba a lo que va a todas partes: a ver libros a extractarlos 
en breves notas, y, especialmente, a trasladar su jugo al por- 
tentoso cerebro, por medio de aquella mirada de águila. ¡Por- 
que hay que ver leer a D, Marcelino! 

Habíale eaido que hacer en Sevilla, aun más que en las 
biblioteca> públicas de la ciudad, con ser tan buenas, en dos 
particulares muy abastadas de libros peregrinos : la del Du- 
que de T'Serclaes de Tilly y la de su hermano el Marqués de 
Jerez de los Caballeros. Sólo por la noche, en la tertulia del 
Duque, daba alguna paz a la pluma el maestro veneradísimo. 
Alguna, digo, porque aún allí, al paso que hablaba afablemen- 
te con todos con la gentil llaneza tan propia de un verdadero 
sabio, repasaba, burla burlando, muchedumbre de impresos y 
manuscritos, sin distraerse ni de la conversación ni de su ta- 
rea, como si tuviese dos atenciones distintas, hijas de dos en- 
tendimientos diversos . 

Allí, entre otros, algunos forasteros como D. Braulio Piza- 
rro, opulento terrateniente de Extremadura, grande amigo y 
admirador del torero Guerrita y hombre culto a la par, que 
lo mismo lanceaba un toro que decía versos y cantaba alboradas 
gallegas y fadiños portugueses, allí, entre otros, digo, Gómez 

240 


L A S A N T I L L A tí 

Imaz, Montólo, Hazañas^ Valdenebru, Grestoso, Chaves y los 
lioy difuntoh Torre Salvador {Micrófilo) y Serrano' ÍSeiiés, y 
yo con ellos, pasábamos la velada embebecidos, escucliando a 
aquel prodigioso hombre y sin decir más qae lo puiameute ne- 
cesario para que el Maestro no dejase de mará viilat nos con su 
sabrosísima habla, maná que sabe a mil cosas, todas exquisitas. 
¿Toe.iba Serrano un punto de Medicina clásica t Pues allí era 
de ver como el Maestro explanaba aquella materia cual si ha- 
blaran por su boca veinte Avi.cenas) y diez divinos \'aiiés. 
¿Nombraha D, Luis Montoto a algún poeta de Sevilla obscuro y 
olvidado? No lo era ni lo estaba para I). Mdroelino ; antes 
contaba de pe a pa su vida y milagros, y nos recitaba a la gui- 
tarra (couiO allí dicen} sus mejores composiciones. Una no- 
che asomé yo conversación del doctor Torres Villairoel, de su 
Diálogo con el ermitaño y de la piedra filosofal, y tomó ese hilo 
el Maestro y nos tuvo boquiabiertos y enheehizados mas de una 
hora hablándonos de Alquimia. ; Claro ! ¡ Como que el ha- 
bía favorecido el benemérito Luanco, dándole a conocer muchos 
de los viejos escritos que compiló en su libro misseiáneo de 
La Alquimia en España! 

Pues con todo esto, no faltó quien pusiera en tela de juicio 
el pasmoso saber de Menéndez y Pelayo : una pulga (y no es 
todo metáfora en esta frase) se atrevió a medir al águila cau- 
dal con sus diminutísimos ojos, y ¿quien lo imaginara? a me- 
dirse implícitamv^nte con ella. ¡Para que demos g.iacia a Dios 
porque ha hecho de todo en el mundo! 

Al llegar la feria de uno de aquellos años, los amigos de la 
tertulia convinimos en llevar a almorzar al Maestro fuera de la 
ciudad, a la por cien estilos famosa Venta de Eritaña. Y allá 
encajamos. Era una mañana espléndida del Abril sevillano, 
al cual ningún otro Abril le echa el pie delante. Entiamos en 
el amplio jardín de la Venta para ocupar el merendero que nos 
habían 'preparado, y al pasar junto a otro en que se disponían 
alegremente a almorzar con varios amigos unos toieros de la 
cuadrilla del Guerra, nos salió al encuentro el buen Braulio Pi- 
zarro, que con ellos estaba. Hiciéronnos entrar y nos detuvi- 

241 


h Xii ANTILLAS 

mosallí un poco, gustando unas copas qué nos ofrecían y char- 
lando cada cual con quien encartó. Uno de los de coleta, me- 
dianillo de cuerpo, que banderilleaba en la cuadrilla del Cali- 
fa, y que lucía media libra de oro en la cadena del reloj y 
relumbrantes diamantones en la pechera, miró con curiosidad a 
I). MarceMno y, advirtiéndolo Pizarro, le dijo a media voz: 

— ¿Tú sabes quién es ese? 

¿Quién es ?-Hpreguntóle respondiendo el que, por no de- 
jar la metáfora, llamaré Pulga. 

—¿Ese es. . . . ; casi nadie!— dijo D. Braulio con un mohín 
de eneaieeimiento. — ^¿Tú ves que el Guerra es una catedral. . . ? 
Pues este hombre es un alcázar y las pirámides de Egipto Es. . 
¡ Menéndez Pelayo ! 

Volvió a mirar al Maestro el de la col&ta, y dijo a D. Brau- 
lio con naturalidad candorosa: 

— En mi ziyetera bia lo oí menta. Y ¿que ez? 

¿Ez genera? ?. Ez quizá menistro? 

No, hombre ; no es general ni ministro — repuso Pizarro ; — 

peí o ahí donde tu lo ves, tan humilde en su aspecto, es el sabio 
mas grande que hay en toda España, y uno de los primeros del 

mundo . 

Miró entonces nuevamente el torero a D. Marcelino, esta 
vez despacio y con mirada escrutadora, midióle con ella de pies 
a cabeza lentamente, mientras diabai niijja gran c*uparM al 
chicote, y después de arrojar el humo por donde fumaba y es- 
cupía, por junto al colmillo izquierdo, volvió los ojos a su in- 
terlocutor para preguntarle entre incrédulo y desdeñoso: 

- — Y ¿que ez lo que zabe eze hombre? 


Fué un juicio, un señor juicio el del toreío. 

En tiempos pasados, cuando la gente creía en la otjpa vi- 
da — que hoy, eso anda perdido — ^solo había un negocio digno 
de toda la atención del mundo: la salvación del alma. En los 
menguados tiempos que ahora corren, hay únicamente otro ne- 

242 


L Á g Á Ñ 1^ J L L Á S 

gocío principal: el hacerse Hco^ sea cotilo quiera. Y ¿qué sabe 
quien no sabe eso? 

Así, pues, tenía mucha raizón el hombrecillo de la coleta. 
¿ Qué ez lo que zabe eze hombre ?...." 

EL BACHILLER FRANCISCO DE OSUNA 


243 


LAS ANTILLAS 


EL día de san PEDRO 


La víspera de ese día era de rechupete para la nmcliitáriga 
de mi tiempo. ¡ Voto al diablo y qué diferencia de lo que pasa 
hoy 1 En materia de buen humor, puede decirse que no había cla- 
ses ; tirios y troyanos nos confundíamos en la garata colonial, 
con un placer indefinible, y los hombres que parecían más seiios, 
tomaban j^arte en el aquelarre bullanguero, sin cuidar.-c poco ni 
mucho del que dirán. Lo grotesco estaba entonces en carácter, 
y era más celebrado el que sabía apayasarse mejor. Estábamos 
en pleno circo ecuestre, y el país respondía satisfecho y con- 
tento cuando sentía en la boca el pezón ,con que le habían cria- 
do. ¡Así eran los tiempos! 

Veamos si puedo traer a la memoria los detalles de e^c día 
inolvidable, haciendo un esfuerzo retrospectivo que ponga ;:nte 
mis ojos un trozo del retablo del Maese Pedro puertorriqueño, 
dándole nn poco de vigor plástico a la palabra. 

Ya el ({ue fué ini respetable amigo Manuel Alonso, llevó al 
lienzo liteíario el mismo paisaje que va a ser objeto de los bro- 
chazos mios. Pero él liabló de su tiempo. Pertenecía a la promo- 
ción de la víspera y dibujó el festival aristocrático de su época. 
Kl mió es burgués, democrático y plebeyo hasta la médula. Vine 
de-pnés y me (encontré en el baile^ precisamente cuaJido se re- 
focilaban con el seis chórrelo. No es mía 1 i culí^a. 

J^M•o vamos al emento o al caso y encom;'ndái.(Iotne a la })ue- 
na í'orlnna siempre amiga de los inocente-, em[)urio li brocha 
festiva y zambulléndola en la caldereta de la alegría, comienzo 
a eni!)oríonar el lienzo que tengo hoy sobre el caballete. 

Eran las dos de una tarde criolla ; ser-ena. -alur'osa y alum- 

244 


LASANTILLAS 

brada por un sol tropical capaz de freirle los sosos a cua1r{nipr 
humano adoquín. En la calle que lleva el nombre de aquel n^- 
tro y en el pedazo que arrancando de la esquina de San Jos'' 
termina en la de La Cruz, vivía el alma de aquel festival. ¡Jo-r 
Concepción Díaz! Nombre que trae a mi memoria el perfiiiuc 
siempre grato de mi edad juvenil. Trigueño, afeitado al rape, se 
mi-calvo y ya canosa la escasa hebra; viveza extraordinaria en ei 
ojo de pupila verdosa, movilidad constante en los múscitlos de! 
rostro, y boca ancha de abultado labio, llena de risa y de festi- 
va expresión. Tal era mi hombre, el sustituto de Ensebio Xn 
ñez, en la organización del famoso bando de San Pedro. 

Para su publicaf^ión fueron congregados aquella tarde. tfMl',.> 
los hombres de buena voluntad, sin distingo de colores ni do 
estaturas; todos entraban con holgura en el morral democráti- 
co, y la muchitanga de mi barrio no fué la última nue f' i mó iii 
la fila. Un cuarto de hora antes de la señalada ya estábamos. 
Cecilio Fajardo, Mateo Fournier, Perico Escalona, Rafael Vas- 
sallo. Eulogio Cortés y el que esto escribe, montados en inu"-- 
tros respectivos jamelgos y dispuesto a sacarle el jugo a l'i fies- 
ta sin dejar ni la zurrapa. íbamos bien aviados. De etiqueta es- 
trafalaria y a cara de perro. No entro en la descripción d- 
nuestros trajes, ni en la de nuestras cabalgaduras, "uyos hue- 
sos podían contarse, porque me haría interminable. 

Baste deciros que el clah que llevaba Cecilio lo había eovm- 
truido el mismo con las varillas de un paraguas jubilado, y ¡-s- 
ta dicho todo. 

Bajamos por la calle de la Cruz, que era la mas lejana de 
mi casa. No me hacía mucha gracia el rebenque de mi madr-e, 
que no aplaudía estas excursiones carnavalescas, y la pruden- 
cia me acc'usejó siempre el modo de sacarle el cuerpo a la ca- 
buya, que no era otro que el de es.'^urrirme a respetable distan- 
cia de mi vivienda. Cuando entramos en la calle del Sol. no cabía 
un zángano mas en la colmena. ¡Recortra, y que buena estaba 
la cosa! 

Atravesamos como pudimos, tropezando aquí, y arrempií- 
•jándonos allá, hasta atrincherarnos frente a la pulpería de Pa- 

245 


LASANTILLAS 

co Delgado. Nuestro objeto era ver desfilar la comitiva, antes 
de entrar nosotros en el bullón. 

Y así fué. A un toque de cuerno que llevaba, a manera 
de heraldo, un negro flaco a quien llamaban Nicolás Bacalao, se 
puso la turba en movimiento. Iban delante sobre dos o tres do- 
cenas de sinvergüenzas de caballería, todos con las caras emba- 
durnadas, unos (jon harina y otros con almazarrón. Ropaje de 
deshechos y al capricho, con buenos agujeros, no pocas man- 
chas y olor indefinible. Seguían a estos , los que podían lla- 
marse la aristocracia de la burguesía, gentes de familias cono- 
cidas, honrados ciudadanos, comerciantes de buen humor, y de- 
pendientes de tiendas de ropa que solían echar una cana al aire 
con pei-miso de sus principales. Vestía este grupo traje de di- 
versas cataduras, al gusto de cada uno; y este era variado, por 
la circunstancia de que había allí representantes de muchas pro- 
vincias peninsidaies, no pocos gallegos, catalanes, y hasta vascos 
y un buen puñado de andaluces de esos que se pirran por un 
rato de vagamundería, y no pierden ocasión de justificar su in- 
génita alegría y su constante buen humor. Entre ese grupo que 
era el más nutrido, se veían muchos manganzones vestidos de mu- 
jer; y aun recuerdo la cara gravo de Felipe (el helvético) con su 
calva reluciente, que vestido de caraqueña, con la saya a la cin- 
tura y en man^gas de camisa, lucía una peohuga de femeninas 
prominencia, blanca como un lirio y justificadora de que deba- 
jo alentaba un pulmón de sochantre de Catedral. Este solo 
caso patológico, el serio Felipe en traje de caraqueña dá la me- 
dida de nuestro estado social por aquellas calendas. Cerraba el 
sé(}uito una parodia de representantes del Municipio, con sus 
sondncros negros que llamaban apuntados, con mucha pluma de 
gallina, sus fiaques de cuellos de una cuarta, alias tapa-cogotes, 
y sus espadiires de maderas con vaina de papel o cartón. El 
punto final lo representaba el Notario, estrambótico, José Con- 
cepción Díaz, que daba fé del acto, y que era el encargado de 
dar lectura al Bando. Pero este merece párrafo aparte cuando 
le toque su turno. 

A la cola, nos incorporamos los de mi partida y descendimos 

246 


LAS ANTILLAS 

por la calle de San José, en medio del estrépito de triquitraques 
y petardos, que disparaban nn centenar de chiquillos de todos 
colores, con la menor cantidad de ropa posible, y aturdidos por 
las voces y gritos del vecindario que se asomaban alborazado a 
los balcones y azoteas para vernos pasar, y solazarse, con ]as 
melodiosas notas que salían como un torrente del clarinete 
de Damián aamonizándose con los graves sonidos de la trompa 
fingálica de Juan F,rancisco y los murmullos del violín de Rufo 
Mojica. Aquello era digno de verse y mucho más de esculpirse 
con el cincel de la palabra, para eterna memoria del tiempo 
que pasó. 

¡Me caso con la chanfaina y que bueno que andaba el maja- 
rete! (Frase naturalista de la ópoca) . 

Cuando llegamos a la plaza llamada entonces de Armas, hoy 
de Alfonso XII, no cabía un alma más en la calle. Caminába- 
mos con no poco esfuerzo y puede decirse que a empellón • , 
llegamos a embocar la calle de la Fortaleza con rumbo al Pa- 
lapio de Santa Catalina. Por que es necesario que tengáis pre- 
sente, que en aquellos buenos tiempos, como ahora, nada se ha- 
cía sin contar para todo con la primera autoridad. Las primi- 
cias de cualquiera cosa, aunque se tratara de una vagamundería 
superlativa, y lo ena la que voy relatando, correspondían óp (1p 
recho, como el de pernada, al primer magistrado del país. Kso 
era de rigor. 

Enfilamos pues, la calle de la Fortaleza, y a poco estaba el 
cónclave reunido en el batey gubernamental. Desde el jamel.iro 
que montaba, elevé los ojos al balcón del palacio y descir 
brí el simpático rostro del general Norzagaray, con su bigote 
retorcido y levantado a la borgoña, aquella cabeza admirable- 
mente modelada, digna del pincel de un artista y aquel aire de 
nobleza y bondad que tanto le distinguía. Dábale sombra al 
semblante un sombrero de panamá de ancha ala, que sabía lle- 
var con garbo a estilo del país, y sonriente tendía la mirada 
sobre él apiñado pueblo, que se revolvía en todo el espacio que 
media desde la plazoleta del palacio hasta mas allá del antiguo 

247 


LASANTILLAS 

caserón donde estaba la Real Andiencia y que ocupa hoy la 
Inspección de Obras Públicas . 

¡Plaza! ¡plaza! gritaba Nicolás hacalao, abriéndose paso 
con el palo del estandarte que portaba, -para bacer lugar al 
Notario de pega, que había de dar lectura al bando, en pre- 
sencia de 1^^ autoridad. Pronto quedó hecho el espacio y salió 
el toro al redondel . 

!Qué cara tenía el condenado ! No he visto hombre mas se- 
rio para correr una broma y hacer reventar de risa a un guar- 
dacantón ! No era el José Concepción que teníamos costumbre 
bre de ver en el viejo Convento, complaciente e inofensivo, di- 
rigiendo el cotarro de la orden dominicana; era otro hombre; 
era el Rigoletto criollo, el actor escapado de un saínete de don 
Ramón de ]\ Cruz, o la grotesca figura arrancada de un cua- 
dro de Goya: algo extravagante pero superlativamente gracioso, 
por la misma fuerza de la inconsciencia del papel que repre- 
sentaba. El mismo no siabía darse cuenta de basta donde lle- 
gaban las cc-squillas que producía el aspecto de su semblante có- 
mico, obra exclusiva de la naturaleza. Vestía pantalón de 
embudo, chaleco ,2orto de solapa y fraque de punta de foete, a 
estilo de los currutacos de Tbermidor con botones de galletas 
de leche. Rostro a cara de perro con dos brochazos; de negro hu- 
mo por cejas, y un buen sopapo de almidón. Echó pie a 
tierra de escuálida cabalgadura, calóse unas antiparras de car- 
tón sin vidrios, desenvaimó el cartapacio donde llevaba escrito 
el Bando y penetró en el círculo con desenfado, echando al sue- 
lo el bombo de cuatro pisos 2on entre -suelo que portaba y descu- 
briendo un cran^^o pelado como la calavera de Hamlet. El con- 
denado se había colocado en la testa une vejiga de puerco (con 
nerdón de TTds.) y apareció mondo como una bola de billar. 
El general fijó la minada en el personaje con estupefacción. 
Era la primera vez que se echaba al cuerpo un mamarracho de 
aquel calibre. 

Mi hombre tosió se limpió bien el gíiñote, arrojando a un 
bido un salivazo blanco como la espuma, y comenzó a gritar, 
que no a leer, aquello de: 

248 


LAS ANTILLAS 

Do-n Tintinábulo Caralampio de los lepidópteros nocturnos, 
señor de las Carambimbolas del Peñón de Rio grande, Pacha de 
las Islas Baleares mayores y menores, que se hallan en tierra 
firme entre el Peloponeso y la Isla de Madagascar, etc. . etc. . 

Siguiendo impertérrito hasta darle remate al Bando que 
no era otra cosa que una burla cruel del que en la víspera del 
día "cíe San Juan había publicado no en broma, sino en serio el 
mismo gobierno de la Colonia. Como era costumbre, la ocu- 
rrencia se celebró 3on palmadas, tiroteo de petardos y fotutazos 
y emprendimos la retir aada para repetir la misma operación en 
la plazuela de Santiago y en otros sitios no menos concurridos. 
Era cosa de ver el desfile- por toda la calle de la Fortaleza ha- 
cia abajo. No había balcón que no estuviera preñado de gente 
curiosa y alegre, que se complacía en la superlativa poca ver- 
güenza de lors que formábamos la trouppe del festival. Paraguas 
y sombrillas resguardaban del sol a los espectadores, en un día 
canicular y bochornoso y no había semblante que no retratase 
la interior satisfacción. 

Y aquí hago punto y arrojo la brocha; pero no sin consig- 
nar, con perdón del respetable escritor que me precediera en 
este cuadro, que obedeciendo a los sentimientos de la mía con- 
cienza como decía el Dante, eoo firmemente que aquel día de- 
bió la autoridad mandarnos a todos a la cárcel. 

JOfiE ANTONIO D ATIBO N 


v**fT^ 


JjAS ANTILLAS 


ESTUDIOS DEL NATURAL 


Es empeño torpe y rain 

Virtud agena ocultar 

¿Quién puede la luz fardar 
Debajo del celemín? 

Denso nublado sombrea 
Del cielo el cóncavo airado: 
Pues a través del nublado 
La exhalación centellea. 

Tosca piedra el tiempo humilla, 
Y la disgrega y la enfanga: 
Pues en medio de la ganga 
El puro diamante brilla. 

Que ingrato zarzal abrume 
La flor de aroma placiente: 
Pues del lecho espinicente 
Sutil se escapa el perfume. 

Mérito ageno amenguar 
Es, si resiste al crisol, 
Querer apagar el* sol 
Anegándolo en el mar. 

250 


LAS ANTILLAS 

Lo que vale, brilla, sube, 
Huella firmes pedestales, 
Surge en medio de zarzales, 
Pasa á través de la nube. 

Y si calumnia siniestra 
Descrédito injusto labra, 
Lo denuncia una palabra 
O en un ademán se muestra. 

¡Necio, quien intenta ruin 
Valer ageno amenguar! 
¿Quién puede ]a Inz guardar 
Debajo del csloirín? 


MANUEL ZENO GANDÍA 


25X 


LAS ANTILLAS 


La Enseña de la Estrella Solitaria en el Cam- 
pamento "La Guajaca" 


Cuando el General Francisco Sánchez Hechevarría llegó a 
esta jurisdicción, en el mes de Marzo de 1898 y le pasó visita al 
campamento '*La Guajaea". en el barrio de Duaba, hubo de 
contemplar con g'randísimo regocijo, que en el extremo superior 
de una vara muy larga, que se encontraba levantada junto a 
aquel lugar, flameaba, alegre y orgullosa, la enseña del trián- 
gulo rojo y la estrella solitaria, símbolo de fé, constancia y 
heroísmo, exclamando, desde lo más porfundo de su alma: "¡Ya 
se aproxima nuestra completa victoria, y empieza por donde 
debía comenzar, por el extremo Oriente, donde el General An- 
tonio Maceo depositó un ósculo de amor a su adorada tierra, 
al hacer su arribo en la goleta ''Honor"!. . . 

Y en efecto, cer-a de ese lagar, en la playa de Duaba, hizo 
su entrada la expedición de la goleta ''Honor", el día primero 
de Abril de 1895, con 23 expedicionarios, al mando de los ge- 
nerales Antcuio Maceo y Flor Crombet, habiendo, a los pocos 
momentos, realizado una gloriosa acción militar, haciéndole fren- 
te, con siete de sus valerosos ciudadanos, a una fuerza española, 
de más de setenta hombres, al mando del capitán Rodríguez, 
derrotándola completamente, y oaasionándole un muerto y nue- 
ve heridos, por cuya causa se vio precisada a regresar precipi- 
tadamente a esta población. 

La bandera mencionada fué sacada de esta Ciudad con gran- 
dísima exposición, y llevada al campamento de la "Guajaca", 
por el excelente ciudadano Sr. Antonio Conde y Borges y en< 

252 


LASANTILLAS 

tregada en míanos del Comandante Atilano Delgado, Jefe del 
puesto militaT-, y del Capitán Miguel Limia Reus, el 27 de Fe- 
brero de 1898. 

Tan pieciosa enseña fué hecha son exquisito gusto artísti- 
co, pcT la Sra, Carmen Duran de Conde y la Srta. Sofía Ver- 
ni^n*, habiendo ondeado en la vara antes citada, hasta la ter- 
minación de la guerra en esta jurisdición, en el mes de Agos- 
to de 1898. 

ERNESTO DE LAS CUEVAS 

(Del tercer tomo^ en prepaí ación, de la obra *' Narraciones 
Históricas de Baracoa". 


253 


LAS ANTILLAS 


jLas Experiencias sobre Memorización 


i Conviene aprender de memoria? Psicólogos y pedagogos 
están de acuerdo para condenar el procedimiento si se lo adop- 
ta sistemáticamente. Llenar un cerebro con imágenes de pala- 
bras, leidas y repetidas automáticamente, es un método estéril 
y absurdo. Ver las cosas, analizar sus elementos, compararlas, 
es más provechoso que atiborrarse la inteligencia con nociones 
aprendidas de memoria, sin comprenderlas. Creemos, sin em- 
bargo, que es injusta una condenación apriorística y total de 
la memoria como recurso pedagógico. 

Existen nociones que no pueden aprenderse de otra ma- 
nera ó que se aprenden más fácilmente de memoria. El enun- 
ciado de ciertos principios generales, las definiciones, los teo- 
remas y corolarios, los versos, y, de manera general, todas las 
enumeraciones y coordinaciones: cronologías, nombres de meses 
y días, nomenclaturas, declinaciones filológicas, series científi- 
cas, etc. En esos casos, entender lo que se aprende es menos 
importante que recordar con orden los nombres aprendidos. 
La utilidad del método mnemónico es evidente. 

El niño tiene, en general, mayor memoria sensitiva que el 
adulto ; éste posee mayor memoria intelectual. El niño puede 
aprender un soneto más pronto que el adulto; éste lo entiende y 
recuerda las ideas contenidas en él, con mayor facilidad. El 
problema se plantea, pues, en estos términos: ¿conviene aprove- 
char en el niño una aptitud cerebral que se atenúa ó desapare- 
ce en el adulto? Nos parece posible responder afirmativamen- 
te. Basta pensar en las dificultades que tiene el adulto para 

254 


LÁSANTILLAS 

aprender- un idioma; allí no se trata de comprender el sentido 
de las palabras aprendidas, sino de educar la memoria de las 
sensaciones auditivas y la memoria de la articulación verbal j 
formarse un diccionario piopio y recordar su pronunciación, es 
todo el problema.. Los versos se aprenden también "de oído", 
y aunque su lectura sea áfona y mental ; en este caso hay 
audición y articulación interior, no en la laringe pero sí en el 
cerebro. Un niño aprende veisos más fácilmente que un adulto 
ilustrado. Casi todos los hombres que nos ejercitamos en tra- 
bajos intelectuales, sólo sabemos de memoria los versos que he- 
mos aprendido antes de los quince ó veinte años, aunque des- 
pués de esa edad hayamos frecuentado los libros de los poetas 
y nos hayamos esforzados por aprender sus estrofas. 

En el proceso normal de la desaparición de la memoria (co- 
menzando por los recuerds recientes y terminando por los re- 
motos) tenemos otra prueba interesante del mismo hecho. 

La memoria que desaparece primero es la de las cosas apren- 
didas intelectualmente, la más duradera es la memoria fundada 
en las imágenes sensoriales. Cuando se apaga la inteligencia, 
perdemos lo que hemos apiendido por la inteligencia y nos que- 
da lo 'que hemos aprendido por las sensaciones auditivas sim- 
ples. El niño, antes de somprender, es un simple papagayo, 
aprende á articular sonidos semejantes á los que oye; el sal- 
vaje y el imbécil poseen la misma aptitud, como también algu- 
nos animales amaestrados ; después, poco a poco, las imágenes de 
sensaciones se combinan y producen operaciones intelectuales, se 
aprende a pensar: el hombre se sobrepone al papagayo, si se 
nos permite insistir en esa frase. 

En todas las formas de disolución de la personalidad (ya 
sean fisiológicas, como la vejez, o patológicas, como la demen- 
cia) lo primero que se destruye es la función más delicada, de 
formación más reciente, tanto en la serie filogenética como en 
la evolución ontogenética. El hombres desaparece antes que el 
papagayo ; lo aprendido pc'r la inteligencia desaparece antes 
que lo aprendido por los sentidos; la imagen mental es menos 
resistente que la imagen sensorial. 


255 


LABÁNTILLAS 

Hay nociones que podemos aprender de memoria, sin ayuda 
de la comprensión; de la mismísima manera que aprendemos á 
caminar ó á hablar, por la simple educación de las vías sensiti- 
vas que van á los centros cerebrales y de las vías motrices que 
salen de ellos. Nos parece que conviene utilizar las aptitudes 
mnemónicas del niño para esos casos especiales. Las nociones 
adquiridas "de oído'' serán entendidas más tarde; en cambio, 
si esperamos que antes llegue la aptitud de entenderlas, corre- 
mos peligro de que sea más difícil letenerlas en la memoria. 
En otros términos, el papagayo debe utilizarse mientras llega 
el hombre, pues éste sólo llega cuando comienza á debilitarse el 
papagayo. .^ ^ ^ 

Entiéndase bien que no ponemos en discusión las ventajas 
del método mnemónico sobre el racional ; la cuestión está resuel- 
ta en favor del segundo. Sólo afirmamos que para retener algu- 
nos conocimientos, fundados en imágenes de sensaciones antes 
que en el laciocinio, conviene aprovechar la aptitud mnemónica 
del niño, superior á la del adulto. 

En suma, mientras la memoria tenga alguna aplicación pe- 
dagógica, por limitada que ella sea, deben interesarnos todos 
aquellos estudios que tienden á hacernos conocer su formación y 
su desarrollo, así como los encaminados á establecer sus mejo- 
res condiciones de funcionamiento; de ellos sacará provecho la 
pedagogía científica. 

El Dr. Henri Pieron, profesor agregado en la Universidad 
de París y Preparador del Laboratorio de Psicología Experi- 
mental de la Escuela de Altos Estudios, nos ha favorecido con 
sus estudios críticos sobre "las investigaciones de psicología es- 
colar y pedagógica", que publica periódicamente en la "Revue 
de Psyehiatrie ", dirigida por mi amigo el doctor Eduardo Tou- 
lonse, director del mismo Laboratorio. 

El joven psicólogo, ya ilustre, maguer sus treinta años, de- 
dica preferente cuidado á esos estudios y posee uno de los más 
vastos repertorios bibliográficos sobre la materia. La literatu- 
ra argentina no le es desconocida ; tiene justo aprecio por los di" 

256 


LAS ANTILLAS 

ligentes trabajos de Victor MeiiCaiile y Rodolfo Senet, que ha 
leído en sus recientes libros y en los "Archivos de "Psiquia- 
tría" de Buenos Aires. 

A pesar de todo el partido que se puede sacar de observacio- 
nes bien hechas, Pieron considera (1) que es necesario dirigii'se 
á la experimentación para obtener un conocimiento exacto de 
la mentalidad infantil; por ese camino la p-.icología pedafiógica 
podrá darnos algunas reglas utilizables en la educación, trans- 
formándola fundamentalmente, reemplazando su empirismo ac- 
tual por bases científicas, eficaces y estables. 

Las investigaciones experimentales emprendidas SG])re la 
memoria en el curso de estos últimos años no son muy numero- 
sas. Ello puede atribuirse á la falta de una organización siste- 
mática satisfactoria, que sirva de guía á los investigadores ; eu 
este sentido, es indudable que la creación de un Instituto Inter- 
nacional sería muy provechosa y facilitaría singul fírmente el 
trabajo sinérgieo de los psicólogos y maestros. 

Mr. Larguier de Bancels (2) ha consagrado una serie de 
estudios á un problema de indiscutible valor práctico: la deter- 
mijiación del procedimiento más eficaz para aprender de me 
moria, obteniendo el mejor resultado con el esfuerzo mínimo y 
permitiendo una economía de tiempo. Ha dado el nombre" de 
memoriz^ación á los diversos métodos de aprendizaje. 

Hay dos maneras principales de aprender de memoria. La 
una consiste en repetir, hasta saberlo, pequeños parágrafos 
aislados, frases cortas, grupos de pocos versos; la otra, en cam- 
bio, se funda en la lectura de trozos de cierta extensión é impor- 
tancia, en su repetición total. 

El primer procedimiento es el que emplean, sin duda, la 
mayor parte de lc« niños, espontáneamente. ¿Es el mejor? Lar- 
guier de Bancels, resumiendo varios trabajos precedentes, es- 


(1) En Eevue de PaYcMatríe, diciembre, 1904. 

(2) *'Sur la memorisation ". — (Bulletin de la Soeieté pour l'etu- 
de psychologique de l'enfant). Octobre 1901 et Janvier 1902. 

* 

25T 


LAS ÁÑÓ^ÍLLÁá 

critos sobre esa misma cuestión y con los resultados de sus in- 
vestigaciones personales, asegura que no lo es. 

Experiencias muy serias fueron emprendidas en la Socie- 
dad para la psicología del niño, por tres maestras, y eonforme 
al siguiente plan : las personas que se sometían á la prueba 
aprendían diariamente diez versos de una tragedia de Racine 
(Les iréres ennemis). Algunas seguían el método fragmentario 
(aprender dos versos, cada vez), y otras usaban el método global 
(leer todo el fragmento seguido, cada vez), procediendo todas 
á la misma hora y en igualdad de condiciones. En el examen 
final, el olvido de un solo verso implicaba otra lectura total del 
fragmento . 

Investigaciones idénticas fueron emprendidas por Mr. Bi- 
net con versos de "Athalie". 

Por fin, Mr. Pécault inició un trabajo análogo, pero modificó 
el método total de la manera siguiente : cuando el sujeto equivo- 
caba un verso, en vez de leer todo el fragmento se contentaba 
con mirar el texto en ese punto y continuaba . De esa manera 
se evitaba una pérdida de tiempo y un perfeccionamiento inú- 
til de lo que ya sabía, realizado á expensas de lo que no sa- 
bía aún. 

Todos los resultados concordaron en demostrar que*" el 
tiempo de estudio es, en general, un poco menos largo con el mé- 
todo total (6 minutos y 57 segundos en lugar de 7 y 50, en las 
experiencias de Mr. Pécault), pero sobre todo, que se obtiene 
una memoria más exacta y más completa, ya sea para la repe- 
tición inmediata, ya sea para la repetición después de algún 
tiempo. (Una media de 29 palabras exactas conservadas, en lu- 
gar de 14, sobre un total de 80) . 

Para complementar esos trabajos inició sus primeras expe- 
riencias Mr. Larguier de Bancels; ellas confirmaron que el mé- 
todo total asegura una conservación más eficaz, extendiendo el 
plazo de sus experiencias hasta 15 días. (1) Ese resultado con- 


(1) ''Année psychologique, VIII, 1902. 

258 


LAS ANTILLAS 

cuerda con los de otros dos psicólogos, Lobsien (1) y Pents 
chew,. (2) así como cc'n los estudios de la profeí^ora Ste- 
pheiis. (3j. 

Recientemente^ Lang-uier de Bancels (4) ha tenido la bue- 
na ocurrencia de estudiar en uno de los sujetos de sus primeras 
experiencias lo que había podido retener después de un período 
de casi dos años (de septiembre de 1901 á agosto de 1903) . En 
1901 había efectuado diez pruebas, la mitad con aprendizaje 
fragmentario y las demás con repetición total, sobre trozos de 
diez versos de '"Alexandre", de RacinCj que no había vuelto á 
leer. El expeiimentadcT leía las palabras del texto olvidadas 
por el sujeto (método recordativo,) es decir la gran mayoría; 
el sujeto pronunciaba las palabras que creía recordar, en su si- 
tio correspondiente. No todas ellas eran exactas ; á menudo eran 
reemplazadas por otras equivalentes. 

El autor se ha preocupado justamente de una causa de po- 
sibles errores ; la imaginasión, que permite inventar palabras, 
especialmente cuando ellas son suscitadas por el ritmo y por 
la rima. La imaginación ha dado una media de 4 palabras exac- 
tas contra 10, más o menos, para los fragmentos aprendidos 
de una manera fraccionada; en cambio ese número asciende a 
26 contra 10 para los trozos aprendidos por el método total. 
cuya superioridad aparece más visiblemente. Sin embargo, el 
número de repeticiones necesarias para '' reaprender'' conve- 
nientemente los trozos aprendidos antes poi' esos dos procedi- 
mientos distintos, ha sido sensiblemente igual. De esto puede 
inferirse que ese método, llamado "de ahorro", és menos sen- 
RÍble que el anterior. 

El resultado parece, á primera vista, deñnitivo. FA proce- 
dimiento que consiste en aprender fragmento por fragmento es 


(1) Citadc por Pieerron, " "Revue de Psyehiatrie", Mars, 1905, 

(2) ídem. 

(3) ídem. 

(4) Année psyehologique ' ', X, 1904. 


259 


L ASA N TILLAS 

un sistema defectuoso para aprender de memoria. Esta conclu- 
sión sería de suyo importante, sea cual fuere la opinión que 
se pueda tener acerca del valor pedagógico de la enseñanza de 
memoria. Por otra parte ella será, en todo tiempo, el recurso 
]ieeesario para los astores. 

llcnri Pieron (1) hace una crítica acertada de esas expe- 
riencias, scbí'e todo en cuanto ellas pretenden ervir de base 
para coiichi-iones defínitivas. 

Pueden intervenir muchos factores cuya iiuportaneia no ha 
sido estudiada. En primer lugar, en vez de versos, y de ver- 
sos conocidos, habrían podido emplearse frase^ rí/'d cadas al 
efecto y de la manera más conveniente. Por lo rueños habría 
sido üienester un estudio comparativo de ambos métodoíí en ■ 
pros-; y en el verso; es sabido que la una y el otro no ,e retie- 
neii de la misma manera, en parte porque las imág^enes esen- 
ciales puestas- en juego pueden no ser ías mismas, y p'íer.'ás 
])orque el ritmo y la rima ejercen una influencia especial. Co- 
mo consecuoncia lógica de esa idea, habría convenido de-erminH , 
si ese procedimiento vale para todos los tipos á predominio ver- 
l)o-auditivo, verbo-visual ó verbo-motor. Esta observación de 
Pieron nos parece de importancia fundamentalísima ; ei centra- 
sentido más grande de la psicología pedagógica (consiste en pre- 
tender formular leyes únicas y generales sobre fenómer.:,--, que 
se desenvuelven diversamente en los individuos; cada tipí) mental 
tiene rncdalidades propias y sus procesos psíquico se dc-^en- 
vuelven de una manera especial. Es necesario hn '^ r : í •; leyís 
de cada grup ! y no leyes aplicables á todos. 

Pero advierte Pieron, la influencia más sensible sobre to- 
das esas experiencias debe ser la ejercida por ol elemento in- 
telectual." 

Ese elemento intelectual tiene un doble asp'^^cto, subjetivo y 
objetivo. Puede consistir en la unidad de sentido, en el encade- 


(1} 'Les roclterehes ríe pjyehologie s-ohiiro ot [XMlagogique "- 
Loe. c-it., marzo, 1905. 


260 


LAS A N T I L L A S 

namiento de las ideas del fragmento que se di'be apreiuler ; ó 
bien en la facultad de comprensión del sujeto que aprende, ^ ii 
su aptitud para percibir y seguir el encadenamiento de las 
ideas. Habría convenido dar indicaciones más pre- 
cisas sobre los sujetos que intervinieron en la expe- 
riencia, sus aptitudes intelectuales y su edad, pues según la 
edad, esas aptitudes varían notablemente. Adem^ás habría sido 
necesario acentuar las variaciones en favor del método total, 
eligiendo fragmentos de unidad intelectual muy diferente, jux- 
taponiesido vei'sos aislados sin sentido alguno^ construyendo 
frases desprovistas de sentido. ¿En esas condiciones serían igua- 
les los resultados? Es posible que prescindiendo del fac'o:^ '-:■ 
telectual Uegáram^os á saber cual de los dos m.étodos es más 
ventajoso para la memoria puramente sensorial, como la del 
papagayo, admirable ejemplo experimental del recitado meca 
nico, sin intervención alguna de la comprensión. 

Otra crítica, de un valor más general todavía, debe limitar 
el alcance de las conclusiones. Larguier de Banc^ds cree jrr 
der inferir que, en sí mismo, el método total es superior al mé- 
todo fragmentario. Pero conviene recordar que el método frag- 
mentario ha consistido en aprender versos de 2 en 2, y ^^l mé- 
todo total de 10 en 10. Sus conclusiones d'eberán limitars-^ 
á esa relación entre 2 y 10. ¿Existe una extensión óptima y una 
extensión pésima? /;E1 método frag-men'-ario s^rá "0')--;^*d^'-' - 
do tal áesáe tantas hasta cuantas palabras, como valor - ^ 
ó como valor relativo? ¿Si es necesario aprender 100 versos, o^ 
método que consiste en aprendeij'de 10 en 10. "era fragmentario 
respecto de la repetición de loi'^lOO versos por enteco? Evidc- 
temente no estamos en presencia de.ex^actitudes recomendable'^. 

Pieron plantea otras cuestiones. Dado un núm.ero cualquie- 
ra de versos ¿cuál es el valor de las agrupaciones para que la 
adquisición y la conservación sean mejores, tomando e-os gru- 
pos como unidad de repetición? En cambio ¿cuál es el valor de 
los grupos menos convenientes? Es posible que el exceso sea tan 
• perjudicial como la insuficiencia. Por otra parte, si se fijara en 10 

261 


L A S A N T I L L A S 

el número más conveniente para aprender versos de memoria, 
esa cifra debía variar en los diversos sujetos ; sin contar con que 
esa medida se subordinará también á la lógica espe3Íal del tiex- 
to y á sus relaciones con la intelectualidad de cada individuo, 
más ó menos propicias a su comprensión. He ahí numerosas 
cuestiones que convendría aclarar antes de establecer resultados 
definitivos sobre la memorización, para comparar los méritos 
de los dos métodos, el grado de superioridad del que resulte 
preferible. Es un defecto demasiado general el de sentar con- 
clusiones muy generales sobre investigaciones incompletas y 
discutibles ; por eso la discusión crítica es Un elemento indispen- 
sable para el progreso de la ciencia. El que no ha participado 
de ciertas experiencias puede examinarlas desde fuera y con 
mayor amplitud de juicio que los experimentadores mismos. 

Las conclusiones de esta reseña crítica son poco alentadoras 
para los amigos del trabajo fácil é improvisado. Mientras no se 
experimente en condiciones severísimas, qiie excluyan la posi- 
bilidad de errores ó de generalizaciones apresuradas, poco pue- 
de esperarse de este género de estudios. Verdad es que, no obs- 
tante sus errores parciales, todos concurren á la obra de inves- 
tigación seria y definitiva ; pero habría ventajas en criticar pre- 
viamente las condiciones de la experimentación misma. 

En todo trabajo sobre ]a memoria convendría tener pre- 
sente que el problema se plantea bajo dos fases. Por una par- 
te deben determinarse las condiciones de memorización comunes 
á todos los individuos, si las hay; por otra las condiciones pro- 
pias á los diversos grupos de individuos, teniendo en cuenta sus 
diferencias de tipo mental. En ambos casos deben separarse 
ó medirse la influencia de la memoria puramente sensorial y 
de la memoria intelectual, la correspondiente á sensaciones y 
la correspondiente á ideas. 

Son problemas distintos. Confundirlos equivale á invalidar 
los resultados. 

J08E INGENIEROS. 

262 


LAS ANTILLAS 


Sobre el Álbum- Almanaque dé la Gruerra 


Sr. Dr. Sergio Cuevas Zequeira. 
Catedrático de la Universidad. 
Habana. 

Mi distinguido y estimado Dr: Habiéndose disiielto por 
seiios disentimientos entre mis compañeros y yo, y por otras razo- 
nes que mi delicadeza me aconseja callar, la Compañía Editora 






Juan Benítez Fuentes, Director 
Gerente de la Compañía editora 
del Álbum- Almanaque de la Gue- 


Néstor Hougshton, Secreta- 
rio del señor J. Benítez. 


rra. 


del Alhiim de la Guerra^ según consta de escritura otorgada 
ante el notario Dr. Jardines, y habiendo sido Ud. Director 


263 


L A S A N T I L L A S 

literario de aquella publicación que por las razones 
expuestas no llegó a ver la luz, creo que la única manera po- 
sible de pagar las esfuerzos de Ud. para que no se malograra mi 
deseo de rendir con aquella obra un homenaje a Cuba y a los 
países aliados, dejando a la vez a las generaciones veniderais 
un recuerdo de las gigantescas luchas desarrolladas en Europa, 
es poner a su disposición los trabajos autógrafos y fotogra- 
fías de grandes escritores nacionales y extranjeros que me han 
sido enviados. Paia ello estoy competentemente autorizado, 
pues a la disolución de la sociedad me han sido adjudicadas 
todas sus pertenen^'ias. 

Quiero aprovechar al propio tiempo esta oportunidad para 
declarar que el Alhum- Almanaque de la\ Guerra no ha cobra- 
''/; -á nadie cantidad alguna por concepto de suscripción o de 
aiiaii-io, pues tuve sieiriprí- el firme propósito de no hacerlo 

hasta U-rminadíi la publicación de la obra, 

Y a Ud. Dr. por lo mucho que ha luchado por la reali- 
zación de este magno proyecto, a mi querido amigo Gregorio 
Hernández jefe de redacción del periódico ''El Día", a la in- 
finidad de personalidades -que me prestaron decidido apoyo, en- 
tre las cuales descuellan los hcr:Orables señores General Emilio 
Núñez, Vice Presidente de la República:, Dr. Antonio Sánchez 
"Bustamante, Delegado a la Conferencia de la Paz, Dr. Gui- 
llermo de Paterson Sub-Secretario de Estado, Excelentísimo 
señores Ministros de Italia, Bélgica y España, y al diligentísimo 
Secretario de la Legación Inglesa, Mr. Kin, quiero hacerles pa- 
tentes los sentimientos de mi más viva gratitud por la colabora- 
ción que generosamente prestaron a mi malogrado, pero no- 
ble y patriótico empeño. 

De Ud. affmo amigo, 

JUAN BENITEZ FUENTES 


264 


LAS ANTILLAS 


SUENO DE GESTA 


¿NO VES QUE ME ABEIGA MAS ESTA CAPA REMENDADA? 

Extranjeros: abrid plaza; 
que aquí el trovador riqnefío, 
va á cantar, en noble empeño. 
Tierra, Sangre, Mcmibre y Raza. 

No es mi símbolo el cordero, 
ni -j:! divisa es ¡a danza, 
ni mi emblema es la privanza, 
ni es la humildad mi señero ; , 

pues á torpes alaridos 
de extraña provocación, 
soy cachorro de león 
¡y respondo con rugidos! 

Por excelsa maravilla 
de que muy ufano estoy, 
debo cuanto valgo y soy 
á un hidalgo de Castilla, 

que, usando diversos nombres, 
corrió de la gloria en pos, 
nunca soberbio ante Dios, 
j siempre altivo ante los hombres ! 

Llamóse en Toledo, El Santo; 
El , Campeador, en Teles ; 
en Otumba, Hernán Cortés : 
¡y Cervantes, en Lepante! 

Era noble en su ambición, 



LAS ANTILLAS 

y en su apostura altanero; 
tuvo el carácter de acero 
y de cera el corazón. 

Hasta él mi prosapia exalto, 
que él supo, en empresas grandes, 
al poner la pica en Flandes, 
el honor poner en alto. 

Pensando, tal vez, en mí 
20]no su gloria futura, 
domó del mar la bravura ; 
y tuvo al vivir aquí 

en el labio una canción, 
un libro en la mano diestra, 
una espada en la siniestra, 
y en el alma una oración, 

para enseñarme a cantar, 
para enseñarme á leer, 
para enseñarme a vencer, 
i pr.ra enseñarme á rezar ! 

De mi tierra en santo ejido 
cavó el hidalgo su fosa, 
bajo 1p. sombra olorosa 
de un rosal enflorecido ; 

y allí duerme, bajo el fuego 

del rojo sol tropical 

!y ahora florece el rosal, 
de mis lágrimas al riego! 

¡Extranjeros: abrid plaza; 
que si el hidalgo murió, 
por legado me dejó 
Tierra, Sangre, Nombre y Raza! 

Es mi tierra mi ufanía, 
y, pues he nacido en ella, 
no la quiero por ser bella, 

266 


LAS ANTILLAS 

que la quiero por ser mía. 

Pobre ó rica, con ardor 
la quiero para mí mismo ; 
que, en amor, el egoísmo 
es noble escuela de amor ! 

Por ella mi afecto crece 
con los años y las penas, 
como apóstol que en cadenas 
de martirio, se engrandece! 

Yo tengo en mi corazón 
para adorarla un altar ; 
y, al ritmo de mi cantar, 
en indisoluble unión, 

vivirán su amor y el mío 

como la fe y el creyente, 
come el rumor y la fuente, 
como la margen y el río! 

Por ella en el pecho' fijos 
guardo dos nobles empeños : 
librarla de extraños dueños, 
y entera darla á mis hijos ! 

Sé leer y sé cantar, 

sé rezar y sé vencer 

¡y alguien se apropia el deber 

de dar amparo á mi hogar ! 

Mi innata altivez rechaza 
frenos de extraña tutela, 
para conservar la hijuela 
que hube por blasón de raza. 

Por honrar á quien me honró, 
puse en mi escudo este mote : 
Antes que Sancho, Quijote, 
Después de mi padre, ; YO ! 

¿ Cómo pues, latiendo en mí 
¿e estirpe y raza los fueros, 

2§7 


LAS ANTILLAS 

han de regir forasteros 
la tierra en que yo nací 1 

En silencio y con cautela, 
nadie, sin llamarle, acuda, 
so color de darme ayuda 
para acrecentar mi hijuela. 

Nadie me ofrezca tesoros 
si he de traicionar mi fuero, 
que, hidalgo en juegos, prefiero 
las espadas á los oros. 

Más que las galas ajenas, 
al que es noble y bien nacido 
le abriga el manto raído 
del filósofo de Atenas. 

La pobreza, si es honrada, 
tiene por timbre y por prez 
rechazar con altivez 
la iiiMOSTi-. qiic degrada. 

La espada de igual á igual, 
de otra espada acepta el reto, 
mas siempre opone su veto 
cuando la reta el puñal . 

Nunca trocó ningún hombre 
sus glorias, por las demás, 
¡ni yo cambiara jamás 
mi nombre por otro nombre ! 

Jamás en los mismos chorros 
van oro y lionra en fusión, 
ni es posible la aleación 
de aguiluchos y cachorros! 

Si olvidando respetar 
preceptos de santas Leyes, 
sicarios de extrañas greyes 
dictan leyes a mi hogar: 

¿en nombre de qué heroismo 

268 


L AS ANTILLAS 

podrán hermanarse un día, 
la borincana hidalguía 
y el torpe mercantilismo? 

¡ Mi altivez, hidalga, niega 
tratamiento fraternal, 
á quien asalta el umbral 
de mi casa solariega ! 

Aunque arraigaron en mí 
los fueros de mis mayorw», 
rigen extraños señores 
la tierra en que yo nací .... 

Como toda servidumbre, 
tal servidumbre me humilla 
y hace arder en mi mejilla 
de la dignidad la lumbre. 

i Quién, parodiando al Destino, 
fuerza á mi derecho opone 
y en mi senda se interpone 
para cerrarme el camino ! 

Sepa que el poder mundano 
pasa ♦de verano á invierno, 
porque es signo de lo Eterno 
la mudanza de lo humano. 

Pues,- — honrando a quien me honró- 
puse í^n mi escudo aquel mote : 
' ' Antes de Sancho, Quijote ; 
Después de mi padre, ¡YO! 

Con bandera, ó sin bandera, 
tranquilo no he de yantar 
mientras no logre arrojar 
los intrusos, mar afuera. 

En la senda de este afán 
la fuerza el paso me cierra, 
mas, si pierdo Sangre y Tierra. 
Raza y Nombre quedarán! 

269 


LAS ANTILLAS 

Y soñé que, consagrada 
á un Sol de sangre y espuma, 
eon noble arranque, á mi pluma 
quitó su sitio, mi espada; 

y que, en orgullos a traza, 
y tras afanes prolijos, 
i pude legar á mis hijos 
Tierra, Sangre, Nombre y Kaza ! 


ENRIQUE ZORRILLA 


270 


LAS ANTILLAS 


OTEANDO EL PAISAJE 


TEATRO TENEMOS 


A pesar de cuanto digan en contrario las amables personas 
para quienes el cubano es un ser desprovisto de la circunvolución 
cerebral correspondiente a la fábula dramática, o el clima de 
Cuba carece del gas generador de la capacidad a tales creacio- 



Jesús F. López que obtuvo el pre- 
mio en el Certamen de Comedias de la 
Compañía de Lara. 

nes atañedera, lo cierto es, lector, que en recientes, brillantí- 
fiimas jornadas^ nuestro teatro, con testimonio eficaz y decisivo, 
ha dado fé de que vive, y goza de una existencia vigorosa y en- 


271 


' " LASAÑTILLÁS 

vidiables. Ya la sociedad Teatro Cubano llevando al proscenio 
obras acogidas con aplauso entusiasta por el público, certifica 
un día y otro elocuentemente que no es articulo de fé, sino 
afirmación por los hechos consagrada, la que atribuye al hijo de 
Cuba las mismas aptitudes que en el terreno de la escena poseen 
sus congéneres y hermanos en Lope, Grabriel Téllez y Alarcón. 

Claro está lector, que no tenemos todavía en el campo de 
la jurisdicción teatral, ningún Alcalde que pueda habérselas 



Guillermo R. Martínez, autor de la 
aplaudida Comedia, "Y nada dije- 


de igual a igual, con el de Zalamea, pero hagamos si te parece, 
un calderón en el concierto de nuestras justas aspiraciones, y 
día vendrá para nosotros venturoso, en que magistrados muni- 
cipales de esa ley y otros personajes de no inferior categoría, a 
deleitarnos o conmovernos según corresponda, salgan por en- 
tre el traspunte y el consueta en el mundo infra-sideral de 
nuestras taiblas. 

¡Vive Cristo que parece 

Que vais teniendo razón 

•i ' — •.,... 

272 


LáSáKTILLÁB 

pudieras tu muy bien decir al paño, lector carísinio, aunque soIü 
fuera para que yo me diera al solemnísimo gusto de contestar- 
te, poniéndome en carácter, aquello de, 

Si, Vive Cristo porque 
Siempre la he tenido yo . 

Y ahora como siempre, lector, peí o mas que en ninguna 
otra ocasión porque plugo a la Compañía matritense de Laxa, 
que fué por una temporada nuestro huésped tocar llamada con- 
gregando a nuestros comediógrafos a público ceitamen, y a él 
acudió buen golpe de gente bien armada, y apercibida para en- 
trar gallardamente en la liza^ que resultó al cabo una victoriosa 
demostración de nuestra capacidad literal ia. 

Triunfó el primero, en ia incruenta justa, Jesús J. López, 
periodista de todos conocido y por muchos admirado, no solo 
porque sabe con diestra mano distribuir áticas sales en el con- 
dumio que sirve cotidianamente, a sus lectores, sino también 
y muy principalmente, en mi opinión porque su pluma adusta 
a veces, pero siempre honrada y sincera si hiere en ocasiones, 
no mancha nunca al adversario que la suerte le puso delante. 

Y en el turno feliz de la victoria sigue a López el señor José 
Bonachea, de cuya existencia real dudan algunos, aunque yo 
puedo asegurar que no debe de ser por ahí ningún fantasma, 
aunque del otro mundo haya venido a nuestras costas este caba- 
llero, porque tengo desde hace años en mi biblioteca cierto vo- 
lumen, avalorado por amable dedicatoria en que el mismísimo 
laureado autor que ahora me ocupa, describe con maestría no 
común paisajes psíquicos de diversas regiones españolas. 

Y no paran, aquí lector las buenas nuevas que de la patria 
escena traigo bien apañadas para que con ellas te regocijes, 
porque a renglón seguido del certamen de marras, Marino Ló- 
pez y Francisco Ichaso dos muchachos de muchísimo talento 
clasificados ya desde las aulas universitarias como hombres de 
pro, llevaron al teatro de Garrido cierta Cabecita Loca, que no 

273 


LAS ANTILLAS 

a la Cas& de Orates sino al mismísimo templo de la gloria esta 
llamada a conducir a sus autores. 

Y para no quedarse a retagaardia en la intrépida falange 
que al templo susodicho se encamina, G-uillermo Martínez acu- 
dió presuroso al propio campo y en él nos dio de su fina lahor 
riquísimo botón para muestra, con una comedia de la cual nada 
dijoron los espectadores porque se les pasó el tiempo de la re- 
presentación aplaudiendo estrepitosamente con mano tenaz e 
incansable al autor y a los intérpretes de la obra. 

ÁGAPE 

P]n fraternal banquete se reunieron allá por los primeros 
(lías de el florido Mayo los señores profesores de la Facultad de 
Letias y Ciencias de nuestra Universidad, giítírwm pars minima 
fui et futurus sum mientras Dios otra cosa no disponga. 

Agasajábamos con aquella bucólica fiesta a los doctores 
Adolfo Aragón y Carlos Latorre, y en verdad lector que no sin 
justificado motivo, porque si el primero, a satisfacción de todos 
había ejercido las funciones de decano en el último trienio, con 
no menor aplauso y regocijo las asume ahora el ilustre discípulo 
de Poey. 

Fué Carlos Latorre profesor en el Instituto de San Juan 
de Puerto Rico, y en aquella isla, dejó de su labor científica y 
de su carácter bondadoso, imperecedero recuerdo y son él y el 
doctor Aragón dos maestros que honran por su saber y presti- 
gio al claustro universitario. 

s. c. z. 


274 



LAS ÁtíflLtÁS 


CAMINO DE LA PROSPERIDAD 


''A mi fraterno amigo Rafael Rodés, g:rande amigo 
de la Liniíicaeión espiritual hispano-americana". 

Una de las parte integrantes de la "magna partria" que 
siempre adoramos y queremos más, cada día, es el Perú porque 
en esa tierra legendaria siempre hubo para Cuba, cuando esta 
luchaba por conseguir su independencia de hi Metíópoli, demos- 
traciones fraternalísimas le afecto y cariño. Jamás olvidaremos 
los favores que prodigó a los cubanos en la guerra de 1868, y 
a Cuba muy especialmentee, por conducto del ministro pleni- 
potenciario de la República cubana en armas^ en Lima, Br. 
Máiquez Sterling. Pero ese amor, comparable sólo al inmen- 
so que poseemos a Cuba, no solo lo profesamos a la patria de 
Ricardo Palma y José Riva Agüero; lo profesamos también a 
una tierra múltiples veces querichi por el pueblo de Cuba; a 
una tierra de poetas y mártires, como lo es la nuestra; a una 
tierra que aun gime por alcanzar su libertad: es la tierra colo- 
sal de Betances y de Lares ; es el ala del pájaro de que nos 
habla la "frailaiionesca"' Lola Rodríguez de Tió : es Puerto Riso, 
la patria del Martí José de Diego, el dulcísimo cantor de 
"Laura". 

En estos momentos, en que la lucha fratricida ([ue ensan- 
grentó a la vieja Europa ha traído como secuela inevitable el 
triunfo del Derecho sobre la Fuerza, garantizando el respeto 
y dercciio de las peípieñas nacionalidades, apesar de la mutilación 
de China segregáiidole al Chantung: patria de Mencio y de 

276 


Las ANTILLAS 

Confucio, sus dos gramdes filósofos; apesar de la supervivencia 
de la Doctrina Monroe; apesar de la nueva esclavitud de la 
hermana Quisqueya y la existencia de impropia personalidad 
de Puerto Rico ; es un deber especialísimo para los americanos de 
raza española el trabajar^ son las puntas de las plumas, por la 
independencia absoluta de los pueblos hermanos que aun yacen 
atados por la cadena de la esclavitud. 

Gime Santo Domingo bajo la bandera norte-americana ; Cií-* 
ba vése amenazada por el antipatriotismo de muchos de sus 
hijos, con algo parecido a lo que sucede en Quisqueya ; y Puer- 
to Rico, que reúne todos los caracteres que dá Burgess para 
ser una perfecta naeióni; que posee una historia y una litera- 
tura muy peculiares; que está saturada de cultura y de civili- 
zación, no ha podido surgir, aun, a la vida de la I.ibertad. 

No somos desconocedores de los tropiezos que las colonias 
hispano-americanas han dado al constituirse en repúbiicais : esos 
tropiezos son el aditamento que lleva consigo todo pueblo joven 
al surgir a nueva vida. Pero no por esos tropiezos hemos de 
ser condenados a gemir bajo la suela del yankee y a estancarnos 
en moldes viejos ; como lo es el dominio de una nación, sobre 
todo cuamdo es civilizada, por otra tan entusiasta por el 
Derecho como la norte-americana, y en pleno siglo de Libertad 
como díeese es el siglo XX. 

'^ Patria es para los hispano-americanos, como dijo Rodó, 
la América española. Dentro del sentimiento de la patria 
cabe el sentimiento de adhesión, no menos natural e indestrac- 
tible ai la provincia, a la región^ a la comarca; y provincias, 
rogones o co^marcas de aquella gran patria nuestra, son las na- 
ciones en que ella políticamente se divide . Por mi parte siem- 
pre lo he entendido así, o mejoír, siemlpre lo he sentido así". 

^'Alta es la idea de la patria; pero en los pueblos de la 
América latiuta, en esta viva armonía de naciones vinculadas por 
todos los lazos de la tradición, de la raza, de las instituciones, del 
idioma, como nunca las presentó juntas y abarcando tan vasto 
ííspacio la histoTia del mundo^ bien podemos decir que hay algo 

277 


LAS ANTILLAS 

aun más alto que la idea de la patria y es la idea de la América ; 
la idea de la América concebida como una grende e impere- 
cedera unidad, como una excelsa y máxima patria, con sus 
héroes, sus educadores, sus tribunos; desde el golfo de México 
hasta los hielos sempiternos del Sur. Ni Sarmiento, ni Bilbao^ 
ni Martí, ni Bello, ni Montalvo, son los escritores de una u otra 
parte de América sino los ciudadanos de la intelestualidad am.e- 
ricana ' ' . 

Ante las palabras tan verídicas del incomparable autor de 
'^ Ariel", Puerto Rico entra de lleno, por derecho propio, 'en 
esa constelación de pueblos que del Anaihuac al Plata posee la 
dulce habla de Orvantes y Camoens. Puerto Rico es patria 
de oradores y xmblicistas ; de m.ártires y de poetas. Ella ha 
aportado a la Literatura Castellana una suficiente cantidad de 
poesías pan: a. que sea estimada tanto como cualquier otra de sus 
hermanas. Y justo es que ella adquiera prontamente su Liber- 
ta, ya que niacicues viejas, como el antiguo Reino de Polonia, cu- 
yos nombres y cuyos hechos estimábamos ya pasados al do- 
minio de la Historia^ han surgido nuevamente al ponérsele tér- 
mino alemán en las conferencias de la Paz. 

Ha de haber, respecto a la libertad puertorriqueña, algún 
que otro pesimista. Pero a ese pesimista yo le demostraría que 
existe un alma netamente puertorriqueña, cobijada bajo el pa- 
bellón de Un'cle-Sam, que perdurará a través de todas las épocas 
y en medio de todas las visisitudes. Un alma que es de bronce 
como la quisqueyana y granítica como la cubana. Un alma que 
cada día hállase más robustecida y que cuenta con aidalides de 
tanta valía eomo el Dr. Sergio Cuevas Zequeira, él eanbajador 
intelectual de Boriquén en Cuba. 

Las madres puen:torriqueñaíi deben infumdir a sus hijos, 
desde pequeños, el amor a la patria; deben hablarles siempre 
que tengan oportunidad de sus hijos ilustres, pero ante todo 
deben velar por el amor a la raza hisp ano-americana, y muy 
especialmente por la conservación de la lengua española, ya que 
dice Tichet, y está en lo cierto, que así como el estilo es el liom- 
hre el idioma es el ^Ima de la na<íion<alidajd . 


LAS ANTILLAS 

Comenzando esa labor en el hogar las sucesivas g-eneracio- 
nes irán haciendo a Puerto Rico puertorriqueño ; hasta conse- 
guir su sueño dorado, que es el que deseamos sus admiradores : 
la Libertad ; y continuándola: para el engrandecimiento intelc^;- 
tual, moral y económico de su patria y, además, para timbre y 
gloria de su raza. 


to 


CARLOS A. CASTELLANOS. 

Stgo. de Cuba, Abril 24 de 1920. 


LAS ANTILLAS 


ECOS ANTILLANOS 


Ante el tiibunal de reválidas de San Juan de Puerta-Rico 
ha realizado brillantes ejercicios el joven Arturo L. Carrión 
bien conocido ya en nuestra Universidad Nacional donde cursó 
con éxitf) insuperable todos los años de la carrera de Medicina 
y Cirujía. obteniendo en g-allarda lid numerosos premios, y 
habiendo merecido la desig-nación de alumno interno durante dos 
cursos en el hospital Calixto García. 

No contento el joven médico con los triunfos adquiridos, y 
movido del propósito de especializar sus conocimientos, asistió 
después a las clases del Bellevue HoSpitaj de Nueva York y 
otras Clínicas de la Metrópoli Americana. 

Hoy, capacitado ya para el ejercicio de la profesión en su 
patria será un exponente mas de la cultura y de la ciencia puer- 
torriqueña . 


Marino López Blanco el joven poeta ya conocido por el dul- 
ce manojo de rimas que con el titulo de Besos de Quimera dio 
há poco a la publicidad, es hoy el mas joven de los abogados de 
la República, pues con una tesis brillantemente desarrollada so- 
bre ''La Escala de Presunciones en materia de autarquía in- 
dvidual" ha conqustado el título de Dr. en Derecho Civil, en 
muy temprana edad. 


Otro periodista joven y bien querido en esta casa, acaba 


LAS ANTILLAS 

de doctorarse con notas halagadoras, en Derecho Público des- 
pués de haber presentado al tribunal que había de juzgarlo un 
concienzudo trabajo sobre el derecho de gracia estudiado des- 
de el punto de vista político. 


En la capital de la hermana isla de Puerto-Rico ha rendido 
la jornada de la vida la Sra. Catalina Romaguera Vda. de 
Santiago Palmer, aquel puertorriqueño ilustre a quien nadie 
superó en patriotismo y con quien muy pocos desde ese punto 
de vista pudieron equipararse, aquel estoico ciudadano a quien 
el director de ''Las Antillas" un día y otro en el luctuoso año 
de 1887, vio en las prisiones de Mayagües, sereno e inmutable 
con la tranquilidad de los justos y el valor de los héroes. Y 
de la dama esclarecida que acaba de morir bastará que digam.os 
en su elogio que por sus virtudes, por sus bondades y por su 
amor al terruño nativo, fué digna esposa de Santiago Palmer. 


Dos distinguidas damas puertorriqueñas, la señora Vda. de 
Wyman y la señora Vda. de Masferrer, han fallecido reciente- 
mente en esta Ciudad entristeciendo con su muerte a todos los 
miembros de nuestra Colonia que tuvimos oportunidad de co- 
nocer sus grandes virtudes y merecimientos y encresponando 
para siempre con nubes de inextinguible tristeza el corazón de 
nuestros queridos amigos Carlos Wyman y Joaquín Masferrer. 
miembros prominentes del Centro Piierto-Riqueño. 


Llega a nosotros al cerrar estas páginas la triste nueva de 
haber fallecido en esta Ciudad la señora madre de nuestro dis- 
tinguido amigo el elocuente orador señor Julio Galvez Otero, 
a quien enviamos por tan irreparable desventura nuestro mas 
sentido pésame - 


2m 


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Letras, en Italia, por el Dr. Aurelio Boza y Ma&vidal. 
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El Boletín Histórico de Puerto Rico. 
La Universidad Nacional, debate en el Senado. Discurso 
pronunciado por el senador por Pinar del Río, señor Wifredo 
Fernández. 

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nador por Camagüey y Presidente del Senado. 

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Las Ideas Pedagógicas de Martí, por. Antonio Iraizoz. 
Obras Dramáticas, por Erasmo Regüeiferos, 
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por una vasta red telefónica y telegráfica que nos 
perm^itirá comunicarnos desde nuestro propio domici- 
lio con cualquier parte del globo. 

Apresúrese a suscribir acciones de esta Compañía 
y a la vez que coadyuvará a la implantación de una 
grandiosa obra que beneficiará notablemente al mun- 
do entero. Hoy se venden las acciones a $15 cada 
una y próximamente experimentarán una nueva al- 
za. No lo deje pues, para mañana. 

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Xa& HnttUae 

Ü 5 

Director: Sergio Cuevas Zeqaeira 

AÑO I 
Tomo I. Agosto, iq20. Múrru ó 


Breves Apuntes de Historia Cómica (1) 


C&mo tú no ignorwckn seguramente, avisadísimo lector, cuenta 
Herijiando de la Parra en cierta relación famosa^ puesta en letras 
de miolde por u» investigador diligente, que la primera obra dra- 
i^átiea represeífifteda en #sta ciudad, — ^allá por los últimos años 
de la eenturia décima sexta — despertó tan fervoroso entusiasmo, 
que una vez terminado el espectáculo después de la una de la 
nmíiamc^, la gente regustada pidió que se volviera a empemr. 

Ma», no obstante aquellas insólitas demostraciones de apro- 
baeiÓB, es eierto y muy cierto que corridos aeaso por el recuer- 
do del cepo con que hubo de conmiiuar el respetable público el 
señor Gobernador en aquella jornada, o forzados de aig-una otra 
re^éíBídita ^ra^ón, cuyo peso no se me alcanza, no volvieron en 
^eíi tiempo los felieísiiaos hijos de la Habana* a preocuparse po- 
eo. m n^efeo de las placenteras fie^iones^dei arte escénico . 

Así lo atestigua en curiosísimo impreso que tengo a la vista, 
^ Sr. Buen^aventura Pascual Perrer. cuaflado entre otras cosas 
lauy atañederas al caso, afirma que días más, días menos, por 
aquitóla época memorable en que Pepe Antonio le cardaba la la- 
WkSk los ingleses, ''en punto a las Artes no se conocía en la Co- 
loi^ia una obra siquiera que fuera hija suya legítima : edificios 


(i) Paj?te de este ti-abajo se publica en eaero de 191i5. 

3T7 


íj A S A N T í L 1j A É 


f'».^.- 


6\u máá.|iiérito cj^apí^ur uu:;¿ anasaa enormes '^m^cird^lii propor-x 
ción : obras de escultura lidiculisimamente copiadas, y estatuas 
que sólo se sabía que ,Braii' de seres racionales por tener algún 
letrero que lo expresa-e : en la pintura no se veían más que ma- 
miarraclios indecentes y desconcertados^ y que causaban la ma- 
yor irrisión : teatro, dr^^ma, unidades y esxje^táculos, eran voces 
enter'cmiente desconocidas y sólo- por noticias sabían aV(jiihdé'''l'os 
nombres de comedias y entremeses^ \ ' '■ - .- -■^ 

Y por que no me taches de candido, porque me rindo fácil- 
mente a la primera opinión que me sale al p^uso^ ai p^'oveeto jui- 
cio de aquel cubano benemérito . que se llamó en vida Ramón 
Zambrana me -acojo, y de un trabajo suyo titiüado. ¡Cien años! 
publieado en 1860, espigo lo que va a continuación : 

i 

''Ni teatros, ni liceors, ni sociedades fila.mónica.s exislían: 
pero en cambio, la Tertulia de. la Plaza, era muy animiada ; allí 
se ostentaba poco, pero reinaba mucha amistad, consideración 
y armonía entre los tertulianos. No se rodaba carretelas ni vic- 
torias por extensos y vistoso-^ pasaos, peto se daba Vá vueltecl-a 
en vistosas calesas de pilares por varias calles de la Habana. Al- 
gunos años antes se daban estas vueltecitas por las calles de 
Dragones, Cerrada del Paseo y Real de la Salud, cu.:ru]() ya este 
barrio existía. No se cantaba óperas italianas ni se daba en un 
■aria el si bemol o el do de pecho, pero se cantaba La Beata el 
¿Cuándo? y La Morena, canciones muy originales y sobre toclp 
muy honestas". 

Mas no, con áirirno acuitado y rostí o compurrgido te detengas, 
lector, ante el panorama que acabo de desplegar, que si:, -así 
fué en la Habana, de desmedrada y pobre la actividad artísti- 
ca durante una buena parte del siglo dieciocho, transió rrnad a y 
engrandecida esta sociedad por las fecundas energías f|ue ,;desr 
plegó en los últimos años de aquel período, el espléndido albo- 
rear de la épofea inmediata, la sorprende en plena gestación in- 
telectual, con cuatro imprentas, con tres periódicos y con varias 
instituciones encaminadas a fomentar el progreso de las letras, 
las eieneias y las artes. — 

Por lo que a mi propósito actual, más especialmente atañe, 

378 


■trA B A Ñ t' í U U A &. ^ 

en los papeles cojitempor;uieüs de esta flor.eióa de ideas y ue 
"•enerosos estíiimlos, .Micu<"tru la sig'uieute nota reveladora del 
proceso topográfie(. <im< siguieron en su.s primeros tiempos io.-. 
teatros habaneros: 

''Sólo hay una eostí sensible según mis ohservae iones, y e.s 
que las comedias se van marchando por la posta de esta ciu- 
dad, porque el primer e-tabkícimiento de coliseo en la Haba- 
na, fué en el Callejón de Jústiz, despiu^s pasó a la Alakieda in- 
terior después al fin de la calle de Ju'sús oslaría y aho; 
en el Campo de Maite. Yo desearía que no se tratase de qui- 
tarlas de aquí porque temo y con razón, que a la primera mu- 
danza que se haga va a parar el coliseo a Jesús del Monte, o 
cuando menos más allá del Horcón, negún el p&so qa« lleva'". 


II 

Más, como quiera, lector^ que no se ganó Zamora en una h'- 
ra, ni en un santiamén y por arte de birlibii loque pasó jamás 
ninguna comunidad humana de un extremo al otro, los <'diji 
cios que para albergue de la ficción dramática levantó la Haba- 
na en- aquellos apartados días a que me vengo r-efiriendo. de vei'- 
daderos teatros sólo tenían el título, amén de la íinalidai a qii'> 
bien o mal se les había destinado 

iEl del Campo Marte, verhi gmiía, emplazado en- 
que indica su nombre, donde haista septiembre de IhOO habí 
estado funcionando un circo era un tosco corralón de madera 
no bien resguardado de la interperie por un toldo y tan im-'J- 
modo y m-al distribuido que sólo dei^pués de mil dificultades y 
tropiezos podía llegar el espectador a oenpar su estrecha y nií-'Ta 
localidad, pero en cambio, si nna vez acondicionado en ^Ha. ))r*^- 
tendía hacer el menor movimiento, no era posible intetitarlo si- 
quiera sin molestar despiadadamente a toda* la coiicur: piu-ia. 

' Salvo aquellos días en que los señores cómir-(.> .--taijan de 
■a«u^o, levantábase el telón en este desmedrado templo (h Talía. 
a las cuatro de la tardf, con lo cual, si hacía buen tiempo, el sol 
de' los trópicos ,que ya desde aquel entonces era un sol sosteni- 


s i i i ' 1 
a 


379 


jío, míámb^ ^l vo^Q ü etUíUíiü, / íí sus oawp<aiat8s los chamíuss 
eaba eom.o si fueran herejes irreductibles o ju(Mos relapsos ; mas 
por niatural compensación de este inevitable coíatra.tiempo, si 
por a»ciaBO llovía^ tornábase el teatro en una ínsfida, en cuyo te- 
rritorio, punto menos que inaccesible, sólo bien provistos de un 
par de botas impermeables, y bajo la salvadora egida de un 
paraguas, eran osados ^a posar la planta nuestros abuelos. 

No era el dei Campo de Marte, por fortuna^ el único as^lo 
que al drama y a la comedia podían ofrecer aquéllos porque ya 
desde el último tercio de la indicada cenfturia, se habí-a levanta- 
do junto a la Alameda de Paula el Coliseo o Teatro FrincipüL, 
que^ ú. bien fué a poco abandonado, porque, según afirma Se- 
rafín Ramírez en su Habana Artística, amenazaba ruina, íe- 
construído en 1798 merced a los esfuerzos del vecindario, llegó 
a ser nw>tivo de legítimo orgullo para los habaneros. Era de ta- 
blas, no muy grande y por esta tazón unida a la necesidad po- 
tísima de aprovechar el terreno, no resultaiba del todo holgada 
dentro de su recinto la concurrencia; pero bien se le podían per- 
donar estas pequeñas máculas, supuesto que a, juicio de persona 
tan melindrosa y descontentadiza como lo fué siempre el prece- 
dentemente ciliado D, Buenaventura Pascual y Perrer, sobre ha- 
lagar la vista con su aspecto placentero y afectar la forma de 
una perfecta herradura, tenía dos órdenes de palcos muy bien 
pintados (arién de la cazuela para la gente del bronce), estaba 
conve»ien teniente distribuido^ reinaba en él la decencia y el 
buen gusto y su escena, convenientemente decorada, ofrecía pers- 
pectivas admdrahles. 

Y lloviendo coüio quien dice sobre mojado, siete años des- 
pués, es decir, en 15 de diciembre de 1807, agrega "El Aviso" 
con relación al propio teatro en que tú y yo tenemos fija la mi- 
rada, lo que verás lector, a contrnuaeión muy puntualmente 
reproducido : 

' ' El de esta eiudad, dice el diario susodicho^ es superior a to- 
dos los de la Metrópoü, y sus deeoraeiones no desutoerecen «n 
eomparación de las que sirve© a muchas de las cortes de Euro- 
pa. La comimBla podríarser mucho mejor en estA temporada^ si 

380 


" LAS ANTILLAS 

desgraciadas circunstancias no hubieran intervenido a separa? 
algnaas actrices de las pri-ncipales ; sin embargo, no siendo muy 
íipegados a lo sublime en todas las coscas, bailamos que trabajan 
y sfe esmeran en agradar a pesar de lo mal que el público les co- 
rresponde: cinco actores de lois principales en todas las come- 
dias soB bastante r^gulatres, y no oreo los reúna nincrím. otro 
í«ískív€%ée \n América Española". 

ra 

Y ahora, lector, conocidos los dos teatros que abrían por 
'^ntonce^ sus puertas al soberano públicOj si no es ya que te des- 
placen esitas investigaiciones retrospectivas a que yo con tanto 
deleite me entrego, sigo en tu amor y compañía bojeando las pol- 
vorientas y maltrechas colecciones áe periódicos que de aquellos 
días nos quedan, para aquilatar eon su redivivo te^stimonio. el 
gusto ciMe en materia de ficeioaes escénicas prevalecía, por las 
calendas ,?onsabidas, entre los habitantes de esta benemérita 
ciudad . 

No me parece ocioso ni impertineníte reeordar, a propósito de 
este negocio, que mutati» mutandü, por aquel mismo tiempo en 
los Corrales de la Villa y Corte, el faoníoso T>. Luciano Conuella, 
autor fecundísimo de los más desaforados engendros dramáti- 
cos de que tengo noticia, acaparaba el fiavor de las muchedum- 
bres y costechaba aplatusos y ovaciones a manta de Dios . 

Y como es verdad de a folio que por el cauce metropolítico 
venía el agua al molino colonial, la altisonante y disnaratada 
musa, de Oomellaí surcó alígera los mares y se nos metió en caí^a 
de rondón, sin duda para poner glorioso remate en el mundo 
colombino a la ruidosa ^cadena de su» triunfos. Suyas o de otros 
dramaturgos de la propia estameña son ma\ttiples obras cele- 
bradais antaño fervorosamente por una buena parte del público 
y arrinconadas hoy hasta tal punto, qae sólo p^^ra escarnecer- 
los hay quien recuerde adefesios tales como El m,mcovHa ¡ípiisí- 
M&, A deshonor heredado vence el h&vor adcfmnda. Por mvpa- 
rúT U vwPiid ofmdar m, mismo amor o 1u hMalíjuiá de una in- 


LAS AN T ILLAS 

glesa. La más hermosa piedad m,ás nohle mente pagadfi y el elec- 
tor de Saxonia, y un eentenar de igual o parecida laya que 
ya desde el título van pregonando con retruecanillos insulsos 
o con absurdas referencias liistóricas el delirante numjen' que a 
sus autores solía inspirar. 

Para muestra, y para qü-e no me tildes de íevero o me mote- 
jes de injusto quiero traer a juicio cierto dramático galimatías 
representado en el teatro del Campo de Marte el día 9 dse no- 
viembre de 1800, que lleva por título El Mariscal de Biron 
y en una de cuyas escenars, este magnate parai poner al rey Enri- 
que IV de Francia, en autos de una gran victoria que acaba de 
obtener, le endilga de sopetón y sin miedo ai que lo parta un ra- 
yo apolíneo, los siguientes desatino'S : 

Vestido de más renombres 
que estnellais el cielo rige, 
Dios os perdon-e les dixe 
a más de doisicientos hombres. 
Y tan breve el alma dieron 
entre amargos parasismos 
que parece que ellos mismos 
de bien a bien se murieron. 

Pafra que no caigáis, lector, sin sentido .v basta isin juicio 
víctima de un amargo parasismo despaés de leídos los renglones 
precedentes, déjame que r^cierde con la mayor diligencia el 
ceño adusto y la protesta airada con que eses atentados al arte 
y al sentido común fueron recibidos por Ferrer en El Regañón. 
y en el Papel Periódico, por Zequeira y Arango. 

Pero en esta humana colmena habíai sonado la hora de una 
noble y fecunda transformación que en todos los órdenes de la 
vida ejerció su benéfico influjo y por eso no fué sermón perdi- 
do en el desierto el de aquellos dos insignes literatos. 

A la pandilla grotesca, que am.adrigada *por la rutina y el 
mial gusto disfrutaba con^privilegio casi exclusivo del favor pú- 
blico, sucedieron dominando con el prestigio de su fama nues- 

382 


LAS-ANTILLAS 

tra eseena los grandes niaeFtros natcior.ales a cuyo frente hlan- 
diendo el cetro'' eónlico puesto en sus manos por veredicto uná- 
nime de ia opinión^ figuraba el autor de El Café en compañía 
de no poco's y meritísimos colegas extranjeros. 

A certificar todo lo que dejo apuntado basta, entre otros testi- 
monios, no menos Adalides, cierta carta su-crita por El Márquez 
Nueya y publicada, en "El Aviso" de 6 de emero de 1807 en 
que isu autor — que no es sino el mismo í) . Manuel Zequeira y 
Arango a cuya saludable crítica aludí poco ha — iiO'- advierte 
que en .una misma ncohe para regocijo de \?f> Piérides, esplen- 
dor de las Artes, y puede también que ad majorem Dei glorianí 
si mis viejos maf''Stros los Padres no lo llevan a mal, salieron al 
palco escénico El Av^^ro de Moliere y El Sí de las Niñas de ^ío- 
ratín y con dulce campanilleo de regr)ei jadas alabanzas pon- 
dera el acierto de los directores del teatro en la elección de laft 
obrais y la inusitada maestríia de los comediantes ^m sus respec- 
tivas papeles. Y porque llegues, lector, a conocer hasta en sus de- 
talles de menos cuenta los frutos de e-ta ars>:'eiulente evolución 
del teatro cubano, voy a poner por contera a estas disquisicio- 
nes no del todo inútiles, el bello anuncio de una función de gra- 
cia que publicó en isu edición de 2 de marzo de 1821 el Diario 
del Gobierno Constitucional de la Habana, y es como sigue : 

TEATRO PRINCIPAL 

A beneficio del Pigente de la empresa se ejecutará hoy 2 de 
raa'-zo la función detallada en el siguiente 

SONETO 

Nada es más grato i oh pueblo venturoso! 
Al corazón de ARRIAZA agradecido. 
Que el ver que en u^is funciones has sabido 
Recompensarle siempre generoso : 
La que ahora te ofrece respetuoso : 

^383 


LASANTILLAS 

Para «st^ día dejará cumplida 
Tu contento y placer, pues ha reunido 
Cuanto ha estado a su alcance mas precioso. 
Una brillante siw/owía empieza»; 
El sobrino fingido irá en seguida: 
Be Porlier verás luego la entereza 
En la última hora de sv, vida; 
Y por fin en un baile la destreza 
Con que Ponce descuhre h Florida. 

SERGIO CÜEVA8 ZEQUEIBÁ 


m 


LAS ANTILLAS 


TEATRO (1) 


CáBTÁ segunda del MÁRQUEZ NUEYA A SU AMWO, 
¡SOBRE LA COMEDIA TITULADA 

''EL SI DE LAS NIÑAS'^ 

Querido amigo mio: Por medio del Periódico del 21 de 
^ptiembre próximo pasado te es^íibí dándote mi parecer so- 
bm la BÉala elección de varias piezas que se habían representa - 
(io ea ttuestro coliseo; pero yo faltaría a la ingenuidad de mis 
gentimientos si no te injstruyese ahora del placer que he tenido 
en varias representaciones que se han dado a luz posterior- 
feüeiite, como son el Avaro de Moliere, y la moderna titulada 
Él Sí de la» Niñas. 

íia primera fué regularmen<te desempeñada por todo« los 
aetor^, pero en particular por el que hizo el papel del Avaro. 
Ta sabes que soy algo escrupuloso en este punto, pero soy im- 
par<iíaly y tanto me repugnan las malas comedias, como me -iom- 
p^la^cen las que tienen mérito y son bien executadas. Los ac- 
tores, sin duda, van corrigiendo sus defectos, y no pierdo las 
esperanzáis de que llegará nuestro teatro, no solo á contentar al 


(1) Eá ''El Avisó", Papel Periódico de la Havaíta, se publicó a 
6 de Enero de 1807, esta interesante crítica teatral. 

Bl Macrquez Nueya, es uno de los anagramas que U3Ó en su fecunda 
vid» de escritor, D. Manuel de Zequeira y Arango. 

8, O, Z, 


9^^ 


L A S A N T 1 L L A S 

númjero de los 'Críticos, sino á ser uno de los principales ador- 
nos que constituyen el mérito de nu^itra patria, siempre que 
como hasta aquí no le falte la protección y el zelo del Gobierno. 
Yo ño me detendré en instruirte sobre el argumento del Avaro 
de Moliere, porque ^e supongo ilustrado en todds las piezpis de su 
teatro, y por lo que re-pecta al Si de las Niñ-as, tampoco te ha- 
ré un plan circuii'Stanciado de su contenido porcjue no S' n eistos 
los objetos que me propongo en _esta. carta . 

Baste decirte que el enredo de la última se funda en una 
viuda gaziRoña que pretendo, violentar la inclinación de su 
inocente hija, proponiéndole por maridr; a un hombre de una 
edad desproporcionada, aunque dota'io dp un cñvñr'iev noble, y 
de honrados sentimientos: que esta niña estaba enamorada de 
un sohrin-o de este anciano, el qual era joven, militar y de exce- 
lentes circunstancias : que estos amores entre la niña y el so- 
brino se fomentaban sin noticia de la madre ni del tio; y que 
este, luego que tuvo conocimiento de la mutua pas^ión dé los 
amantes desistió generosamente de su solicitud contribuyó '■con 
sus intereises a la felicidad de los dos, y pidió a la niñeír por es- 
posa del sobrino. : 

Qué argumento tan escogido para atacar las preocupaéio- 
nes de nuestro tiempo! Qué agudeza tan delicada en la pin- 
tura del ridículo genio de la viuda ! Con quanta gracia se apro- 
xima por medio de la fi^íción á la realidad y á la verosimilitud! 
Que unidad en los pensamientC'S y que continuación en los cárfí'c- 
teres! Que facilidad y sencillez en la textura del enredo y quarita 
naturalidad en los diálogos que adornan la comedia! Yo te confie- 
so, mi querido amigo, que me he llenado de un placer extraordi- 
nario al ver su representación, y que al concluir el tercer acto 
no pude menos de exclamar diciendo á los que estaban á mi lado : 
Hé ciqui la comedia de carácter, este es el espejo de la vida 
humana, aquel espejo que puesto delante de los hom'bres los 
hace avergonzar de su propia imiagen. ... • ' ' 

Pero me he apartado involuntariamente del objeto de mi 
discurso, que es hacerte ver la maestría con que fué representa- 
da, y así para concluir su elogio digamos en dos palabras : que 

386 


L A S A N T I L L A S 

los. Moratínes y Molieres son los dos hijos mas amados de Talía. 
y que ella colocada en medio de los dos, los conduce por la mano 
al templo de la inm^ortalidad. . - 

Pero volviendo al mérito de la representación, casi me atre- 
vo á asegurarte que esta es la vez primera que he visto sobre 
las tablas pintar con gestos y actitudes las diferentes pas'oncs 
de los hombres. Todos los actores de ella la desempeñaron con 
la posible propiedad; pero la que sobresalió '2on excelencia en 
el arte y la ficción fué la que hizo el papel de vmda : parece 
que la misma retórica le inspiraba el secreto de expresar los 
movimientos del espíritu, y que había tomado de la pintura las 
más vivas gesticulaciones para igualarse en esta parte con el 
mérito de Apeles. El tono de la voz cuando quería agradar a 
D. Diego no pudo ser más natural y quando rogaba á la nifia 
recomendándola el esposo no podía ser más zalamero por sus 
tiernas inflexiones: si se enfurecía viendo la repugnancia de la 
niña por el matrimonio contratado, entonces aparecían en su 
semblante todos los indicios de una alm.a transportada de furor : 
ella pasaba de la cólera á la tranquilidad, del plaaer á la ale- 
giría, y aún llegó casi á manifestar dos pasiones contrarias á un 
mismo tiempo : ella conservó en las demás variaciones de la es- 
cena la congruencia más íntima entre los afectos, el ademán y 
las palabras: ella se impresicuaba de los motivos y de las pa- 
siones del autor, se ponía en las mismas circunstancias, em- 
pleaba los socorros del arte y de la naturaleza, y por decirlo to- 
do, de aquel entusiasmo que encanta, que embelesa y «uspende á 
los espectadores, y poT último parece que según las convulsio- 
nes de su rostro y los demás ademan^^s de su cuerBO. no pf^rdía 
de vista aquel precepto del divino PToracio que nos recomienda 
en su carta á los Pisones: d vis me fh-rc. doleiuhm enf primun 
ipú tihi. Así es como logró apoderarse de la atención del au- 
ditorio, y así es como se consigue lle/rar al grado de lo sublime 
en el desempeño de la« b-lLas ai-to-. T)o nc\\ú resulta hacer 
conocer al Público quán diferente e« ^'^^f^ género d^ represen- 
taciones al de las tramoyas, fa^^^as y aparatos, y quán diferen- 
te es el mérito de estas comedias del de la mayrr parte de las 
prodii'cciones de los antiguos. 

387 


LASANTILLAg 

Todos 1(^ demás cómicos procuraron llenar sus deberes cob 
l'a. propiedad posible : Don Diego que era el novio aneiano y 
prometido á la niña por la viuda exprimió sus afectos con de- 
coro y naturalidad : la niña representó la situación de su alma 
Gombatida, con todo el candor y sencillez que inspira la ino- 
cencia, y Don Carlos hubiera sido más feliz si en su encuentro 
con la niña hubiese hecho resaltar más viveza en su ssembl'ant© 
por la conmoción que causa la vista del objeto que se amA quan- 
do se encuentra después de algunos días de ausencia. Ya sa- 
bes, mi querido amig'o, que lo más importante en la represen- 
tación e.s que el actor jamás se olvide del personaje que finge, 
para obrar conforma al carácter que tiene que imitar ; y 'así ^ 
que en faltando la debida aoeión, queda débil y fallida la poesía 
más excelente: tú te acordarás de que el sabio Demóstenes po- 
nía su mayor esmero en el tono de la voz y en el g«sto ; dos 
puntos que son aun más esenciales en la declamación teatral, 
porque la voz es el órgano de la razón que nos instruye y nos 
convence pero el gesto es de un uso más dilatado, ó por mejor 
decir, un lenguaje enérgico que se encamina en derechura hasta 
el corazón. De qué se infíere que en las agniciones y en los en- 
cuentros repentinos es indispensable que el actor indique la sor- 
presa del espíritu por mjedio de agitaciones agradables p^ra 
no caer en el defecto de frialdad y languidez. 

De todo lo que hasta aquí he relacionado vendrás en co- 
nocimiento de que ha mejorado la constitución de nuestro tea- 
tro, que poco á poco se van desterrando aquellos monstruosos 
comediones de que hice refefrencia en mi anterior carta y qu^ 
por consiguiente hay más delicadeza en la elección de las come- 
dias de algunos días a esta parte, y aun no dudo que nuestro tea- 
tro adquiriría más importancia si viésemos los eíSípectáculo« 
más concurridos de las gentes principales. 

Pero, yo no. .?é por qué especie de fatalidad hemos de ver 
tactos ciudadanos y tan pocos patricios y por qué los poderosos 
np han de contribuir al fomento de nuestro coliseo. Este ha 
sido y será el primer objeto de las naciones más cultas: entre 
los griegos era el espectáculo una de las principales atenciones 


t^Añ ANfítLAi 

del Estado: eu Atenas uoncuri-íau tedas las clases de dudada. 
nos sin que faltara el mismo Sócrates : la República costeaba de 
sus fondos todos los gastos necesarios y siempre presidían los 
Arcontes. En Roma se encargaba la dirección del teatro á los 
Ediles: asistían todos los Magistrados y concurrían hasta los 
Catones. ¿Y por qué será que entre nosotros se miran con 
tanta indiferencia los espectáeulbs ? Por qué nuestros palcos 
no han de estar o-cupados por las primeras personas del país 
para sostener este apreciable monumento de la felicidad pública ? 

¿Y por qué no hemos de protexer los talentos del artista, 
siempre que no se haga indigno de ello por la corrupy3Íón de sus 
cistumbres? Yo considero que es una obligación de la Pa- 
tria recompensar el mérito de los sugetos, y que los cómicos, le- 
jos de ser despreciables por esta ocupación se hacen dignos del 
aprecio público : de aquí es que Esopo tuvo tanta estimación co- 
mo Sófocles, y Rostió no fué menos considerado que Cicerón. 

Concluyo, pues, amigo mío, di^ciéndote que siempre que 
los artistas excelentes no se vieran desalentados con el despre- 
cio, sino que se les estimulara con distinciones, entonces los tea- 
tros se acercarían a la perfección. Castigúense enhorabuena 
aquellos que lo merezcan por su .conducta corrompida, pero no 
olvidemos los aplausos para los que por medio de la dulce ilu- 
sión nos saben inspirar el horror á los vicios y el amor á la virtud. 

Pasarío bien, y á Dios hasta otra vista. 

ÉL MÁRQUEZ NtJÉYA 


S89 


■'í. A B A n'tÍ hh ki 


AURELIA CASTILLO DE GONZÁLEZ 


MI OFRENDA 


Quiero depositar sobre ia tumba donde descansa la escri- 
tora inmortal, redivivas luüy por cálido rocío de lágrimas^ las 
flores que modestas y sencillas, puse un día a sus pies en la so- 
lemne ocasión de un banquete ofrecido por la revista Bohemia 
a la prensa habanera, y de las cuales, manos expertas y dili- 
gentes hicieron providencial acopio. 

Dije yo entonces entre otras cosas, lo que a continuación 
reproduzco : 

Amigos mios: los amables anfitriones de esta fiesta, el gru- 
po animoso de .ióvpnes qui' iiaii (JaJo vitJa y laJcr a ui.a emp:esi 
que parecía irrealizable la de dotar a esta isla de Cuba de una 
revista literarita como Bohemia han tenido la amabilidad de 
designarme para que hable con vosotros en esta ocasión. 

Yo haciendo examen de conciencia declaro con ingenuidad 
absoluta que con más autoridad que yo, podrían haber llenad-j 
mi turno muchos de los comensales que esta tarde nos favorecen 
con su presencia, pero acaso la circunstancia de haber sido un 
amigo leal de esta publicación desde sus coraienzos, ha deter- 
minado a sus directores a confiarme la comisión a que me refie- 
ro, que trataré de cumplir como Dios me de a entender, con- 
tando de antemano con vuestra benevolencia. 

Una manifestación que estoy seguro habrán de aplaudir mis 
comitentes y aún suscribirían si en letras de molde llegara a pu- 
blicarse quiero hacer. envHand3 mi priirter saludo a la simpática 
figura de Aurelia Castillo de González. 

390 


L A 8 A N T I L L A S ^ 

N'o (>s ,s;>;K>r:'s psif uit :a>^g'o (ie pueril galantería: el her-- 
moso bouquet de flores que representa siempre la mujer cubana 
no ha podido mandarnos nada más digno ni más estimable que 
esta dama que une a los timbres de su nombre y de sa r;:lor]a 
literaria la propia atmósfeía de simpatía que por doquiera en 
s,u_^ -torno se difunde. (Aplausos). 

'■"■■~ "Yo iu' miro 'como- una flor fresca y fragante para- la cual 
si es verdad que ha habido aurora, parece cie>ito que no exis- 
te ocaso: es de esas flores eu cuyo corola perdurarán siempre ma- 
tices y perfumes ..-•.. . (Grandes apiíeusos intennimpen al 
orador, ) 

Con ella basta': todo lo que podría enviarnos la sociedad 
cubana de más hermoso nos lo ha dado con esta señora que 
yo me atrevo a llamar una gentilísima mensajera (Gran- 
eles aplausos inteirumpen de nuevo al orador j . 

SERGIO CUEVAS- ZEQÜEIRA 


301 


3ÜAS ANTILiiíA 


A AURELIA CASTILLO DE GONZÁLEZ 


L. 


Que los acentos de mi lira triste 
al vibrar en tu oido halagadores, 
por que van de la tierra en que naciste, 
te lleven de sus brisas murmurios^ 
perfumes de sus flores, 
y arrullos de sus selvas y sus ríos ! 
¡ Qué larga es ya tu ausencia ! 
¿ Cuándo aquí donde tanto te queremos, 
gozosos volveremos 

el encanto a sentir de tu presencia? 
¿ Cuándo con tu figu'ia casta y suave 
al par que majestuosa, 
con tu aire dulce y grave, 
y su semblante fúlgido de diosa, 
te veremos serena 
ante la turba de entusiasmo llena 
con tu armonioso acento 
dar tus versos magníficos al viento? 
i Cuándo Cuba, de amor y orgullo henchida, 
en plácido embeleso 
podrá otra vez con su materno beso 
acariciar tu frente de elegida? 
Yo no quisiera que en tu hogar hermoso, 
asilo de la dicha y de la calma, 
donde sonríe sin cesar tu alma 
al amor entrañable de tu esposo, 
Tesonara mi acento 


^2 


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1-1 


%J ^ 


/ ^ « 'A 


AURELIA CASTILLO DE GONZÁLEZ 
Ilustre poetisa fallecida recientemente en Camagüey. 


LAS ANTÍLIiA» 

sino en risueñas notas de contento; 

más i ay ! ¿ qué íe diría 

que llevara a tu pecho la alegría ?...•• 

Nuestra patria, que sufr^ abrumadora 

la odiosa tiranía 

que su seno ensangrienta 

en silencio devora 

su dolor y su afrenta, 

volviendo la mirada entristecida 

a aquellos tiernos hijos que quisieron 

dar por ella su vida, 

y en el combate heroico no murieron ; 

que de la dócil turba separados, 

lloran en sus hogares desolados 

la maternal tristeza, 

solos en Su amargura y su grandeza ! 

i Que con los besos mios, 
los pobres ecos de mi lira triste, 
al vibrar en tu odio halagadores 
porque van de la tierra en que naciste, 
te llevan de sus brisas murmurios, 
perfumes de sus flores, 
y arrullos de sus selvas y sus ríos ! 

Junio 10 de 1890. NIEVES XENE8. 


394 


LAS ANTILLAS 


UN CUENTO DE FRANCISCA 


En aquellos tiempos tenían mis padres una esclava. Fran- 
cisca entró en easa cuando yo contaba unos ocho años. Pocos 
corazones he encontrado en mi camino por la tierra tan exce- 
lentes como aquel ; así es que muchas veces, pensando en ella y 
poniéndola en cotejo con per.sonas de mi raza, me vienen en 
el acto a la memoria los conocidos versos de nuestro más deli- 
¡eado poeta, que dicen : 

' ' !Qué blanca es la señorita ! 

¡ Qué negra su pobre es-c^lava I 

Mas si salieran al rostro 

Los colores de sus almas, 

¡ Qué blanca fuera la negra ! 

i Que negra fuera la blanca ! " ( 1 ) . 

Además de ser tan buena y de poseer a la perfección todos 
los conocimientos que ^constituyen una inmejorable criada, tenía 
Francisca otra cualidad especial, a la que en mis pocos años 
daba yo mas precio que a todo lo demás : era notabilísima na- 
rradora de cuentos. Su caudal no se agotaba jamás ni su pa- 
ciencia para repetírmelos. Así andaba yo siempre cosida a sus 
faldas, pidiéndole que me concluyese el cuento comenzado uno 
o dos días antes, o que, no bien acabado uno, principiase otro. 
En los que más se complacía y los que a mí ^también me gus- 
taban más, eran los de magia, que ella llamaba de arte. Los 


(1) Diego Vicente Tejera. 

395 


IjAB AKtXLtíA 


variaba dé uiil maueraá^ io;^ alargaba o acortaba, según el tiempo 
que podía dedicarme, en fin, después me ha confesado que mu- 
chos de ellos los iba componiendo a medida que los narraba, y, 
con cierta vanidad que yo antes no le conocía, me ha referido 
que en la Habana (estábamos entonces en Puerto Piíncipe) apos- 
taba (C'on una señorita que tenía el libro de Las Mil y una No- 
ches a cuál de las dos contaba más, y que ella, sin libro — pues 
la pobre no sabe leer — había vencido a la señorita. XuiJca he 
olvidado el deleite con que escuchaba a Franc-isica, y cuando 
ahora, al cabo de tanto tiempo^ se me pide que escriba un cueur 
to para las columnas de La Habana Elegante, yo, que deseo tan- 
to complacer a asus amables redactores, pero que a pesar de 
mi antigua afición a las historias maravillosas, jamás he sabido 
inventirlas, por decir siempre la verdad lisa y llana, sin lene; 
siquiera el buen gusto de adornarla con algunos graciosos acce- 
so: ios, no hallo más recurso que el de apelar a mi memoria, pro 
curando recordar un cuento de Francisca. Bien se que no sal- 
drá 'Con el interés que ella les daba, merced al cual lograba te- 
nerme colgada de sus labios horas y horas; pero tra-taié de 
imitarla en cuanto me sea po-sible. 

En un país.... (Francisca no sabía nada de geogrfía, y 
sus historias pasaban siempre en el mundo, en la gran patria) ; 
pues bien, en un país estaban una vez los hombres en guer:a, 
guerra furiosa sin cuartel. Unos habían tomado divisas ver- 
des y los otros rojas, y se distinguían por Ic-s rojos y k)S verdes- 
Decían estos que aquellos, ya por fuerza, ya po; maña, conse- 
guían todos los destinillos ; que después de conseguirlos, desem- 
peñábaiilC'S mal; que no los dejaban respirar a ellos y que se 
yo cuantas co.sas más. 

Los otros se hacían los suecos, digo los sordos, que Pran- 
cisea no sabía de nacionalidades, y seguían en sus trece; y por 
estas y otra bagatelas vinieron a las manos, y nadie quería ce- 
der, y ya la tierra estaba toda manchada de sangre, que par- 
tía el alma verla, porque era una muy hermosa tierra, con muchos 
ríos y arroyos y los árboles muy bonitos, con el tronco muy alto y 
muy derecho y las hojas en forma de palmas, y otros árboles de 

396 


LAS ANTILLAS 

mucho ramaje, que siempre estaban verdes y daban unas frutas 
muy sabrosas. Y tenían lomas que de lejos parecían nubes 
obscurísimas, y icuevas con las paredes y los teelios y los pisos 
abrillantados, y su cielo era muy azul y muy claro y muy bo- 
nito; y en fin, tenía tantas cosas lindas aíjuella tierra, que sus 
hijos y hasta sus hijas est-iban enamorados de ella, y siempre le 
estaban diciendo mil piropos en verso ; porque les parecía que 
la prosa no iserviría para ^celebrarla. 

En aquella tierra, pues, se estaban matando; y sin embar- 
go, pagaban cosas muy buena,s. y decían los mas cuerdos que se 
debían contar y hasta escribirse en los papeles, vinieran de quien 
vinieran, para ({ue sirviesen de ejemplo, y para dar muestras de 
imparcialidad y de justicia, porque d^' cstí modo, cuando se 
quejaran de algo malo, se vería que habían de tcricr razón ; y en- 
tre esas cosas buenas, una de las mejoes ora la historia de un 
capitán, de quien decían todos que cuando le veían comprar ropas 
y vituallas y repartirlas entre los verdea y los rojos (|ne él con- 
sideraba más hambrientos y desnudo^, l-s parecía que estal)a 
dándoles los pedazos de aquella alma tan buena. Y después 
dicen que se quedaba como si no hubiese hecho ns la creyendo que 
nadie tenía que agradecerle cosa alguna. 

Este capitán, qu3 era de los rojos y se llamaba Almo^^ncrns, 
quería con un amor muy singular a una muchacha ncl hmHo 
verde, a quién todos y él con más veras queotro alguno, llaui:^- 
ban Amada. La quería allá en el fondo de su alma, con tal secreto 
y tal veneración, que jamás venía a sus labios una palabra ni a 
su-s ojos una mirada que expresaran lo que sentía. Su amor no 
pedía correspondencia, porque Almogueras era feliz con ver a 
Amada y con sentir que aquel afecto tan puro le llenaba todo el 
pecho. Otra particularidad tenía aquel capitán. Decían todos 
/que era un republicano atroz; pero lo decían ,:<omo en secreto, y 
esto me hace presumir que aquel país no e>a república ; pero yo 
no -nnedo d-cir fjue clase de gobierno era a(|uel. ni como iba su a/1- 
ministración, ni sus costumbres ni nada, porque Francisca deja- 
ba todo eso indeciso, mejor dicho, sobreentendido, y yo no f|uie- 
ro poner nada de mi cosecha, limitándome a mejorar un poco 

397 


LAS ANTILLAS 

el lenguaje^ porque el de la pobre esclava no es para impreso. 
También he de advertir que sus personajes debían de tener fa- 
milia; pero que ella no hacía nunca mención más que de los 
individuos que entraban en juego, ni me desisribía las casas o los 
palacios donde vivían como hacen hoy los novelistas, con tanto 
primor que parece que se ve lo que *pintan. Todo eso lo dejaba 
ella en cierta vaguedad muy adecuada a los prodigios que refe- 
ría, y mliy a propósito paira seducir almas infantiles. Algu- 
nas vQees indicaba, como de paso que el palacio en que estaba 
encantado el príncipe era muy hermoso y que todos los mue- 
bles eran de oro. 

Volviendo a Almogueras, era n^i republicano tan extrema- 
do y tan raro, que de sus genérale"^ abajo, a todo el mundo tu- 
teaba, hasta a Amada, a quién él respetaba más que a una reina, 
porque decía aquel buen capitán que más mérito tenía la vir- 
tud de una muchacha que andaba por la vida expu^esta a mil 
riesgos, que la de una princesa encastilliada en su palacio, a 
quién nadie se atreve a levantar los ojos para mira'ria a la ca- 
ra, y que sin embargo .... Almogueras no era malhablado, y 
siempre dejaba eso así. 

Y en verdad que pensaba justamente en lo que a Amada 
se refería, porque su virtud no era de esas que se conservan por- 
que no hay otro remedio. No, señor. Amada podía darle un 
susto a cualquiera con su par de ojos negros, tan brillantes, tan 
grandes y tan dulces, que si los bajaba parecía que se dormí? 
y si los alzaba parecía que encendía una luz ; con su cabelle- 
ra obscura y ligeramente crespa, que llevaba casi siempre des- 
trenzada ; con su andar indolente y gracioso, y con su alegre 
risa, que salía del co'razón y que a todos comunicaba el conten- 
to, porque todo el mundo sabía que aquella sonora explosión 
no encerraba ni las malignidades de la burla, ni los regocijos 
d^ la envidia, al ver humillada a una rival. Cuando Amada 
sujetaba entre sus cabellos una encendida rosa — ^y lo hacía con 
mucha frecuencia,— sus mejillas algo morenas reflejaban aquel 
color de niego y se ponía tan preciosa, que Almogueras lucha- 

398 


LAS ANTILLAS 

ba fuertemente consig-o mismo para no caer de rodillas delante 
de su ídolo, y adorarlo un buen 'rato. 

No puedo decir si la figura del capitáa correspondía a la 
de su amada. Parece que Francisca no daba gran precio a la 
belleza masiculina. Ella no me decía de sus héroes sino que eran 
muy valientes y muy constantes enamorados, y yo suponía que 
e'ra también muy hermosos. No me aparto de su método ni de su 
relato, y dejo en libertad la fantasía del que lea este cuento 
para que se forje el tipo físico de Almogeras. Lo único que 
yo diré es que su alma era digna de tener por albergue el cuer- 
po de Apolo. 

Como Amada era tan linda y tan juiciosa, tenía muchos 
enamorados que no se callaban como el capitán, a quién ella sólo 
quería como a su mejor hermano, sin sospechar siquiera de qué 
modo la amaba él. Entre aquellos enamorados le gustó uno, 
y la boda estaba ^2oncertada para un día de mayo, porque Amada 
era muy 'aficionada a las flores y quería casarse en ese mes que 
tiene tantas, pareciéndole que ellas serían un presagio 
de felicidad. 

¿Quién puede pintar lo que pasó entonces en el corazón de 
Almogueras? Cualquiera creerá que los celos se lo destrozaron 
con sus aceradas puntas; pero cualquiera que lo crea se enga^ 
ñará. Aquella alma era excepcional en todo. Almogiieras que- 
ría mucho al novio, por que este quería mucho a Amada; se 
encontraba feliz porque Amada iba a serlo, y al mismo tiempo 
sentía que su r^orazón estaba como bañado por un bálsamo que^ 
le comunicaba una tristeza muy honda y muy suave. 

En estos días supo el capitán que Juanillo, un hermano de 
Amada, que a pesar de sus pocos años estaba en la gueri-a y 
peleaba como un pequeño león, había caido prisionero de los 
rojos, y lo peor del caso era que el jefe en cuyo poder se ha- 
llaba resultaba ser un tal Zorrolobo, hombre que gozaba fama 
de feroz, y a lo que parece, muy bien ganada. 

Cuando Almogueras supo la fatal noticia dijo allá para su 
alma — pues ya sabemos que era con quien más hablaba: — "Ya 
tengo mi regalo de boda para Amada"; y sin despedirse de ella 

399 


LAS ANTILLAS 

siquiera, montó a caballo y partió a escape con dirección al 
campo de Zorrolobo. Para llegar allá no había más remedio 
que pasar por el bosque donde estaban apostados los verdes; 
el capitán lo sabía^ y parece que su caballo lo adivinó, porque 
se encabritaba y volvía la cabeza a un lado y a otro, sin hacer 
caso del freno que le maltrataba la boca, queriendo escapar 
por donde pudiera, al percibir cierto olorcillo de pólvora ene- 
miga que él debía de conocer muy bi^'n ; pero el jinete, pres- 
cindiendo por primera vez del trato mimoso que deba siem- 
pre a su soberbio moroazul, le metió las espuelas hasta no más, 
y le obligó a pasar rápido como un rayo por entre los enemigos, 
que no tuvieron tiempo para envía i siíjuiera un disparo, a ma- 
nera de saludo, a aquella visión, apenas, vislumbrada, cuando 
desaparecida- 

Almogueras llegó al campamento de Zorrolobo muy a tiem- 
po, pues ya Juanillo estaba sujeto con buenas cuerdas y no se 
esperaba más sino que el jefe se retorciese el lado izquierdo de 
BU largo bigote, señal que había adoptado para indicar que vin 
alma debía pasar a otra vido mejor; y s;e Hir-e que ese lado del 
bigote no se le destorcía ya nunca, de tal modo, que las devotas 
del país (Francisca no hacía distinción de religiones, y las ha- 
das andaban en sus cuentos mezcladas con los santos)^ ape- 
nas sabían que había caido alguno en manos de Zorrolobo, ya le 
contaban con las ánimas del purgatorio y comenzaban a re- 
zarle el credo. 

El capitán se llegó al general y le dijo : — ^Vengo a pedirte a 
Juanillo, i A Juanillo ? dijo Zorrolobo con sorna ; ¿ Querrás 
decir que vienes a enterrarle? — No; vengo a llevárselo vivo a 
Amada. — No puede ser; es un prisionero de guerra; le he co- 
gido con las armas en la mano. 

— Lo que no puede ser es que Amada se muera :ú le ma- 
tas a su hermano. Ven conmigo, muchacho. Y diciendo y ha- 
ciendo, desató las ligaduras del prisionero, le ayudó a subir a la 
^cabalgadura, se puso también encima de un salto y desapareció 
por donde mismo había venido, dejando estupefacto a Zorro- 
lobo, más sorprendido de lo que pasaba en su interior, que del 

400 


LAS ANTILLAS 

rasgo heroico que acababa de presenciar. Mi buena negra ase- 
guraba que un hada benigna le había tocado el corazón a aquel 
mal hombre para que Almogueras cumpliera su generoso de- 
signio, y aunque yo no soy muy inclinada a creer en cosas mia- 
ra villosas, no puedo menos de pensar que algo sobrenatural 
hubo en esto, porque Zorrolobo no fué bueno más que en aquel 
momento, y el mismo contaba, casi avergonzándose de ello, que 
cuando el capitán puso al muchacho sobre el caballc' había sen- 
tido un toque suave en el -coirazón, que se lo conmovió todo, ha- 
ciéndole experimentar sensaciones que él no recordaba hab-er 
conocido ni en sueños . 

Almogueras ,hizo volar otra vez su caballo por entre 
los enemigos, y llegó jadeante a casa de Amada. Para no im- 
presionar a ésta demasiado, entró sólo. En la casa había mu- 
cha gente. Am.ada estaba vestida de blanco; teñid una corona 
de azahares sobre sn hermorsa frente, y sus grandes ojos despe- 
dían estraños fulgores. Estaba divina. El novio, radiante de 
alegría, estrechaba una de sus manos. 

Almogueras llegó hasta ella, y con voz en que no se podía 
definir ninguna expresión, porque parecía que en ella se mezcla- 
ban las inflexiones que la eomuniísaban todos los sentimientos 
grandes y bueno?, dijo a la joven : — Amada, te traigo mi regalo 
de boda: Juanillo está aquí. Amada exhaló un grito, y se pre- 
cipitó en brazos de su hermano, que apenas oyó pronunciar su 
nombre, había entrado', todo trastornado, diciendo con voz en- 
trecortada por sollozos: — Me ha salvado la vida. ... sin hacer 
caso de la suya. . . . Zorrolobo me había hecho prisionero- . . . 
Amada tembló al saber el riesgo que había corrido su hermano, 
y alzando sus ojos llenos de lágrim'as, los fijó en Almogueras con 
tan suprema- expresión de afecto y de gratitud, que este tam- 
bién sintió 'rodar dos lágrimas por su rostro: pero dos lágrimas 
nada más, gruesas y silenciosas- En ellas desbordaba la pleni- 
tud del amor y de la felicidad; y cuando el capitán se indinó 
para besar la mano que Amada le ponía sobre sus labios, cayeron, 
milagrosamente unidas en una sola gota, sobre los dedos de la des- 

401 


LAS ANTILLAS 

posada, como un brillante de invisible anillo, símbolo de otro 
desposorio purísimo y eterno. 

Almoceras salió de la casa, y jamás volvió a saberse de él ; 
pero siempre que Amada se quedaba sola, volvía a aparecer en 
uno de sus dedos una gota que brillaba mucho más que un dia- 
mante ; como un bellísimo lucero, y Amada tenía por cierto que 
era el alma de Almogueras que venía a visitarla. 

AURELIA CASTILLO DE GONZÁLEZ 


NOTAS : 
I 

Se ha forjado este cuento sobre un episodio ocurrido en la 
guerra de Cuba. Los nombres son verdaderos, excepto el de Zo- 
rrolobo, que ocultaba el de un general español. Cuanto al leápi- 
tán Almogneras se refiere, su secreto amor por Amada, la alegría 
porque esta se casase con quién podía ofrecerla más ventajosa po- 
sición que él, el rescate de su hermano con todos sus pormenores, 
las dádivas a cubanos y españoles, y hasta la costumbre de tutear 
a todos, en fuerza de su extremado republicanismo, todo está 
ajustado a la m᧠estricta verdad. Amada, de apellido Carbo- 
nell, residía con su familia cerca del Cauto, en una fin!3a de su 
padre, y el rescate de Juanillo tuvo efecto en un punto no muy 
apartado de allí denominado La Guanábana . 

Almogueras murió en Manzanillo en 1874, sufriendo arresto 
en una prisión militar por haber hecho grandes demostraciones 
públicas de contento cuando en 1873 se proclamó la república 
en España. 

También Francisca ha existido; existe aún, cuando esto es- 
cribo (Junio, 1891). y todo lo que de ella digo es exacto. 

II 

El nombre del general español (que entonces no tendría se- 

402 


LASANTILLAS 

gnramerite esa graduación) es ¡Weyleír! Gratoias a nuestros he- 
roicos revolucionarios, se puede ya decir. Andando los tiempos, 
fui desterrada bajo su miando. Nos hemos pagado bien . 
Habana, 19 de Enero, 1900. 

ni 

La narración de los hechos referidos me la hizo González, que 
fué amigo de Almogueras y conoció a la familia de Carbonell. 

El único detalle que he atribuido a Weyler, siendo propio 
de otro jefe español, cuyo nombre no puedo rcicordar, es el de re- 
torcerse un lado del bigote para indicar a sus subalternos que se 
ejecutase a un prisionero. 

Á. C. de G, 


4oa 


LAS ANTILLAS 


A LA NINA LUCILA CUEVAS ZEaUEIRA 


Un hombre encontró a su paso 
una flor nunca soñada, 
de pureza inmaculada, 
de hermosura celestial- 
Sobre el corazón la puso 
prodigándola caricias, 
y ella le vuelve en delicias 
aquel culto sin igual. 

De la dicha, desde entonces, 
tiene aquel hombre la ciencia- 
¡ Es un baño su existencia 
de dulzuras y de amor! 
'"¿Cual es la flor , quién el hombre?" 
De él llevas en tí un reflejo, 
y mirándote a tu espejo 
has de contemplar la ñor. 

AURELIA CASTILLO DE GONZÁLEZ 
Abril 29, 1912. 


104 


LAS ANTILLAS 




SALUDO A AMERICA 


¡Oh América! ¡Salad! Tus puras yjti.sa> 
el ósculo de amor traen a mi frente, 
y recogen del labio balbuciente 
ayes, besos, suspiros y sonrisas. 

De mi vida las sombras indecisas 
desvanece tu sol resplandeciente, 
y a sus claros reflejos, en mi mente 
infantiles imágenes precisas. 

Hogar, pueblo, familia ante mis ojos 
se presentan en rico panorama 
y en éxtasis de amor absorta quedo ; 

en tus arenas postróme de hinojos, 
y el llanto que en mi rostro se den ama 
es el tributo que ofrecerte puedo . 

AURELIA CASTILLO DE GONZÁLEZ 

Puerto Rico, 1878. 


405 


LAS ANTILLAS 


LAMPARA VOTIVA 

A AURELIA CASTILLO DE GONZÁLEZ 

Es hora de penumbras y de misteirios. 

Sigilosa, en puntillas, traen mis brazos una corona hecha 
con flores del pensamiento que entre lágrimas y suspiros y me- 
ditaciones profundas^ tejieron tus hermanas, tus hermanas en 
ideal, tejieron para tí. 

Es una ofrenda que, en nombre de todas deposito reverente 
en el altar de tu gloria. 

Y mi mano trémula enciende a la vez una lámpara ante 
ese altar, lámpara que ha de mantener vivo, inextinguible, el 
fuego sagrado de tu memoria . 

Y los labios musitan una plegaria que, cual hilo de plata de 
manantial escondido, brota espontánea y puja a través de las 
fibras más sensibles del corazón. 

Y en tantOj en el momento solemne, una campana deja oir 
el son augusto de su gemido. 

Y estas flores del alma, estos frutos del pensamiento que 
tienen perfume de vida, que abrieron sus pétalos espirituales al 
calor del sentimiento más puro, son flores que no se mustian. 

Perennemente tu recuerdo y tu ejemplo serán faro que nos 
indique el sendero del bien y la puerta del triunfo. 

Y este Camagiiey, al que con arrullo de paloma pedías '' ca- 
lor de nido" y al que volviste ávida de sus brisas, te mantendrá 
siempre en tu sitial glorioso, porque fuiste constante y tenaz en 
el esfuerzo^ abnegada y heroica en la ímproba faena de conquis- 
tar el laurel. 

Acaso tus hermanas no plantemos un sauce gemidor junto a 

tu losa ; pero, en cambio^ te prometemos hacer bien a las almas 

que sufren, distribuir pan del espíritu, caminar hacia el ideal, 

e invocando tu venerado recuerdo, marcharemos tras el lábaro 

< augusto de tu ejemplo. 

DOLORES SALVADOR DE LAFUENTE 

406 


LAS ANTILLAS 


CARTAS DEL LUGAREÑO 


A mi amigo Juan Agarras, de Santiago de Cuba . 

No hay nada de eso que tú supones, Juancho mío, en tu 
apreciable de 26 del pasado. No hay tales ansias, ni tales pre- 
parativos, ni tal embullo general para andar S. Juan a caballo; 
es todo lo contrario. Vc'sotros los de la Isla que estáis al canto 
del agua os figuráis que nosotros los tierradentro estamos por 
coniquisitar. Engreídos con vuestros caminos de hierro y acue- 
düjctos vuestras empresas de minas y (jperas italianas teatros y 
miercados, «calles y alumbrado^ serenos y otras mejoras sociales 
que al cabo de las mil y quinientas habéis podido lograr, cuan- 
do de puro viejias se han olvidado en otras partes, os divertís 
a costa nuestra, haciéndoos los muy creídos de que por acá sólo 
pensamos en echarnos a la calle a dar voces y carreras cual si 
fuésemos los únicos Patagones de esta Isla ; que nuestra diver- 
sión predilecta es enlazarnos unos a otros como vaeas, y sortear- 
nos como toros y verrai3GS en traje de mamarracho. Vaya !, que 
la riqueza produce los mismos efectos en los pueblos que en 
los individuos. 

Pero pardiez que os habéis equivocado. ¿ Creéis que porque 
no tenemos dos o tres mil extranjeros en la Ciudad, ni Luceros, 
ni Auroras ^ni Planteles, ni imprenta litográfica, ni poetas que 
compongan dramas románticos estamos escluidos del banquete de 
las ideas del siglo, y que no nos tocan ni las sobras ? ¿ De qué lo 
inferís? De que andamos San Juan a caballo?, ¡Ay, camara- 
da! Si por la diversiones populares hubiera de medirse la al- 

407 


ANTILLANOS ILUSTRES 



GASPAR BETANCOURT CISNEROS (El Lugareño.) 


té A^ A Ht lUti A» 

tti'ra a que se encuentra La civilización de algunas sociedades j 
poieblos conozco yo que no levantarían un geme del tiempo de 
la conquista. Algunos conozco yo en que su juventud mas re- 
quintada a la dernifire, encuentra su mas grata diversión' en 
una plaza de toros. ■ . ! Pero nadie ve la viga en su ojo: el bo- 
ticario no siente la peste de sus drogas, como el que entra de 
afuera. Sucedió desde abinicio lo que fee-cuentemente aconte- 
ce en el reparto de un caudal que unos herederos se cojen las 
fincas producítivas y otros los drogones; unos se hacen ri^eos y 
otros pobres, y en el pobre todo es tina. No creas que lo digo, 
chico, ni por quejia ni porque e>té disgustado, que la misma Pro- 
videncia que encumbra los humildes (Convierte los drogones en 
pingües patrimonios de una familia virtuosa. 

Para darte mejores ideas del estado ¡actual de la civiliza- 
ción Camugüeyana te pintaré, como Dios me ayude la gente del 
Camagüey . Después te diré lo que hay y lo que pienso del 
S . Juan. 

Tres clases nos disputamos hoy en el eampo de la opinión ; 
de esa opinión pública que impera despóticamente en cada si- 
glo : los retrógrados, los estacionarios y los progresistas . 

La divisia de los retrógrados es vade retro. Con ellos no hay 
términos de eapitulación : toda idea nueva, todo proyecto o em- 
presa nueva los espanta, como a los antiguos Americanos el ca- 
ñonazo europeo. ¿ Se les propone por medio de hombres hon- 
rados ? Sólo en su tiempo había hombres honrados ; hoy todos 
son picaros. ¿Se les propone por medio de mujeres virtuosas? 
Sólo en su tiempo las había ; hoy todas son coquetas. ¿ Se les 
envían niños bien educados? Sólo en su tiempo había mucha- 
chos bien criados; hoy son todas mataperros. Y por este tenor, 
los novillos de síc tiempo eran más hermosos y gordos; la tie- 
rra en su tiempo producía más y mejores yerbas ; el sol era 
más claro, las aguas más duliees, el país más sano y la vida más 
larga. En su tiempo no se necesitaba de caminos de hierro, ni 
puentes para ii- a donde les daba la gana; ni de repací tir lias ha- 
ciendas para que produjesen muchísimo dinero ; ni del comercio 
libre para tener cuanto necesitaban; ni de condenadas impren- 

409 


tas, ni escomulg-ados libros p^r^ formarse hombres muy sabios 
y profundos. De aquí es el empeño del retrógrado de volver 
atrás del punto en que nos hallamois. El Hatibonico está tur- 
bio en el puente de la Caridad y es preciso ir a sus manantia- 
les a buscar agua clara. Entiende^ Juan, que al hablar BíSÍ com- 
prendo las masas, pero no determinadas personas, que en todas 
las clases hay siempre excepciones honrosísimas. Hombres co- 
nozco yo en ese bando que valen por diez progresistas ; que es- 
tán penetrados de esa verdad: que el tiempo presente es la con- 
secuencia inevitable del pasado y el nuncio seguir o del porvenir ; 
hombres que han oído y entendido estas palabras de la sabidu- 
ría : "el árbol bueno, produce frutos buenos'', y honran la ju- 
ventud del siglo para honrarse a sí mismos. Los que así no 
o'uran al cielo escupen. 

Los estacionarios se mantienen a pié firme, inmóviles como 
la loma de Tubaquey. Su divisa "Statu quo" no deja dudar 
de sus principios : más vale malo conocido que hiieno por cono- 
cer. En este bando están alistados aquellos hombres que se 
llaman de sabiduría y prudeneia, de pesetas y prestigio ; de con- 
siguiente es el bando respetable, imponente, preponderante ; la 
masa es de hierro; Jcvellanos los retrató en una pincelada, 
"hombres de buen corazón, pero de malos principios". En ellos 
ci principio de utilidad es la justicia, la estacionalidad es el 
orden; la costumbre es la ley la fuerza es el derecho. Esta 
enorme masa está apoyada por otra todavía mayor, la de matro- 
nas, gente como tu sabes sedentaria y poltrona, de cama y buta- 
que ; pero buena gente entre quieneSj se puede vivirr sin zozo- 
bras y gozar de algunas conveniencias: atajan, pero no empu- 
jan; sujetan, pero no aprisionan; regañan, pero no hieren; im- 
ponen su fe, pero no achicharran; exijen amor, pero no vio- 
lentan : gente en fin cariñosa y amañada que dan, si quitan, y di- 
vierten al progresista si le hacen desertar de sus banderas, co- 
mo se distrae a los niños dándoles juguetes para que no coPían 
y se rompan las piernaiS. No puedo prescindir de transcribirte 
aquí algunas estrofas de una marcha patriótica que han com- 
puestos los estacionarios paria que sus matronas canten sin 


^Añ ÁHTÍ íwtí Al» 

cesar y cual encantadora sirena atraigan a los progresistas, qan 
generalmente son vivarachos y amigos de bullanga, baile y canto. 

PATRIÓTICA ESTACIONARIA 

CORO 

Viva la gallina .-.•.!. 
Viva; Bravo ! Bien ! 
No te vayas ven ! 

Que más vale en el agua estancada 
Diestramente las redes tender^ 
Que a los raudos toffTcntes lanzarse 

Y las redes y vida esponer. 

Viva la gallina ! 

Y a la sombra del árbol sentado 
Dulce Jagua madura aguardar 

Que afanarse en trepar el pimpollo , 

Y caer, o la verde encontrair. 

Viva la gallina ! 


Fiel paloma casera te arrulla 
Junta al nido y pichón que te dá 
¿Porque en pos de torcaz volantona 
Cazador indiscreto andarás? 

Viva la gallina- . • . . ! 

Deja el tiempo venir mesurado 
Por el brazo de invicto Jeová: 

Eres necio en pensar que un instante 
Más o menos veloz correrá. 

411 


liKH ANTILLAS 

Viva h gallina ! 

Viva ! Bravo ! Bien ! 
No te vayas : ven 1 

Pisto es lo que acá, tierradentro^ llamamos dar seho : el pro- 
gresista que se deja asi ensebar no tiene iremedio sino que desier- 
ta de sus banderas y entra por el aro de la estacionalidad. 

El bando progresista es el débil , disperso: es el bando 
de las simpatías y el amor, del entusiasmo y la atracción ; 
bando de la juventud y la infancia de ambos sexos. Si lícito 
me fuera usar el tono de Profeta, diiiía que la divina Providen- 
cia le tiene condenado a sufrir grandes pruebas o durezas eomo 
al pueblo de Ysrael, hasta, que se haga digno del bello porvenir 
que le tiene preparado. La divisa común de nuestro bando, 
"E puc si muove", asegura que no hay un grado abulto de per- 
fección, en la humanidad y una felicidad en este mundo a que 
podemos aspirar, si logramos generalizar nuestros principales 
principios, que son indestructibles : de lo bueno, el todo ; no hay 
derecho superior al derecho; la justicia primeiro que la utilidad; 
da verdad sobre todo; Dios y Patria. 

Pero nuestro bando es el mas inconsecuente y atronado, por 
lo cual es el más débil y disperso. Así- es que los retrógrados 
nos ponen en ridículo, comparándonos al maquinista que creyó 
haber encontrado el movimiento perpetuo porque dio en la lo- 
cura de estar siempre bailando. En realidad, Juanito^ nosotros 
no^ p vei-emos a aquellos cristianos que poseyendo la mejor doc- 
trina, la deshoni-an con la peor conducta. A excepción de los 
pocos, que como antes dije nunca falta en toda comunidad, la 
mayoría se compone de jóvenes inconsecuentes. Queremos de lo 
bueno el todo; pero no tratamos de descartarnos cuanto antes, 
de lo malo que tenemos. Queremos asegurar nuestros deiechos; 
pero invadimos los derechos de otros. Queremos que se nos dé 
lo que se nos debe en justicia ; pero nos negamos a dar lo que de- 
bemos en justicia. Queremos que replandezca la verdad ; pero 
^ servimos de tapa a la impostura y la mentira. Queremos en 
fin un Dios en el Cielo y una Patria en la tierra; pero nos des- 

412 


LAS A i\ T ILLAS 

víamos del único earaino que conduce a Dios y a la Patria ; vir- 
tud, derecho, justicia y verdad. 

El voidadero progresista debe ser consecuente con sus pri»- 
eipios; retrogradar nnnca; estacionarse jamás; adelante siempre. 
Alcanzó un escalón? pues a subir otro. Se apoderó ric una 
verdad? pues a buscar otra, y entretanto que se fiesaritolla 
aquella con todas sus consecuencias. ^, Hizo un Camino de hie- 
rro, fundó una escuela? pues otro y otra por otro lado; y así 
en el mundo intelectual icomo en el material la misión del pro- 
gresista es adelanta»! y mejorar. Lo persiguirá la envidia, lo 
asaltará la calumnia; no importa, la humanidad lo defenderá; 
porque sus tendencias y su interés es estar mejor. Se le re- 
garán o!)>táculo^ (MI su camino, se dirá que su idea o su empresa 
es imposible, o es estemporánea, o es inútil : adelante; su respues- 
ta sea su divisa: ''E puir si muove". 

Es necio empeño disuadir al progresista de su [)ropósito do 
perfectibilidaíl. Su piíncipio es indestrjictible ; está gravarlo oii 
el corazón del hombre por el dedo del Omnipotente, y a-í s(* 
desarrolla en el individuo como en la sociedad; no hay un hom- 
bre, no hay una sociedad humana que no aspire a estar mejor. 
Se puede con un poco de arte y maña conseguir que se ignore 
la verd id, que no se conozca una i^o.sa útil ; pero está por descu- 
brir el arte de desenseñar o desaprender una verdad conocida, 
una utilidad palpada; que igual sería ese intento al de un cu- 
!'a de mi tierra que mandó doblar por uno a quien creyó muer- 
to, más luego que volvió del parasismo mandó al monigote (pie 
desdoblase. 

Tal es el estado en que hoy nos encontramos, Juan de rni 
vida; es un crepúsculo de la civilización en que se ven los bul- 
tos, pero no se difítinguen sus formas; es k lucha de las máxi- 
mas y rutinas antiguas , contra los principios y métodos moder- 
nos; a la manera que lo troncones de quiebra hacha y jiquí per- 
manecen largos años profundamente arraigados después de tum- 
bada y quemada la roza; es preisiso aguardar que el tiempo los 
pud; a y entre tanto sembrar contra el mismo timoneo aguacates 
y palmas que producirán frutos para la generación siguiente. 


LASANTÍLLAS 

Débil e inconsecuenite cual te he pintado el bando progre- 
sista el Camagüey prospera ; y si más no prospera, culpa es de 
nosotros que no tenemos las virtudes indispensables. No quie- 
ro que te atengas a mi simple palabra ; te daré hechos. Por mi 
te responden los exámenes de la educación pública, los colegios 
y cátedras fundadas en estos días, las academias de Jurispruden- 
cia, idiomas y Bellas Artes; las sociedades patrióticas de la 
Caridad, comercio y agricultura ; esto en el orden intelectual . 
En el material por mi te responden los jóvenes agricultores y ar- 
tesanos que hoy tenemos ; las fincas fundadas en las desiertas ha- 
ciendas comuneras; los caminos de la jurisdicción abiertos a la 
medida legal, que los nacidos no vimos antes ; hombres emplea- 
dos en constituir un camino de hierro, que nuestros padres ni lo 
pudieron soñar; seis puentes más, construidos en los últimos 
«eis años; edificios cómodos para alojar a la humanidad desvali- 
da y enferma; plaza de recreo donde el año pasado sólo había 
zanjones é inmundicias que arrojaban las negras vendedor^as ; 
todo esto, ó la mayor parte hecho^ ¿por quien? Por un pueblo 
tierradeiitro, pobre y privado de relaciones sociales, reducido a 
triste y miserable tráfico de ganados y pax tecum, que a los 
diez o veinte años de publicada una obra o una doctrima en' Eu- 
ropa, viene a catarla como por carambola. Considerado es.to 
no es poco lo que se ha heioho- 

Acaso no faltará quien diga que toda mi pintura no es 
mas que un bosquejo, el embrión del cuadro que ha de salir. 
Norabuena, yo no he dicho otra cosa; porque no hay otra cosa, 
que Un crepúsculo; pero la roza está tumbada, los troncones es- 
tán quemados y, pesia tal, ya le hemos pegado al pie cada una 
de las semillas de aguacates y palmas y otras frutas, que nace- 
rán y ereeeííán y produeirán: allí esta escondido el progreso; 
allí escondidos los resultados : " E pur si mu ove ' ' • 

Ahora Ud. me dirá, Señor T) . Juan, si TJd. cree de buena 
fé que los Canija güeyan os nos desvivimos por andiar San Juan a 
caballo vy si estamos caminando para atrás como los -cangrej'os. 
El San Juan a caballo se volvió a permitir desde el año de 1836 ; 
pero es de aquellas cosas que se quedan pira las gentes rezaga- 

414 


LAS ANTILLAS 

das y los muchachos y negritos. El año pasado salicj-ojí ;tiiiy 
pocas muchachas, y algunos de los jóvenes que. como !k' di -íio. 
son progresistas en el nombre y retrógrados cji ios hedió-. K^'- 
te año me creo rpie no habrá comparsas a pie. ni Í'Iph- 'iracio- 
sas, ni nada; po^rque no hay a la fecha prepar ttiví)^ para lia- 
da ; prueba de que la opinión de la gente sensata y de la 
juventud de tono, que es la que inventa, gasta y da la ley, no 
se quieren ven enredadas y empuercadas por las patas ríe los ca- 
ballos. Pcir mi parte yo he pensado llevar un apunte exacto de 
todas ks ocurrencias Sanjuaneras y puedes contar do seguro con 
que ;te daré puntual y fiel noticias de todo; te irá el retrato fie 
todos los progresistas desertores con sus polos y señale-:. Plu- 
mas no faltan, ni tinta, ni papel ; y lo más que se me solara •■> 
el tiempo y la voluntad para contarte (Mi;into mis ojos vean. 

Pásalo como puedas que lo mismo hará tu invariable amigo 
que te ama mucho, 

EL LUGABEXO 

II 
INGENIO =^** A 31 DE DICIEMBRE 

Mi querido amigo: a pocas horas de distancia veo venir *'! 
?ño bisiesto de 1844 con sus bigotes herizados y su tren de es- 
l'.eranzas y desengaños para los que de ellas vivimos, y con 
ellos moriremos. Séale a Ud. propicio, como lo ds^^eo. 

Heme aquí en los campos de la Habana, fjue llamai-é mon- 
tes de caña, como o'tiros los llamarían montes de Dios, y a fé 
que el Diablo tiene su gran parte de ellos. Pero qué sensacio- 
nes agitan en este instante mi corazón! ¡Ahí Si la Providen- 
cia oye la oración de mi alma, cuantas bendiciones no me derra- 
mará sobre ellos! Es tan pura mi o: ación, tan fervoroso mi 
truego ! 

Me encuentro en el mismo lugar donde me hallaba a la^ on- 
ce años de mi edad. Qué profundas son las impresiones de la in- 

415 


LASAN TILLAS 

fancia ! Qué embeleso tienen sus recuerdos. ¡ Me parece ver 
las respetables canas que me protejían en mi tempranía peregri- 
nación, y suplían, en cuanto suplirse pueden, la ausencia y cui- 
dados de los padres; me parece oir los regaños del virtuoso sa- 
oerdoite que correjía mis bellaquerías infantiles, y me peniten- 
ciaba por las faltas a las primeras lecciones de la lengua lati- 
na que me enseñaba, cuando nadie me dijo hasta entonces: 
aprende tu lengua patria, en que te convendrá más comprender 
a Cervantes y Jovellanos que a Tíbulo y a Cieerón. En esite 
lugar, pues, escribo estos renglones, gozando de aquella sensa- 
ción y aquellos recuerdos que en graciosa antítesis llamó Vol- 
taiie un triste placer, y que yo llamaría una dulce melancolía; 
porque, ¡como separar del corazón cuando el alma los trae, a 
aquellos seres bienhechores que han desaparecido y separádose 
de mi para siempre. ¡De?i2ansen en paz! 

Naturalm^ent^ dirá Ud. : y a que vend'^á esta carta y a que 
vendrán estos cuentos del Lugareño ? Hombre de Dios ! ya 
verá Ud. si la carta vá donde debe, y ^i lo-, cuentos vienen ,\ 
cuento. Yo no he de decir a Ud. con qué intención que los es- 
cribo y me atrevo a apostar cpie Ud. llenará mi intención . 

Quiero esoiibir a Ud. pocas horas antes de que entre el año 
de 1844, por si no llego ¡a verle, que no se me quede en el cuer- 
po lo que he visto al concluir el año. Pero qué, no alcanzaré a 
1844? Triste cosa sería que yo me muriese sin ver todo lo que 
trae el año 1844. Y no pudiera ser que me muriese? Nuestra 
vida es tan precaria, tan prestadita que.-.' Pero dejemos 'es- 
to, no vaya Ud. a creer que estoy romántico, e intento suicidar- 
me; nada de eso; mis cálculos se estienden á fines de este siglo; 
y mi intento es romper la zafra de este ingenio mañana ; entre 
un centenar de guajiras y sitieras que me dicen son Hurles y 
Náyades de estos campos y ríos ; pero voto al Chápiro, que si son 
de la misma vitola que las que vi anoche, y sí esotras me tratan 
como estas, habré hecho viaje a China ! Anoche con una her- 
mosísima luna, y un frío de patente tropical, es decir, delicioso 
'me fuf con unos amigos a un sitio que está a tres cuartos de legua 
de distan,?ia de este ingenio, a pié con el corazón dispuesto a diver- 
tirme entre los inocentes campesinos de la Habana. íDivértir- 

4X6 


LAS ANTILLAS 

mys ! Nadie nos hizo caso entre catorce mujeres y más de vein- 
te hombres de faldetas de fuera y machete- 

Aquéllas estaban en la sala del rancho (que acá no faltan 
del mismo orden y belleza arquitectónica que los del Camagüey) 
y estos bajo un techo de paja en el esterior del rancho; ellas 
silenciosas mohinas, como si estuviesen pensando sus pecados 
para confesarlos, y ellos burlando la vigilancia de la autoridad 
áel distrito, jugando al monte; todos, sin exceptuar tres o cua~ 
tro niños, que, aunque no jugaban, recibían la fatal lección de 
sus padres, quizas, parientefs y amigos. Yia ve Ud. amigo mío, 
las lindezas^ la inocencia de nuestras costumbres campestres, 
i Qué horror ! ; qué esperanzas para el filósofo, el moralista y el 
político. Y quizás las tres cuartas partes no sabrán leer ni 
escribir, ni sabrán la doctrina, ni los pirincipios de la religión 
nacional ! No parece sino que nuestros ricos no ven que estos 
son los hombres a quienes confían las propiedades cubanas ! Si 
gastasen los ricos, siquiera, veinte y cinco pesos al año en edu- 
car a los pobres de la isla, no pasaría esto, y tendrían otros hom- 
bres a quienes confiar sus propiedades^ que tanto más se las ade- 
lantarían, cuanto más cultivados tuviesen el corazón y ia 
inteligencia . 

Mis compañeros y yo nos entramos en la sala, y nos sirvió 
de aliento una c^ja de colmena. Aquello parecía una junta de 
Cuáqueros, ó un velorio, más que otra cosa. Al fin vino el 
banquero a quien habían deshancado, y tomó primero una gui- 
tarra, tocó el punto, cantó unas décimas amorosas, como casi 
todas las que se componen para casos tales ; vino luego otro 
que tomó la guitarra y el banquero, haciendo una cortesía a una 
dama se plantó en el punto y a su frente una moza de talla ama- 
zónica, que no necesitaba de más máquina de vapcT, ni más arti- 
ficios que sus lindos pies cubanos para zapatear y mecerse co- 
mo el plumero de la caña sobre la cepa que le sostiene. Esta- 
ba vestida con lujo y con elegancia, bien qne todas guardaban 
juí=íta proporción y armonía con las elegantes de la ciudad. No 
así los hombres, que en nada absolutamente se 'acercan a los tra- 
jes de la juventud habanera. Porqués será esto? No guardan 
proporción el guajiro y- la guajira. No se puede decir que 

417 


LAS ANTILLAS 

el traje de ésta es peculiar del campo, como el del guajiro. Se- 
rá porque éste trabaja y aquélla nof Esta es otra de nues- 
tras lindezas ; las mujeres de Cuba son todas ricas, supuesto que 
todas tienen habilidad para vivir sin ti abajar. O será que la 
cubana tiene más alta idea de su posición social? Desde que 
nace vé el lugar que ocupa ; se vé adorada como una divinidad, 
y no trabaja. ¡Que trabajen los bueyes decía un tierradentro ; 
que trabajen los hombres diicen las cubanas. Decis bien, mu- 
chachas; para qué serviríamos nosotros si no trabajásemos para 
que vosotras no trabajéis, y nos ayudéis a gozar del descanso? 

Fuimos, pues, tan mial recibidos entre aquellas gentes, que 
andábamos como perros en la iglesia. Me han esplicado que la 
culpa la tuvieron, nuestras levitas, chalecos, pantalones de tra- 
villa, relojes y sombreros de pelo. Vaya en grarjia ! Otra vez 
buscaré traje adecuado como si fuese a Turquía. En tan tris- 
te situación y tan parados, resolvimos volvernos a nuestras casa. 

Eran las once de la noche, y había que desandar tres cuar- 
tos de legua a pié, por entre las yerbas de la guardarraya; el 
frío de la media noche se hacía el gracioso con nosotros, y nos 
tiraba de las orejas y narices como quien tira por lo suyo. Pa- 
ra colmo de males, llegamos a la casa, y la gente estaba toda 
recojida, exisepto el criado que nos aguardaba, para llevarnos a 
nuestro cuarto. No paran aquí las angustias, sino que aquella 
mañana, no habíamos tomado en otro ingenio que dejamos 
para pasarnos ¡a éste, más que un plato de sopa, y con el viaje 
en carruaje por un camino infernal idéntico á los del Cama- 
güey, luego la caminata a pié, sólo encontramos agua fresca! 
Todavía subió de punto nuestra situación, cuando habían con- 
sentido tocar parte de un lechón tostado que diz que bahía en el 
tal sitio, y con todo que esta clase de animales, en esta situación, 
no se e'sicapan ni a la legua de mis narices, que son conw) de ji- 
haro; por más que me volví al noríte, y ¡al sur, al este y al oeste, 
.jamás me dio el olor de tal lechón, y creo que en todo el contor- 
tiio se erigió la hoguera en que se tostase, ¡Vaya uu cha'sco! 
Quiera Dios que no me lleve otro más sensible. 
' Páselo Ud. como desea pasarlo su arriigo. 

EL LUGAREÑO 

418 


LAS ANTILLAS 


La Intervención de España en la Independencia 
de los Estados Unidos de la América del Norte (T) 


INTBODUCION 


Durante el siglo XIX y con ocasión sobre todo de las 
guemas que a sus comienzos y a su final acabaron con la sobe- 
ranía española en América, se mantuvo la, creencia de que en el 
sostenimiento de las rebeliones había obrado como factor perni- 
cioso el ejemplo dado por Carlos III alentando a los Estados 
Unidos en su lu?ha armada contra la gran Bretaña para conse- 
guir su independencia. Y como consecuencia de esta persua- 
sión se censuraba, con^ ,esas acritudes y esas violencias que de 
ordinario acompañan a las ignorancias y a los conocimientos im- 
perfectos, a la nación que, olvidando su pasado, prestaba recur- 
sos a icuantas insurrecciones se alzaban contra España, y se 
maldecía del poco acierto que pusieron nuestros gobernanteis de] 
último tercio del siglo XVIII fomentando una rebelión que, al 
berir a Inglaterra, hirió de rechazo a todas las Potencias 
coloniales . 

Aun descontando que no es la gratitud virtud de las co- 
lectividades y que las afinidades entre Estados se fortalecen o 


(1) Interesante monografía publicada por el licenciado Manuel 
Conrrote en Madrid, y de la cual reproducimos la Introducción para 
dar a los lectores de ''Las Antillas" cabal idea del interés del libro y 
de la serena imparcialidad con que ha sido escrito. 

419 


LASANTJLLAS 

quebranta al compás de multitud de fenómenos icircunstancia- 
les, sin que quepa su modificación por sentimentalismos de du- 
dosa eficacia cuando entran en juego vitales intereses de los 
pueblos, induce a la reflexión el comprobar si ese auxilio fué 
tan poderoso como ha sido apreciado por la opinión general, y si 
el olvido de los Estados Unidos se refiere a hechos que forzosamen- 
te debieron quedar grabados en el recuerdo de sus hijos, ó por 
el isontrario, si no es vituperable tal olvido por haber sido la in- 
tervención que España tuvo en los comienzos de su emancipa- 
ción tan secundaria que solo puede tomarse como episodio de 
escaso relieve en sus crónicas nacionales. 

Precisamente esta tibieza en el reconocimiento de servicios 
pretéritos, no concuerda con el sentimiento patriótiico de los Es- 
tados Unidos; en los recuerdos constantemente evocados de sus 
luchas con Inglaterra no separan los nombres de sus grandes 
caudillos de los de los extranjeros que en la guerra y en la di- 
plomacia fueron entusiastas defensores de su causa. Un con- 
temporáneo nuestro, Jusserand, con frase cnneisa lo expresa: 
'*Son — dice — una nación owe recuerda y chvds recuerdos giiíaii 
sus acciones". 

, El viajero que recorra las principales ciudades de la Unión 
y contemple sus monumentos, en los cuales ha de apreciarse 
casi siempre más la memoria y el símbolo que el genio artístico 
que les dio vida, tropezará i30n frecuencia con estatuas, bus- 
tos e inscripciones relativos a personajes de otras tierras que 
contribuyeron a la creación o al progreso de la nueva nacio- 
nalidad. Lugar tan señalado para evocar glorias antiguas co- 
mo el j'ardín de frente a la Casa blanca, lleva el nombre de La- 
fayette y en él se alza el monumento dedicado a este General; 
entre sus arboledas se han emplazado también las estatuas del 
francés Rochambeau, del polaco Kosciusko y del prusiano 
Steuben. . 

Entre las reminiscencias de la guerra de la independencia 
ninguna se encuentra relativa a España, y a deeir verdad no era 
fácil dar con personajes representativos a quienes correspon- 
diera con justicia el homenaje, sin que esto suponga que su 

^0 


LAS ANTILLAS 

Inte-rveHcióii cu la coíitii^iHl:! ínvrti iW tal insignificaiLcia que 
no merezca ser estudiada- 

Lanzadas las Colonias a la rebelión, comprendieron desde 
los primeros instantes la necesidad de contar con amigos en 
Europa y de buscarlos, como era natural, entre los enemigos de 
Inglaterra. Lee, representante oficioso del Congreso, recabó en 
primer término el apoyo de Federico II de Prusia, quién elu- 
dió el compromiso alegando la pobreza de su Tesoro, razón que 
no fué co-nvincente para el enviado conocedor de su inexactitud, 
expresándole, eso sí, más que simpatías por la causa americana, 
la esperanza de recibir noticias de reveses de las armas inglesas, 
que en extremo habían de complacerle. 

Un aliado alemán, por poderoso que fuera, y no lo era en 
grado extraordinario el Rey de Prusia, que rival de la casa de 
Austria aún no había consolidado su fuerte posición en el centro 
de Europa, no convenía después de todo a lo:; Estados Unidos. 
y lo mismo Lee que su compailero Silas Deane, bastante enemis- 
tados entre sí en ocasiones, comprendieron que la ayuda debían 
solicitarla de poderes marítimos capaces de hacer frente a la 
Gran Bretaña en el Atlántico, y la elección había de recaer for- 
zosamente en España y en Fránjela. 

Las dos naciones, ligadas por intereses dinásticos traducidos 
en Pactos de familia, acudieron al llamamiento, aunque con es- 
fuerzos distintos y con espíritu también diverso, cual lo impo- 
nían las condiciones políticas de cada una. Si España fué con- 
ducida por Francia a la ruptura con Inglaterra, que así quedó 
convertida en enemigo leomún, conservó cierta independencia en 
sus iniciativas y señaló la oportundad de los actos y de los 
acuerdos en que desarrolló su intervención. 

Para los Estados Unidos fué menos activa de lo que hubiera 
, deseado su anhelo ardo.ioso de verse libres en corto tiempo; para 
España fué menos provechosa de lo que hubiera convenido al te- 
ner una política ameritcana más definida y má> adecuada a las 
ideas, cuyas germinaciones constituían la esencia de la revolución. 

El estudio de los antecedentes y vicisitudes de las relacio- 
nes que sostuvieron España y las Colonias hasta el reconocimieñ^ 

421 


to de su indepe..d-:iicia, es e] coiiLenido eu lay si^ieii+c3 pági- 
nas; tiene su. fundamento principal en el exanien de las corres- 
pondenicias diplomáticas, que se custodian en el Archivo histó- 
rico na^cional de Madrid ; a lo que de esta documentación pueda 
deducirse aplicando una crítica sin prejuicio y sin pasión, ha- 
brá que atenerse, para establecer ta verdad histórica, la más dis- 
cutible y la más imperfecta de todas las verdades. 

No siendo el relato paráfrasis de ningún otro trabajo cono- 
cido, es seguro que contendrá rectificaciones de hechos conocidos 
y variantes de su narración, cuya autoridad residirá en lo que 
digan los personajes^ de los cuales se exhuman y comentan des- 
pachos y memorias oficiales . 

El fruto de la investigación ha de ser el reconocimiento de 
realidades objetivas ; de estas realidades se derivarán las sínte- 
sis, las deducciones y las reflexiones qae constituyen la filosofía 
de los hechos históricos; más servirán también para ahuyentar 
y desvanecer las leyendas que aprovechan un incompleto esque- 
leto de verdad, le visten con abigarrado ropaje de fantasía y se 
lanzan al mundo intelectual bajo las formas antirracionales de la 
quimera. 

La magnitud y eficacia de la intervención de España en la 
revolución americana es leyenda que no perdura ; debióse su for- 
mación a móviles políticos, ni justos ni sensatos, de ahí su fragi- 
lidad y su inconsistencia. No por ello es digno de desden su* 
estudio ; para España, como para todas las naciones, la historia es 
un factor viviente de su desarrollo natural la cadena que enlaza 
la actualidad, con los días que pasaron ; ningún hecho presente, 
de los que más apasionen, puede examinasse aislado; su vitali- 
dad es consecuencia de sacudidas de otros heiehos olvidados, más 
cuyo conocimiento puede ser evocado en la memoria de los 
contemporáneos . 

Dentro del determinismo más absoluta es ladmisible que la 
razón comprenda, analice y modifique las condiciones en que la 
humanidad cumple las fatalidades del Destino. Aplicando este 
principio a las relaeiones que al convertirse en Potencia indepen- 
diente los Estados Unidos sostuvo con ellos España, ha dé con- 

422 


f©Siai'í=^ü que (^sta última nada hizo por torcer el curso de los 
acontecimientos que la desviaban ae corrientes de armonía y 
que, por el contrario, un fondo de desconfianza y de recelo, nada 
dulcificado duranto todo el siglo XIX, tuvo el trato de dos pue- 
blos :a quienes la vecindad en América y la comunidad de ciertos 
intereses aconsejaban mayor cordialidad. 

Verdad es que para ello se levantaba el obstáculo puesto por 
la diversidad de las condiciones de ambos pueblos, derivadars de 
la diferencia de cualidades de raza : el anglo sajón demócrata, 
tolerante, poco escrupuloso en arrollar cuanto es'^rrba a su pro- 
greso nacional ; el ibero, poco apto para las artes de la admi- 
nistraición y del gobierno, encerrado en ideas abstractas, nada 
propenso a sentir la emoción humana que proporciona la liber- 
tad del individuo, respetuoso a la vez con los otros pueblos y mi- 
rado en perjudicar sus aspiraciones, no podían entenderse en su 
vida exterior. No era (adversión, no era antipatía la que se pro- 
dujo al alcanzar las Colonias su independencia : era, según juicio 
acertado del Almirante Ensor Chadwick, sencillamente una fal- 
ta de habilidad de España para adaptarse a las nuevas condicio- 
nes del mundo nacidas de la revolución americana. (2). 

Para España debió producir el triunfo de la revolución 
americana Ic's efectos de un consejo y de una advertencia; sus 
posesiones coloniales debieron desde entonces ser regidas en sen- 
tido autonómico, derivar de sus mismas instituciones locales 
otras que aflojaran el vínculo de unión con la metrópoli, pero 
que aseguraran a la vez con ella su (Comunión espiritual ; más el es- 
peistáculo de la libertad de las Colonias inglesas ó se entendió 
que no era bastante glorioso para servir de ejemplo o se temió, 
por el contrario, que tan ejemplo vivo era, que resultaba baldía 
la pretensión de atajaír la ,s inevitables consecuencias a que arras- 
traría al ser seguido. Fué la realidad, que ni se pensó en adap- 
taciones del sistema de los Estados Unidos a los dominios espa- 
ñoles, ni siquiera se planeó una política americana, lógica y 


(.2) Ensor Chadwick: The relatións of the United States and Spain. 
Nueva York 1909. 


423 


UAB A^*^íhtéAn 

definida^ que en las primeras décadas del siglo XIX hubiera lo* 
gFa4o la formación de Estados autónomos en el Nuevo Mundo y 
en la última la conversión de Cuba y Puoiito Rico en un Canadá 
y de las Filipinasen una India, y se eehó de menos noa direc- 
ción suprema e inteligente de que siempre caret^ió España, y que 
no han suplido cambios en el régimen ni los engranajes y comí 
binaeiones de leyes y constituciones que nada mueven cuando ac- 
túan^en el vacío de ideales y aspiraciones . 

I>fr modo opuesto procedieron los Estados Unidos; seguros 
de su fuerza en su cuna y decididos a que no menguara su fortale- 
za* en lo futuro, realizaron en poco más de un' siglo la obra de 
cuya solidez lalgunos desieonfian, pero que todos admiran; ni exen- 
tos de complicaciones interiores ni puros en sus costumbres po- 
líticas^ las energías y el talento de sus gobernantes han demos^ 
trado que un pueblo es capaz, a través de serias vicisitudes, de 
vivir a la sombra de instituciones liberales, siguiendo los prin- 
cipios de una Conatitución que al cabo de siglo y medió pró- 
ximamente no ha envejecido y cuyas esencias no se han evapo- 
rado y son el oxígeno que respira en la vida pública el pueblo 
para quien fué promulgada. 

Triste es presentar el paralelo de lo que era España en 1782 
al lado de los Estados Unidos y de los que son ambas naciones 
en nuestros días ; si la disminución del poderío de las naciones es 
debida en gran parte a los errores políticos, lamentemos que 
en el periodo a que se refiere este trabajo se cometieran algu- 
mm y por desgracia irreparables . 

MANUEL CONBOTTE 


424 


LAS AÍÍTItiiAS 


CONSEJOS 


A MI PRIMOGÉNITO 

No des albergue a las pasiones ruines, 
aunque te hieran en innoble lidia 
los míseros zarpazos de la envidia 
y la injuria procaz de los caines. 

P^rsig-ue siempre generosos fines, 
Lejos de la traición y de la insidia, 
y defiende animoso y sin desidia 
las causas de los grandes paladines. 

El honor paia el hqmbre es lo primerso^ 
y ^ natural que a su defensa acadas, 
sin. ijtnitar al luchador artero 

que, de la vida en las batallas rudas, 
puede morir cual Cristo en un madero, 
¡ y se cuelga de un árbol como Judas ! 

FÉLIX CORDOVA DAVILA 


425 


¡f^4S ANTII^LASi 


LAS ANTILLAS 


Por más que busco diferencias notables entre los antilla- 
nos, de esas que, distinguiendo a los hombres, los separan y los 
mantienen en oposición, no las hallo. Ya se entiende que me 
refiero a las islas del mismo origen y de la piopia lengua; es, 
a saber, a las tierras colonizadas por los españoles y que éstos 
(Conservaron hasta nuestros días. 

Cuando he tratado a un natural de Puerto Rico, o a uno 
de Santo Domingo, me ha paiecido que hablaba con un cubano. 
Sin duda que la lengua es el vínculo por excelencia ; yo, a lo 
menos, no estimo extranjero, en rigor, al que tiene por materno 
el idioma mío, porque entiendo que éste nos une con lazo que 
]io pueden romper circunstancias de ninguna orden^ y la extran- 
je.ía entonces se me antoja algo convencional y secundario, so- 
bre todo, cuando la tierra y el cielo, la fauna y la flora, el de- 
senvolvimiento históriic'o, las aspiraciones, las buenas cualidades 
y aun las malas, o no varían, o difieren poquísimo. 

Bien sé que muchos buscan la división y dan con ella hasta 
en lo^ vecinos del mismo barrio, y,^si, los apuran,- de una casa ; 
que a lauto llega la aviesa intención, la tendencia mezquina de 
los tales. Daños provienen de semejante lal.or, nunca bienes. 

Para amar a los nuestros no necesitamos odiar a los demás. 
Rústico es quien recela del forastero, y no lo atiende, y le hace 
desagradable su estada en tierra extraña,- porque cree que el 
amor al terruño excluye sentimientos de benevolencia a cuantos 
no pertenecen a él. Más generoso pe.2ho armonizaría ese cariño 
al lugar, a la provincia, a la nación entera, con la simpatía, pre- 
cursora de la amistad a los pueblos hermanos^ sentir que no 

426 



DR. JOSÉ A. rodríguez GARCÍA 


UAU Aíh TlhhÁÚ 

jiabria de originar odio »i mejioyprecio ^ los de otras castas, sino 
más bieu la mira de lograr (¿ue por encima de todo, descuelle 
la confraternidad universal. 

Me siento ''compatriota" de los individuos que forman mi 
raza y hablan mi lengua^ y simpatizo con los demás hombres. 
Aquí, en América (pongo por caso), los dos pueblos principa- 
les de origen europeo son (imitemos a Hégel), el uno la "te- 
sis" el otro la "antítesis", y ésta antinomia se resuelve en una 
' ' síntesis ":1a América . 

No es fantasía, sino realidad. La relación entre nuestras 
isla,s no puede ser más estrecha: si los cubanos lleváramos 
cuenta de lo que la Isla adeuda a sus hermanas^ tendríamos lar- 
ga serie de partidas y gruesa la suma. Poco sabrá de la his- 
toiia nuestra aquel a quien sea necesario citarle nombres 
y hechos. 

Unidos, estrechamente unidos, seríamos "alguien"; separa- 
dos o en divergencia, ¿qué somos?. 

Si nos estudiamos, y con el trato obtenemos la amistad fra- 
ternal, a que debe llevarnos nuestra misma historia; si facili- 
tamos la comunicación, el comercio, el cambio de nuestros va- 
lores, sin excluir el intelectual, antes bien, comenzando por él ; 
si hacemos esto, ¿qué ha de resultarnos sino bienes? 

A ésta empresa meritoria aplica gallardamente sus fuerzas 
el talentoso doctor; Sergio Cuevas Zequeira, ejemplo vivo de 
cuanto vengo afirmando; y ella debe alcanzar el apoyo de todos 
los antillanos que "sientan hondo y piensen alto". Política ge- 
nerosa, verdadera política la que aspira a unir^ y no a separar; 
la que se inspira en el amor, y no en el odio; la que tiene por ñnal 
aspiración el bienestar común. 

A ella quiero contribuir con es;tas líneas, modestas, caren- 
tes de todo valor literario, pero hondamente sentidas. 

JOSÉ A. rodríguez GARCÍA 


428 


L A tó A i^ T J L L A S 


HACIA EL IDEAL (D 


Yo, le(3tor, soy, como el autor del presente tomo de versos 
hijo de Puerto Rico, y haz ,2uenta que en esa palabra hijo puse 
al escribirla, toda la'ternura que cabe en el amplio recinto do mi 
corazón; pero sin mengua de ese filial cariño hondamente arrai- 
gado en mi pecho, amo como al propio lar nativo a esta tierra 
hospitalaria, cuna de mis abuelos, y puerto donde halló al cabo 
refugio el combatido bajel de mis ensueños. 

Uno de ellos, acaso el más noble y grande de cuantos aca- 
ricia mi espíritu, es el que ofrece a mi fantasía ,:'omo lejana, 
pero espléndida y consoladora realidad, el panorama de aque- 
llas regiones de este archipiélago antillano que fueron un día 
testigos también del alborear de una civilización, unidas en -1 
porvenir por vigoroso e indisoluble vínculo federativo, como lo 
están ahora y lo estuvieron ayer las gentes qiie las pueblan, por 
los lazos de la raza, el idioma y las tradiciones. Yo sé lector, 
que el anhelo generoso de que llegue, con el audar del tiempo. 
*i constituirse una robusta Anfictionla en estas Cicladas colom- 
binas que tú y yo habitamos al presante, es para muchos, ilu- 
sión engañosa del deseo, pero a despecho de la fisga de los in- 
r-rédulos, y de la torva hostilidad de los que sólo en el blando 
l'^'dio de la réalid-ad viva y efectiva encuentran acomodo, apren- 
dí en los viejos relatos de la historia lo mismo que en sus pági- 
na.s recientes, que desde la mirífica odisea de los des(<ubridoi^es 
hasta la gloriosa epopeya de la independencia, todos los capítu- 
los del poema de nuestra estirpe en estas tierras americanas. 


(1) Prólogo escrito para un bello libro ríe versos de Antonio 
"Mirabal. 


M9 


LAS ANTILLAS 

parecen un reto constante de los hechos con su lógica formidable 
a la previsión de los doctos y a la manida habilidad de los 
yxpertc^ . 

Por eso, sin prisa pero sin tregua, me doy, (Con la invenci- 
ble tenacidad de los convencidos en la fuerza del ideal, a inten- 
sificar por todos los medios puestos a mi alcance, el sentimiento 
de solidaridad antillana, bien seguro de la victoria definitiva, 
porque en los oscuros senos de un mañana más o menos pró- 
ximo empieza ya a germinar la simiente que habrá de coronar 
esta empresa con la roja flor del éxito, y persuadido además, de 
que, si la mano aleve del destino tronchar'a sus pétalos aun no 
entreabiertos a la caricia vivificante del sol, nadie podría arre- 
batarnos la gloria del intento ni la delicia gratísima que su 
persecusión nos proporciona a los que en ella pusimos corazón 
y mente. 

Hay entre los que así en espiritual comunión convivimos 
un grupo excelso de hermanos apasionados y vehementes que 
van, con la dulce magia de sus rimas halagadoras, restando un 
día y otro, humanas cifras al conjunto anónimo de los indefe- 
rentes, sordos al reclamo del ideal, que si a veces se nos ofrecen 
como muchedumbre, nunca, en la su^cesión de los tiempos llega- 
rán a constituirse en legión. 

De estos entusiastas apóstoles consagrados al rescate de al- 
mas, es uno el poeta que en estas líneas te presento, lector, y 
su mejor y más alta ejecutoria, las estrofas nacidas de su ar- 
diente inspiración, iluminadas por el indeciso fulgor de una 
estrella, la más trste y la más solitaria de cuantas aguardan aun 
el irradiar glorioso de una espléndida aurora. 

Por eso, lector, cuando el bardo espacia la mirada por los 
confines del antillano edén y contempla radiante y en el tope 
la enseña de Martí vibran, al impulso de encontradas emociones 
las cuerdas de su lira, y no se sabe si canta o si llora, y cuando 
palidece ante sus ojos el sol augusto de Quisqueya, su canto 
es a la vez quejido y anatema con inflexiones de clarín, y con 
desmayadas entonaciones de plegaria. Y es, lector, que el pen- 
samiento capital de los que ansiamos ver cumplido el sueño 

430 


LAS A N T I L L A S 

de Bolívar, y remachados para siempre los áureos eslabones que 
unen a la patria de Céspedes, la de Duarte y la de Muñoz Ri- 
vera, palpita en las estrofas de este libro, perfumado manojo de 
rimas, que un aeda peregrino arroja ahora en el abierto surco, 
para consagrar con ellas una vez más, el eterno abrazo que en 
la mansión augusta de la gloria funde en una, las liras inmor- 
tales de Tula Avellaneda, do Salomé Ilrefía y de Alejandrina 
Benítez- 

SERGIO CUEVAS ZEQUEIRA 


431 


LAS A N T I Ir L A 8 


LUCHA ESTÉRIL 


En vano me fatigo y me atormentó 
yendo en pos de secretas melodías; 
no logro tras inútiles porfías, 
encerrar en la forma lo que siento. 

Firme y tenaz, ni cejo ni escarmiento 
sueño con primorosas gallardías, 
y, después de agotar mis energías, 
se me escapa, rebelde, el pensamiento. 

Como alegres polluelos en el nido 
palpitan y rebullen mis ideas, 
y ansiosas de volar, tienden las alas .... 


Brego por retenerlas, decidido, 
y pierden en la lucha sus preseas, 
y el dolor las despoja de sus gala^s. 

LUIS rodríguez cabrero 




LAS ANTILLAS 


CONFIDENCIAS (1) 


A MIS LECTORES DE PUERTO RICO 

Si 1 8 iQonde se plaint 
deqiToy jo parlb trop do 
moy^ je me plains de 
quoy il ne pense sealement pas á soy 

MONTAWNE'EHSATS. 

Yo te juro, lector, por esa rosa de Dios que nos alum- 
bra, como dicen mirando al sol los ingenuos .'campesinos de 
niiestro país cuando quieren certificar la veracidad de sus pa- 
larbas, que no sin honda zozobra pienso á veces por de con- 
tado en horas de amartro desaliento, que no soy hijo de nri 
siglo, como lo son verhi graiia, LEPE. CARDONA y ot^^os 
ciudadanos, si no de tanto fuste, de la misrca laya que aque- 
llos Sapientísimos caballeros. 

Pese á la fecha, un tanto aciafra, de mi nacimiento, que 
harto conoces, entre otras razones, porque Perico Angelis me 
ha hecho el flaeo servicio de publicarla en letras de molde, más 
que Un hombre venido al mundo en pleno siglo del vapor y del 
huem tono debo de parecex á quien me trate, un trasnochado 
conitemporáneo de cierto impenitente hidalgo soñador, porque 
si nO consta de autos que por magro ó por ingenioso pueda 


(1) Cax)ítulo inicial de un libro que no llegó a ver la luz por 
alguna» razones que me callo, y otras que no pienso decir, 

s, a z, 

4S3 


LAS ANTILLAS 

aparejarme con él, es bien cierto que amén de otras lo»3uras po- 
líticas que a contrapelo de mi conveniencia suelo cometer, he 
tomado en múltiples ocasiones por caballeros y por fijodali^os 
á venteros muy ladinos que, á la postre y por toda merced, 
me presentaron la cuenta del hospedaje. 

Como quiera, lector, que no alcanzan desazones á mudar 
condición y genio, sorprendido á veces, y nunjca escarmentado 
de las malandanzas que mi propia inexperiencia me acarrea, 
vivo bien advertido de que jamás navef»:aré por mares prós- 
peros ni echaré el ani-la en puerto de refugio. De lo cual se 
me daría una higa si no fuera que la descansada vida y el per- 
fumado huerto de mis ensueños de molicie, se me van tor- 
nando por la náutica impericia que dejo apuntada, en algo tan 
incoercible y problemático, como aquella eterna salvaición que 
pedían en versos deporable cuando yo era niño^ y supongo 
que seguirán pidiendo todavía poique nos hace mucha falta, 
las buenas mujeres adorablemente candidas que allá en nues- 
tra isla, se arrodillaban ante una cruz al comenzar el m^s de 
las flores> 

Pero como, á Dios gracias, no soy por ahí ningún heauion- 
timorumenús, que es como si te dijera que no m-e da el naipe 
por mortificarme á mí mismo, en vez de irme por esos mundoi 
con gesito avinagrado y displijeente. á lamentar mi suerte y 
sus desabrimientos presentes y futuros, pongo en la eternidad 
mi pensamiento y mi esperanza, y al juicio final remito, con 
el arreglo definitivo de los negocios humanos, la rectificación 
de mis yerros y el castigo de los del prójimo . 
Mientras suena esa hora 
en el gigante 
reloj que marca su existencia al orbe, 
como dijo, aunque refiriéndose á otro asunto, mi primo Pepe 
Oautier, contemplo más resignado que satisfecho, eso que los 
poetas de la última promoción llaman la mundial contienda, 
zalagarda incoherente sin pizc? de método ni asomo de Tazón 
para unos, si para otros manifestación cumplida de un plan 
sapientísimo é inmaiitable. 


434 


LAS ANTILLAS 

Allá muevan feroz guerra los sectarios de una y otra doc- 
trina, poniendo, si les place, el grito en el cielo, que yo &n 
e§te pleito meta físico no tengo porque proveer, y así me «i- 
ro de averiguar si hay ó no armonía preestablecida, como de 
aprender la lengua de los ehinchimecas . 

Y es, lector, que aunque á los ojos de su Divina Majestad 
sea yo lo que ella fuere servido, en lo que atañe á la resolución 
de problemas recónditos é intrincados, me tengo por tan poico 
idóneo, que el propio Novejarque me dejaría hecho un pas~ 
marote con solo enredar medianamente la pita sutil de sus 
jeroglíficos . 

Pero lo que no va en lágrim'as va en suspiros, y todo lo 
que me falta de estatura, como zahori, me sobra de' ávida cu- 
riosidad acerca del mundo sensible y de sus ocurrencias pre- 
sentes y pretéritas. 

Por eso, cazador infatigable de sensaciones y de ideas, lle- 
vo de ellas henchida la alforja de la memoria, y porque me 
ayudes a soportar la carga de las que he ido apañando en las 
ii'ltimos diez años, me dispongo á compartirlas contigo por me- 
dio del libro á que doy piiincpio con estas confidencias. 

No obstante la inmunidad ofrecida por leyes y costum- 
bres á cuantos en esta felice república quieran dar á su audi- 
torio nauseabundo gato por incotaminada liebre castellana, á 
esta última me atengo, y con los apercibimientos á que haya 
lugar, hago voto de escribir este libro en español de buena 
ley, como Dios manda y Cervantes nos enseña. 

Fióte, borinqueño lector, que si de algo te persuaden las 
págin'as subsiguientes, será de mi amor sincero sin aspavienta» 
ni carantoñas, hacia esta región hospitalaria . 

Y, sin embargo, cuando, para remozar mi espíritu con ]o^ 
plácidos recuerdos de la niñez, hoj^o, en noche callada, cierro 
libro viejo, impreso fonibién ad nsnm scholamm,, siento que un 
inefable azoramiento me acongoja, al llegar á este verso de 
Virgilio : 

Nos patrlue fines et dulcm UnquiwMs arva. 

SERGIO CUEVAS ZEQFETRA 
435 


LAS ANTILLAS 


ENRIQUILLO 

LEYENDA HISTÓRICA DOMINICANA 

por Manuel de J, Galván) . 

V 
SINCERIDAD 

Cuando el Sol esparció su primera luz, el día siguiente al 
de los sucesos y la plática que acabamos de recapitular ya el 
hidalgo Don Pedro de Mojica habla concebido y redondeado un 
plan diabólico. 

Cualquiera que fuese la explicación que Higuemota, le diera 
de la aventura de las víspera, el rencoroso intendente estaba re- 
suelto a no dejar pasar la ocasión de perder la joven en el concep- 
to del GobCiTuador, re vindicando al mismo tiempo la tutela de la 
niña Mencía, como su mas próximo pariente, y entrando así 
mas de lleno en la propiedad de los bienes que administraba; 
hasta que el diablo le proporcionara los medios de quitar tam- 
bién de su camino aquel débil obstáculo a su codicia, cuando 
no pudiera llegar a su objeto utilizando sagazmente la inocen- 
ei'a de aquella criatura, que ya creía sujeta a su poder discrecio- 
nal, como la alondra en las garras del gavilán. 

Se vistió apresuradamente, y fué a ver a Doña Ana. Esta 
acostumbraba dejar temprano el lecho, para sus penas angosto 
y duro, y salir a la pradera acompañada de una vieja india, a 
recojer la consoladora sonrisa del alba. 

Recibió sin estrañeza a Mc-jica, que se le presentó ,al regre- 

486 


tAñ ANTILLAS 

sai" eliu d^ .-.u pa>:eo, y entró desde iM^go cíii materia, como quíétt 
tiene prisa en zanjar un asunto desagradable. 

-^Nunca os había visto tan temprano, señor primo; ¿venia 
a saber lo que pasó con Guarocuya? 

— Según lo convenido, señora prima, espero que me lo ccm- 
taréis todo. 

— Es muy sencillo,— repuso Higuemota. Ayer tarde a la 
hora de paseo se me presentó mi primo Guaroa ; me propuso lle- 
varse a Guarocuya a la montaña, y no vi inconveniente en ello. 
Esto es todo . 

—Pero, señora, — dijo con asombro Moji^^a, — ¿vuestio pri- 
mo Guaroa no murió en la refriega de los caciques? 

— Eso mismo peri^aba yo, — contestó Higuemota, — y me 
asusté mucho al verle; pero quedó vivo, y me dio mucha ale- 
gría verlo sano y salvo. 

Y así prosiguió el diálogo : con fingida benevolencia por 
parte de Don Pedro ;— con sencillez y naturalidad por parte de 
Higuemota, que, como hemos dicho, no sabía mentir, y conside- 
rando ya en salvamento a Guaroa, no veía necesidad alguna de 
ocultar la verdad. 

Guando Mojica acabó de recojer los datos y las noticias que 
interesaban a su propósito^ se despidió de Doña Ana con un 
frío saludo y se encaminó acelaradamente a la casa en que se 
aposentaba el Gobernador- 

YI 
EL VIAJE 

Seguido Guaroa de sus dos fieles compañeros, que alternati- 
vamente llevaban, ora de la mano, ora en brazos, al pequeño 
Guarocuya, según los aCíeidentes del terreno, se internó desde 
el principio de su marcha en dirección a la empinada cordillera 
de montañas, por la parte donde más próximamente presentaba 
la sierra sus erguidas y onduladas vertientes . 

Caminaban aquellos indios en medio de las tinieblas y entre 

437 


LAS ANT I JüL Ai 

nn intrincado laberinto de árboles eoii la misma agilidad y de= 
sembarazo que si fuera por mitad de una llanura alumbrada 
por los rayos del sol. Silenciosos como sombras, quien así los 
viera alejarse del camino cautelosamente^ no hubiera partici- 
pado de lo recelos que tuvo Higuemota de que pudieran haberles 
dado alcance los imaginarios ginetes que salieran en su per- 
s^sución . 

Hacia las doce de la noche la luna vino en auxilio de aque- 
lla marcha furtiva; y el niño Guarocuya, cediendo al influjo 
del embalsamado ambiente de los bosques, se durmió en los 
robustos brazos de sus conductores. Estos redoblaban sus cui- 
dados y paciente esmero, para no despertarlo. 

Así caminaron el resto de la noche, en dirección al Sud-Este ; 
y al despuntar la claridad del nuevo día llegaron a un caserío de 
indios, enceriado en un estrecho vallecito al pié de dos escar- 
pados montes. Todas las chozas estaban aún cerradas, lo que 
podía atribuirse al sueño de los moradores, atendiendo a que 
un resto de las sombras nocturnas, acosadas de las cumbres por 
la rosada aurora, paiecía buscar refugio en aquella hondonada. 

Sin embargo, se vio que la gente estaba despierta y vigilan- 
te, saliendo en tropel de sus madrigueras tan pronto como 
Guaroa llevó la mano a los labios produciendo un chasquido 
desapacible y agudo. 

Su regreso era esperado r;.y aquellos indios: él les refirió 
brevemnte las peripecias de su excursión, y les mostró al niño 
Guarocuya, que hablí despertado al rumor que se suscitó en 
derredor de los recién llegados. Los indios manifestaron una 
extremada alegría a la vista del tierno infante, que todos a 
porfía querían tomar en brazos, tributándole saluta4SÍones y ho- 
menajes afectuosos, como al heredero de .su malogrado cacique 
y señor natural. Giiaroa observaba estas demostraciones cou 
visible satisfacción. 

Allí descansaron los viajeros toda la mañana, restaurando 
.siií) fuerzas con los abundantes aunque toscos alimentos de 
aquellos montañeses. Consistían estos principalmente en el 
pári de yuca ó casabe, maiz, batatas y otras raices, bundá, plá- 

458 


tóanos, liufn'os (le ;iv('» silvi.'.^i res, que eouiíaii siji s^l, lerudos ü 
cocinados indistintamente, y carne de hutía. 

Después de dar alg:unas horas de sueño, Guaroa convocó a 
sn presencia a los principales indios, que todos le reconocían por 
su jefe. Les dijo que la situación de los de su raza, desde el 
día de la saugre,— que así llamaba a la jornada funesta de 
Jarag'ua, — había ido empeoí ando cada día más ; que no había 
que esperar piedad de his extranjeros, ni alivio en su misera- 
^^e i'iondicióu : y que para salvarse de la muerte, o de la escU- 
vitud que era aun peor, no había otro medio que ponerse fueía 
del alcance de los conquist:^lores, y defenderse con desespera- 
ción si llegaban a ser descubiertos ó atacados. 

Les recomendó la obediencia, diciéndoles que él Guaroa, los 
gobernaría mientras Guarocuya su sobaino llegara a la edad 
de hombre; pero que debían mientras tanto reverenciar a este 
como a su único y verdadero cacique ; y por con>2lusión, para 
reforzar con el ejemplo su discurso, hizo sentar al niño al pié 
de un gigantesco y copudo roble ; le puso en la cabeza su pro- 
pio birrete^ que a prevención había decorado con cinco o seis 
vistosas plumas de flamenco, y le besó respetuosamente ambos 
pies; ceremonia que todos los circunstantes lepitieron uno a 
uno con la mayor gravedad y circunsp<'ceión . 

Terminada esta es{)í'eie de investidura señorial, Guaroa acor- 
dó con sus amigos el pian de vida que debían observar los indios 
libres en lo sucesivo; y se ocupó con esmerada previsión de los mil 
y mil detalles a (jue era pi-eeiso íteiuleí- pa:a resguirdarse de las 
irrupciones de los con<iuistadores. Todo un sistema de espio- 
nage y vigilancia ([uedó j)erfee1aui(Miií' oi-ílenado; de tal suerte, 
que era imposibU» que los e>pañohi>, emprendieran una '\\c;ur- 
sión en cualquiet nunbo, sin que al momento se trasmitiera 
la noticia a las mas recónditas guaridas de la sierra. Guaroa, 
hechos estos preparativos, indicó en sus instrucciones finales a 
'o^ ^ bos de su confianza el lago dulce, al Nordeste de aquellas 
montañas, (?omo punto de reunión g'eneral, en caso de que el 
enemigo invadiera la sierra ; y determinó fijamente el lugar en 
i^ue iba a residir con su sobrino, a la margen de dicho lago. En- 

439 


segnida emprendió su marehaj acompañado de un corto séq.uito 
de indios escojidos, que llevaban a Guarocuya cómodamente 
instalado en una rústica silla de manos, formada de recias varas 
y flexibles mimbres, y mullida con los fibrosos y rizados copos 
de la guajaca. 

El niño todo lo miraba y a todo se prestaba sin manifestar 
extrañeza. Tenía siete años, y a esta tierna edad ya entreveía 
y comenzaba a experimentar todo lo que hay de duro y iterrible 
en las luchas de la existencia humana. Sin duda ráfagas de te- 
rror cruzarían su infantil ánimo, ya cuando viera la f^roz sol- 
dadesca de Ovando dar muerte a los seres que rodeaban su cu- 
na, incluso su propio padre; ya más adelante^ cuando el grito 
agudo del vigía indio, ó el remoto ladrido de los perros de presa 
alternando con los ecos deJ clarín de guerra, anunciaban la apro- 
ximación del peligro, y los improvisados guerreros se apresta- 
ban a la defensa, o respondían con fúnebre clamor a la voz de 
alarma, creyendo llegada su última hora. 

i Que tristes impresiones, las primeras que recibió aquel 
inocente en el albor de su vida ! Profundamente grabadas q'ue- 
daron en su alma benévola y generosa templada it-án temprano 
para la lucha y los grandes dolores, así como para el amor y 
todos los sentimientos elevados y puros. 

VII 

LA DENUNCIA 

El diligente Don Pedro de Mojica se puso en dos zancadas, 
como suele decirse, en casa del Gobernador. Este acababa de 
vestirse, y estudiaba tres ó icuatro planos topográficos que tenía 
en una mesa. Su preocupación capital y constante era la fun- 
dación de su villa, según se ha dicho al principio de nuestra his- 
toria ; y los oficiales y caballeros de su séquito, con febril emu- 
lación, trazaban cada día un plano, según su buen gusto ó su 
capricho; o bosquejaban un espacio de la costa, el que mas 
adecuado les pare^cía al efecto ; y escribían memorias y des- 

440 


criaciones infinitas, que todas merecían la mas prolija atención 
del Comendador, deseoso del mejor acierto en tan ardua materia. 

Esitaba, pues, en esta su ocupación favorita, cuando le 
anunciaron la presencia de Don Pedro. 

Este era tratado por Su Señoría como un amigo de con- 
fianza, y tenía sus entradas francas en el gabinete; pero en la 
ocasión que referimos, renunció estudiadamente a tal prerroga- 
tiva, a fin de d^ar la conveniente solfemnád|i-d a su visita. 
Ovando, que se había incorporado al oir la voz de su fámulo 
anunciándole a Don Pedro, esperó buenamente a que este en- 
trara enseguida, y tornó a absorberse con gran cachaza en sus 
estudios topográficos . 

Cinco minutos después volvió el ayuda de cámara diciendo : 

— Don Pedro Mojica. espera las órdenes de Vuestra Se- 
ñoría, y dice que tiene que hablarle de asuntos muy graves. 

— jQue entre ,cou rnil diablos ! — contestó el Comendador. — 
jA qué vienen esos cumplimiezito^ ? 

Don Pedro creyó apurado el ceremonial, y entró hajciendo a 
Ovando una mesurada cortesía • 

— ¿ Que mala cara traéis hoy, señor hidalgo ! — exclamó en 
tono chancero el Gobernador. ¿Habéis descubierto algún nue- 
vo derecho desatendido de vuestra interesante prima, y venis 
a reclamarme su validez? 

— ^Lejos de esto, Señor, — contestó Mojica; — vengo a daros 
una nueva muy desagradable. Esa Doña Ana que en tanta 
estima tenéis, es indigna de vuestra protección ; y siguiendo las 
huellas de esa mala hembra que la dio a luz, paga con traiciones 
loss obsequios que le tribut^,mos, y tselebra conferencias con los 
indios alzados de la montaña. 

Y después de este exordio, refirió la aventura de la víspe- 
ra, torciendo a su antojo la relación de Higuemota, y afeando 
el cuadro con los más siniestros toques, a fin de llenar de recelos 
y alarmas el ánimo de Ovando. 

Oyó este al denunciadpr con profunda atención : su sem- 
blante contraído y ceño adusto no prometían nada bueno para 
la- pobre acusada, y Mojica no podía dudar del pleno éxito de 

m 


Ha intriga en lo tiue niteresabí^ t^ si^s «entiíiüentos vengativos, 
Cuando hubo terminado su relato el Gobernador le prer 

guntó en tono severo: 

— ¿ No tenéis más que decir ? 

—Concluyo, Señor — dijo Mojica — que Doña Ana es culpa- 
ble; que como tal mercije las penas que la ley leza contra los reos 
de traición, inclusa la pérdida de sus bieneS; m.ás como tiene 
una hija de caballero español, la cual es inocente de las culpas 
de su madre, y el deber de la sangre como pariente me impone 
la obligación de velar por el bien de esta niña, pido a Vuestra 
Señorea que al proceder contra la madre, adjudique todos sus 
bienes a la hija, y me nombre su universal tutor como es de 
justicia. 

— Será como deseáis, — respondió Ovando poniéndose de pié; 
—siempre que resulte cierto y verdadero todo lo que me habéis 
dicho : en otro caso, — y aquí la voz del Comendador se hizo to- 
nante y tomó una inflexión. amenazadora ;— aprestaos a ser cas- 
tigado como impostor, y a perder cuanto tenéis, incluso la vida. 

Dichas estas palabras llamó a sus oñciales y les dictó varias 
órdenes breves y precisas. Fué la primera reducir a prisión a 
Don Pedro de Mojica, que lleno de estupor se dejo conducir 
al lugar de su arrosto, sin poder darse cuenta de tan inesperado 
peu-auee. La segunda disposi)?ión de Ovando fué hacer com- 
parecer á su presencia a Doña Ana, recomendando totla me- 
sura y el mayor miramiento al oficial encargado de conducirla; 
y por último; Don Diego Velazquez, capitán de la más cum- 
plida confianza del gobernador recibió orden de aprestarse y ■ 
disponer Jo conveniente para marchar en el mismo dia a las 
montañas, al frente de «cuarenta infantes y diez caballos. ' ' 

Media hora no había transcurrido cuando se piesentó en 
la morada del Coberuador la tímida Higuemota, acompañada 
del oficial que había ido en su demanda, y seguida de una india 
anciana que llevaba de la mano a la niña Mencía. Ovando re- 
cibió a la madre con señalada benevolencia, y se dignó besar la 
tersa y contorneada frente de la pequeñuela, que respondió al 

442 


agasajo (Con plácida sonrisa, Lia íuquietud de Higuemota cedió 
al puesto á la pura satisfacción al ver un recibimiento tan 
distinto del que sus aprensiones le hicieran prometerse; y cuan- 
do el gobernador le dirijió la palabra, había recobrado su ha- 
bitual serenidad. 

— ^Decidme, Doña Ana de Guevara, — dijo Ovando con cierta 
entonación ceremoniosa y afable al mismo tiempo; — qué objeto 
habéis tenido al conferenciar en secreto con el rebelde Guaroa, 
y al entregarle vuestro sobrino en la tarde de ayer? 

— Guaroa, señor, — respondió Higuemota, — se me aparéjelo 
sin que yo esperaira su visita ; hasta ignoraba que viviera. No 
le tenía por rebelde, pues solo me dijo que huía por evitar la 
muerte; y consentí en que se llevara a Guarocuya, mi querido 
sobrino, por temor de que éste, cuando fuera más hombre, se 
viera reducido a esclavitud. 

— Os creo sincera, Doña Aña — repuso el Comendador ; — pero 
estraño que temierais nada contra el porvenir de vuestro sc-brino, 
que vivía a vuestro lado, y participaba del respeto que a vos 
merecidamente se tributa. 

— Mi intención ha sido buena, señor — dijo con hechicera in- 
genuidad la joven: — habré podido incurrir en falta por igno- 
rancia; pero ni remotamente pensé causados disgusto, pues 
de vos espero que, así como me dispensáis vuestra protección y 
hacéis que todos me traten con honor, también llegue el día en 
que pongáis el colmo a vuestras bondades, devolviendo a mi 
adorada madre la libertad, y con ella a mí la tranquilidad y 
la alegría. 

A estas últimas razones el comendador balbuceó algunas 
palabras ininteligibles ; invadióle una grande emoción, y con voz 
trémula dijo al fin a la joven : 

— No hablemos de eso por ahora .... Lo que mi deber me 
ordena, Doña Ana, es evitar que volváis a tener ninguna rela- 
ción con los indios rebeldes; y como no quiero mortificaros con 
privaciones ni vigilancia importuna he resuelto que paséis a resi- 
dir en la ciudad de Santo Domingo, donde viviréis mucho más 
agradablemente que aquí. Podéis, pues, retiraros, y preparar 

443 


to4ci lo tj^ue n§.(íesittíis paru es^H yUje, Yo cuidaíré de vaestra 
suerte y la de vuestra hija. 

Diciendo estas palabras se despidió con un amable saluda, 
y Doña Ana salió de la casa, acompañada como antes^ sin saber 
si debía felicitarse por su nuevo destino, o cc'usiderarlo como 
una agrayación de sus desdi^shas. La idea (k que iba a ver a 
su madre en la capital de la colonia, al cabo se sobiepuso a 
todos los demás afectos de su alma ; ; y hasta acusó de tarda y 
perezoso al tieanpo, mientras no llegaba el instante de decir 
adiós á aquellas peregrinas riberas, testigo de sus ensueños de 
virgen, de sus breves horas de amor y dicha ; de sus acerbos pe- 
sares como esposa, y, en último lugar, confidentes de su dolores 
y angustias por la sangre y los sufrimientos de la raza india; 
poi la crueldad y los malos tratamientos de (;a2 eran víctima:? 
todos los seres que habían cubierto de flores su cuna, y embelle- 
iC'ido los días de su infancia. La pobre criatura no podía prever 
que al mudar de residencia, en vez de encontrar el regazo mater- 
no para leclinar su abatida frente, iba á recibir el golpe mas 
aciago y rudo que al corazón de la amante hija reservaba su 
hado adverso e implacable. 


LAS ANTILLAS 


T 


SOY CUBANO 


Visto calzón de dril y chamarreta 
Que con el cinto del machete, entallo ; 
En la guerra volaba mi caballo 
Al sentir mi zapato de vaciueta. 

De entonces guardo un Colt y una escopeta 
Por si otra causa de esgrimirlas hallo ; 
Es mi gozo, en la paz, lidiar un gallo ; 
Mi orgullo, improvisar uña cuirteta- 

Tengo en el monte una vivienda pobre 
Que abrasa el sol y que refresca el río ; 
Una divina Caridad del Cobre 

Que me resguarda de dolor y murria ; 
Una ''guajira" alegre en el bohío 
Y una ''guajira" triste en la bandurria. 

MANUEL 8. PICHARDO 


M5 


LAS ANTILLAS 


El Juicio Verbal sobre el Procesado Civil 


TRABAJO DEDICADO A LOS NUEVOd JUECES MUNL 
CIPALES EN PBUEBA DE LEAL COMPAÑERISMO 

Hace tiempo viene redamando el foro cubano un trabajo 
de esta índole, llamado por su naturaleza a salvar las lagunar, 
de nuestra Legislación Civil, tan antigua en esta majteria, como 
en casi todas las demás de nuestro Derecho positivo y á disipar 
las obscuridades que se advierten en la tramitación del juicio 
verbal tan pronto se invaden los preceptos legales que lo rigen. 

Lo demandan Abogado s y Procuradores, Jueces y Magis- 
trados, pues en punto a esta cuestión jurídica aún no se ha 
dicho tJuanto debe decirse en honor a la verdad. Calla la Ley, 
porque no quiere ser casuística, calla la Jurisprudencia porque 
á los altos Tribunales de Justicia, pocas veces llegan, dentro de 
nuestro (3rdenamiento Legal, las irregularidades del Procedi- 
miento verbal; y callan los que por razón de su oficio, acomo- 
dan el Derecho a la forma en que se lo administren por cositum- 
bre, sin cuidarse de su acomodamiento. No hay por desdicha en 
nuestro país un verdadero espíritu público^ capaz de acoraí^ter 
la reforma de nuestros Códigos positivos^ llevando a las Cá- 
maras Legislativas, el derecho habitual del pueblo cubano, frag- 
mentado en Ley positiva; y entre tanto desorden solo se salva- 
la buena doctrina, cuando cae en manos diestras, que en ocasio- 
nes la salvan del peligro de la adaptación jurídica. 

Por eso es y no por otra cosa, que este trabajo habrá de ser 
útil como orientación viable hacia la verdad estricta para cuan- 
tos por deberes imperiosos del cargo, o por neicesidades d? la 

446 


LAS Ar; TIL LAS 

vida, litigan ante nuestros tribunales inferiores, o hacen jus- 
ticia habituando más que la Ley^ nuestro espíritu jurídicj, a ^a 
naturaleza del Derecho (como diría nuestro ilustre Maestro el 
sabio jurisconsulto Dr, Antonio S. de Bustaraante y Sirven). 

El juicio, verbal con ser un procedimiento declarativo no 
es propiamente dicho un juicio civil plenario; por su <'aracter 
mismo es breve, y más que de estricto derecho, es de bi:i íiia í('; 
civil; poi' eso sin duda, se equivocan cuantos pretenden acomo- 
darlo a las reglas qué gobiernan el juicio declarativo en general, 
salvándose sólo de dicha equivocación, los preceptos del Artículo 
513 de la Ley de Enjuiciamiento Civil, por tratarle -iii duda al- 
guna de una cuestión prejudicial criminal (si vale la analogía 
legal) . 

En eí trámite verbal, pueden discutirse todos los hechos 
capaces de producir cualquier otra demanda civil ante Tribuna- 
les Superiores, con exclusión desde luego, de aquéllos caso> atri- 
buidos por la misma Ley al juicio declarativo de mayor cuan- 
tía, tales como la rela;tiva a derechos políticos u honorífir-os. 
exenciones y privilegios personales, filiación, paternidad, inter-- 
dicción y demás que versen sobre el Estado Civil y condición (h- 
las personas: los mismos medios de prueba, pueden ofrecerse 
dentro de dicho procedimiento sumario, pero la prueba con ser 
amplia, difiere en el juicio verbal de los demás juicios, en qiu^ 
ha de proponerse tan •sólo en el acto de la c'omparecenc'a para 
el qué de inmediaito se cita a las partes^ — de acuerdo con los 
términos literales del Artículo 725 de la Ley de Enjniciamifm- 
to Civil. 

Desde que se interpone la demanda que ha de adaptarse 
c:4Ú como de ritual al modelo del Artículo 719 de la Ley ad- 
jetiva citada, se )2ae dentro de los preceptos que gobiernan el 
juicio verbal; y señalado día para la compjrecencia. el acto se 
e.^'tima prorrogado hasta que se cite a las partes para oir 
sentencia. 

Examinemos detenidamente el procedimiento i-egulador de 
este juicio y ve reimos las dudas que nos asaltan al comenzar 
su análisis - 


m 


LAS ANTILLAS 

Por el Artículo 141 de la Ley Orgánica del Poder Judicial 
cortesponde a los Jue»ees Municipales de Primera, Segunda y 
Tercera clase en lo Civil, entre otras facultades, coniocer en 
Primera Instancia y en juicio verbal *de las reclamiaciones, cu- 
ya cuantía no exceda de quinientos pesos moneda oficial. Este 
precpto tiene sn pretsedente en la Ley Española, que establecía 
1,000 pesetas como límite de la cuantía judicial inferior y en la 
Lpy Orgánica de 1909 que la fijó en 300 pesos moneda ameri- 
p-ana. Actualmente esa cuantía no es la mínima, pues por el 
propio Artículo citado, existen funcionarios judiciales de ca- 
tegoría inferior a. los Jueces Muni^eipales de Tercera que cono- 
cen en juicio verbal y en Primera Instancia de las demandas 
que no excedan de 100 pesos moneda oficial. (Jueces Munici- 
pales de Cuarta Clase) . 

La ampliación de 300 a 500 pesos m. o. establecida por la 
Ley de 15 de Agosto de 1919, Gaceta del 20. Edición extraor- 
dinaria, exige por parte de los nuevos Jueces, verdadero cui- 
dado en la tramitación del juicio que les está conferido en lo 
civil, pues con frecutencia se liítiga más en esta cuantía que en las 
de mayor cantidad ; y no hiay una verdadera concordancia entre 
los demás preceptos legales y los que regulan el juicio verbal 
del Artículo 714 al 739 de la Ley Procesal Civil ; por ejemplo. 
¿Deberá sospecharse ejecución en demanda por cantidad líqui- 
da o ilíquida computada que exceda de 300 pesos en moneda 
oficial y no pase de $500 ? ¿ Caben dentro del juicio verbal las 
excepciones dilatorias del Artículo 5^2 de la Ley de Enjuicia- 
miento Civil, á pesar del carácter sumario de este juicro? |E1 
régimen civil probatorio regulado del Artículo 577 al 678 de la 
Ley Procesal citada debe aceptarse en juicio verbal tal como 
viene establecido, sin mas reparos que la fiel observancia de sus 
preceptos literales ? ¿ Hay trámites de réplica y duplica en el 
juicio verbal como en los demás declarativos? ¿Hay trámite ^ 
de prueba como lo prevee el Artículo 549 de la Ley de En- 
juiciamieiuto Civil ? 

Las contestaciones a cada una de estas .preguntas exigen un 
estudio detenido de las materias que comprenden-. 


LAS ANTILLAS 

PRIMERO : No debe despacharse ejecución en juicio ver- 
bal, porque este es declarartivo por su propia naturaleza; y no 
ejecutivo a las efectos del Artículo 1427 y siguiente de la Ley 
Privada de Trámites; además es de la competencia del Juz- 
gado de Primera Instantcia por el Aiitículo 134 de la Ley Orgá- 
nica del Poder Judicial, conocei en dicho trámite de todos los 
juicios civiles, a excepción de aquéllos que con arreglo a la 
Ley, son de la competencia de otras Autoridades judiciales. 
amén de que el espírit-i del Legislador al establecer una canti- 
(iad fija, como minimr, para el despaeh ) do demanda ejecutiva. 
escogió la establecida como máximo por la Ley Española, pa- 
ra fijar la competen^ la de los Jueces Municipales en demanda 
civil ; y no hay m^-* ivo que aconseje interpretarlo de distinto 
modo, variando lo.? términos del Artículo 1433 de la Ley de 
Enjuiciamiento Civil . 

SEGUNDO: Las excepciones dilatorias del procesarlo ci- 
vil, requieren se* tramitadas en el acto de la comparece.neia 
del juicio verbal r y tramitadas a ese efecto, en el mismo acto, 
tío telíiéndo por '^r atestada la demanda, hasta que se ejecutorié, 
el Articulo 533 de la Ley Procesal Civil, y se admitan con o sin 
lugar, dichas ex'»/>pciones . 

Y debe ser así, porque la excepción no deja de ser un in- 
cidente previo '^ mtro del juicio, que no puedan llamarse pro- 
piamente así, p^' que á ello se opone el precepto del Artí?nlo 740 
de la citada ""^ ey Procesal Civil; pero excepcionarse, no es 
otra cosía que 'defenderse. Decían los romanos : que las excep- 
ciones '^rñ-r. '^í-fensiones ''clypei reorum", y en este sentido, 
bien se expresa el concepto del medio de defensa que se ut'.liza 
por el demrT><^ado para excluir la acción del demandante, cir- 
i2unstanci«» qne no puede dejar de preveerse en todo procedi- 
miento civil. 

Algunas de esas excepciones y tal vez. si entre ellas. 1'^ más 
importante, la de Defecto legal ert el modo de proponer l^ 
demanda, «nrece de virtualidad práctica dentro del procesado 
verbal, porque, por el Párrafo .subsiguiente del Inciso 6o. del Ar- 


LAS ANTILLAS 

tículo 532 de la Ley Procesal Civil, debe entenderse que sólo 
existe dicho defecto, cuando no se llenen en ía demanda los re- 
quisitos del Artículo 523 del propio Cuerpo Leg'al; y es el ica- 
so, que T"Mf*ho artículo, se refiere claramente al juicio declarati- 
vo de ^.aj' or cuantía ; y no al juicio verbal ; y aquí vemos la 
diferencia, que apuntábamos al comenzar este trabajo entre el 
juicio declarativo en general y el juicio verbal. 

T^í^ ^úodo, que incumplidas las formalidades que establece el 
Artículo 719 de la Ley de Enjuiciamiento Civil, no cabe apreciar 
con lucaf dicha excepción dilatoria, a Ins fines de impedir la 
demard^, por que el Legislador olvidó sin duda alguna, que no 
había establecido los medios legales para excepcionarse cuando 
la demanda verbal no se estableciere con estricta observancia de 
los prí^'reptos legales que la gobiernan, toda vez^ que la excep- 
ción de defecto legal en el modo de proponerla, es privativo en 
la Ley Procesal Civil del juicio declarativo de mayor cuantía ; 
y cuando más del de menor cuantía por acomodarse éste, según 
el Artículo 779 del Cuerpo legal referido, a las reglas estableci- 
das para el primero, pero nunca para el verbal que careee de 
análogo precepto. 

TERCERO : Nuestro Derecho Procesal Civil, reieonoce co- 
mo medios de prueba, los siguientes : lo. La confesión en juicio. 
2o. la documental pública, 3o. la documental privada y co- 
rrespondencia, 4o. los libros de los comerciantes llevados legal- 
mente, 5o, dictamen de peritos, 6o. reconocimiento judicial y 
7o. prueba de testigos. 

lo. La confesión em Juicio- Ocurre frecuentemente, que las 
partes adaptando el trámite verbal a las reglas que rigen esta 
prueba, la proponen con arreglo al Artículo 581 de la Ley de 
Enjuiciamiento Civil, y nada más erróneo, porque precisamente 
el acto de la comparecencia a que se refiere dicho artículo para la 
presentación del pliego de posiciones abierto o cerrado, es, en el 
procedimiento verbal el acto del juicio mismo, i?on lo cual pi- 
den mal, los que proponen confesiones y señalamiento de día y 
hora, para presentar en dicho acto, el pliego conveniente ; y tan 

450 


LAS ANTILLAS 

es así: que bastaría la siguiente observación para confirmar nues- 
tra tesis: Con arreglo al Artículo 729 de la Ley Procesar Ci- 
vil, las partes presentarán en el acto ele la comparecencia. la'> 
pruebas pertinentes que al esclarecimiento de su dere:^ho condiiz-' 
ca; de modo, que en ese aeto, y solo en él, el Juez debe decía- 
rar pertinente o impertinente la prueba presentada que siendo 
la de confesión judicial, tiene que ser forzosamente el pliego de 
posiciones presentado que necesita conocer para juzgar res^ 
pecto a su pertinencia o impertinencia, circunstancia ésta, que 
no coneuí*re en el juicio declarativo de mayor y de menor cuan- 
tía, para los cuales fué redactado el precepto del Artíi^ulo 581 
ya citado. 

2o. Documental r>yWca : Esta prueba no tiene más dificul- 
tades en el juicio verbal que la que a fasta el Inciso 3o. del Ar- 
tículo 595 de la L^v de Enjuiciamiento Civil y a la eficacig con- 
tradictoria de diisbos documentos, cuando hay imn^iírnación de 
su autenticidad. Erecucntemente se confunden, dichos docu- 
mentos, con Ic-s comDrendidos en el Inciso 7o. dpi propio Artícu- 
lo : y los aue aciertan en calificarlos incurren en el error de no 
llevarlos autorizados ante los Tribunales de Justicia, por los 
funcionariofí a auien^s corresponde su autorización. 

Es conveniente fiíar — n^ra ello la sio-nientc rco-ls ; Los do- 
cumentos a nne sp refiere el Incido 3o. dc'i Artículo 59.5 citado, 
son los administrativos expedidos por funcionario?; miblicos.no 
jndiciale<!. núes psta cla«e de documentos son aquéllos á que se 
.efiere el Inciso 7o. del mismo Articulo. 

En toda denendencia administrativa, existan funcíonano*:. 
denominados Secretarioi^. llamifldo"! ñor Mini^^torio de la Ley a. 
certificar los actos snjetos a archivos o R'^m'stros de «n^ V9<i,j)fv- 
tivas Oficinas y en las nue no lo hubiere, p1 llamado a certificar. 
e<? p1 JpfA de la Oficina o archivo, bajo cuva custodia se en- 
cuentren los documentos referidos. 

Cnando los documentos núblico^' víonen a inicio. ca«o de ser 
imrn-ionados reauicren sn autenticidad o coTifronta : v ésta debo 
"nedirsc como nrueba en el acto de la coraparescencia verbal • pero 
^i aquel a quién perjudican, no se opone a ellos, es evidente qu? 

4S1 


LAS ANTILLAS 

los acepte y huelga dicha prueba que viciosamente en ocasiones 
se solicita. Vigente la Ley del Timbre, habrán de acompañarse 
a dichas solicitudes de confronta los correspondientes sellos del 
Timbre; y esto que parece pueril, tiene tanta importancia, en 
tanto en cuanto puede originar la denegaisión de la prueba al 
amparo de lo dispuesto en el Apartado K. Liciso lo. Artículo 
2o. de la Ley referida. Conviene en este í^entido. aclarar que es- 
tán exentas de confronta, las certificaciones o testimonios judi- 
ciales, como los demás documentos originales, las primeras: por 
razón de su propia naturaleza y los segundos porque carece con- 
que confrontarse, hecho este último (lue incumbe justificar al 
que trate de valerse de ello. 

3o. Bocumemtol privada-. Las más de las veces, las partes 
ocurren ante el Juzgado Municipal, presentando para ser re- 
conocidos en juicio o a la presencia judicial, documentos priva- 
dos o correspondencia, que adolecen de escritura o signo algu- 
no por parte del presunto obligado m reconocerlo; y en este caso 
están las cuéntaos extendidas por el acreedor a nombre del deu- 
dor : y es evidente que diíha prueba mal propuesta debe ser re- 
chazada porque no tiene nada en qne ser reconocida, como no 
*íea, la certeza de la deuda, hecho este que incumbe mas pro- 
piamente a la confesión judicial del deudor. 

En la prueba de correspondencia, frecuentemente lo que sé 
pide, no es el reconocimiento del documento, sino el cotejo dé 
leti'ás; y dicha prueba así pedida, debe de negarse por infringir 
el Articulo 605 de la Ley de Enjuiciamiento Civil ; pues el co- 
tejó es subsidiario, para el caso en que resulte estéril la de 
■rec'onbeimientb practicada. Tanto esta Drueba de cotejo como 
la de perito, en su defecto, deben solicitarse subsidiariamente 
una de otra en el mismo a)íto de la comparescencia a juicio verbal ; 
y no en el de practicarse aquella^s de que son supletorias . 

Todo esto está dicho aquí, porque la práctica judicial que 
han venido observando los Juzgados Municipales, es en extremo 
viciosa, permitiendo tantO'S juicios, como pruebas se practican. 

4o. Libros Comerciales -. Análogamente esta prueba docu- 
mental, la quebrantan las partes, proponiéndola con infracción 


152 


Pi ^ u An *v t ti t-4 A (^ 

áQ\ AiAÍculo 47 (1<^1 Código de Comercio, piies hay casas «n qu^ 
se solicita la exhibición de libros y documentos comerciales, m 
que el comerciante a quién se le pretende reconocer de esa ma- 
nera su co'ntabilidad (que es eminentemente privada), sea par- 
te eii el juicio, ni tenga interés directo en su solución, solici- 
tándose la exhibición por hacerse muy elástica, (siempre a jui- 
cio del solicitante desde luego), la responsabilidad que tratan 
de suponer en aquel a quién se le decreta el reconodmiento . 

La admisión de esta prueba, debe hacerse siempre con una 
gran seguridad, pues con frecuencia lo que se pretende, es cono- 
cer paiticulares ajenos a la demanda interpuesta. 

5o. Dictamen de peritos -. Esita prueba bastante delicada 
en el procedimiento civil, es mal utilizada y peor practicada, en 
ios juicios verbales. 

El dictamen pericial, puede ser singular o plural esto es, 
por uno ,0 por tres peritos; y con arreglo al Artículo 611 de la 
Ley de Trámites Civiles , dicho particular deberán consignarlo 
las partes al proponer esta prueba, que desde luego, tiene que 
ser en el acto de la comparecencia. La duda asalta a los Jueces 
Municipales, en cuanto a la interpretación del 2o. párrafo del 
Artículo 612 de la Ley citada ; pues por él, el Juez ha de estar 
a lo que de común a»L'uerdo hayan propuesto las partes que 
en las más de las vec(\s. una de ellas aJ evacuar su traslado, no 
sabe a lo que habrá de estar la otra ; y he aquí la dificultad. 

Propuesta esta prueba en juicio verbal, las partes resolverán 
en el juicio este particular; y ca^o de no haber acuerdo, el Juez 
resolverá en el acto, si se utilizan uno o tres peritos al efecto, 
designándolos él sin sujeción a la volantad de los litigantes. Al 
efecto en todos los Juzgados Municipales debe haber un Libro en 
que consten las certificaciones expedidas por el Secretario de la 
Administración Municipal de todos los profesionales, que pa- 
guen contribución al Muniicipio, por la profesión que ejerzan, así 
como de los Industriales legalmente habilitados para ejercer su 
industria en el Municipio respectivo- 

Toda recusación será sustanciada en el acto de la comjpa- 
recencia, como incidente verbal y el Juez la declarará con o sin 

4^3 


ti AU A N T i li l^i Á i ' ■ 

lugar según se justifiquen o ^Q los partipulfires del Artículo 62Q 
de la Ley de Enjuiciamiento Civil, sin la presencia del perito de 
que trata el Artículo 62o del Cuerpo Legal referido pues e^ 
evidente que el acto de la *2omparecencia sólo se entiende prorro- 
gado en el juicio verbal, para practicar las pruebas admitidas; 
y decretada su práctica, es inadmisible con arreglo al carácter 
de^este juicio incidente alguno por separado de recusación. 

6o. Reconocimieyíto Judicial: Esta piueba tan justa, como 
que afecta a la mayor o menor certidumbre que tenga el Juez 
-Municipal respecto de los hechos que se le someten a su iconsi- 
'deración, á veces en la práctica, se encuentra cohibida por el 
precepto del Artículo 45 de la Ley Orgánica del Poder Judicial. 

En las cabeceras de Términos Municipales, donde los Jue- 
ces Municipales, son sustituidos por Registradores de la Pro- 
piedad, en defecto de la Lista de Opositores aprobados de que 
trata el Artículo 44 de la citada Ley Orgánica, decretada la 
practica de la prueba de reconocimiento judicial, liberalmente 
establecida por el Artículo 632 de la Ley de Enjuiciamiento 
Civil, no puede verificarse porque los Registradores de la Pro- 
piedad sustituyen a los Presidentes de Juntas Municipales Elec- 
torales y en ocasiones, se encuentran designados fuera diel 
Término Municipal, cabecera del Partido Judicial de sus Re- 
gistros y la circunstancia de tenor que venir a encargarse del 
despacho del Juzgado Municipal por ausencia temporal del pro- 
pietario que debe practicar el reconocimiento dispuesto, el Se- 
cretario del Juzgado de Primera Instancia, haice que las Au- 
diencias declaren sin lugar el cumplimiento de dicha prueba y 
manden a practicarla ('' Delegada") con arreglo al Artículo 
185 de la Ley de Trámites Civiles, de modo que hasta tanto 
no se reforme el Artículo 45 de la Ley Orgánica del Poder Ju- 
dicial; reforma que ansian, tanto los Jueces Municipales Pro- 
pietarios, com los Regisitradores de la Propiedad, Secretarios 
de Juzgado s de Primera Instanda y partes en general, deben 
cuidar los Jueces Municipales en decretar la práctica de dicha 
prueba por sí . 


454 


T i'fi-o (le >f'r viable su coniisióri, 1^ parte que la ofrezca 
o proponga, debe designar a la vez ios extremos a que se 
refiere dicho reconocimiento y pedirla simultánea a la de 
peritos y testigos en el acto mismo de la compai ecencia, según 
el Artículo 634 'de la Ley de Enjuiciamiento Civil, atemperán- 
dose en la solicitud de la prueba de peritos, a cuanto llevamos 
di^sho; y en la de testigos, a lo que pasamos a decir- 

7o. Información testifical : Dos sistemas se han venidoi 
utilizando fjara proponer ad-libitum esta prueba, uno de ellos : 
presentando en el acto de la comparecencia verbal el interroga- 
torio escrito, a tenoi del cual deban ser examinados los tes- 
tigos propuestos ; y el otro : redactándolo en el mismo acto del 
juicio sin más preámbulos. 

Es evidente que este último proicedimiento, es el más acep- 
tado en el juicio verbal, en el que como su sentido gramatical 
lo dice, todo debe ser hablado; pero no es obstáculo a la ad- 
misión lógica de esta prueba si se propone en una u otra for- 
ma : lo importante es, que Mt presente en el acto de la compa- 
recencia y no se pretenda hacerlo, presentando el interroga- 
torio en el acto de practicar dicha piueba (como algunas par- 
tes aviesamente lo irjtentan y de que deben cuidarse los fun- 
cionarios judiciales). 

El punto de estadio en este Régimen Probatorio, es el de 
que casi todos los litigantes, intentan valerse del precepto del 
Artículo 642 de la Ley de Enjuiciamiento Civil, en el juicio 
verbal, exponiendo lisa y lla]:a:nente que los testigos propues- 
tos deben sei citados judicialmente por negarse voluntaria- 
mente a concurrir a la presencia judicial, y ello evidentemente 
infringe uno de los caracteres que debe predominar en todo 
procedimiento civil^ que es la lealtad de las partes, como con- 
tienda entre ellas. 

No hay duda alguna que la Administración de Justicia, in- 
terponiendo su autoridad, en beneficio de uno de los litigantes 
y ordenando la citación judicial de los testigos, propuestos por 
das partes, sin que le conste su resistencia de autos, infringe las 
^.eglas de toda controversia teivil, que requiere que los que ven- 

455 


gan ante ella, lo hagan asistidos de sus correspondientes prue, 
bas para lo cual no está demás hacer saber a los Jueces Muni^i^ 
pales, que en todos aquellos casos que se les pida dicha cita- 
ción, deberá a^sreditárseles la incapacidad del testigo para de- 
ciarar y su in voluntariedad . 

Otria cuestión, y es la última que surge en esta prueba: la 
de "tacha de testigos". 

En el juicio verbal, todo debe alegarse en el acto de la 
comparecencia y es evidente que en este sentido, los que traten 
de utilizar dicho procedimiento, deberán hacerlo en los tramitéis 
respectivos, y no como lo tiene establecido la Ley de Enjuicia- 
miento Civil, por el Artículo 664 de la Ley Procesal Civil, pío- 
poniéndose en el mismo acto de su exposición la prueba que 
la corrobora. 

Expuestas las cuestiones principales que interesian al Juez 
Municipal en materia de pruebas verbales, vamos a isontestar 
la interrogación que nos hicimos respecto a los trámites de ré- 
plica y duplica en juicio verbal. 

Evidentemente que con arreglo al precepto del Artículo 522 
de la Ley de Enjuiciamiento Civil, se colige que el juicio ver- 
bal, se rige sólo por los postulados del Capitulo IV del Título 
XI, Libro Segundo de la propia Ley de Trámites, y' no por su 
precedente, el segundo, dentro del cuál nos encontramos con 
di*shos trámites procesales en su tercera sección, Artículos 545, 
546 y 547 del Cuerpo Legal yá citado, ahora bien, la practica 
de suyo tradicionalista, viene adaptando al juicio verbal las 4is- 
posiciones de dicha sección, en defecto de preceptos especiales 
análogos para el mismo- 

La costumbre no es mala y si es cierto que el juzgador 
debe buscar la verdad, como Diógenes con su linterna bus- 
caba un hombre á las doce del día por las calles de Athenas, 
es de conceder dichos trámites en amplitud del debate, porque 
en él, frecuentemente, las partes fijan sus puntos de vista y 
redarguyen los hechos de la contraria. Todo está en el buen 
uso que se haga por las partes de dichos trámites y de la 
impoítancia del litigio. 

456 


Eelacionado con diphos estados procesales^ nos encontramos 
en el camino de nuestras pesquisas, con un problema de por 
sí insignificante; pero que es a veces motivo de orfandad pro- 
batoria para las partes que no saben pedir en juicio verbal. 
Es ya un hábito, y un mal hábito por cierto, el que los liti- 
gantes una vez expuestos los hechos de su demanda y el fin 
que con ella persiguen, soliciten la apertura del juicio a prue- 
ba, para proponer dentro de dicho trámite, la que al derecho 
de ellos conduzca, y no hay nada más erróneo. No tiene el jui- 
cio verbal apertura a prueba y por tanto icarecen de razón los 
que intentan que el Juzgado asienta en éllo^ no proponiendo 
su prueba acto seguido de evacuar sus trámites respectivos 
de 'ratificación o conitestacion, réplica o duplica en su caso; ^í 
por lo .menos se deduce de la interpretación lógica que damos 
ul Artículo 729 de ¡la Ley de Enjuiciamiento Civil, preceptí" 
regulador del aato .verbal; No hay que olvidar esto, pues ob- 
servando la Ley deottro modo, se daría el caso de conferir tres 
trámites a, eada; tparte y convertir el procedimiento en un 
maremagnun tal, en el . cual, :1o menos que perderíamos era la 
: lógica jurídica, : cuando no lo fuere el juicio por manifiestas 
nulidades . 

Terminada- esta ligera exposición, que sino muy elocuen- 
te/ es bastante como "breviario de sanos principios", réstanos 
exhortar el entusiasmo de nuestros distinguidos y estudiosos 
compañeros para que haciendo suya la divisa del Maestro Ci- 
cerón" busqueu más que de la persua+ción y ^señanzas de 
e&te insignificante trabajo, obra a la postre de una ,corta expe- 
riencia ^Profesional, de lo profundo, de lo íntimo de la filoso- 
fía, del alma de las cosas y del espíritu de nuestras institu- 
ciones jurídicas, la disciplina, la Ciencia del Derecho, que por 
algo decía Paula, en su famosa Sentencia ''Scire leges non est 
verba :tenere sed vives et potestatem". 

' DE. BENIGNO AGUIRRE Y TORRADO 
Juez Municipal de. Trinidad, 

^ ' 457 


hA:8 A N/.T.I ,L L A S 


POETAS ANTILLANOS 


GUSTAVO SÁNCHEZ GALARRAGA 

Este joven e ilustre bardo, que como se dijo de Baadelaire 
"Vivió mucho tiempo preparándose en la sombra para la luz", 
ha donado recientemente al mundo de la intelectualidad, un pre- 
ciado bagaje de ensoñaciones, que bien quisieran para sí, poetas 
melenudos a diario consagrados por la fama. . 

La lírica ofrenda nos llega en ocasión propicia para sabo- 
rearla; cuando poseídos del halago que depara el empeño con- 
cluido, se da rienda suelta al espíritu, para adentrarse en el jar- 
dín interior y gustar del íntimo motivo de la Tristeza o el inson- 
dable misterio de la alegría, e insensiblemente embriagarnos con 
el dolor ageno, para sentirlo arrebujado en nuestro pecho como 
un niño pobrete y pegajoso o inmolar el alma con sol meridional 
el ritmo de una canción bulliciosa y saltarina. 

Por eso hemos leído i^on fruición los últimos libros que ?Grus- 
tavo Sánchez Galarraga ha dado a la estampa, revelando cumpli- 
damente cuando puede el estro i-ncomparable que le anima y 
presenta a los que sin blasc-nar de aristos, meditamos justamen- 
te sobre sus rimas. 


Es censeño, laiguirutoho, faz cetrina y ojos claros. 

Sencillamente grande y sencillamente noble. 

Di j érase por su empaque delicado^ el eterno compañero de 
la tristeza, el que palabrea la cuita del menesteroso y lo llora 
como propio pana sentirla mejor. Está pesaroso; le abruma la 

458 






s^a^yo. k>^la^i4'tt/r' 



DE. MARINO LÓPEZ BLANCO (Caricatura de Mariboua.) 


vida tiue PlutQ lü VQg^hi hü\)\eT.d^ querida ftaeer pobre y vivip 
como el que nadg, tiene. . . • 

Posee el alma eíiamorada de Florisel, auuque no la encan- 
tadora rusticidad del personaje Yalleinelanesco. Sigue. . o echa 
la Quimera paso a paso, sin desmayo. Está seguro de sus bríos, 
de su valentía, por eso la fé le acompaña en la bendita brega 
a que solo acuden los iluminados- •. . 

íáu ceño fruncido — cuando lo frunce-^— habla elocuentemente 
del dejo acibarado de sus versos; de esos quejumbres que avara- 
mente esconde. .... 

' ' tengo- el hondo pudor de mis dolores 
y el orgullo supremo de mis lágrimas ' ', 

Es un "exégeta andaluz'' que clamobla Rubén Darío, por 
que cuando en su torno agrúpanse los ''chicos" que anhelan 
iniciarse, él sabe aconsejar sin ser dómine, ni señalar puntos. 
Sigue y predice el anego de Sidney: mira en tu corazón y es- 
cribe; y desdeña a los automáticamente adeptos a la moderno- 
fobia, porque carecen de buen gusto..-. 
: Es lírico y es épico, por temperamento- 

Sus últimos libros "Copos de sueño", "El jardín de Mar- 
garita" y "Motivos Sentimentales" le acreditan como un maes- 
tro en el arte de escandir galanamente, de rimar con donosura 
pensamientos nada vulgares. 

En "Copos de Sueño" que es mi preferido de los tres — 
ha querido comunicarnos su melancolía"-,*- construyendo feliz- 
mente con metro sonoro, aquellas estrofas más intimamente 
acariciadas por su sensibilidad ' exquisita, en las que parece 
haber quemado — con unción religiosa^ — el sagrado alíbano con 
que satura el Templo de su intimidad. A través de este libro 
claramente dibuja su personalidad! pujante en la lírica .cubana, 
a cuya cabeza con paso raudo y seguro se encamina. 

Es este un poeta de palabras por ideas y no de "i^alabras 
por palabras". Como el que pedía el corifeo de la líríea his- 
pano americana . 

Burila madrigales para las ninfas; )Comoexá.metrOis "de hie- 

'460 


LAS A>í TILLAS ^ - 

rro para rufiaies. Es siempre sencillo, que es su nota encanta- 
dora ; jamás se desnaturaliza por variado que sea el motivo. He 
ahí un mérito que no tienen todos. 

En ''Cantos de amor y de dolor", ''Arcano" sintetiza el 
''j^p" del poeta, lo que no quiere decirnos; en ''Besos" galano 
y apasionado, es pesimista; en "Amor ignoto," nostálgico; 
"Sueño roto" es un canto de Renunciación. . . . 

Muy alados y sutiles "A unos ojo>" "¿Te ai-uerdas" y 

' ' Pregunta ' ' . 

Los mejores del grupo: "Desencanto", "A una mujer" y 
"Qué árbol", en las que el poeta tañe las fibras más intensas 
de su sentimentalidad . 

"Huiftildes" simplemente bellas, pero de asnnto trillado. 
El soneto "Paradoja" es digno de servir como modelo, tfiles 
son las novedades que en él se advierten. "Policromas" inten- 
samente sentidas. Algunas muy plásticas: "Flor criolla" so- 
bre todas las del grupo,, es una pintura real ísima- 

Y así podíamos ir acotando las composiciones que integran 
los libros, pero no es propio de este reducido comento labor de 
tal índole, que mejor ha de encuadrar en un libro de crítica. 
Allí hablaremos del poeta dramaturgo, que ya tiene- obra he~ 
cha y ruta definida- 

Anotemos — siquiera sea someramente— su maestría indis- 
cutible como poeta épico. 

En su laureado poema "Excelsior" y en tantas otras cora- 
posiciones que suele colocar al final de sus libros, se observa 
''uán viva en su visión objetiva. Su musa heroica y patriótica 
sin duda ha conquistado -corazones sordos a los llamamientos de 
la Patria maltrecha y vilipendiada. 

Gustavo. Sánchez Oalarraga es un orgullo legítimo de nues- 
tra Cuba . ,Interin nQ colmemos los deseos de ocuparnos detalla- 
damente de su labor, desmintamos con este ejemplo rotundo el 
pesimismo de Shopenhaüer: juveAifud y gloria vo es un mito. 

MARINO LÓPEZ BLANCO 


é61 


LAS ANTILLAS 


ECOS ANTILLANOS 


En la hidalga región camagüeyana que fué su cuna rindió 
la jornada de su noble y fecunda existencia la ilustre es|critora 
Aurelia Castillo de González. Es la muerte de esta dama un 
evento dolorosísimo, no solo para los cubanos, sino para todos 
lo hispanos-amerieanos, y muy especialmente para los hijos de 
las Antillas. 

A la memoria inmortal de Aurelia Castillo rendimos en otra 
parte de esta revista el merecido tributo de admiración y de dolor. 

Al llevar a los países hermanos la noticia de este hondo due- 
lo^ queremos también enviar sentida expresión de condolencia a 
los deudos de las insigne cubana y muy especialmente, a nuestros 
ilustres amigos los D.rs. Gonzalo Aróstegui, su sobrino, y Enri- 
que José Varona, su deudo. 


En la hermana república de Santo Domingo celebró el 15 
del presente mes con grande entusiasmo, su fiesta el Cluh Uni- 
tario Puertorriqueña de San Pedro de Ma>3orís : fué aquella una 
fiesta inolvidable de arte, en la cual se rindió culto a la confra- 
ternidad antillana. 

El programa de la velada que en aquella solemnidad se 
ofreció a la culta sociedad de San Pedro es el siguiente: 

1. — Himno Nacional Dominicano. 

2. — Discurso de apertura por el Lie. G. Canino. 

3. — Poesía por la Srta. Lolin Espinet. 

4. — Poesía por el Sr. Celedonio Delgado. 

5. — ^Selección Musical por la Señora Trina de López. 

462 


L A b ANTILLAS 

6 — Palabra del Sr. Espiridición Torres para la clausura 
del primer acto. 

Segunda Parte 

1. — La Borinqueña. ' 

2. — ^Poesía por la Srta. Lolin Espinet- 

3. — Selección Musical por la Señora Trina de López. 

4. — Discurso del Sr. Celedonio r)el<<aJo 

5. — Marcfha Triunfal de Tabarez. 

6. — Clusura de la Velada por el Sr. E. Torres. 
A la Colonia Puertorriqueña de San Pedro de Míí coi-i s. y 
muy especialmente a su director espiritual el Sr. Torrf ■> * nvia- 
mos cordialísima v entusiasta nuestra sincera felicita^ óii 


463 


LAS- A NT ILLAS 


Libros Folletos y Revistas^ lonitthlo&rjMir ^ Múm^u^Mimzt^ 


Discurso, por Arturo Jueg-a Farrülla . - 
José Marmol, por Arturo Juega Parritlia .- - 
Crónicas de Sangre, por Fernando de • Soighie . - 
Teatro Cubano. 
Cuasimodo. 
Arte. 

Universal . 

Alborada de la Libertad, por el Dj. Aurelio Boza y Masvidal. 
El Dante : su influenza en la Literatura Castellana, por el 
Dr. Aurelio Boza y Masvidal- 


iC>-ÍM>' 


LAS AN T I L L AS 


CORCHADO 


Cuerpo de niño, aliento de gigante, 
Carácter dulce, corazón vehemente, 
Tribuno arrebatado y elocuente, 
Del progreso aiadid, del bi^^n amante. 

Vivió en Jucha titánica incesante. 
Al lado del dolor, del vicio enfrente: 
Fué, del vencido, paladín valiente, 
y altivo con el déspota triunfante. 

A este raro ejemplar del varón fuerte. 
Grande en la ao^ión, en la conciencia justo, 
Antes que la vejez le halló la muerte. 

De la fatiga enfermo j del disgusto, 
Cayó en la lid desfallecido, inerte . • • . . 
j y veí" tanto bribón sano y robusto ! 

M, FERNANDEZ JUNCOS 


m 


LAS ANTILLAS 


índice de las Materias Contenidas ep este Tomo 

Credo 1 

Antillanos Ilustres. Don Manuel de Zectueira y Ar^^go. — Por 

Sergio Cuevas Zequeira • 3 

El Quijote y el Examen de Ingenios. — Por Sergio Cuevas 

Zequeira 9 

Desconcierto. — Por Salvador Brau . 23 

La Fiesta Inaugural de la Asociación Puertorriqueña. — Por 

Salvador Salazar 26 

La Palmada. — Por Manuel Zeno Gandia 34 

A Cuba.— Por Lola E. Tió 42 

Palabras. — Por A. M. Aguayo 45 

Ausencia. — Por José Gautier Benitez .......... 50 

Regreso. — Por José Gautier Benitez 53 

Niebla.— Por Lola R. de Tió . . 57 

Las Causas de la Guerra Europea. — Por Sergio Cuevas Zequeira 58 

Ateneo Puertorriqueño 70 

Los Vendedores Ambulantes. — Por Manuel Fernández Juncos 74.-191 
Enriquillo.— Por Manuel de J. Galvan ........ 84.-179.-339.-4.-;6 

Episodio de la Guerra del 95. — Por E. ae las; Cuevas . . 93 

Ecos Antillanos 96.-280.-375.-462 

Libros, Folletos y Revistas 96.-284.-376.-464 

La Revolución Rusa. — Por Sergio Cuevas Zequeira .... 97 

En el Tabor. — Por Sergio Cuevas Zequeira 113 

Juan Clemente Zenea. — Por Aurelio Mitjans 114 

El Monumento a Juan Clemente Zenea. — Por Antonio Que vedo 119 

^Inauguración. — Por Andrés Segura Cabrera 129 

Discurso pronunciado por Sergio Cuevas Zequeira en la se- 
eión solemne de la Universidad confiriendo al Dr. Enrique 

José Varona el título de Catedrático Honorario 141 

Enrique José Varona Juzgado por José Ingenieros .... 151 

466 


LAS ANTILLAS 

A Justo de Lara. — Por Gustavo Sánchez Galarraga 152 

Pléyade. — Por Miguel Amunategui Eeyes 154 

'. n dei Pálido. — Por Virgilio Davila 163 

Un voto de CaUdad.— Por Lola E. de Tió 166 

El Vaso Roto. — Por José Antonio Cortina 167 

Un Olvido que va reparándose. — Por Antonio Iraizós ... 16^ 

Un Soneto Celebre. — Por Sergio Cuevas Zequeira 171 

La Ilusión. — Por Manuel de Zequeira v Arango .... , 176 

Documentos Históricos 177.-178.-291 

Predlciones. — Por Luis Eodríguez Cabrero 200 

Las Antillas y Baldorioty Castro. — Por José Martí .... 203 

Genio y Figura. — Por Sergio Cuevas Zequeira 210 

El Puertorriqueño. — Por Manul Alonso ......... 215 

La Habana de Ayer 216 

La Copla Criolla. — Por Mariano Abril 222 

Versos. — Por Heraelio de la Guardia .^ 227 

La Cuesta del Griego. — Por Cayetano Coll y Tosté .... 2.31 

El Poeta a su Primogénito. — Por Francisco J. Amv .... 237 

El Zaber de Menéndez Pelayo. — Por el Br. F. de Osuna . . 237 

El día de San Pedro. — Por José Antonio Daubón . , . . 244 

Estudios del natural. — Por Manuel Zeno Gandia 250 

La enseña de la Estrella Solitaria. — Por Ernesto de las Cuevas 252 

Las experiencias Sobre Memorización. — Por José Ingenieros. . 254 

Sobre el Álbum Almanaque de la Guerra. — Por J. Benitez 263 

Sueño de Gesta. — Por Enrique Zorilla 265 

Oteando el Paisaje. — Por 8. C. Z. 271 

Camino de la Prosperidad. — Por Carlos Castellanos .... 276 

Salve.— Por E. M. Menéndez 282 

Erratas 283 

El Primer Crítico. — Por Sergio Cuevas Zequeira 285 

Un Fragmento de la Historia de Santo Domingo 295 
Acta Probatoria de que falleció en Santo Domingo el primer 

Cronista de Indias 297 

De Sancti Spiritus Nativitate.— Por Sergio Cuevas Zequeira 301 

Trova Romántica.— Por Cristóbal Eeal 305 

La estupida superstición de la Opera. — Por Nemesio Canales 308 

467 


LAS ANTILLAS 

Patria. — Por Miguel Antonio Caro ^^^ 

La Tobillera. — Por Manuel Fernández Juncos 315 

Sobre, un Aniversario. — Por Sergio Cuevaa Zequeira ... 320 

In Doleré Redemptio. — Por Félix Córdova Davila 325 

Canto.— Por José Agustín Caballero 325 

Nicolás Aguayo y Aldea. — Por Pedro de Angelis ..... 327 

Para el Álbum Almanaque de la Guerra. — Por Arturo Amblar 331 

Mi Tierra Puerto-RicLueña.— Por Ana Roque de Duprey ... 334 

La Música y los Cantos Populares Españoles.-— Por G. Alberola 346 

Envidia.— Por Rafael del Valle 360 

Palote y la Montaña. — Por Federico Degetau ....... 361 

La Música de nuestra Danza. — Por Manuel de Elzaburu . 366 

Los Ojos Negros. — Por Mariano Abril 368 

Vida Tranquila. — Por José M. Monje . 373 

Bis In ídem 376 

Breves Apuntes de la historia Cómica. — Por Sergio Cuevas 

Zequeira .............. , 377 

Teatro. — Por el Márquez Nueya 385 

Aurelia Castillo de a-onzále2¡.--Por Sergio Cuevas! Zequeira 390 

A Aurelia Castillo de González.— Por Nieve Xenes .... 392 

Un Cuento de Francisca.— Por Aurelia Castillo de González . 395 

A la niña Lucila Cuevas Zequeira.— Por Aurelia C. de González 404 

Saludo a América.— Por Am-elia Castillo de González . . . 405 

Lampara Votiva.— Por Dolores Salvador de Lafuente ... 406 

Cartas de El Lugareño , . 407 

La Intervención de España en la Independencia de los Estados 

Unidos.^— Por Manuel Conrótte 419 

Consejos.- Por F. Córdova Davila ......... 425 

Las Antillas. — Por F. Rodríguez García ........ 426 

Hacia el Ideal. — Por Sergio Cuevas Zequeira .... 429 

Lucha Estéril. — ^Por Luisi Rodríguez Cabrero 432 

Confidencias. — Por Sergio Cuevas Zequeira 433 

Poetas Antillanos. — Por M. López 458 

Soy Cubano.— Por Manuel Serafín Pichardo ...... 445 

El juicio verbal sobre el procesado civil.— Por Benigno Aguirre 446 

Corchado. — Por Manuel Fernández Juncos 465 


468 


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Próximamente quedará instalado el Teléfono pa- 
ra comunicarnos con los Estados Unidos, y desijués 
se atenderán otros cables a Europa, hasta quedar 
enlazadas todas las naciones del inundo eiviíizado, 
por una vasta red telefónica y telefzráíiea que nos 
permitirá comunicarnos de>de nuesti-o propio domici- 
lio con cualquier parte del globo. 

Apresúrese a suscribir acciones de esta Compañía 
->y a la vez que coadyuvará a la implantación de una 
grandiosa obra que beneficiará notablemente al mun- 
do entero. Hoy se venden las acciones a $15 cada 
una y próximamente experimentarán una nueva al- 
za. No lo deje pues, para mañana. 

Agente General para la Isla de Cuba : 

PASCUAL PIETROPAOLO 

MANZANA DE GÓMEZ, Dtos. 308 al 311. 

Habana 



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espléndido chalet, fabricado a todo lujo y con- 
fort. (Véase al frente . ) 

Los materiales que sé emplearon en su fa- 
bricación son de primera calidad; las paredes 
de ladrillos, estucadas; los techos de monolíri- 
co, decorados a estilo Luis XV, columnas de 
escayola, pisos de mármol italiano y mosaicos 
catalán, maderas de cedro, cristalería fina de 
fantasía . 

Tiene sala, saleta de recibo, gabinete, on- 
ce cuartos dormitorios, cinco cuartos de ba- 
ños para familia, hall, salón de comer, cinco 
cuartos para criados, tres baños y comedor, dos 
cocinas, garage para tres máquinas, jardín, ár- 
boles frutales, cercado todo con verja de hie- 
rro y situado en parte alta y esquina de brisa. 

Informa: 
ARTURO MORALES 

Mercaderes 11. Telef :. A-1240 y F-4085 


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Aspecto interior del suntuoso Chalet propiedad del Sr. Puyans. 


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finos de las marcas más afamadas. 


Un agricultor muy experto en cultivos de | 
caña y tabaco residente en Puerto Rico, desea 
colocación en ingenio o colonia de esta isla. 


Para informes, "Las Antillas* 
Tejadillo 22. — Habana. 




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